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miércoles, 27 de diciembre de 2017

Un poco de sal, un poco de magia

Para Revista 27


I.
Fue el olor. Nos avivamos rápido de que no eran alcohólicas porque no olían.
Es simple, el olfato es el sentido con más memoria del ser humano y se siente mucho, muchísimo, el olor a alcohol en alguien que acaba de dejar de tomar, sobre todo cuando estás en abstinencia. Ahí nos dimos cuenta de que ellas no tomaban ni habían tomado, de que no habían venido porque necesitaran los 12 pasos, o que en todo caso los 12 pasos que necesitaban ya los habían dado hacia el lugar correcto.
Eran varias, venían a veces solas, a veces en grupo. Las mirábamos incrédulos hasta que empezamos a hablar de ellas en el grupo de chat. No podían ser tan lindas, escribíamos. No podían ser tan impolutas, tan inmaculadas, tan sobrias. Hicimos apuestas sobre su origen: policías, militares, infiltradas de los servicios de inteligencia, de todo. Pensamos de todo salvo lo que eran. Hermosas, sí señor, además de oler increíble eran hermosas. Más hermosas que nuestras mujeres, más hermosas que nuestras compañeras de A.A. más hermosas que nuestras hermanas y madres.
Hacía meses que venían y se depositaban silenciosas, como ángeles caídos de algún cielo al que nunca llegaríamos por más de que habláramos de Dios a diario, en los últimos lugares alejados del escenario donde exponíamos. La iglesia nos dejaba usar el salón de actos de la escuela anexa y teníamos escenario, micrófono y luces. Éramos el teatro del absurdo y el grupo de Alcohólicos Anónimos más grande de La Boca. Y hasta ahí venían, las ninfas éstas, las sirenas, las inmaculadas enviadas del demonio, a mirarnos, a olfatearnos, a reírse de nosotros.
El primero que se animó a hablarles fue Rodolfo, el más viejo e impune. Se acercó a Laura, rubia, angelical y sonriente, una noche cuando terminó la reunión. La llevó a tomar un café al bar de la esquina y ahí se empezó a dar cuenta de la farsa. Era demasiado perfecta, nos contaba el viejo después, en casa de Mauro, como para encima ser alcohólica. Hubiera sido una obra siniestra de un Dios sin Dios, decía Rodolfo convencido de su axioma N°1 en la vida: Dios necesita tener alguien en quien confiar, ergo, Dios tiene un Dios superior. El vodka, nos reíamos, como tontos, cuando le contestábamos. No, pelotudos, decía Rodolfo, el Dios de Dios es el demonio.
En general reíamos y minimizábamos sus ocurrencias pata-metafísicas, pero algo de razón tenía: estábamos todos de acuerdo con que existía Dios, porque nos agarrábamos de él para atravesar los 12 pasos y para convencernos que había alguien que finalmente nos quería y no era el bartender de turno. Dios nos quería, sí, teníamos a alguien, sí, pero como decía Rodolfo, Dios sin Dios no funcionaba. El Dios de Dios era el diablo, nos convencíamos entre risas en el café y hasta alguno llegó a esbozar la teoría de los dos demonios: Dios tendrá a su demonio pero tampoco es ningún santo. Dios existe, sí, decíamos entre risas, pero no tiene por qué ser misericordioso. Dios existe y nos quiere cagar la vida, reíamos, zonzos, imaginando un cielo en el que pudiéramos tomar todo lo que no nos era permitido en esta tierra, gratis, sin horarios ni límites de civilidad. Dios existe y no es buena persona, confirmamos definitivamente, cuando ellas aparecieron en nuestras reuniones.
Primero intentaron camuflarse, mintieron que eran familiares, pero que no querían ir a esos grupos porque estaba lleno de amas de casa, dijeron despectivamente, jóvenes, rozagantes, sonrientes, hermosas. Ellas no eran eso, ellas no iban a mezclarse con detergentes y limpiavidrios. Cómo iban ellas a dilucidar la diferencia entre baño maría y grillé, o entre un marido infiel o un marido impotente. Ellas solo querían entendernos, le mintió Laura a Rodolfo, lo que generó la primera carcajada del repertorio que lo escuchaba en el café a la semana que se juntara con ella. Entender un adicto, vaya aventura aburridísima.
Es simple, mi cielo, mamá no nos quería de chicos y listo. Risas.
Es muy simple, mi amor, nos sentimos tan solos como vos pero simplemente no nos importa derrapar y mandar todo al carajo. Más risas.
Es muy muy simple, cariño, encontramos un amigo fiel al que solo tenemos que pagarle para que nos haga felices y después le podemos echar la culpa de todas nuestras nefastas decisiones. Carcajadas.
Es muy muy muy simple, belleza, creemos que podemos controlar algo que nunca quisimos controlar en primer lugar. Silencio.
Todos los adictos estamos cansados de controlar, lo único que queremos es que mamá nos abrace, sí, pero primero que vaya a comprar, haga la comida, ponga la mesa y diga de qué tenemos que hablar y cómo tenemos que pensar. Si el alcohol me controla, hermosa, es porque yo quiero que lo haga, primero, porque me harté de decirle a todos cómo deben comportarse. Porque finalmente tengo un universo en el que puedo creer en Dios, algo que es más fuerte que yo, algo que me domina y me maneja como un títere. Tomar alcohol, reina, hasta dormirte rodeado de tu propio vómito en una casa que no sabés de quién es o cómo llegaste, es el punto más alto del amor del hombre por el cosmos y su misterio inexpugnable. Es el amor del hombre por su creador, su dueño, su amo universal. 
Pero Laura no quería creer nada de eso. Laura y todas ellas estaban locamente enamoradas de Rodolfo y de todos nosotros, decían que éramos las personas más interesantes que habían conocido, que en nuestra oscuridad ellas veían la luz, la chispa, la verdadera sal de la vida. Que en nuestras recaídas y nuestras idas y vueltas con la botella ellas evidenciaban que el ser humano estaba en una constante lucha consigo mismo. Que en realidad, le decía Laura a Rodolfo y Rodolfo nos decía a nosotros entre risas, los adictos éramos el más acabado y verdadero producto del sistema, el más genuino exponente de la humanidad. Ellas decían, Laura decía, Rodolfo decía, que nosotros, los alcohólicos, necesitábamos tanto amor como todos, pero que en nuestra desesperación, en nuestros constantes llamados de atención y gritos de desolación, estábamos aullando por la sociedad corrompida toda.
Hasta ahí bastante sarasa, pensábamos todos. El problema fue cuando la sarasa se convirtió en algo que en mi puta vida se me hubiera ocurrido ni en el más ridículo de los delirios sobre un mundo sin alcohol ni desequilibrios asociados a él: existía tal cosa como un grupo de gente que no era adicta a nada, que se juntaba como nosotros, en una iglesia, pero cerca del Parque Lezama.
No-Adictos-A-Nada (N.A.A.N) se llamaba el grupo del que Laura, Mariana, Verónica y todas ellas formaban parte y por lo que venían a espiarnos como si fuéramos bichos exóticos. Se encontraban en Barracas, Almagro, Palermo, Parque Chacabuco y Núñez. Y se reunían, me contó Mariana cuando logré que confesara después de varias salidas al cine, para contarse lo vacíos que se sentían por no tener absolutamente ninguna sustancia que los atara, que los convirtiera en vulnerables, en flojos, en faltos de control sobre sus vidas. Los No-Adictos-A-Nada tenían la peor adicción posible: la no adicción. Estaban por completo disponibles para cualquier asunto, no tenían ninguna prioridad sobre el deber ser de sus vidas y simplemente hacían lo que se suponía que tenían que hacer. Algunos de ellos, confesó Mariana, se sentían "plenos y felices”, pero fuera de lugar entre parientes adictos a los opiáceos recetados por el psiquiatra, amigos adictos a los videojuegos y amantes fumadores y/o cocainómanos y/o alcohólicos.
“No tenemos nada”, me repetía Mariana, “No tenemos nada”.
Los No-Adictos-A-Nada no tenían nada, decían, porque en su absoluta autosuficiencia la soledad se les aparecía como esperable y no algo de lo que debían escapar haciéndose compañía con ninguna sustancia. Su existencia les resultaba tan satisfactoria que no había problema lo suficientemente grave del que necesitaran evadirse, ningún vínculo que les resultara nocivo o patológico, decían, y en absoluto se veían involucrados en conductas autodestructivas. No había definitivamente nada, en el universo entero, que los hiciera sentir vulnerables, faltos de control o dependientes. Eran tan pero tan pero tan libres de sí mismos y de sus ataduras sociales que necesitaban inventárselos pero ni así, decía Mariana, se asociaban a esas actitudes de forma patológica. Iban a casinos, a prostíbulos, ingerían las sustancias que consumían todos pero no lograban desarrollar absolutamente ningún síntoma de adicción. Se inyectaban, se emborrachaban, se pasaban tardes enteras jugando videojuegos, iban todos los días de la semana a Mc Donald´s y comían sin parar, visitaban shoppings para comprar cosas que no necesitaban y nada, nada sucedía. No generaban ninguna dependencia a ninguna actividad ni sustancia. Estaban limpios y libres de sentimientos culpógenos típicos de la adicción porque podían prescindir de todo. Si intentaban hacer cualquier cosa en exceso, se daban cuenta de que su sistema tarde o temprano lo rechazaba. Les gustaba tomar vino en las comidas, pero nunca se pasaban o les gustaba tener relaciones sexuales, pero ninguno las necesitaba o les gustaba comer, pero con moderación. Algunos tenían pensamientos recurrentes, admitían con orgullo, pero tampoco podía llamarse a eso adicción, sino obsesión.
N.A.A.N era lo único que tenían los No-Adictos-A-Nada. Eso y nosotros, los borrachos de la iglesia de Don Bosco, que nos juntábamos los martes y jueves a hablar de nuestros desbarajustes existenciales ocasionados por el abuso de alcohol y mirábamos atónitos a nuestras visitantes. A ellas, hermosas, radiantes, inmaculadas y sobrias, las olíamos como animales, como monos, como perros que descubren que adentro de una bolsa hay comida.
II.
Tuve que ir, tuve que verlo. No era posible que eso existiera. Me lo pedía a gritos mi vida entera, desbarrancada por el consumo de alcohol desde los 15 años, mis escasos períodos de sobriedad, mis recaídas, mis internaciones, mis amigos, mi familia, mis novias, todo lo que siempre había tratado de romper y de cuidar con la misma dedicada energía que tenemos los que odiamos y amamos con la misma intensidad todas las cosas que nos pertenecen. Todo eso me pedía a gritos que fuera a comprobar que existía gente que no solo podía convivir armoniosamente con las sustancias que me dominaban como un Dios/Diablo, si no que admiraban a quienes éramos adictos a algo por considerarnos gente con, como me decía Mariana, “un poco de sal, un poco de magia”.
Tenía que ver con mis propios e incrédulos ojos cómo en esas reuniones en la iglesia del Lezama esta gente se organizaba para que el sentido de su vida fuera suficiente sentido mientras anhelaban cualquier anzuelo del que podrían ser presas. No había cárcel para ellos, no había encerrona, no había jaula, pensaba envidioso mientras llegaba a su reunión. Pero tampoco había felicidad, me repetía la voz de Mariana en la memoria. Conocerlos fue de las cosas más absurdas que me sucedieron, pero ahora, visto desde una perspectiva casi cómica, entiendo que para aquellos miembros de N.A.A.N que no se habían animado a ir a inspeccionarnos a las reuniones de A.A., conocerme debe haber sido una situación igualmente border, ya que aun habiendo lidiado con cientos de adictos antes de internarse en esa locura de N.A.A.N., nunca ninguno de ellos había interactuado con un adicto en las reuniones de no adictos.
Un sinsentido de tipo cósmico, sentenció Rodolfo cuando se lo conté, la conjunción imposible en términos cuánticos de la materia y la anti materia. Un verdadero agujero del gusano intergaláctico.
Pero me había enamorado, sí. Fue eso, en definitiva, lo que me llevó a esa sala de reuniones de la iglesia donde se juntaban estos lunáticos que, mirándolos en perspectiva, repito, podrían haber creado una nueva sociedad de lo más aburrida que se tenga capacidad de concebir, pero una nueva sociedad en fin.
No queremos problemas, me dijo el coordinador de N.A.A.N. cuando llegué esa tarde de la mano de Mariana, esperando ver seres de otra galaxia. No queremos que nos agredas, culminó, para mi sorpresa, el organizador del grupo que, desde hacía años, se reunía dos veces por semana con gente que no tenía absolutamente ningún comportamiento autodestructivo ni destructivo en general. Eran gente de paz, dijo, y no quería que mi presencia en ese lugar pudiera generar algún inconveniente. No era mi intención agredirlos, avisé, solo quería presenciar una de sus reuniones como muchos de ellos habían presenciado las nuestras. El tipo aceptó a regañadientes, avisado por Laura y Mariana que yo llevaba más de 5 años de sobriedad y que no tenía una personalidad especialmente violenta.
Sin embargo, el sinsentido de mi presencia se manifestó de forma patente cuando arrancó la ronda de presentaciones y todos comenzaron tratar de captar mi atención como si cada uno fuera el más damnificado por la patología de la no patología. Menudo espectáculo.
Hola, mi nombre es Luciana y no tengo ninguna adicción. Esta semana logré engancharme de forma más o menos intensa con un nuevo tipo de técnica de yoga pero solo pude mantener el entusiasmo por dos o tres días y después nada más. Hola Luciana.
Hola, soy Sebastián y no tengo ninguna adicción. El domingo hice un asado y después de tres horas de tomar vino con mis amigos me pareció que estaba borracho, pero el lunes ya no sentí necesidad de tomar más alcohol y volví a cenar con agua como siempre. Hola Sebastián.
Hola, mi nombre es Nicolás y no tengo ninguna adicción. Mi semana transcurrió normalmente, solo que algunos días en el auto tuve ganas de escuchar el mismo tema en la radio más de una vez, pero no creo que eso pueda ser considerado un comportamiento compulsivo. Hola Nicolás.
Hola, mi nombre es Paula y no tengo ninguna adicción. Desde la última vez que nos vimos fui todos los días al gimnasio, pero en realidad no tengo ganas de ir, solo voy porque mi hermana me obliga. Hola Paula.
Hola, mi nombre es Lorena y no tengo ninguna adicción. Mi novio se la pasa fumando en casa y me acerco a él para inhalar un poco de nicotina, hasta que me dice que ni se me ocurra empezar a fumar porque en me va a dejar. Hola Lorena.
Hola mi nombre es Mariana y no tengo ninguna adicción. Creo que estoy enamorada de un alcohólico pero temo que solamente sea porque me fascina su patología, aunque también siento que podría dejarlo también a él en cualquier momento. Hola Mariana.
Mariana fue la única que no me miró directamente a los ojos con centelladas expectantes de aprobación mientras contaba que estaba enamorada de mí. Se miraba los pies mientras todos, en ronda, la mirábamos a ella. En cada caso, me había sentido interpelado a intervenir tras escuchar los no hábitos nocivos de los participantes pero en el suyo me llamé a silencio. Por desgracia el coordinador me cedió la palabra luego de que Mariana lo mirara pidiendo algún tipo de ayuda o consejo mientras el resto de los miembros del grupo, molestos e incómodos, se movían en su silla o se miraban entre sí, esperando que alguien reaccionara tras semejantes palabras.
Mi intervención estuvo entonces atravesada por lo que estaba sintiendo por Mariana (amor correspondido) al mismo tiempo que trataba de entender qué era lo que me pasaba al ver a todos esos no adictos pidiéndome mi atención. Por primera vez en mi vida no sentía vergüenza por mi status de adicto y de pronto era una especie de superhombre a quien admirar. Tenía algo, a diferencia de ellos, tenía una sustancia, un Dios, una relación demasiado intensa, un involucramiento visceral hacia algo toxico, pero visceral e intensa al fin. Podíamos hilar fino y pensar que ellos tenían otras cosas que yo había perdido gracias a mi alcoholismo, pero ellos querían tener lo que yo tenía. Ya saben: el pasto siempre está más verde en el otro jardín. Same old same old. Rodolfo daría más vueltas. Diría cosas como: La materia y la anti materia. El ser y el no ser. El inacabado proceso de cosmogonía del personaje que nunca termina de atravesar su camino heroico porque si al final del mismo no está su amada, no es heroico, no es su camino y no tiene sentido atravesarlo. El deseo, pensé antes de hablar, el único motor de los mortales que, atravesados por la pulsión de tener aquello que no tienen, solo se pueden conformarse con aquello que sí tienen y considerarlo poco, no importa si es dolor, desesperación o enfermedad. La falta, Sigmund, la putísima falta.
Quieren sentirse vivos, pensé, están mal de la cabeza, dije.
Quieren sentirse vivos y mortales, pensé, quieren morirse de sobredosis, dije.
Quieren sentirse vivos, mortales y humanos, pensé, quieren ser esclavos, dije.
El coordinador cortó mi intervención tratando de poner paños fríos. No queremos eso, dijo, solo que no sabemos qué queremos puesto que no queremos nada demasiado, nada compulsivamente, nada por encima de nuestra realidad. No necesitamos más de lo que tenemos, dijo, pero en definitiva eso tampoco nos alcanza. En una sociedad donde lo que no se tiene es lo único por lo que vale la pena vivir, nosotros nos juntamos para consolarnos. Lo que no tenemos es lo que tienen todos, aunque eso sea nocivo para la salud y la vida. En una sociedad de adictos, sentenció, los no adictos somos los enfermos.
III.
Volví a tomar después de seis años de sobriedad porque me enamoré de una mina que me dejó por otro.
Suele pasar, me dijo Rodolfo, me dijo el psiquiatra, me dijeron todos. ¿Qué parte? Pregunté ¿la de que me enamoré, la de que me dejó por otro o la de que volví a tomar? Todas, me dijo Rodolfo, me dijo el psiquiatra, me dijeron todos.
Pero el amor, esa palabra. Nadie sabe en qué consiste, nadie sabe dónde está, todos hablan, escriben, cantan y mienten de lo lindo. ¿Qué es el amor? ¿Quién puede decir que sabe lo que es sin que venga otro pelotudo a decirte “eso no es amor, es obsesión”? Manga de giles hijos de remil putas, qué mierda saben qué es el amor. Nadie sabe. A nadie le importa saber. Todos hablan, todos escriben, todos ponen emoticones de corazoncitos. Giles. El amor es mi whisky. El amor es este whisky.
Una vez escuché a un pelotudo que dijo “Lo opuesto a la adicción no es sobriedad, lo opuesto a adicción es la conexión” y argumentaba que si estamos conectados con otro, nos sentimos amados y tenemos un vínculo sólido y duradero no vamos a necesitar de ninguna sustancia para sentirnos mejor. Pelotudo. ¿Quién quiere sentirse mejor en este mundo nefasto? Yo no quiero sentir nada, denme whisky, denme todo el whisky que haya porque esta hija de re mil putas me dejó por otro alcohólico solo para hacerme sentir así de mierda.
No sé qué me pasa, creo que no me gustás tanto, dijo Mariana después de meses de salir conmigo.
¿Tanto como te gusta quién? tendría que haberle preguntado a esa puta, a esa mierda. Tanto como Santiago, debería haber dicho ella, que volvió a tomar, dejó las reuniones de A.A. pero obviamente ya le había pedido el teléfono y está saliendo con ella ahora.  ¿Tanto como ese hijo de un vagón de bisnietos de putas que se da con todo no te gusto, insulsa de mierda?
La única palabra asociada a mi vida es esclavitud. Fui esclavo de mis padres, fui esclavo de mis amigos, fui esclavo de todos. Sometido, siempre dispuesto, siempre listo, siempre disponible, siempre me dominaron. Y cuando se quisieron acordar de que yo existía, ya me dominaba otra cosa, me dominaba la misma cosa que los domina a ellos en forma de teléfonos celulares, computadoras, electrodomésticos, cuentas bancarias, tarjetas de crédito, pornografía, bingos, casinos y jeringas. Solos y esclavizados. De ahí viene la palabra adicto, sabían, de esclavo. Voilá la etimología, qué ciencia más excelsa. Estar solo y sentirse solo no son la misma cosa, no ves el amor a tu alrededor, me decía mi vieja para calmarme. Sos esclavo de esta mierda porque querés, tenés que poder querer que ser libre, me decían mis hermanos para calmarme. Pensás que la bebida es tu novia pero tu novia soy yo, me decía mi novia para calmarme. Qué épocas.
Ahora pasaron seis años y volví a cero otra vez. Ahora soy libre de todos esos hijos de puta que necesitan que esté sobrio para romperme las pelotas con sus pelotudeces de gente correcta que no llega a fin de mes. Libre de ellos y de Mariana, que iba a nuestras reuniones porque estaba aburridísima con su vida normal y quería encontrar a alguien problemático para entretenerse. Un poco de sal, un poco de magia, decía, hija de puta. Lástima que yo no estaba lo suficientemente enfermo como para satisfacerla.

Me pregunto qué pensaría si se entera que volví a tomar gracias a ella. Un sinsentido cósmico, diría Rodolfo, un agujero de gusano más, otra gentileza de Dios para demostrarnos que existe. 

lunes, 25 de diciembre de 2017

Todo viaje es político: un mes sola en China (1)


--------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com> 
Fecha: 27 de noviembre de 2016, 10:45 
Asunto: HK NO ES CHINA Para: ed_cabrera@gmail.com

Te escribo desde el Mc Donald’s en Mong Kok, Kowloon, el barrio menos occidental de HongKong y uno de los más poblados del mundo. Tengo miedo, mucho miedo. Mucho más miedo del que pensé que tendría alguna vez.
Desde el aeropuerto tomé un micro que viene directo a esta zona, una mezcla bizarra de Once con Constitución pero plagada de chinos. ¿Son chinos los hongkoneses? Creo que no, creo que preferirían ser cualquier cosa menos chinos.
Caminé cuadras y cuadras hasta dar con el edificio gigante en el que unos letreros kilométricos informan las cosas que hay dentro. Mi hostel es el AppleInn MongKok y queda en la Unidad 1301, piso 13, Sun Hing Building, 607 Nathan Rd, Mong Kok.
Qué manera de flashearla, amigo: hace más de 10 años que soñé con llegar a China y pareciera que es cierto, pareciera que estoy en China. Pero HK no es China sino un enclave colonial británico y se nota con mucha rapidez la impostura, la occidentalización, la contradicción, la tensión entre lo que es y no es o entre lo que debería ser y no es.
Por lo menos ahora tengo internet en el Mc Donald´s este y puedo escribirte, porque encima cometí el error de reservar el hostel más barato de HK, en el que no hay wi-fi ni ventanas ni cocina ni duchas. Ahí encerrada como una presa me di cuenta de algo tremendo: no quiero viajar más sola, no quiero otra vez afrontar todos los desafíos de la aventura, no tengo más nafta. Por suerte en unos días llega Sofi, la chica que conocí en el foro de viajeros que dijo que se sumaba a mi mes por China y ahora está en Malasia. Mientras tanto estoy paralizada, no quiero, no puedo y no sé hacer nada sin ella. Media vida viajando sola para ahora necesitar una niñera.
Bárbaro. Parece que no existe tal cosa como el progreso o la evolución. Bárbaro.
Caminando un poco pude ver que HK está dividida en dos: la isla (más cosmopolita) y el territorio continental (donde está mi hostel). En conjunto es una ciudad megalómana, llena de occidentales, con arquitectura colonial inglesa y escaleras mecánicas incrustadas en calles súper empinadas. Anduve por el centro, por una esquina llamada “de las estrellas” donde hay murales de Frank Sinatra, crucé el Río de las Perlas en el ferry turístico, miré la skyline de un lado y del otro, etc. Conocí a un brasileño que vive en Shanghái y dice que prefiere “el caos chino” a HK porque le recuerda el caos latinoamericano y a un español con el que fui a conocer al buda gigante de la Isla de Lantau. También charlé con una venezolana que se autodefine como "cantante" que dice estar embarazada de otro músico que conoció acá y que prefiere tener a su hijo en Chengdu (la provincia china conocida por los osos pandas) que en Caracas. ¿Será prostituta? ¿Será cantante? ¿Le pagarán los hoteles de Chengdu a cantantes venezolanos? Demasiadas preguntas para tan pocos días. 
Igual si hubo algo que me shockeó fue que en el paseo por la rivera del río que hice el día que llegué encontré a un cantante callejero disfrazado de Wally. Sí, Wally, de “¿Dónde está Wally?”, ese que todos estamos buscando sin siquiera saber que lo estamos buscando, perdido (o escondido) en el país más poblado del mundo. Repito: el primer día en China encontré a Wally, no puedo más de la confusión que tengo. Pero ya me habían advertido que China no iba a ser fácil de comprender: el día que ganó Trump estaba en Tokyo y uno de mis compañeros de cuarto resultó ser chino. Charlando sobre el sistema político de su país me dijo algo que nunca me voy a olvidar: "Quizás el problema del capitalismo sea la democracia". What? Bueno, heme aquí rompiendo todos mis esquemas y prejuicios, en el país comunista más grande del mundo lo único que veo es capitalismo y lo único que siento es miedo.
¿No se supone que este es el estadío superador de la humanidad?  ¿No era que el miedo me lo tenían que dar los carteles de drogas, las mafias, la trata de personas y otros vicios del corrompido sistema capitalista?  Bueno, no. Lo que sigue después de la opresión del hombre por el hombre es el pánico. Aunque trato de calmarme pensando que en realidad no estoy en China, porque HK no es China: es occidental, es colonial, es británico, es asquerosamente capitalista y consumista. O quizás eso también sea China China, veremos.
En el medio de mi debate sobre el ser y no ser conocí a un bartender argentino que trabaja en un bar cuyos dueños son unos singapurenses que viajan por todo el mundo copiando "bares temáticos" y armaron uno con la argentinidad. Te venden el churrasco, el fernet, el polo, las boleadoras, etc. Fake, todo fake salvo Alex, el bartender, al que trajeron directamente desde Buenos Aires y vive en HK hace meses pero no habla media palabra de chino. Argentinos en HK: vaya cosa que necesito para atravesar este ataque de pánico permanente en el que me encuentro.  El bar queda en la zona más cool de la ciudad (la isla), donde no entendés si estás en Londres o Amsterdam y te sorpendés al encontrar demasiados restaurantes argentinos: Gaucho, La Pampa, Picada, Tango Central y Buenos Aires Polo Club, en el que trabaja Alex y queda en 7th Floor LKF Tower, 33 Wyndham Street, Central, Hong Kong.  Mi hostel obviamente está muy lejos de ahí, mi hostel me da miedo, el barrio de mi hostel me da miedo, la gente que vive en mi hostel me da miedo. Yo adentro de ese lugar me doy miedo.
¿Cómo carajo llegué a China? ¿Por qué se me ocurrió que era buena idea venir sola?
Probablemente me haya agrandado y pensado que soy mucho más valiente de lo que realmente soy.
¿Valiente viene de valor?
¿Qué valor tiene la valentía?
¿Qué valor tiene hacer cosas difíciles de hacer?
¿Una persona con ataques de pánico es valiente?
Siento que “valiente” es como "madura": una especie de cumplido o piropo que en realidad no es más que una forma sutil de decir "rarita".
¿Por qué quiero ser rarita y no hice el viaje que hacen todos por el sudeste asiático y me vine sola a China?
¿Por qué quiero venir a China hace años?
¿Cuánto vale una obsesión?
¿Cuánto vale la realidad sobre la idealización?
La noche que nos conocimos Alex me llevó a varios bares occidentalisímos, muy lejos de la fantasía que podría tener sobre China. Conocimos a algunos de los chefs y encargados de los restaurantes argentinos bebimos, bailamos, etc. Estuvo divertido hasta que tuve que tomarme un taxi para volver a mi barrio turbio y para eso hubo que mostrarle la dirección al taxista en el teléfono y rezar.
Llegué a Kowloon casi de día y me dormí rezando.  
Rezar quita el miedo, pero solo un poco.


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Elefantiasis

Para Revista 27



I.–
Me desperté ese día convertida en algo que no era pero que nunca más iba a dejar de ser  en adelante: una sincericida. Fue como un virus, una elefantiasis de moral. Me di cuenta esa mañana de que guardaba más secretos de los que quería, podía y soportaba. Eso me convertía en una resentida, una desconfiada, una cínica. Ya no quería ser más eso. Ya no podía ser más eso. No sé si lo decidí, me parece que no. Fue como dejar de fumar: un día te levantás y te da asco el tabaco. Un día me levanté y me dio asco todo. Y todos. La gente que quería, la que conocía de vista, mis compañeros de trabajo. Todos ocultaban algo y muchos de ellos confiaban en mí. Demasiado confiaban. Demasiado.
Acá es así: paredes blancas, de azulejos. Piso blanco, de cerámicos, marcos de las ventanas y puertas: blancas. Los guardapolvos, blancos. Las sábanas, blancas. En este lugar el blanco intenta ganarle a la oscuridad, pero nunca lo logra, nunca lo logrará.
Uno a uno. Una a una. Iba a contarle los secretos que cargaba sobre mis espaldas a cada una de las personas que conocía. No era venganza ni rencor, eran demasiados años. Demasiada información sobre demasiada gente. No quería que me agradecieran o me entendieran o me perdonaran. Simplemente necesitaba dejar de ser el confesionario de todos ellos. Y además, tras décadas de guardar secretos de otros, había descubierto que no era cierto eso de que “todo vuelve”. No. No había un boomerang universal que redistribuyera el bien y el mal. No podía vivir más así, no quería ser ya más cómplice de un mundo en el que la justicia kármica nunca se concreta. Qué es eso del karma, si mentís mentís, punto.
Hay dos parques, ¿ves? uno interno y otro externo. Aunque el afuera nunca es afuera del todo. El afuera no existe. Acá solo existe adentro, blanco, mezclado con el verde del parque, con el verde esperanza, con el olor a amoníaco,con la desesperación.
Antes que nada armé una lista. Me compré un cuaderno especial y dos biromes, negra y roja. Anotaría todo lo que tenía que hacer e iría contando día por día cómo me iba. Sabía que era un plan arriesgado, por eso quería dejar constancia de mi trabajo. Lo que más me preocupaba era que si moría en el camino, mi legado fuera justamente que decir la verdad era demasiado peligroso. Por eso, antes que nada escribí en el cuaderno una frase de Fidel Castro: “Rechazo la mentira porque sé que la ignorancia ha sido la gran aliada de la opresión a lo largo de la historia”. Agregué un verso de Keats: “Belleza es verdad y verdad es belleza”.
Acá también hay cosas vivas. Las cosas vivas flotan o se desplazan. Se desdibujan, se mezclan entre sí, se convierten en una masa que solo se distingue del resto de las cosas por no ser blancas o verdes. Aunque el pasto también está vivo, el pasto crece, y las otras cosas vivas, las otras cosas vivas que no se distinguen entre sí no crecen, envejecen, no, no, nunca crecen, aunque floten o se desplacen.
Armé la lista de las mentiras y secretos que cargaba sobre mí. Puesto todo junto era insoportable: 1) Mi primo Martín fue comprado al nacer y no lo sabe. 2) Mi jefe es gay y su hija, que trabaja con nosotros, no lo sabe. 3) Mi hermano dice que va a la facultad que paga mi padre pero no lo hace y por supuesto, mi papá no lo sabe. Así llegué a treinta y tres cosas que sabía de gente a mi alrededor que implicaban secretos, mentiras y ocultamientos entre amigos, amigas, exs, amantes, vecinos, compañeros de colegio, de universidad, etc. Iba a ir por todos. Iba a vomitarle todo a todos. Luego de la lista anoté otra frase, esta vez de Wilde: "Un poco de sinceridad es una cosa peligrosa y mucha es absolutamente fatal". Mientras miraba la frase empecé a temblar. Nunca terminé de entender si de miedo, de alegría o de libertad. Temblando, escribí “Deséenme suerte”, pero después lo taché, porque la suerte es para los que no confían en su propio esfuerzo y yo iba a dejarlo todo, iba a dejar la vida si era necesario, pero no lavaría un trapito sucio más.
Cuando quieras algo vos nomás tenés que pensar en eso, acá funcionan bien las antenitas de todos, querés fuerte fuerte algo pensás pensás y eso viene, eso llega, se mueve, se desplaza, flota hasta vos. Si querés que algo se aleje ahí sí no se puede, alejar cosas con la mente no se puede, la mente solo atrae, solo chupa, absorbe, como un imán, la mente es un imán muy poderoso, tiene antenitas, acá todos vemos las antenitas de los demás.
Al escribir el mensaje para ver a mi tía y contarle que le diría la verdad a su hijo comenzaron a sonar voces en mi cabeza: ¿A vos qué te importa? ¿No podes guardar un secreto? ¿No es esa la lealtad? ¿No estarías siendo tan traidora como ella? Puede ser, respondo a las voces, pero ya no puedo más con todo esto, tengo un elefante rosa sobre mis espaldas. Nadie lo ve, nadie lo quiere ver, necesito sacármelo. Soy la puta tela de la araña donde se balancean todos los putos elefantes rosas del mundo. Pero las voces siguen taladrando, me acosan todo el tiempo: ¿Acaso no tenés secretos?  ¿Acaso no hay gente que los sabe? ¿Qué pensarías si ellos también deciden contárselos a los demás? Mientras caminaba, mientras trabajaba, mientras limpiaba mi casa, respondía: necesito hacer esto, necesito que la verdad tiña todo, no me importa, no me importa la traición que voy a cometer, porque no sé qué le pasa a un traidor que traiciona a un traidor. Aún así las voces no cesaban. Los temblores tampoco.
Hay poca luz, por eso es mejor de día. Hay poca luz pero Dios igual aparece. Dios existe acá y es blanco, también, aunque la luz no sea blanca. La luz blanca es otra cosa, la luz blanca es lo peor. Cuando veas eso, nena, corré.
A Martín, mi primo, lo compraron en Santiago del Estero. Decir que era adoptado era un eufemismo hermoso. Pero mis tíos lejos estaban de saber sobre metáforas, así que nos dijeron a todos en la familia que se lo habían “cedido”. En dólares fue la cesión, me contó después mi mamá, hermana de Mónica, la nueva madre de Martín. No, él no se parecía en nada a sus compañeros de colegio bilingüe y no, tampoco se parecía en nada a mis tíos o a ninguno de nosotros, pero allí estaba, con sus dieciocho años, experimentando un mundo feliz gracias a unos dólares bien invertidos. No habíamos tenido mucha relación hasta que me preguntó, en plena borrachera de un 31 de diciembre, si conseguía flores. ¿Flores de florería? dije sonriendo, y me guiñó el ojo. Así nos acercamos. Teníamos el mismo dealer vegano que cultivaba en una quinta de zona oeste a la que íbamos juntos una vez por mes. En esos viajes largos en el Sarmiento me contó que no entendía cómo era tan distinto a sus padres y también me confesó que se sentía un extranjero en su propia casa. El elefante rosa creciendo entre las vías del tren. Sostuve la situación contándole mis propios problemas de identificación con la familia a la que pertenecíamos, aunque me moría de vergüenza por ser irrefutablemente parte de eso que él consideraba propio y no lo era. Él no estaba atado por sangre a ninguno de nosotros, era libre, solo que no lo sabía. O esa libertad era su cárcel, porque de saber que durante dieciocho años todos nosotros le habíamos mentido, dudosamente podría volver a confiar en alguien alguna vez. Según mi madre, por esta paradoja era preferible, para mantener su psiquis en condiciones, que pensara que sus supuestos padres habían hecho magia con el ADN y engendrado algo tan distinto a ellos como fuera posible. En las reuniones familiares el panorama había sido siempre escalofriante: unas diez personas mintiéndole en la cara a un chico que crecía año a año lejos de sus verdaderos padres, cerca de sus compradores. La abuela Rosa no dudaba al definir que se trataba de un típico caso de “mentira piadosa”. Otra palabra que anoté en mi cuaderno libertario. Piadoso: Del latin pietas (devoto, amable).
Ahora ya te expliqué lo de las cosas que viven y las cosas que no viven, lo de los colores y también lo de los ruidos. Te voy a ir contando uno por uno quiénes son los que pasan por acá, no los que viven acá no porque acá nadie vive, en realidad, todos pasan, flotan, se desvanecen, no sé por qué les dije cosas que están vivas antes, a veces me confundo, nena, disculpá.
II.–
El 19 de abril de 2009 le dije a mi tía Mónica que en esta nueva misión que me encargó el universo estaba incluida ella. La cita fue en su piso con vistas a los bosques de Palermo. Me recibió para tomar el té.
–Tía, voy a contarle a Martín.
– ¿Qué cosa?
–Que es comprado, tía.
– ¿Qué estás tomando? ¿Otra vez le robaste medicación a tu papá? Lo voy a llamar a Alfredo ya mismo.
–No estoy tomando nada, simplemente voy a decirle la verdad al pobre pibe, que se siente un sapo de otro pozo.
–La única verdad es que nosotros lo criamos con muchísimo amor, le dimos una vida que jamás hubiera tenido de quedarse con los salvajes que le tocaron de padres.
– ¿Mintiéndole día a día, tía, le dieron una vida mejor?
–No es mentir, querida, es cuidar. ¿No te das cuenta que el mundo es un lugar horrible? Hay que preservar a la gente que uno quiere.
–Pero tía, Martín vive engañado, no entiende cómo puede ser hijo de gente tan distinta a él.
–No somos tan distintos, él es bastante mentiroso, el otro día me dijo que se fue al oeste a ver a una banda y resulta que fue a comprar droga.
– ¿En serio? –dije tratando de que mi elefante se balancee bien– ¿Y cómo te enteraste?
–Porque le instalé un programa de grabado de voces en el celular.
–Ahhh.
–Y sé perfectamente que vos fuiste con él.
–Tía, la marihuana es menos peligrosa que el tabaco.
–Te vas ya mismo de mi casa – dijo levantándose de la mesa– antes que llame a tu padre para que te interne.


Empecemos con la negra, la negra es buena, calladita, como deben ser las perritas como ella. Hay muchos animalitos acá, vas a ir conociéndolos de a poco. Empecemos con ella, es mansita, mira, tocala, tocala, vení, ves cómo tiene el pelito. El pelito es suave. Suave, suave, chiquitita.


Con esta primera y nefasta aproximación al hueso de las cosas, decidí dejar lo de mi primo para el final. Juntaría a toda mi familia en una cena y les diría, como pudiera, que ya no sería más cómplice de esa fantochada. Eso alucinaba mientras iba cayendo sobre mí el peso de la hipocresía de la gente a mi alrededor y me convencía de que decir la verdad era el precio más alto que podía pagar, pero que no sería libre hasta que no me sacara de encima todas esas realidades paralelas. No podría seguir con mi vida, estaba convencida, hasta que no me alejara de esas fantasías que elaboraban mi alrededor y que me confundían permanentemente entre lo que era cierto y lo que no. Y si moría en el camino, pensaba, sería por no haberme vendido ante la cínica certeza de que a nadie le interesa qué es cierto y qué no.
Después acá vas a ver a Coca. Coca le decimos porque está siempre contenta. Coca te responde si le hablás. ¿Cómo que no me creés? Mirá, le digo, Coquita, vení a saludar y ella viene, vas a ver. Coca, Coca, ves, es obediente y escucha, entiende, aunque también le podés hablar con la mente, pero ahí quién sabe si te escucha, te entiende o qué hace. Capaz ahí no te obedece.
La hija de mi jefe, mi compañera de trabajo, me dijo que no creía que su padre fuera gay. Le conté que estaba viéndose con un ex compañero nuestro que había seducido durante el tiempo que todos habíamos compartido en la oficina. Le dije también que le podía proporcionar la dirección del hotel alojamiento donde se encontraban semanalmente. Me dijo que no le interesaba para nada esa información y que en todo caso esperaría a que su padre se la proporcionara. También, enojadísima, me preguntó por qué yo tenía que meterme con su familia y pidió que me olvidara por completo de ella y de su padre. Que personalmente haría lo imposible para que me echaran porque no quería trabajar con una mala persona, dijo también. Que (¿yo?) era una morbosa y una chismosa, sentenció además. Y que mejor fuera comprando los clasificados, remató.
Este encuentro fue inquietante. Me gané un “morbosa” por intentar sacarle la venda de los ojos a alguien que quería y liberar a mi jefe de la pesadilla de asumir su sexualidad con su familia. Morbo, del latín Morbus, enfermedad, atracción a lo desagradable. Las preguntas eran cada vez más: ¿Era yo la que tenía atracción a lo desagradable? ¿O simplemente todo a mi alrededor se había convertido en desagradable?
Cuanto menos hables mejor. Cuanto menos sepan ellos que vos estás acá mejor. Te tenés que camuflar, entre las cosas blancas y verdes, entre las cosas que están vivas y las cosas que no, tenés que moverte con nosotros, no separarte, no distinguirte, mantenerte en movimiento pero quieta. ¿Sabés como te movés quieta? Es fácil, tenés que practicar.
Peor fue la reacción de mi padre. Cuando le dije que mi hermano se gastaba la plata que él le daba para ir a la universidad en salidas con sus amigos, mi progenitor me espetó un “buchona”. ¿Vas a seguir pagando? Le pregunté. Su respuesta fue tajante: “Hacer sociales también es una forma de educarse”. Mi hermano nunca me comentó nada sobre mi "buchoneo" y si bien en algún punto su silencio me alivió, ver que mi cruzada por la honestidad seguía siendo una carrera contra la nada me empezó a preocupar.
La hora nunca se sabe, salvo por las comidas, mejor que no te preocupes por el tiempo, el tiempo acá es como el espacio, como las cosas que flotan, el tiempo pasa más lento para nosotros, no hace falta que te preocupes por él, no hay necesidad, salvo cuando tengas sueño y sea de día, ahí podés calcular dormir una siesta, la siesta es linda, linda, dormir y despertar el mismo día, es como si vivieras el día dos veces, es como si le ganaras un día al día ¿te gusta dormir la siesta a vos?
La semana que llegó mi telegrama de despido resolví hacer la cena familiar para continuar con el sincericidio. Empezaría un nuevo trabajo, empezaría una nueva vida, sería finalmente libre de todos esos secretos con los que ya no podía ni respirar.
Libre. Libre. Libre.
Llamé a mi tía, a mis padres y a mis primos. La cita era en un restaurant de Av. De Mayo. Anoté en mi cuaderno: “Primer día del resto de mi vida”.
III.–
Era como se la había imaginado. Muchos árboles de diferente tipo, césped, césped, césped.  Le habían dicho que allá habría más verde del que había visto en su vida. Le habían dicho que tenía que mantenerse tranquila y que esa naturaleza, más de la que podía soportar, sería parte de su nueva vida: una mejor, menos estresante, más conectada con lo “espiritual”. En qué consistía su espíritu, eso no lo sabía, quizás nunca se lo había preguntado. Había muchos perros por el parque y una señora mayor sentada en uno de los bancos de plaza instalados a la entrada le sonrió ni bien la vio entrar mientras jugaba con una caniche a la que llamaba Coquita.
En la recepción la atendió una enfermera con piel amarillenta. La miró de arriba abajo y lo miró a él, que le dijo que tenían que ver al Dr. Monetti a las diez de la mañana.
Así se llamaría el doctor si esto fuera una película argentina, pensó ella. Pero no habló, solo bajó la mirada y trató de concentrarse en parecer lo más sana posible, aunque eso fuera absurdo, dado que estaba entrando a una clínica psiquiátrica y probablemente allí se quedaría un tiempo considerable. Cuánto, quién sabe.
–Primero sólo Ud. –le dijo Monetti al padre cuando abrió la puerta de su consultorio. A ella le dedicó una mirada compasiva y una sonrisa a medias.
–Entonces el diagnóstico es esquizofrenia?– preguntó el padre.
–No –dijo Monetti– puede ser bipolaridad.
–Pero si escucha voces –balbuceó el padre.
–Evidentemente tiene un conflicto con la realidad, pero puede ser un trastorno de ansiedad, producto de la bipolaridad.
–El problema es que ella cree que son verdad cosas que no son verdad.
–La  verdad no existe, acá lo sabemos muy bien, son todas interpretaciones.
Se levantó de la silla cuando entendió que le tocaba a ella reunirse con Monetti y se concentró en parecer menos loca de lo que se sentía; así se ahorraría el electroshock, pensó. ¿En qué año estaba? ¿Se seguía usando el electroshock? ¿No había técnicas menos invasivas?
– ¿Se sigue usando el electroshock?– preguntó ni bien se sentó.
Monetti la miró en silencio y sonrió. Tras él un ventanal con muchísimos pinos, a su lado su padre, en silencio.
–Para nada, Romina, es una técnica olvidada desde mediados de los setenta– explicó el galeno.
–La época de esplendor de la picana eléctrica– dijo ella.
Nadie tenía ganas de reírse, pero ella lo hizo por los nervios. Fue la única en hacerlo. Más nerviosa estaba, más loca parecía.
– ¿Querés contarme qué fue lo que pasó?– dijo Monetti.
– ¿La versión corta o la larga?– dijo ella.
–La que quieras.
–Pasó que empecé a decir verdades demasiado incómodas.
– ¿Incómodas para quién?
–Para todos, sobre todo en mi familia. Mi primo es adoptado, comprado en Santiago del Estero y...
–Basta con ese delirio– la interrumpió el padre.
–Bueno, entonces debería empezar por la versión larga – tiró en un suspiro Romina.
–Por favor –dijo Monetti.


–Me desperté ese día convertida en algo que no era pero que nunca más iba a dejar de ser en adelante: una sincericida. Fue como un virus, una elefantiasis de moral.