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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Elefantiasis

Para Revista 27



I.–
Me desperté ese día convertida en algo que no era pero que nunca más iba a dejar de ser  en adelante: una sincericida. Fue como un virus, una elefantiasis de moral. Me di cuenta esa mañana de que guardaba más secretos de los que quería, podía y soportaba. Eso me convertía en una resentida, una desconfiada, una cínica. Ya no quería ser más eso. Ya no podía ser más eso. No sé si lo decidí, me parece que no. Fue como dejar de fumar: un día te levantás y te da asco el tabaco. Un día me levanté y me dio asco todo. Y todos. La gente que quería, la que conocía de vista, mis compañeros de trabajo. Todos ocultaban algo y muchos de ellos confiaban en mí. Demasiado confiaban. Demasiado.
Acá es así: paredes blancas, de azulejos. Piso blanco, de cerámicos, marcos de las ventanas y puertas: blancas. Los guardapolvos, blancos. Las sábanas, blancas. En este lugar el blanco intenta ganarle a la oscuridad, pero nunca lo logra, nunca lo logrará.
Uno a uno. Una a una. Iba a contarle los secretos que cargaba sobre mis espaldas a cada una de las personas que conocía. No era venganza ni rencor, eran demasiados años. Demasiada información sobre demasiada gente. No quería que me agradecieran o me entendieran o me perdonaran. Simplemente necesitaba dejar de ser el confesionario de todos ellos. Y además, tras décadas de guardar secretos de otros, había descubierto que no era cierto eso de que “todo vuelve”. No. No había un boomerang universal que redistribuyera el bien y el mal. No podía vivir más así, no quería ser ya más cómplice de un mundo en el que la justicia kármica nunca se concreta. Qué es eso del karma, si mentís mentís, punto.
Hay dos parques, ¿ves? uno interno y otro externo. Aunque el afuera nunca es afuera del todo. El afuera no existe. Acá solo existe adentro, blanco, mezclado con el verde del parque, con el verde esperanza, con el olor a amoníaco,con la desesperación.
Antes que nada armé una lista. Me compré un cuaderno especial y dos biromes, negra y roja. Anotaría todo lo que tenía que hacer e iría contando día por día cómo me iba. Sabía que era un plan arriesgado, por eso quería dejar constancia de mi trabajo. Lo que más me preocupaba era que si moría en el camino, mi legado fuera justamente que decir la verdad era demasiado peligroso. Por eso, antes que nada escribí en el cuaderno una frase de Fidel Castro: “Rechazo la mentira porque sé que la ignorancia ha sido la gran aliada de la opresión a lo largo de la historia”. Agregué un verso de Keats: “Belleza es verdad y verdad es belleza”.
Acá también hay cosas vivas. Las cosas vivas flotan o se desplazan. Se desdibujan, se mezclan entre sí, se convierten en una masa que solo se distingue del resto de las cosas por no ser blancas o verdes. Aunque el pasto también está vivo, el pasto crece, y las otras cosas vivas, las otras cosas vivas que no se distinguen entre sí no crecen, envejecen, no, no, nunca crecen, aunque floten o se desplacen.
Armé la lista de las mentiras y secretos que cargaba sobre mí. Puesto todo junto era insoportable: 1) Mi primo Martín fue comprado al nacer y no lo sabe. 2) Mi jefe es gay y su hija, que trabaja con nosotros, no lo sabe. 3) Mi hermano dice que va a la facultad que paga mi padre pero no lo hace y por supuesto, mi papá no lo sabe. Así llegué a treinta y tres cosas que sabía de gente a mi alrededor que implicaban secretos, mentiras y ocultamientos entre amigos, amigas, exs, amantes, vecinos, compañeros de colegio, de universidad, etc. Iba a ir por todos. Iba a vomitarle todo a todos. Luego de la lista anoté otra frase, esta vez de Wilde: "Un poco de sinceridad es una cosa peligrosa y mucha es absolutamente fatal". Mientras miraba la frase empecé a temblar. Nunca terminé de entender si de miedo, de alegría o de libertad. Temblando, escribí “Deséenme suerte”, pero después lo taché, porque la suerte es para los que no confían en su propio esfuerzo y yo iba a dejarlo todo, iba a dejar la vida si era necesario, pero no lavaría un trapito sucio más.
Cuando quieras algo vos nomás tenés que pensar en eso, acá funcionan bien las antenitas de todos, querés fuerte fuerte algo pensás pensás y eso viene, eso llega, se mueve, se desplaza, flota hasta vos. Si querés que algo se aleje ahí sí no se puede, alejar cosas con la mente no se puede, la mente solo atrae, solo chupa, absorbe, como un imán, la mente es un imán muy poderoso, tiene antenitas, acá todos vemos las antenitas de los demás.
Al escribir el mensaje para ver a mi tía y contarle que le diría la verdad a su hijo comenzaron a sonar voces en mi cabeza: ¿A vos qué te importa? ¿No podes guardar un secreto? ¿No es esa la lealtad? ¿No estarías siendo tan traidora como ella? Puede ser, respondo a las voces, pero ya no puedo más con todo esto, tengo un elefante rosa sobre mis espaldas. Nadie lo ve, nadie lo quiere ver, necesito sacármelo. Soy la puta tela de la araña donde se balancean todos los putos elefantes rosas del mundo. Pero las voces siguen taladrando, me acosan todo el tiempo: ¿Acaso no tenés secretos?  ¿Acaso no hay gente que los sabe? ¿Qué pensarías si ellos también deciden contárselos a los demás? Mientras caminaba, mientras trabajaba, mientras limpiaba mi casa, respondía: necesito hacer esto, necesito que la verdad tiña todo, no me importa, no me importa la traición que voy a cometer, porque no sé qué le pasa a un traidor que traiciona a un traidor. Aún así las voces no cesaban. Los temblores tampoco.
Hay poca luz, por eso es mejor de día. Hay poca luz pero Dios igual aparece. Dios existe acá y es blanco, también, aunque la luz no sea blanca. La luz blanca es otra cosa, la luz blanca es lo peor. Cuando veas eso, nena, corré.
A Martín, mi primo, lo compraron en Santiago del Estero. Decir que era adoptado era un eufemismo hermoso. Pero mis tíos lejos estaban de saber sobre metáforas, así que nos dijeron a todos en la familia que se lo habían “cedido”. En dólares fue la cesión, me contó después mi mamá, hermana de Mónica, la nueva madre de Martín. No, él no se parecía en nada a sus compañeros de colegio bilingüe y no, tampoco se parecía en nada a mis tíos o a ninguno de nosotros, pero allí estaba, con sus dieciocho años, experimentando un mundo feliz gracias a unos dólares bien invertidos. No habíamos tenido mucha relación hasta que me preguntó, en plena borrachera de un 31 de diciembre, si conseguía flores. ¿Flores de florería? dije sonriendo, y me guiñó el ojo. Así nos acercamos. Teníamos el mismo dealer vegano que cultivaba en una quinta de zona oeste a la que íbamos juntos una vez por mes. En esos viajes largos en el Sarmiento me contó que no entendía cómo era tan distinto a sus padres y también me confesó que se sentía un extranjero en su propia casa. El elefante rosa creciendo entre las vías del tren. Sostuve la situación contándole mis propios problemas de identificación con la familia a la que pertenecíamos, aunque me moría de vergüenza por ser irrefutablemente parte de eso que él consideraba propio y no lo era. Él no estaba atado por sangre a ninguno de nosotros, era libre, solo que no lo sabía. O esa libertad era su cárcel, porque de saber que durante dieciocho años todos nosotros le habíamos mentido, dudosamente podría volver a confiar en alguien alguna vez. Según mi madre, por esta paradoja era preferible, para mantener su psiquis en condiciones, que pensara que sus supuestos padres habían hecho magia con el ADN y engendrado algo tan distinto a ellos como fuera posible. En las reuniones familiares el panorama había sido siempre escalofriante: unas diez personas mintiéndole en la cara a un chico que crecía año a año lejos de sus verdaderos padres, cerca de sus compradores. La abuela Rosa no dudaba al definir que se trataba de un típico caso de “mentira piadosa”. Otra palabra que anoté en mi cuaderno libertario. Piadoso: Del latin pietas (devoto, amable).
Ahora ya te expliqué lo de las cosas que viven y las cosas que no viven, lo de los colores y también lo de los ruidos. Te voy a ir contando uno por uno quiénes son los que pasan por acá, no los que viven acá no porque acá nadie vive, en realidad, todos pasan, flotan, se desvanecen, no sé por qué les dije cosas que están vivas antes, a veces me confundo, nena, disculpá.
II.–
El 19 de abril de 2009 le dije a mi tía Mónica que en esta nueva misión que me encargó el universo estaba incluida ella. La cita fue en su piso con vistas a los bosques de Palermo. Me recibió para tomar el té.
–Tía, voy a contarle a Martín.
– ¿Qué cosa?
–Que es comprado, tía.
– ¿Qué estás tomando? ¿Otra vez le robaste medicación a tu papá? Lo voy a llamar a Alfredo ya mismo.
–No estoy tomando nada, simplemente voy a decirle la verdad al pobre pibe, que se siente un sapo de otro pozo.
–La única verdad es que nosotros lo criamos con muchísimo amor, le dimos una vida que jamás hubiera tenido de quedarse con los salvajes que le tocaron de padres.
– ¿Mintiéndole día a día, tía, le dieron una vida mejor?
–No es mentir, querida, es cuidar. ¿No te das cuenta que el mundo es un lugar horrible? Hay que preservar a la gente que uno quiere.
–Pero tía, Martín vive engañado, no entiende cómo puede ser hijo de gente tan distinta a él.
–No somos tan distintos, él es bastante mentiroso, el otro día me dijo que se fue al oeste a ver a una banda y resulta que fue a comprar droga.
– ¿En serio? –dije tratando de que mi elefante se balancee bien– ¿Y cómo te enteraste?
–Porque le instalé un programa de grabado de voces en el celular.
–Ahhh.
–Y sé perfectamente que vos fuiste con él.
–Tía, la marihuana es menos peligrosa que el tabaco.
–Te vas ya mismo de mi casa – dijo levantándose de la mesa– antes que llame a tu padre para que te interne.


Empecemos con la negra, la negra es buena, calladita, como deben ser las perritas como ella. Hay muchos animalitos acá, vas a ir conociéndolos de a poco. Empecemos con ella, es mansita, mira, tocala, tocala, vení, ves cómo tiene el pelito. El pelito es suave. Suave, suave, chiquitita.


Con esta primera y nefasta aproximación al hueso de las cosas, decidí dejar lo de mi primo para el final. Juntaría a toda mi familia en una cena y les diría, como pudiera, que ya no sería más cómplice de esa fantochada. Eso alucinaba mientras iba cayendo sobre mí el peso de la hipocresía de la gente a mi alrededor y me convencía de que decir la verdad era el precio más alto que podía pagar, pero que no sería libre hasta que no me sacara de encima todas esas realidades paralelas. No podría seguir con mi vida, estaba convencida, hasta que no me alejara de esas fantasías que elaboraban mi alrededor y que me confundían permanentemente entre lo que era cierto y lo que no. Y si moría en el camino, pensaba, sería por no haberme vendido ante la cínica certeza de que a nadie le interesa qué es cierto y qué no.
Después acá vas a ver a Coca. Coca le decimos porque está siempre contenta. Coca te responde si le hablás. ¿Cómo que no me creés? Mirá, le digo, Coquita, vení a saludar y ella viene, vas a ver. Coca, Coca, ves, es obediente y escucha, entiende, aunque también le podés hablar con la mente, pero ahí quién sabe si te escucha, te entiende o qué hace. Capaz ahí no te obedece.
La hija de mi jefe, mi compañera de trabajo, me dijo que no creía que su padre fuera gay. Le conté que estaba viéndose con un ex compañero nuestro que había seducido durante el tiempo que todos habíamos compartido en la oficina. Le dije también que le podía proporcionar la dirección del hotel alojamiento donde se encontraban semanalmente. Me dijo que no le interesaba para nada esa información y que en todo caso esperaría a que su padre se la proporcionara. También, enojadísima, me preguntó por qué yo tenía que meterme con su familia y pidió que me olvidara por completo de ella y de su padre. Que personalmente haría lo imposible para que me echaran porque no quería trabajar con una mala persona, dijo también. Que (¿yo?) era una morbosa y una chismosa, sentenció además. Y que mejor fuera comprando los clasificados, remató.
Este encuentro fue inquietante. Me gané un “morbosa” por intentar sacarle la venda de los ojos a alguien que quería y liberar a mi jefe de la pesadilla de asumir su sexualidad con su familia. Morbo, del latín Morbus, enfermedad, atracción a lo desagradable. Las preguntas eran cada vez más: ¿Era yo la que tenía atracción a lo desagradable? ¿O simplemente todo a mi alrededor se había convertido en desagradable?
Cuanto menos hables mejor. Cuanto menos sepan ellos que vos estás acá mejor. Te tenés que camuflar, entre las cosas blancas y verdes, entre las cosas que están vivas y las cosas que no, tenés que moverte con nosotros, no separarte, no distinguirte, mantenerte en movimiento pero quieta. ¿Sabés como te movés quieta? Es fácil, tenés que practicar.
Peor fue la reacción de mi padre. Cuando le dije que mi hermano se gastaba la plata que él le daba para ir a la universidad en salidas con sus amigos, mi progenitor me espetó un “buchona”. ¿Vas a seguir pagando? Le pregunté. Su respuesta fue tajante: “Hacer sociales también es una forma de educarse”. Mi hermano nunca me comentó nada sobre mi "buchoneo" y si bien en algún punto su silencio me alivió, ver que mi cruzada por la honestidad seguía siendo una carrera contra la nada me empezó a preocupar.
La hora nunca se sabe, salvo por las comidas, mejor que no te preocupes por el tiempo, el tiempo acá es como el espacio, como las cosas que flotan, el tiempo pasa más lento para nosotros, no hace falta que te preocupes por él, no hay necesidad, salvo cuando tengas sueño y sea de día, ahí podés calcular dormir una siesta, la siesta es linda, linda, dormir y despertar el mismo día, es como si vivieras el día dos veces, es como si le ganaras un día al día ¿te gusta dormir la siesta a vos?
La semana que llegó mi telegrama de despido resolví hacer la cena familiar para continuar con el sincericidio. Empezaría un nuevo trabajo, empezaría una nueva vida, sería finalmente libre de todos esos secretos con los que ya no podía ni respirar.
Libre. Libre. Libre.
Llamé a mi tía, a mis padres y a mis primos. La cita era en un restaurant de Av. De Mayo. Anoté en mi cuaderno: “Primer día del resto de mi vida”.
III.–
Era como se la había imaginado. Muchos árboles de diferente tipo, césped, césped, césped.  Le habían dicho que allá habría más verde del que había visto en su vida. Le habían dicho que tenía que mantenerse tranquila y que esa naturaleza, más de la que podía soportar, sería parte de su nueva vida: una mejor, menos estresante, más conectada con lo “espiritual”. En qué consistía su espíritu, eso no lo sabía, quizás nunca se lo había preguntado. Había muchos perros por el parque y una señora mayor sentada en uno de los bancos de plaza instalados a la entrada le sonrió ni bien la vio entrar mientras jugaba con una caniche a la que llamaba Coquita.
En la recepción la atendió una enfermera con piel amarillenta. La miró de arriba abajo y lo miró a él, que le dijo que tenían que ver al Dr. Monetti a las diez de la mañana.
Así se llamaría el doctor si esto fuera una película argentina, pensó ella. Pero no habló, solo bajó la mirada y trató de concentrarse en parecer lo más sana posible, aunque eso fuera absurdo, dado que estaba entrando a una clínica psiquiátrica y probablemente allí se quedaría un tiempo considerable. Cuánto, quién sabe.
–Primero sólo Ud. –le dijo Monetti al padre cuando abrió la puerta de su consultorio. A ella le dedicó una mirada compasiva y una sonrisa a medias.
–Entonces el diagnóstico es esquizofrenia?– preguntó el padre.
–No –dijo Monetti– puede ser bipolaridad.
–Pero si escucha voces –balbuceó el padre.
–Evidentemente tiene un conflicto con la realidad, pero puede ser un trastorno de ansiedad, producto de la bipolaridad.
–El problema es que ella cree que son verdad cosas que no son verdad.
–La  verdad no existe, acá lo sabemos muy bien, son todas interpretaciones.
Se levantó de la silla cuando entendió que le tocaba a ella reunirse con Monetti y se concentró en parecer menos loca de lo que se sentía; así se ahorraría el electroshock, pensó. ¿En qué año estaba? ¿Se seguía usando el electroshock? ¿No había técnicas menos invasivas?
– ¿Se sigue usando el electroshock?– preguntó ni bien se sentó.
Monetti la miró en silencio y sonrió. Tras él un ventanal con muchísimos pinos, a su lado su padre, en silencio.
–Para nada, Romina, es una técnica olvidada desde mediados de los setenta– explicó el galeno.
–La época de esplendor de la picana eléctrica– dijo ella.
Nadie tenía ganas de reírse, pero ella lo hizo por los nervios. Fue la única en hacerlo. Más nerviosa estaba, más loca parecía.
– ¿Querés contarme qué fue lo que pasó?– dijo Monetti.
– ¿La versión corta o la larga?– dijo ella.
–La que quieras.
–Pasó que empecé a decir verdades demasiado incómodas.
– ¿Incómodas para quién?
–Para todos, sobre todo en mi familia. Mi primo es adoptado, comprado en Santiago del Estero y...
–Basta con ese delirio– la interrumpió el padre.
–Bueno, entonces debería empezar por la versión larga – tiró en un suspiro Romina.
–Por favor –dijo Monetti.


–Me desperté ese día convertida en algo que no era pero que nunca más iba a dejar de ser en adelante: una sincericida. Fue como un virus, una elefantiasis de moral.

Exilio for dummies

Para Notas Al Pie



No das más, no podés vivir más así. Le dijiste a todo el mundo que si ganaba Macri te ibas del país. Así de determinado sos, así de idealista, de principista, de arrebatado, qué genial. Te vas a ir del país. Tenés amigos en México, parientes en Madrid, una ex novia que está flasheando kiwis en Nueva Zelanda. Fantástico. Alguno de ellos te tiene que hacer la segunda. Vos te vas, vos te fuiste, chau.

En julio de 2014, haciendo gala de una increíble clarividencia política, vaticiné: “Gana Scioli, cumplo 30, me voy a la mierda”. Pues bien, cumplí 30, renuncié a cuatro trabajos, levanté un departamento entero, le grité desnuda a un tipo que estaba enamorado de mí que me iba a ir sola, reduje mi placard y mi biblioteca a 40 kilos y me fui del país. Pero Scioli no ganó. Fue peor, todo siempre puede ser peor.

Dieciocho meses y cinco países después escribo lo que ningún blog de viajes te va a contar nunca: las cosas horribles que te van a pasar cuando te autoexiliás. Son todas un bajón pero, aún así, como la explicación de “por qué te tenes que ir de la casa de tus padres” cuando sabés que “te tenés que ir de la casa de tus padres”, la explicación de “por qué te tenés que ir del país” es la explicación de “por qué te tenés que ir del país”. Es decir, inexplicable. Anda y hacelo: la experiencia es intransmisible. Andate de la tibia comodidad del “malo conocido”, de la casa de tus padres y de Macrilandia. Después, tratá de contarle el peronismo a un austríaco, hacé un cuadro sinóptico en alemán sobre cómo funcionan los medios en nuestro país, juntate con un cordobés en Sydney que te diga que está contento porque no hay más cadenas nacionales.

Andá, hacelo, sé libre.

Pero preparate, te van a pasar cosas que nunca te pasaron antes, así que no vas a saber cómo reaccionar. Probá llorar.

Batallas


No perdés nada, te van a decir. Mentira. Perdiste. Peor: renunciaste. Porque renunciar no es perder, es peor. Creés que podrías haber ganado, pero esa batalla ya no es tuya. Que la gane otro, suerte. Renunciaste a tu trabajo, a la comodidad de lo conocido, a lo mismo de siempre. Eso ya no te interesa, esa ya no es más tu guerra. Pero, aunque no perdiste, si renunciaste era porque estabas jugando(te) algo, eras parte de algo, pertenecías. Ahora tu batalla va a tener que ver con pertenecer a otra cosa, a otra parte, a otra verdad. Y toda la energía que gastes en seguir perteneciendo a tu lugar de origen no la vas a poner en el lugar donde estás viviendo. Porque aunque estés viajando, estás viviendo en alguna parte. Según la Real Academia Española, el “exilio” es ese lugar donde viven los exiliados. Eso quiere decir que los exiliados (los que renunciamos, los que nos fuimos) vivimos todos en el mismo limbo. Ese no-lugar en el que vas a vivir se construye de pedazos de cosas de varios lugares a la vez, o de todos los lugares a la vez.

Podés seguir perteneciendo a un lugar donde no vivís en 2017, podés tener novios virtuales, relaciones a distancia, vía mails, chats, skype, facetime. Podés, pero no necesariamente vas a querer. Por algo te fuiste en primer lugar. Entonces, primero vas a renunciar y después vas a perder. No vas a estar para el cumpleaños de tu hermano, para el parto de tu amiga, para cuando tu mamá cobre su primera jubilación, para la boda de tu prima y un montón de ocasiones más. Te va a doler. Vas a extrañar. No vas a saber qué es lo que extrañás porque no la pasabas bien, no era tu lugar, había algo que no estaba bien. Pero vas a extrañar, una barbaridad. Entonces te vas a involucrar con algunas noticias, algunas novedades de la revolución de la alegría, y te van a decir “Pero no te hagas problema a XXX de distancia, vos no podés hacer nada allá”. Mentira: te podés preocupar. Y ahí un descubrimiento maravilloso de abandonar cosas: que te deje de importar lo que te importa es tan imposible como que te importe lo que no te importa. No lo intentes, es energía perdida al pedo. Entonces vas a extrañar y te va a doler. Todo. Si te dolía acá te va a doler donde estés. Porque al mismo tiempo que vos perdés referencia de donde estás (estás en el exilio, no estás en ninguna parte), el lugar de donde venís se transforma a velocidades asombrosas (y destructivas) (y neoliberales) (y represivas). Entonces, el dolor de haber abandonado algo no necesariamente es igual a haberlo perdido (no es lo mismo irse a que te echen) pero sigue doliendo. Todo te va a doler: el ajuste, la represión, los despidos, la censura. Además, te van a llamar por teléfono y te van a contar los problemas reales que le trae a tu círculo las medidas del macrismo. Probá no atender, a ver cómo te va.

Uno de los mayores miedos que tuve durante este viaje fue que al volver, mis amigos y parientes “me cobren” no haber estado acá durante el primer cimbronazo neoliberal. Tenía pánico de que me tomen como alguien menos afectado que ellos por lo que el gobierno hizo con el endeble Estado de bienestar argentino. “A vos qué te importa, si total te fuiste” y “Claro, es fácil opinar estando afuera” se mezclaron en mi bandeja de entrada mental con “Qué bien la hiciste” o “No te puedo explicar cómo te envidio”. Todavía me pregunto qué envidian y por qué no pueden hacer lo que envidian que hice. Sólo hay que hacerlo. Y atenerse a las consecuencias.

Distancias

La distancia no existe, la inventás vos. Si querés, si podés, si te dejan. No se puede estar en un solo lugar en 2017. Estamos todos juntos todo el tiempo. Nuestra generación no conoce tal cosa como el arraigo. Somos nómades virtuales hace años y pasar al nomadismo real no nos cuesta demasiado. Pero si Internet nos posibilita la comunicación permanente y la selección de realidades a de las que queremos participar, ¿para qué molestarnos en salir de la zona de confort que brinda nuestro smartphone? porque la realidad virtual también se te trastorna cuando estás lejos de tu país de origen.Y eso es lo que estás buscando yéndote de tu país de origen: trastornar todo. Cuando “vivís afuera”, esa disociación entre real y virtual se duplica y cuánto más tiempo pases colgado de Internet más tiempo vas a relacionarte con el mundo que dejaste atrás. Es más fácil cambiar de país que cambiar de consumos digitales. Es más fácil trabajar en otro idioma que deshabituarte a tus apps preferidas. Es mucho (mucho) más simple hacerte amigos de todas las religiones y nacionalidades en la vida real que dejar de consumir noticias argentinas.

Desde la campaña 2015 me acostumbré a leer el muro de Facebook de Macri y los comentarios de los fans. Es un deporte extremo para un peronista. Estaba a 15 mil km de Argentina y aún así lo seguía haciendo. Lo mismo puede aplicarse a los conocido de siempre: durante el primer año del gobierno PRO esos comentarios oscilaron entre reacciones de enojo, ira asesina, resignación y convocatorias a manifestaciones de todo tipo y factor. No estamos ahí pero sabemos que pasan cosas que nuestros amigos y parientes se encargan de manifestar online. A eso hay que agregarle los chats, las conversaciones telefónicas, los mails. La distancia dejó de existir pero a la vez vos estás lejos ¿Cómo podés evidenciar lo lejos que estás? Cuando finalmente sentís que alguien te necesita. Ahí sí que no estás; ahí sí que hablar por teléfono no sirve; ahí sí, olvidate de toda la fibra óptica del mundo. Durante mi viaje se murieron las madres de dos amigos queridos, otros se separaron y a otros los echaron del trabajo. Frente a eso grabé audios de Whatsapp, escribí, chateé, chateé, chateé más y más y más. Y me sentía lejos igual. El sobreestímulo digital que padecemos y gozamos al mismo tiempo se te viene en contra cuando estar lejos es realmente estar lejos. 

Y ni hablar si estás enamorado. La distancia convierte a los amores en dinamita. Los incendia por la ausencia, los enaltece por el misterio de lo inalcanzable. Por favor: no te vayas de viaje si estás enamorado de alguien. No solo no te lo vas a olvidar, sino que probablemente vayas a redoblar la apuesta a través de vías digitales. O peor: probablemente termines volviendo más enamorado de lo que te fuiste y la persona simplemente te diga que quiere ser tu amigo, que cómo te vas a confundir chats con otra cosa, por favor. 

Códigos: sufrir vs. disfrutar y disfrutar sufrir

Warning Alert: la tilinguería porteña te va a decir que “disfrutes” porque, como te fuiste de Buenos Aires, todo es maravilloso todo el tiempo. ¡Ay, Buenos Aires! esa secta, ese ghetto, esa cloaca infecta de cocainómanos con los que se acostaron todas mis amigas y después le contaron a otras amigas que conocían otra gente que también se había acostado con ellos antes. Qué cosa hermosa la endogamia y la promiscuidad de los ambientes porteños. Y ese cinismo de sobreeducados, sobrepsicoanalizados, sobreinterpretados, que consumen irónicamente su propio consumo irónico del consumo no irónico del no consumo. Quieren ser París, quieren ser NYC, quieren ser, aunque sea, Sao Pablo. Quieren ser de todo menos porteños. Tienen la fantasía de que si no hubieran expulsado a los ingleses ahora serían Australia. Siempre añorando, siempre culpando a la generación anterior o a la precedente, siempre echándole el muerto al partido político contrario o a los pobres, o a los oligarcas, o a los gorilas, o a los peronistas. Siempre mal. Cuanto peor, mejor.  Pero mal, siempre mal. “Te fuiste de un lugar donde todo el mundo se quiere ir y nadie se anima”, me dijeron. Voilá. La espiral neurótica es viejísima: quejarse y sufrir, quejarse y sufrir y quejarse y sufrir. Por definición el porteño sufre de vivir en Buenos Aires pero no puede no vivir en Buenos Aires. Entonces, vas a salir al mundo exterior con algunas variables que vas a tener que modificar: en principio, no todo lo que no sea Buenos Aires es divertido y alucinante. Por el solo hecho de irte de la casa de tus padres tu vida no va a ser color de rosa. Eso es un razonamiento adolescente. El problema es que afuera de Buenos Aires el porteño también va a necesitar sufrir para vivir o, mejor dicho, va a disfrutar-sufrir. Recordemos que sufrir es un valor y pasarla mal está bien visto al punto de competir en la mesa familiar sobre cuál es la peor tragedia entre los comensales.

Finalmente, tras unos meses de no entender por qué la gente en otras latitudes no disfruta del masoquismo sino que tiende a querer pasarla bien, vas a caer en cuenta de algunas verdades dolorosas para un porteño medio: Estresarse está sobrevalorado. Sufrir está sobrevalorado. Pasarla mal está sobrevalorado. Ser cínico es facilísimo en la era de la posverdad. A lo que hay que animarse es a ser entusiasta, optimista y, sobre todas las cosas, a no disfrutar del sufrir. De los códigos porteños, ese fue el que más me costó sacarme de encima. Con Macri, esa tendencia se ve agudizada por la sobreabundancia de motivos reales para pasarla mal, sin contar la catarata de malas noticias que brindan los medios masivos de comunicación, sea los que hablan mal del gobierno actual como los que hablan mal del gobierno anterior. Sufrir en la era Macri es, como mínimo, esperable, aún cuando no se trate de personas que gozan de un masoquismo extremo como los rioplatenses. Entonces vas a empezar a desentonar el triple: no solo ya no querés pasarla mal sino que, al no vivir una realidad agobiante como la que propone el gobierno de los CEOS, no vas a tener más motivos que el común de la gente del universo para sufrir. Cómo vas a volver a juntarte con tus amigos o parientes después de ese cambio de esquema mental y sentir que pertenecés, problema tuyo.
Códigos: adicción al enfrentamiento


Junto con la vanidad del sufrimiento, después de un tiempo fuera de la madre patria te asombrará la violencia y agresividad con la que los porteños demuestran afecto e incluso dudarás de que eso sea afecto. Hacés bien: probablemente eso no sea afecto sino más bien neurosis y muchas, muchas ganas de pelear (porque sí). Ya sea por el asunto futbolístico, la lucha de clases, el peronismo  o cualquier otra antinomia posible adoramos el conflicto, el enfrentamiento, la violencia simbólica, política, verbal, intelectual, física, etc. Basta ver cualquier foro de cualquier diario para evidenciar esa tendencia o la guerra de guerrillas digitales que instalaron los “call center” del PRO a través de su estrategia de comunicación. La famosa grieta no es más que una expresión de una idiosincrasia muy particular que combina un permanente resentimiento con ansias de demostrar que el otro es inferior o está equivocado. Me habían advertido que las reuniones, relaciones y conversaciones se crisparon más y más con la llegada de Macri al gobierno, dado lo impopular de muchas de sus medidas. Sin embargo, cuando volví al país después de un año y medio de viaje, el común de las conversaciones de mi círculo normal de gente me resultaron violentas. Parte del código que perdí también es ese: cuando quiero expresar afecto expreso afecto y cuando estoy enojada estoy enojada. No estoy enojada porque te quiero, ni te quiero porque me hacés enojar. Con una muerta por día en casos de violencia de género no me parece menor esta observación. Los porteños tenemos una tendencia muy marcada a la agresión como forma de comunicación que se diluye a medida que nos vamos alejando hacia el interior y se desvanece por completo como forma de relación cuando viajamos a otras latitudes. Por algo nos detestan en todo el mundo: somos cancheros, soberbios, gritones, maltratamos a la gente, nos creemos superiores y sobre todo agredimos, luchamos, peleamos por todo, todo el tiempo.




Lo que más me gustó de dejar de vivir en Buenos Aires fue, curiosamente, lo que más me gustó de dejar de vivir en mi violenta casa materna: no tener que discutir todo el tiempo para satisfacer mis necesidades. Dejé de putear al colectivero, al kiosquero, al vecino, al transeúnte, al gobierno, a la policía, a mis colegas, a los parientes y a mis amigos como dejé de putear a mi madre porque no me dejaba vivir en paz. Dejé de ser adolescente, dejé de quejarme, dejé de pensar que afuera de esa casa se vivía mejor porque esa casa era el peor de los infiernos. Ya puedo decir que “viví afuera”, como le gusta decir a la clase alta porteña: afuera de Buenos Aires, afuera de Argentina, afuera de América, afuera de la caja, afuera de mi zona de confort, afuera de occidente, afuera del capitalismo y afuera del área de cobertura. Lo loco es que sigo siendo tan o más peronista que como cuando me fui, aunque ya no discuta sobre política, ni milite en ninguna organización, ni vaya a votar por nadie en octubre. Hay cosas que simplemente no cambian, más allá de las bombas, de los fusilamientos, de los genocidas con 2×1 y la mar en coche.

¿Volver? Podría ser, de visita.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Año Nuevo en Tokyo






El leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo.
Proverbio Chino.

Tienen que ser pares, las veces que hago las cosas. Si me lavo las manos, si me cepillo los dientes, si enjuago una taza. No puedo hacer nada una sola vez. Tiene que estar todo en equilibrio, en un orden simétrico y par. Si no no sirve, no sirve. No se ordena el cosmos. No se ordena.  
Sé que no es mi responsabilidad ordenar todas las cosas, pero es mi propio universo el que tengo que ordenar. Así fue que me enamoré. Del orden. De ella. De ella alabando el orden japonés. Había escrito tres crónicas porque había pasado tres semanas en Japón. Entonces fueron solo tres mil palabras. No me gustan los números impares. Tienen que ser pares, las cosas, los números, las veces que hago las cosas tienen que ser pares. Para poder calmarme, para ordenar.
Así fue que me enamoré. Cuando me gustaron sus tres mil palabras ordenadas en tres columnas porque pasó tres semanas en Japón. Lo escribo dos veces. Para que esté ordenado. Pero ella desordenó y ordenó al mismo tiempo. Eso es el amor, creo yo. Cuando el cosmos se ordena. Cuando los planetas parecen alineados de pronto.
Me gustaron sus tres mil palabras y me gustó ella, me gustó que considerara el orden como algo bello y me gustó que hablara de mi enfermedad con tanto cariño. Que no la describiera ni siquiera como una enfermedad, que viera en mi trastorno algo digno de admirar, o por lo menos digno de retratar.
Entonces me enamoré de Japón enamorándome de ella. Inesperadamente, como suele pasar. Nunca me imaginé que yo, que no puedo esperar un colectivo por la ansiedad, que muevo la pierna todo el tiempo, que masco chicle y me como las uñas sin parar, que no uso ascensores y que nunca tuve siquiera la fantasía de subirme a un avión (por pánico, por pánico) pudiera aventurarme a amar a alguien.
Pero ella lo logró. Publicó esas tres crónicas en un portal que leía regularmente y tuve que escribirle. Agazapado atrás de mi computadora, curioso por saber quién era, qué le gustaba hacer además de viajar y escribir. Curioso por su amor por el orden. El desorden vino cuando me contestó. Porque me contestó uno y cada uno de mis mails durante más de un año. Y cuando noté que me daba taquicardia de solo reelerlos, cuando me despertaba súbitamente a las 3AM y su contestación había llegado dos minutos antes, cuando pasaba horas releyendo esas palabras que me habían cautivado desde la primera vez, me animé a contarle a mi único amigo, que en realidad era mi primo, que la amaba.
“No te podés enamorar de alguien que nunca viste”, me dijo Ramiro y me ayudó a buscarla en redes sociales, aunque sea para que viera una foto. Pero no la encontré. No existe. No existe mi cronista japonesa, es obra de mi imaginación, pensaba frustradísimo. Y ahí lo entendí, no importa. Para ver tengo las infinitas webs porno y los millares de sitios de citas tapados de fotos de trompitas y escotes.
Pero ella me hace imaginar y ese es el afrodisíaco más potente del mundo.
Pero ella me hace imaginar y ese es el afrodisíaco más potente del mundo.
Si estar enamorado en general es un problema, estar enamorado siendo un obsesivo es un problema a la N potencia. Y digo N porque no es posible identificar la magnitud del agrandamiento que se produce sobre el objeto amado cuando uno ya de por sí tiene una tendencia a agrandar las cosas. Y asumo que con “agrandar” Uds. van a entenderlo, porque en realidad para un obsesivo no hay tal cosa como agrandar o achicar, las cosas tienen el tamaño que tienen, básicamente todo el tamaño posible. Para un enfermo como yo, el “algo” con lo que me obsesiono pasa a adquirir el tamaño de mi cerebro y me impide pensar en cualquier otra cosa.
Me asusté. Me asusté con mi propia obsesión por ella. Creí que iba a espantarla al punto de que me denunciara a la policía con mi catarata de mails. Pero aunque sabía que era inofensivo, sabía también que podía dar la impresión de no serlo, de estar al borde de la locura, como el asesino de John Lennon. El problema era que ella no parecía asustarse, lo cual la convertía o en una periodista demasiado atenta con sus lectores o en una obsesiva como yo. Eso me llevó a una encerrona imposible, tenía que ver cómo reaccionaba ante mí para poder entender si estaba enamorada o no. Llegué a un punto en el que tampoco sabía qué me daba más pánico en realidad, no es conveniente para obsesivos enamorarse de obsesivos. Pero no pude soportar la intriga y se lo propuse. Pasó casi un año desde que leí sus crónicas hasta que se lo propuse, pero se lo propuse. Pasaron más de 400 mails donde nos enamorábamos lentamente, hasta que se lo propuse, pero se lo propuse.
Y cuando le dije que quería verla, ella subió la vara, como siempre. Tenía que desafiar mi status quo una vez más.
-Pasemos año nuevo en Tokyo -me escribió- y ahí nos encontramos para conocernos.
El orden del desorden. El desorden del orden. El BigBang. El amor.
Estuve varios días sin dormir después de ese correo y pasé varias semanas sin contestarle. No podía subirme a un avión, no podía. El trastorno obsesivo que ella vanagloriaba de los japoneses era lo que me avergonzaba, me empequeñecía, me volvía absolutamente discapacitado.
-Te invité a tomar una cerveza, no hace falta que vayamos a Japón, me alcanza con tus crónicas- esbocé tímidamente para tratar de persuadirla.
-La experiencia es intransmisible-replicó- es como la diferencia entre la palabra “beso” y un beso de verdad, avisame cuando estés listo.
Pasaron 4 años desde ese último mail.
Nunca lo respondí, nunca más volvió a contactarme.
La perdí.
No pude, no pude.
La perdí.
Pero acá estoy, solo en el aeropuerto, esperando para hacer el check-in rumbo a Tokyo. Gracias a estas crónicas entendí que mi enfermedad podía significar algo hermoso, gracias a estas crónicas me enamoré. Gracias a estas crónicas empecé un tratamiento. Gracias a estas crónicas me estoy subiendo a un avión por primera vez en mi vida aunque sea con ataques de ansiedad, pánico y sudores fríos.
Tengo que releer estas tres mil palabras sobre Japón y agradecerle a ella, donde quiera que esté, haberme puesto entre la espada y la pared así. Supongo que ya no la amo, aunque esté haciendo lo que me dijo que haga, aunque esté haciendo lo que nunca pensé que haría gracias a ella.
Sigo buscando el orden en el cosmos.
Aun cuando sé que es imposible.
Aun cuando las estrellas sean incontables y probablemente impares.
Probablemente.
Trastorno
Sos un analfabeto.
No podés comprender absolutamente ninguna de las palabras, letras, números de absolutamente ninguna de las cartelerías de absolutamente ninguno de los negocios de absolutamente ninguno de los tipos de negocios posibles.
Sos un analfabeto absoluto.
Todo es confusión (y luz).
Todo es confusión (y luz).
Todo es confusión (y luz).
Pero este lugar está lleno de negocios, con sus cartelerías, sus números, palabras y letras. Y hay 50 líneas de subte. 50 literal. Todas en japonés.
Día 1 en Tokyo.
Gonzalo me pide que nos encontremos en un lugar cuyo nombre es ininteligible. Es el barrio céntrico de Akasaka. Descubro que mi hostel queda más lejos de lo conveniente para ser una turista full time: tengo que tomarme tres líneas de subte para llegar al centro. No puedo, en lugar de a Akasaka llego a Asakusa, en la otra punta de la ciudad. Comienzo a caminar sin sentido aparente, miro mi Google Maps y está en japonés, miro los carteles de las calles y están en japonés. A mi alrededor solo hay japoneses. Estoy en Japón pero no puedo encontrar ningún punto turístico para visitar porque no leo japonés. Gonzalo ya sabe que no voy a llegar porque no estoy ahí a la hora que me dijo que esté, pero en realidad nunca pude avisarle porque, además, no tengo conexión a internet. Tengo mi primer ataque de pánico. Estoy completamente loca, pienso.
Camino sin rumbo ni sentido hasta que llego a una avenida inmensa que da a un parque con un tori (arcada) elevado y escalinatas. Entro “a ver qué hay” con un completo desconocimiento geo- espiritual y sin la más mínima certeza de dónde estoy ni dónde estoy yendo. Una metáfora absoluta de mi situación cósmica-espiritual. Pero en japonés. Estoy completamente loca, pienso. Sí, pero tengo que llegar a alguna parte.
Entro al parque y veo a una niña de no más de 5 años vestida en atuendos tradicionales que camina en medio de un descanso en las escaleras. Atrás de ella viene una mujer igual de emperifollada a la vieja usanza japonesa y un hombre de traje. Parecen salir como de una película que no vi, hablada en japonés. Saco 100 fotos de la nena, tiene una elegancia similar a la de su madre, es pura sofisticación y apenas sabe caminar. Las dejo y me interno en el parque. Aparezco en la mitad de un casamiento. Más de cien personas entre niños, adultos, ancianos y jóvenes vestidos de gala. Todos japoneses. La novia tiene un kimono íntegramente blanco y un sombrero gigante. Se la nota enamorada. En japonés.
Me quedo sacando fotos, no tengo la valentía de ponerme a hablar con nadie. Estoy shockeada por los colores de los kimonos, la preciosidad de las niñas y mi propia capacidad de llegar a lugares insólitos sin la más mínima pista ni certeza. Sigo recorriendo el parque y me encuentro en una escalinata que había visto en todos los blogs de viajes. Era el lugar más fotogénico del día y yo estaba ahí por casualidad, en completo estado de shock. Sintiéndome completamente analfabeta. Pero estaba ahí. Eso que me pasaba era cierto. Era cierto en japonés, pero cierto al fin. Cierto en japonés se dice Ikutsu ka no.  
Lo cierto y la paz mental duran poco: tengo que tomarme los tres subtes de nuevo hacia mi hostel. Logro llegar a la primera combinación con facilidad, pero está en uno de los puntos neurálgicos de la ciudad subterránea y es hora pico. No tengo la más pálida idea de cómo combinar las dos líneas más de subte que me faltan y a mi alrededor circulan miles de personas en todas las direcciones. Miles de japoneses que hablan en japonés, piensan en japonés, sienten en japonés. Me apoyo contra una pared de una estación conexión de más de 5 líneas de subte. Estoy completamente loca, pienso. Sí, pero tengo que llegar a mi hotel de todas formas. Ok. Respirar. Respirar en japonés se dice Kokyū shimasu.
Salgo a la calle para ver si me oriento. Estoy en la esquina de Shibuya Station, en la que un stop sincronizado en cuatro direcciones comunica 5 esquinas. Se puede circular en cualquier dirección, ya sea recto o en diagonal. Por cada luz en rojo se calculan unas mil quinientas personas cruzando al mismo tiempo. En hora pico unas tres mil. Todos japoneses. Algún que otro turista. Y nunca jamás nadie se choca, nadie se insulta, nadie se enoja. Cruzo una vez: esto es un ritmo. Cruzo otra vez: esto es un caos rítmico. Cruzo una vez más:  acá hay un orden secreto. Ok. Respirar.
Respiro. Contemplo a los japoneses. Tokyo tiene 13.62 millones de habitantes y una densidad de 6027,22 hab/km². Eso debería ser el caos. Pero no. De una forma inexplicable los japoneses irradian una calma que se traslada a todo, incluso a lo físico o fundamentalmente en lo físico. 
Respiro. Contemplo a los japoneses. Los contemplo, no hay otro verbo. No los miro, no los veo. Los contemplo pasar de un lado al otro, van hacia lugares que no sé pronunciar. Ninguno de ellos habla inglés, pero tampoco sé qué les tendría que preguntar. Respiro. Contemplo, los observo como si estuviera viendo un espectáculo del Cirque du Soleil. Descubro que hay un ritmo japonés en el caminar, una melodía armónica que tienen todos, una cadencia, un tempo casi musical. No se chocan ni se interrumpen, no se agreden, no se molestan, no están esperando la violencia del otro, entonces tampoco la ejercen.
Respiro. Estoy completamente loca, pienso. Sí, pero tengo que llegar a mi hotel de todas formas. Sí. Ok. Respirar.
De alguna manera que no comprendo llego al hostel. En mi habitación me encuentro con un oriental con el pelo muy corto, jogging y cara de jugador de ping pong. Me pregunta mi nombre, mi nacionalidad. Habla muy buen inglés. Se llama Li y es chino. Le pregunto si las estaciones de subte tienen los nombres escritos también en chino porque durante el día llegué a descifrar que algunos caracteres son más curvos que otros. Entonces Li baja de su cama marinera, busca un papelito en el bolsillo y me dice: “Escribí tu nombre”.
Escribo mi nombre.
Agarra la lapicera y empieza a traducir línea por línea.
-Ese es tu nombre en chino– me muestra.
-Ese es tu nombre en japonés- termina.
Los caracteres que hace no son letras sino dibujos, tienen sentido por sílaba, componen una música que no entiendo, que es erótica justamente por eso, porque no sé qué significan, es puro misterio. Es eso que todos a mi alrededor saben y yo no.
Los ideogramas chinos y su derivación japonesa son casi desconocidos para los occidentales y tiene una raíz simbólica mucho más cercana a la naturaleza que las letras de nuestro alfabeto, por lo que si “Persona” es efectivamente el dibujito de una persona (), multitud es simplemente la sumatoria de ese dibujito (⼈⼈⼈). Esto debería redundar en un universo más acotado de lo que simbolizan las palabras, en tanto construcción no representativa de la realidad. Pero a la vez las acercan a aquello que realmente existe, convirtiendo al lenguaje en un medio para la aproximación a la naturaleza que es, en última instancia, aquello según lo cual sintoísmo y budismo asumen que están unidos los seres humanos en un continuo que además incluye a más de 8 millones de dioses.
Dice la Wikipedia: “El sintoísmo afirma la existencia de seres espirituales que pueden encontrarse en la naturaleza y representan cualquier fuerza sobrenatural o Dios, como los dioses de la naturaleza u hombres sobresalientes. Los japoneses, como hijos de los kami, tienen ante todo una naturaleza divina. Por consiguiente, de lo que se trata es de vivir en armonía con ellos, y así uno podrá disfrutar de su protección y aprobación”.
Tiene sentido: japoneses, naturaleza japonesa, palabras japonesas y Dios podrían ser la misma cosa. Una sola cosa. Armónica,  indescifrable y divina.
Trato de sentir paz pero me cuesta. El trastorno es permanente. No son solamente las letras, es la forma en la que se agarran los libros, la verticalidad de las palabras. La erótica de lo indescifrable, pero también el orden alterado de las cosas es lo que hace a Japón tan atractivo, tan mágico. En esa alteración aparece todo lo inesperado: no se puede fumar en la calle pero sí en los restaurantes, no se dejan los zapatos adentro de las casas, no hay inconveniente con el símbolo nazi porque es originalmente el signo budista de la abundancia, los autos casi no tocan bocina, los niños van solos por la calle, los hombres usan cartera, etc., etc.
Ya no sé bien qué es cierto. Ya no sé bien qué es normal. Pasé un día en Japón y todo lo que consideraba cierto y normal dejó de serlo.
-¿Y no querrías votar?- Le pregunto a mi compañero de cuarto chino, a propósito de vivir en el comunismo más grande del mundo.
-Yo voto -me contesta socarrón.
Lo miro en silencio. Sigue:
-Voto a mis delegados en la clase en la escuela, en mi barrio, en mi club.
-Pero eso no es democracia.
-Quizás el problema del capitalismo occidental sea la democracia.

Obsesivo
Los trenes de alta velocidad en Japón son lo más certero que existe: nunca están demorados pero nunca llegan antes, nunca se detienen más de la cuenta ni donde no deben. Son perfectos, porque la perfección en Japón sí existe. Y como lo perfecto se considera verosímil se busca en cada uno de los aspectos más insignificantes de la vida, con un nivel de obsesión tal que, en la mayoría de los casos, se consigue.
Puede que se discuta si todo lo perfecto es bello, o si todo lo bello es perfecto. Puede que se discuta si el cuidado del detalle es lo que convierte lo “normal” en “bello” o si lo “feo” y lo “imperfecto” no son más estimulantes. Puede que se discuta la definición de perfecto. Pero hay algo muy tierno detrás del gusto nipón por los detalles que los hace irresistibles: la completa devoción de los japoneses por la perfección y la belleza es una muestra indiscutible de amor por todo lo que los rodea. Considerando al amor como destinar energía, tiempo y cuidados a aquello que nos importa, para lo que nos entregamos porque queremos sea perfecto.
El ejemplo más claro es el origami, que, aunque originario de China, tiene en Japón una larga tradición. Una antigua leyenda promete que cualquiera que doble mil grullas (pequeñas palomitas) recibirá un deseo de parte de ellas. Durante el siglo XX, la tira de mil pequeños pajaritos se convirtió en un símbolo de paz gracias a Sadako Sasaki, una niña que intento así curarse de leucemia producida por la radiación de la bomba atómica de Hiroshima. Allí, en el Parque conmemorativo de la Paz de Hiroshima, el Monunento a la Paz de los niños tiene una grulla gigante de acero y está rodeado por cientos de miles de millones de pequeñas grullas apiladas en estanterías que desde todo el mundo envían colegios, instituciones y personas corrientes que quieren demostrar su solidaridad con el pueblo japonés. Sin embargo, no solo en Hiroshima hay origami, todo Japón está poblado de templos de diverso tamaño que ostentan sus tiras de mil grullas para ofrendar a los dioses. Pero detrás de esos miles de millones de papelitos doblados simétricamente hay japoneses. Gente que dedica horas y horas en una tarea repetitiva y autómata. Gente devota, comprometida y sumergida en una serie de dobleces perfectos, absolutamente perfectos, que buscan llegar a la divinidad. Pero hay algo de lo repetitivo del origami, de lo detallista y lo milimétricamente perfeccionista que requiere su técnica que recuerda a un poseso, a un obsesionado, a un enfermo. A alguien que piensa demasiado las cosas o que solo puede pensar en esa sola cosa. ¿Es eso amor?  
Sábado a la noche en Kyoto. Con Valeria alquilamos bicicletas y recorrimos la ciudad durante todo el día. Hay más templos que casas y en muchos de ellos, cientos de cadenas de mil grullas. Para las seis caemos agotadas en un bar irlandés. Estamos a una distancia lo suficientemente lógica de nuestro hostel como para poder emborracharnos. Entonces lo hacemos: nos emborrachamos. Luego de un par de horas, se nos acerca un señor mayor y comienza a hablarnos con una delicadeza insólita para un approach en un bar. El Sr. baila entre nosotras y habla (bien) en inglés. Indago en su background: es presidente de una compañía, me da su tarjeta, está en japonés. Bailamos, reímos, charlamos. No me siento intimidada por el hecho de que sea 30 años mayor que yo, no hay en él un hálito de lascivia. Se llama Mr. Fuyi, como el monte a una hora de Tokyo. Podría ser mi padre.
Al rato Valeria le dice que quizás yo quiera otra cerveza. Mr. Fuyi compra alcohol para las dos y trae unos nachos que nos devoramos. Tenemos hambre, estamos ebrias, él lo sabe, todos lo sabemos. Pero en ningún momento de las cuatro horas que compartimos con él nos sentimos incómodas y aunque no se comporta tampoco como un padre, sí ofrece una muestra cabal de la elegancia japonesa: respeto por el otro, orden, decoro, sutileza.
La perfección japonesa radica exactamente ahí: en la sutileza de lo que no se ve, en lo que se mide milimétricamente para que parezca ordenado mientras flota en el caos, en la búsqueda obsesiva por la belleza como sinónimo de armonía y que es así una oda a lo sutil, a lo no estridente. De ahí la sexualidad naif de las orientales que conquista a occidente. No son Pamela Anderson, no son Salma Hayek, no son Sofía Loren. Son japonesas, son asiáticas, inventaron la elegancia sexual basada en lo que insinúan sin explicitar.
Y si lo que se ve en Japón es producto de cálculos obsesivos por la búsqueda de la perfección y la belleza, lo que no se ve en Japón es el sexo. Pero aun así aparecen, envueltas en misterios, miles de japonesas por todo Kyoto que juegan a disfrazarse de geishas y pasear con sus atuendos por toda la ciudad como si se tratara de una tarde de spa o shopping con las amigas. Están completamente vestidas de trajes tradicionales que no dejan ver absolutamente nada de su cuerpo. ¿Por qué aun así son sexys? ¿Por qué aun así destilan erótica? Porque las geishas ejercitan (o excitan) el músculo más sexual de todos: la imaginación. Por eso la carga erótica que tienen los cafés con meseras disfrazadas de mucamas a los que me arrastra Gonza contra mi voluntad. Sabemos que es un café, sabemos que esas chicas no son mucamas sino mozas, sabemos que están jugando a calentar clientes con el trip servilismo/sumisión, pero siempre sutil e ingenuamente.
¿Quería acostarse con las gringas borrachas el empresario con dinero y soledad que fue a pagar tragos a un bar irlandés un sábado a la noche en Kyoto? Quién sabe, probablemente sí. Pero no. Sí pero no. Ni. Sutileza en su máxima expresión.
Pero eso a la vez supone la erótica de la obsesión en un plano simbólico: aquello que no se expresa, que es sutil y confuso (ya sea aquello que no podemos comprender o no podemos alcanzar o no podemos concretar) asume sobre nosotros el carácter de objeto deseado. Y ahí ejerce su poder, en la negación de la concreción, en el deseo. Deseo y obsesión pueden no ser lo mismo, pero se parecen y mucho. De ahí que el trastorno y la obsesión se conjuguen en Japón con una magia insólita para un occidental: lo que no podemos entender es justamente aquello que más nos atrapa. Japón es un país sexy si entendemos que la diferencia entre lo sexy y lo sexual radica en el nivel de sutileza que se maneja. Japón es un país elegante si entendemos que la diferencia entre lo elegante y ostentoso es similar.
Japón es esa belleza de lo oculto, de la premeditación de lo velado con intención perturbadora y a la vez estimulante: la perfección de lo inconcluso, la insinuación, lo no obvio. Japón es todo, menos obvio. Como buen obsesivo, Japón es premeditado y jamás dejará nada librado al azar, pero todo sucederá con el claro objetivo seductor de perturbarte. No te darás cuenta de lo que está haciendo sobre vos. Hasta que estés completamente enamorado.
Compulsivo
En Japón hay más barbijos que personas. Símbolo universal de la higiene, las mascarillas representan mucho más que la separación del contacto del aire (que se asume contaminado) con las mucosas propias y ajenas. En Japón los barbijos simbolizan una vertiente más del respeto por el otro. Cuenta la mitología urbana que los japoneses los usan no para protegerse ellos del exterior sino para proteger a los demás de sus posibles enfermedades. El cuidado más extremo adquiere así un cariz de tipo compulsivo y por ende patológico. De ahí que no me sorprenda ver barbijos con distintos “estampados” o con figuras alegóricas a Hello Kitty y asociados, de ahí que no me horrorice cuando vea miles de tapas de inodoro con un comando lateral que no se entiende para qué sirve o finalmente unos minúsculos dispositivos de goma que encuentro en el mayor sex shop de Tokyo al que entramos con Valeria atraídas por los disfraces que se ven desde afuera.
Somos las únicas mujeres en un lugar por supuesto reducidísimo en espacio y atiborrado de consoladores eléctricos, pantallas que proyectan videos pornos de manga, pósters con vaginas cortadas trasversalmente en los que se explica muy didácticamente todas sus cavidades y por supuesto barbijos, miles de barbijos de distintos colores y tamaños. Creo que nada va a sorprenderme ya hasta que veo una pequeña bolsita con diminutos artefactos de látex. Eso que tengo enfrente y carece completamente de sentido tiene una etiqueta que dice, en japonés pero por suerte también en inglés: “condones de dedo”.
Como buen país del primer mundo, en Japón hay muchísimos teléfonos celulares. La selfie y su famoso palito invaden calles, templos, bares y restaurantes. En el subte tokiota está prohibido tener una conversación telefónica, pero eso no quiere decir que todos no estén mirando su pantalla compulsivamente. Los hay gigantes, los hay pequeños, los hay táctiles, los hay “con tapita” (última moda vintage japonesa), pero los teléfonos invaden la vida cotidiana nipona con el desdén de quienes fueron los primeros en desarrollar adicción por la telefonía inalámbrica a principios de siglo. Pero eso ya no asombra: ya todos vivimos en el futuro 3.0 y usamos compulsivamente nuestros teléfonos. Lo que sí sorprende es el alto índice de ludopatía asociado a la tecnología. Es por eso que todas las ciudades japonesas están pobladas de pachinkos, salas de videojuegos para adultos en las que cientos de japoneses, en su mayoría hombres, destinan horas y horas de tiempo vital que podrían estar empleando con amigos o familia en solitarias sesiones de gaming. Prefieren aislarse en una sala gigante de videojuegos, con las miradas completamente perdidas en pantallas, rodeados de un sonido ensordecedor y de “guardias” que circulan y nos prohíben sacar fotos de ese hermoso espectáculo de aislamiento y desolación. Entrar a uno de esos lugares implica no solamente ensordecerse sino también enloquecer un poco. Miles de maquinitas luminosas produciendo, según números oficiales, más riqueza que los supermercados. Miles de hombres y mujeres alienados jugando compulsivamente. Cigarrillos que se consumen en las manos, espaldas curvas, soledad.
La compulsión nipona puede adquirir entonces diversas formas: puede convertirte en ludópata pero también en un perfeccionista. Y puede combinarse con la obsesión por la limpieza y volverte un poco paranoico. Leo las noticias: “Los baños del aeropuerto de Tokyo han sido equipados con ´papel de baño´ especial para desinfectar los celulares. Los dispensadores se han instalado en 86 cubículos y estarán en prueba hasta marzo del año próximo. La empresa justifica la curiosa iniciativa con un interesante dato: ´Hay una cantidad más de cinco veces mayor de gérmenes en la pantalla de un celular que en el asiento de un baño´”.
Finalmente podés unir las piezas: los dedos japoneses han de ser preservados, resguardados, aislados. Son los dedos que se usan en la dactilopornografía de la pantalla táctil pero también los que doblan papel para conectarse con la divinidad. Son los dedos del sushi man, que deben ser lo suficientemente rápidos para que el arroz no se caliente, pero también deben estar excesivamente limpios, siempre.
Por eso estás viendo condones de dedo. Respirá.  
Tiene sentido. Respirá.
Pero solo tiene sentido acá. Respirá.
Es tarde, aunque respires una y otra vez, ya es tarde.
Estás en un sex shop en Tokyo viendo condones de dedo y entonces todo tu sistema ya explotó por los aires: pensás en cientos de dedos penetrando cavidades genitales. ¿Cuántos hubo? ¿Cuántos habrá? ¿Por qué nunca pensaste que esos dedos podrían tener tantas o más bacterias que cualquier otra cosa que necesita protección de látex? ¿Cómo no procuraste cuidar al otro de esas roñosas uñas cuando estabas jugueteando por ahí?  ¿Cómo lo descuidaste tanto?
Lógico: no cuidás al otro, no te importa el otro, no buscás la armonía entre el universo, el otro y vos porque no entendés que somos la misma cosa.
Lógico: Creés en vos, en tu ego, en tu cinismo occidental de no creer nada ni de cuidar nada porque nada vale la pena.
Lógico: Solo venerás tu libertad individualista y te olvidás del cosmos.
Lógico: Te conformás con sobrevivir, con sacar la tajada más grande de la torta que sabés que no alcanza para todos, pero no te importa.
Lógico: Metés tu roñoso dedo en el culo del mundo y no te importa.
Lógico: No sos japonés.