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viernes, 21 de agosto de 2026

Alex Karp: El filósofo del complejo militar-industrial

Para Revista Jacobin (Edición impresa - Agosto 2026)

Formado en la Escuela de Fráncfort y discípulo de Habermas, el director de Palantir puso el pensamiento crítico europeo al servicio del militarismo algorítmico. Su «república tecnológica» ya funciona y es el nombre de un negocio que lleva dos décadas en marcha.
  
 
Existe un hombre que dirige una de las empresas más poderosas y peligrosas del planeta y que, además, quiere que sepamos cómo piensa. Alexander Karp, director general de Palantir, publicó junto con Nicholas W. Zamiskaen en 2025 “La república tecnológica. Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidente” (Tenos, 2025) y en abril de 2026 su empresa difundió en X un escalofriante manifiesto de 22 con las ideas centrales del libro.

Observadas juntas, ambas intervenciones buscan sentar posición sobre el Estado, el poder, la democracia y las instituciones. Representan, sobre todo, una «salida del clóset» ideológica de los cerebros que están detrás de una compañía cuyos recursos se utilizan en guerras para asesinar civiles, en fuerzas fronterizas para deportar inmigrantes y en mecanismos para controlar a la población en casi todo el mundo. Que un aparato así tenga ahora también una filosofía explícita obliga a hacerse la pregunta inquietante de si un software puede tener ideología. Y también, en caso de respuesta afirmativa, a la de quién la controla.

La obra de Karp exige una lectura atenta porque, si bien en su discurso formal se aferra al vocabulario y los valores de la democracia, esa fachada republicana oculta una intención mucho más radical y profunda, buscando la reforma integral del Estado estadounidense para capturarlo a favor de las grandes empresas de tecnología asociadas a la seguridad y la defensa. Y si bien el libro arenga para que exista una imbricación mayor entre Silicon Valley y el Pentágono, lo hace porque sabe que el Estado puede financiar la empresas como Palantir, que fue creada en 2003 con capital inicial de In-Q-Tel, el fondo de inversiones de la CIA.

La empresa cofundada por Karp y Peter Thiel (el inversor y pensador ultralibertario que escribió sin rodeos que la libertad ya no es compatible con la democracia y que aportó el capital y la visión ideológica que moldearon a Palantir desde sus cimientos), nunca ocultó su vocación militar. Su herramienta estrella, Gotham, integra y visualiza cantidades masivas de datos —señales de inteligencia, registros de comunicaciones, ubicaciones— para identificar y jerarquizar objetivos; se utilizó en Irak y Afganistán y hoy se despliega en Gaza y Ucrania, donde alimenta los sistemas de selección de blancos. Su plataforma Foundry, en paralelo, ordena la información con la que gobiernos y corporaciones administran a poblaciones enteras. Palantir se erige así como un actor central del complejo militar-industrial estadounidense, por lo que cualquiera de sus expresiones políticas debe ser tenida en cuenta con seriedad.


KARP Y SU LIBRO
 
 

Nacido en Filadelfia en una casa de izquierda, hijo de un médico blanco y de una artista negra, Karp es licenciado en Filosofía y doctor en Teoría Social por la Universidad Goethe, donde se formó bajo la influencia de Jürgen Habermas y el legado de la Escuela de Fráncfort. La paradoja no es menor. Habermas dedicó su obra a fundar la democracia en el diálogo racional, en una esfera pública donde agentes libres deliberan hasta alcanzar acuerdos por la fuerza del mejor argumento, mientras que su discípulo construyó una tecnología que deja de lado toda acción comunicativa para optimizar la violencia estatal.

Según documenta Michael Steinberger en su libro Un filósofo en Silicon Valley, Karp pasó de debatir teorías marxistas sobre el trabajo alienado durante su estancia en Stanford a defender un «nuevo nacionalismo tecnológico» que prioriza la fuerza militar y el control algorítmico. Esta evolución se hace evidente en su libro, donde Karp se aleja del liberalismo tradicional para sostener que la supremacía occidental depende de su capacidad superior para ejercer la «violencia organizada» a través del software. Este viraje ideológico hacia un pragmatismo de defensa no ha pasado inadvertido en las altas esferas políticas, ya que tras la publicación de su libro el propio Donald Trump le envió una copia de un artículo sobre su gira promocional con un mensaje personal:«¡Alex, genial!». La trayectoria de Karp es entonces un síntoma de una época en la que un intelectual formado en la tradición crítica europea termina poniendo ese capital cultural al servicio de la legitimación filosófica del militarismo tecnológico.

El libro despliega su argumento en cuatro movimientos, pero puede resumirse en una sola tesis: la actual élite tecnológica formada en Silicon Valley se ha desentendido de los propósitos nacionales y Occidente sólo sobrevivirá si Silicon Valley y el Estado vuelven a fundirse en un mismo proyecto de poder. Más allá de sus múltiples lecturas, existen dos grandes falacias que estructuran ese argumento y que merecen ser desmontadas.


FALACIA I: EL ESTATISMO «FICTICIO» Y LA SIMBIOSIS CON EL COMPLEJO MILITAR
 
 
Al llamar a una «imbricación» entre Silicon Valley y el aparato militar-estatal, Karp no propone nada nuevo y apenas legitima retrospectivamente el estado de cosas existente. Lo que el libro llama «pérdida de rumbo» es simplemente el período en que la industria encontró mercados más rentables en el consumo masivo que en los contratos de defensa. La «república tecnológica» que añora Karp nunca dejó de existir. Prueba de ello es que Palantir lleva dos décadas vendiéndole software de vigilancia y selección de objetivos al Pentágono, a ICE y a los ejércitos de media docena de países. El libro es, en el fondo, el manifiesto de un contratista de defensa interesado en expandir la demanda estatal de software militar y de vigilancia, no el llamado cívico desinteresado que pretende ser. 

Resulta además profundamente paradójico que Karp sostenga que Silicon Valley se ha desvinculado de los propósitos nacionales cuando la propia trayectoria de Palantir —nacida para servir a la administración norteamericana tras el 11 de septiembre de 2001, en un proyecto que ahora firma contratos multimillonarios con el Ejército— desmiente esa narrativa. Su crítica hacia los ingenieros de software e IA «agnósticos» que disfrutan del paraguas de la seguridad estadounidense sin asumir sus costos confirma, involuntariamente, que el sector tecnológico nunca operó fuera de la órbita del Estado sino que es, en realidad, un producto directo de su infraestructura y de su capacidad de disuasión. El llamado a «reconstruir» la alianza resulta entonces la formalización de un modelo de negocios ya plenamente vigente. El propio éxito de Karp demuestra que el software de Palantir es el sistema operativo de las instituciones más importantes de Occidente. Aquí es donde Karp se separa —al menos en el registro— de sus compañeros de la Ilustración oscura. Mientras Curtis Yarvin fantasea con un Estado gobernado como una corporación y Thiel suena con un sistema posdemocrático, Karp no necesita apelar a la imaginación, porque administra la infraestructura sobre la que la administración estatal contratista con ambiciones filosóficas, su «república tecnológica» no describe un futuro por venir sino que legitima un negocio en marcha desde hace dos décadas.


FALACIA II: MILITARIZACIÓN TOTAL Y EL MULTIPLICADOR DEL «PODER DURO»

Lo que La república tecnológica presenta como un «llamado patriótico» es, una vez más, un programa de movilización económica a través de la guerra. Karp invoca el «momento Oppenheimer» y propone un nuevo Proyecto Manhattan porque sabe que si la IA es el arma definitiva, entonces toda la economía debe reorganizarse con el objetivo de producirla para fines militares. La retórica sobre «valores occidentales» y «liberalismo» es el envoltorio ideológico de una propuesta que asume, sin decirlo abiertamente, que Estados Unidos no ganó la Segunda Guerra Mundial por defender a la democracia sino por su superioridad en lo que hace a «violencia organizada».

La fórmula merece ser analizada. Cuando Max Weber definió al Estado moderno por el monopolio de la violencia física legítima, su objetivo era acotarla, sometiendo la violencia a la legitimidad, al procedimiento, a la responsabilidad política. Karp toma el concepto y lo vacía de ese contenido. Su «violencia organizada» ya no se define por la legitimidad sino por la eficiencia. Y ya no la ejerce un Estado responsable ante sus ciudadanos sino una empresa responsable ante sus accionistas. Lo que en Weber era un problema a domesticar, en Karp es una ventaja competitiva a maximizar.

Entonces, la conclusión implícita es que lo que se necesita hoy no es más democracia sino más capacidad de destrucción eficiente, administrada por ingenieros tecnológicos iluminados que, a diferencia de los políticos, sí sabrían lo que hacen. Es el tecnocesarismo militarista elevado a filosofía de Estado. La falacia histórica que sostiene todo el edificio argumental de Karp se desmonta con apenas dos libros de historia. Él sabe que el New Deal rooseveltiano, con toda su ambición reformista y su apuesta por la inversión pública, no logró sacar a Estados Unidos de la Gran Depresión, sino que fue el gasto militar masivo de la Segunda Guerra Mundial el que reactivó la economía. La lección que el libro aplica sin enunciar es su verdadera tesis de fondo: la guerra ofrece una forma de estímulo estatal que el capital puede aceptar sin grandes resistencias, porque el gasto militar no fortalece derechos sociales ni compite políticamente con el mando privado sobre la inversión, sino que canaliza recursos públicos hacia los mismos sectores empresariales que organizan, proveen y se benefician de la maquinaria de defensa. Bajo el eufemismo de un «proyecto nacional» y la urgencia geopolítica frente a China o Rusia, lo que se propone es institucionalizar una economía de guerra permanente como solución estructural a la crisis de acumulación del capitalismo tardío. Por eso no sorprenderá que Karp escriba con entusiasmo sobre «la oportunidad geopolítica más convincente desde la última guerra mundial», ya que en realidad está describiendo un ciclo de acumulación, no una simple respuesta defensiva ante una amenaza externa. Lo que el keynesianismo de guerra resolvió en los años cuarenta —absorber el excedente sin redistribuirlo, reactivar sin reformar— es exactamente lo que el complejo militar-tecnológico propone hoy, pero con la IA como el nuevo acero y Palantir como el nuevo contratista de defensa. La diferencia es que esta vez no se producen tanques de guerra sino algoritmos de selección de blancos y la mano de obra no está compuesta por obreros sindicalistas del New Deal sino por ingenieros de Silicon Valley que prefieren no pensar demasiado en el uso final de lo que construyen.


LA APROPIACIÓN TECNOLÓGICA COMO EMANCIPACIÓN
 
 
Entonces, ¿qué hacer? Es necesario descartar de entrada la respuesta falsa del rechazo ludita a la tecnología o la nostalgia por un mundo previo a la revolución digital. A esta altura es una posición sin defensores reales, y refutar sirve sobre todo para eludir la pregunta difícil. La cuestión decisiva pasa por imaginar qué se produciría, y con qué fines, si las máquinas dejaran de estar orientadas por la rentabilidad y la guerra.

Aquí es útil el desplazamiento que propone Evgeny Morozov. La izquierda no puede limitarse a regular la tecnología existente —a exigir transparencia algorítmica, límites legales y control de los sesgos—, porque eso deja intactas las preguntas de fondo. Es decir, quién es dueño de la infraestructura, para qué se la diseña y qué necesidades reconoce como legítimas. La disputa no es por un mejor control de estas herramientas, sino por el sentido mismo de lo que se construye. Frente al solucionismo, que traduce todo problema social en un problema técnico con dueño privado, se trata de recuperar la pregunta por los fines, que el solucionismo da por saldada, como si el rumbo del desarrollo técnico fuera un dato y no una disputa.

Eso tiene consecuencias concretas, y ya hay quienes las están sacando, al menos de manera inicial. En 2018, por ejemplo, miles de trabajadores de Google se negaron a renovar el Proyecto Maven —un contrato con el Pentágono para aplicar visión artificial a drones militares— y forzaron a la empresa a retirarse. Aquella protesta excedió la demanda por mejores condiciones laborales y abrió una disputa por el sentido de la tecnología como la que describe Morozov, con ingenieros que preguntaron para qué se usaría lo que construían y que prefirieron presentar su renuncia ante una respuesta inaceptable. Que Google haya vuelto a los contratos militares unos pocos años después no invalida el gesto; más bien confirma la necesidad de disputar colectivamente la propiedad y la gobernanza de la infraestructura. La pregunta que queda abierta ya tiene un punto de partida, en tanto los trabajadores tecnológicos pueden negarse, y de hecho ya lo hicieron. El problema es cómo construir la fuerza colectiva y las alternativas institucionales que vuelvan sostenible esa negativa.

Esto también supone disputar la propiedad de la infraestructura crítica —los centros de datos, los modelos, la capacidad de cómputo— en lugar de aceptarla como un hecho natural y limitarse a pedir que se la fiscalice. También implica disputar el financiamiento público para desarrollar capacidades soberanas, que no dependan de los servidores de Amazon ni de los algoritmos de Palantir, al tiempo que se construye una soberanía tecnológica popular y regional, distinta del «nacionalismo tecnológico» que Karp pone al servicio del imperio. Y, sobre todo, plantea la necesidad de subordinar el desarrollo tecnológico a las necesidades de las mayorías, preguntándonos qué problemas resolvería una inteligencia artificial orientada por el cuidado, la salud o la transición ecológica, en lugar de por la vigilancia y el blanco militar.

Hay una ironía final en el hecho de que el proyecto de Habermas era fundar la legitimidad democrática en el diálogo, para que la única fuerza que pudiera prevalecer fuera la del mejor argumento, pero que su discípulo construyera, en nombre de la «defensa de Occidente», una tecnología que no solo no propicia el diálogo sino que se especializa en identificar los blancos a eliminar. La «república tecnológica» de Karp (una república para generales y fondos de inversión) es, en ese sentido, la negación más perfecta del proyecto de su maestro, ya que usa el vocabulario de la democracia deliberativa para legitimar precisamente lo que esa tradición intentaba contener y domesticar.

La respuesta emancipatoria, entonces, no pasa por rechazar sus máquinas sino por recuperar la pregunta que Habermas nunca abandonó: ¿quién tiene derecho a participar en las decisiones que nos afectan a todos? Esa pregunta, aplicada a la infraestructura tecnológica, es precisamente el debate que el libro de Karp se niega a dar. Correrá por nuestra cuenta abrirlo.

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