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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Exilio for dummies

Para Notas Al Pie



No das más, no podés vivir más así. Le dijiste a todo el mundo que si ganaba Macri te ibas del país. Así de determinado sos, así de idealista, de principista, de arrebatado, qué genial. Te vas a ir del país. Tenés amigos en México, parientes en Madrid, una ex novia que está flasheando kiwis en Nueva Zelanda. Fantástico. Alguno de ellos te tiene que hacer la segunda. Vos te vas, vos te fuiste, chau.

En julio de 2014, haciendo gala de una increíble clarividencia política, vaticiné: “Gana Scioli, cumplo 30, me voy a la mierda”. Pues bien, cumplí 30, renuncié a cuatro trabajos, levanté un departamento entero, le grité desnuda a un tipo que estaba enamorado de mí que me iba a ir sola, reduje mi placard y mi biblioteca a 40 kilos y me fui del país. Pero Scioli no ganó. Fue peor, todo siempre puede ser peor.

Dieciocho meses y cinco países después escribo lo que ningún blog de viajes te va a contar nunca: las cosas horribles que te van a pasar cuando te autoexiliás. Son todas un bajón pero, aún así, como la explicación de “por qué te tenes que ir de la casa de tus padres” cuando sabés que “te tenés que ir de la casa de tus padres”, la explicación de “por qué te tenés que ir del país” es la explicación de “por qué te tenés que ir del país”. Es decir, inexplicable. Anda y hacelo: la experiencia es intransmisible. Andate de la tibia comodidad del “malo conocido”, de la casa de tus padres y de Macrilandia. Después, tratá de contarle el peronismo a un austríaco, hacé un cuadro sinóptico en alemán sobre cómo funcionan los medios en nuestro país, juntate con un cordobés en Sydney que te diga que está contento porque no hay más cadenas nacionales.

Andá, hacelo, sé libre.

Pero preparate, te van a pasar cosas que nunca te pasaron antes, así que no vas a saber cómo reaccionar. Probá llorar.

Batallas


No perdés nada, te van a decir. Mentira. Perdiste. Peor: renunciaste. Porque renunciar no es perder, es peor. Creés que podrías haber ganado, pero esa batalla ya no es tuya. Que la gane otro, suerte. Renunciaste a tu trabajo, a la comodidad de lo conocido, a lo mismo de siempre. Eso ya no te interesa, esa ya no es más tu guerra. Pero, aunque no perdiste, si renunciaste era porque estabas jugando(te) algo, eras parte de algo, pertenecías. Ahora tu batalla va a tener que ver con pertenecer a otra cosa, a otra parte, a otra verdad. Y toda la energía que gastes en seguir perteneciendo a tu lugar de origen no la vas a poner en el lugar donde estás viviendo. Porque aunque estés viajando, estás viviendo en alguna parte. Según la Real Academia Española, el “exilio” es ese lugar donde viven los exiliados. Eso quiere decir que los exiliados (los que renunciamos, los que nos fuimos) vivimos todos en el mismo limbo. Ese no-lugar en el que vas a vivir se construye de pedazos de cosas de varios lugares a la vez, o de todos los lugares a la vez.

Podés seguir perteneciendo a un lugar donde no vivís en 2017, podés tener novios virtuales, relaciones a distancia, vía mails, chats, skype, facetime. Podés, pero no necesariamente vas a querer. Por algo te fuiste en primer lugar. Entonces, primero vas a renunciar y después vas a perder. No vas a estar para el cumpleaños de tu hermano, para el parto de tu amiga, para cuando tu mamá cobre su primera jubilación, para la boda de tu prima y un montón de ocasiones más. Te va a doler. Vas a extrañar. No vas a saber qué es lo que extrañás porque no la pasabas bien, no era tu lugar, había algo que no estaba bien. Pero vas a extrañar, una barbaridad. Entonces te vas a involucrar con algunas noticias, algunas novedades de la revolución de la alegría, y te van a decir “Pero no te hagas problema a XXX de distancia, vos no podés hacer nada allá”. Mentira: te podés preocupar. Y ahí un descubrimiento maravilloso de abandonar cosas: que te deje de importar lo que te importa es tan imposible como que te importe lo que no te importa. No lo intentes, es energía perdida al pedo. Entonces vas a extrañar y te va a doler. Todo. Si te dolía acá te va a doler donde estés. Porque al mismo tiempo que vos perdés referencia de donde estás (estás en el exilio, no estás en ninguna parte), el lugar de donde venís se transforma a velocidades asombrosas (y destructivas) (y neoliberales) (y represivas). Entonces, el dolor de haber abandonado algo no necesariamente es igual a haberlo perdido (no es lo mismo irse a que te echen) pero sigue doliendo. Todo te va a doler: el ajuste, la represión, los despidos, la censura. Además, te van a llamar por teléfono y te van a contar los problemas reales que le trae a tu círculo las medidas del macrismo. Probá no atender, a ver cómo te va.

Uno de los mayores miedos que tuve durante este viaje fue que al volver, mis amigos y parientes “me cobren” no haber estado acá durante el primer cimbronazo neoliberal. Tenía pánico de que me tomen como alguien menos afectado que ellos por lo que el gobierno hizo con el endeble Estado de bienestar argentino. “A vos qué te importa, si total te fuiste” y “Claro, es fácil opinar estando afuera” se mezclaron en mi bandeja de entrada mental con “Qué bien la hiciste” o “No te puedo explicar cómo te envidio”. Todavía me pregunto qué envidian y por qué no pueden hacer lo que envidian que hice. Sólo hay que hacerlo. Y atenerse a las consecuencias.

Distancias

La distancia no existe, la inventás vos. Si querés, si podés, si te dejan. No se puede estar en un solo lugar en 2017. Estamos todos juntos todo el tiempo. Nuestra generación no conoce tal cosa como el arraigo. Somos nómades virtuales hace años y pasar al nomadismo real no nos cuesta demasiado. Pero si Internet nos posibilita la comunicación permanente y la selección de realidades a de las que queremos participar, ¿para qué molestarnos en salir de la zona de confort que brinda nuestro smartphone? porque la realidad virtual también se te trastorna cuando estás lejos de tu país de origen.Y eso es lo que estás buscando yéndote de tu país de origen: trastornar todo. Cuando “vivís afuera”, esa disociación entre real y virtual se duplica y cuánto más tiempo pases colgado de Internet más tiempo vas a relacionarte con el mundo que dejaste atrás. Es más fácil cambiar de país que cambiar de consumos digitales. Es más fácil trabajar en otro idioma que deshabituarte a tus apps preferidas. Es mucho (mucho) más simple hacerte amigos de todas las religiones y nacionalidades en la vida real que dejar de consumir noticias argentinas.

Desde la campaña 2015 me acostumbré a leer el muro de Facebook de Macri y los comentarios de los fans. Es un deporte extremo para un peronista. Estaba a 15 mil km de Argentina y aún así lo seguía haciendo. Lo mismo puede aplicarse a los conocido de siempre: durante el primer año del gobierno PRO esos comentarios oscilaron entre reacciones de enojo, ira asesina, resignación y convocatorias a manifestaciones de todo tipo y factor. No estamos ahí pero sabemos que pasan cosas que nuestros amigos y parientes se encargan de manifestar online. A eso hay que agregarle los chats, las conversaciones telefónicas, los mails. La distancia dejó de existir pero a la vez vos estás lejos ¿Cómo podés evidenciar lo lejos que estás? Cuando finalmente sentís que alguien te necesita. Ahí sí que no estás; ahí sí que hablar por teléfono no sirve; ahí sí, olvidate de toda la fibra óptica del mundo. Durante mi viaje se murieron las madres de dos amigos queridos, otros se separaron y a otros los echaron del trabajo. Frente a eso grabé audios de Whatsapp, escribí, chateé, chateé, chateé más y más y más. Y me sentía lejos igual. El sobreestímulo digital que padecemos y gozamos al mismo tiempo se te viene en contra cuando estar lejos es realmente estar lejos. 

Y ni hablar si estás enamorado. La distancia convierte a los amores en dinamita. Los incendia por la ausencia, los enaltece por el misterio de lo inalcanzable. Por favor: no te vayas de viaje si estás enamorado de alguien. No solo no te lo vas a olvidar, sino que probablemente vayas a redoblar la apuesta a través de vías digitales. O peor: probablemente termines volviendo más enamorado de lo que te fuiste y la persona simplemente te diga que quiere ser tu amigo, que cómo te vas a confundir chats con otra cosa, por favor. 

Códigos: sufrir vs. disfrutar y disfrutar sufrir

Warning Alert: la tilinguería porteña te va a decir que “disfrutes” porque, como te fuiste de Buenos Aires, todo es maravilloso todo el tiempo. ¡Ay, Buenos Aires! esa secta, ese ghetto, esa cloaca infecta de cocainómanos con los que se acostaron todas mis amigas y después le contaron a otras amigas que conocían otra gente que también se había acostado con ellos antes. Qué cosa hermosa la endogamia y la promiscuidad de los ambientes porteños. Y ese cinismo de sobreeducados, sobrepsicoanalizados, sobreinterpretados, que consumen irónicamente su propio consumo irónico del consumo no irónico del no consumo. Quieren ser París, quieren ser NYC, quieren ser, aunque sea, Sao Pablo. Quieren ser de todo menos porteños. Tienen la fantasía de que si no hubieran expulsado a los ingleses ahora serían Australia. Siempre añorando, siempre culpando a la generación anterior o a la precedente, siempre echándole el muerto al partido político contrario o a los pobres, o a los oligarcas, o a los gorilas, o a los peronistas. Siempre mal. Cuanto peor, mejor.  Pero mal, siempre mal. “Te fuiste de un lugar donde todo el mundo se quiere ir y nadie se anima”, me dijeron. Voilá. La espiral neurótica es viejísima: quejarse y sufrir, quejarse y sufrir y quejarse y sufrir. Por definición el porteño sufre de vivir en Buenos Aires pero no puede no vivir en Buenos Aires. Entonces, vas a salir al mundo exterior con algunas variables que vas a tener que modificar: en principio, no todo lo que no sea Buenos Aires es divertido y alucinante. Por el solo hecho de irte de la casa de tus padres tu vida no va a ser color de rosa. Eso es un razonamiento adolescente. El problema es que afuera de Buenos Aires el porteño también va a necesitar sufrir para vivir o, mejor dicho, va a disfrutar-sufrir. Recordemos que sufrir es un valor y pasarla mal está bien visto al punto de competir en la mesa familiar sobre cuál es la peor tragedia entre los comensales.

Finalmente, tras unos meses de no entender por qué la gente en otras latitudes no disfruta del masoquismo sino que tiende a querer pasarla bien, vas a caer en cuenta de algunas verdades dolorosas para un porteño medio: Estresarse está sobrevalorado. Sufrir está sobrevalorado. Pasarla mal está sobrevalorado. Ser cínico es facilísimo en la era de la posverdad. A lo que hay que animarse es a ser entusiasta, optimista y, sobre todas las cosas, a no disfrutar del sufrir. De los códigos porteños, ese fue el que más me costó sacarme de encima. Con Macri, esa tendencia se ve agudizada por la sobreabundancia de motivos reales para pasarla mal, sin contar la catarata de malas noticias que brindan los medios masivos de comunicación, sea los que hablan mal del gobierno actual como los que hablan mal del gobierno anterior. Sufrir en la era Macri es, como mínimo, esperable, aún cuando no se trate de personas que gozan de un masoquismo extremo como los rioplatenses. Entonces vas a empezar a desentonar el triple: no solo ya no querés pasarla mal sino que, al no vivir una realidad agobiante como la que propone el gobierno de los CEOS, no vas a tener más motivos que el común de la gente del universo para sufrir. Cómo vas a volver a juntarte con tus amigos o parientes después de ese cambio de esquema mental y sentir que pertenecés, problema tuyo.
Códigos: adicción al enfrentamiento


Junto con la vanidad del sufrimiento, después de un tiempo fuera de la madre patria te asombrará la violencia y agresividad con la que los porteños demuestran afecto e incluso dudarás de que eso sea afecto. Hacés bien: probablemente eso no sea afecto sino más bien neurosis y muchas, muchas ganas de pelear (porque sí). Ya sea por el asunto futbolístico, la lucha de clases, el peronismo  o cualquier otra antinomia posible adoramos el conflicto, el enfrentamiento, la violencia simbólica, política, verbal, intelectual, física, etc. Basta ver cualquier foro de cualquier diario para evidenciar esa tendencia o la guerra de guerrillas digitales que instalaron los “call center” del PRO a través de su estrategia de comunicación. La famosa grieta no es más que una expresión de una idiosincrasia muy particular que combina un permanente resentimiento con ansias de demostrar que el otro es inferior o está equivocado. Me habían advertido que las reuniones, relaciones y conversaciones se crisparon más y más con la llegada de Macri al gobierno, dado lo impopular de muchas de sus medidas. Sin embargo, cuando volví al país después de un año y medio de viaje, el común de las conversaciones de mi círculo normal de gente me resultaron violentas. Parte del código que perdí también es ese: cuando quiero expresar afecto expreso afecto y cuando estoy enojada estoy enojada. No estoy enojada porque te quiero, ni te quiero porque me hacés enojar. Con una muerta por día en casos de violencia de género no me parece menor esta observación. Los porteños tenemos una tendencia muy marcada a la agresión como forma de comunicación que se diluye a medida que nos vamos alejando hacia el interior y se desvanece por completo como forma de relación cuando viajamos a otras latitudes. Por algo nos detestan en todo el mundo: somos cancheros, soberbios, gritones, maltratamos a la gente, nos creemos superiores y sobre todo agredimos, luchamos, peleamos por todo, todo el tiempo.




Lo que más me gustó de dejar de vivir en Buenos Aires fue, curiosamente, lo que más me gustó de dejar de vivir en mi violenta casa materna: no tener que discutir todo el tiempo para satisfacer mis necesidades. Dejé de putear al colectivero, al kiosquero, al vecino, al transeúnte, al gobierno, a la policía, a mis colegas, a los parientes y a mis amigos como dejé de putear a mi madre porque no me dejaba vivir en paz. Dejé de ser adolescente, dejé de quejarme, dejé de pensar que afuera de esa casa se vivía mejor porque esa casa era el peor de los infiernos. Ya puedo decir que “viví afuera”, como le gusta decir a la clase alta porteña: afuera de Buenos Aires, afuera de Argentina, afuera de América, afuera de la caja, afuera de mi zona de confort, afuera de occidente, afuera del capitalismo y afuera del área de cobertura. Lo loco es que sigo siendo tan o más peronista que como cuando me fui, aunque ya no discuta sobre política, ni milite en ninguna organización, ni vaya a votar por nadie en octubre. Hay cosas que simplemente no cambian, más allá de las bombas, de los fusilamientos, de los genocidas con 2×1 y la mar en coche.

¿Volver? Podría ser, de visita.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Año Nuevo en Tokyo






El leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo.
Proverbio Chino.

Tienen que ser pares, las veces que hago las cosas. Si me lavo las manos, si me cepillo los dientes, si enjuago una taza. No puedo hacer nada una sola vez. Tiene que estar todo en equilibrio, en un orden simétrico y par. Si no no sirve, no sirve. No se ordena el cosmos. No se ordena.  
Sé que no es mi responsabilidad ordenar todas las cosas, pero es mi propio universo el que tengo que ordenar. Así fue que me enamoré. Del orden. De ella. De ella alabando el orden japonés. Había escrito tres crónicas porque había pasado tres semanas en Japón. Entonces fueron solo tres mil palabras. No me gustan los números impares. Tienen que ser pares, las cosas, los números, las veces que hago las cosas tienen que ser pares. Para poder calmarme, para ordenar.
Así fue que me enamoré. Cuando me gustaron sus tres mil palabras ordenadas en tres columnas porque pasó tres semanas en Japón. Lo escribo dos veces. Para que esté ordenado. Pero ella desordenó y ordenó al mismo tiempo. Eso es el amor, creo yo. Cuando el cosmos se ordena. Cuando los planetas parecen alineados de pronto.
Me gustaron sus tres mil palabras y me gustó ella, me gustó que considerara el orden como algo bello y me gustó que hablara de mi enfermedad con tanto cariño. Que no la describiera ni siquiera como una enfermedad, que viera en mi trastorno algo digno de admirar, o por lo menos digno de retratar.
Entonces me enamoré de Japón enamorándome de ella. Inesperadamente, como suele pasar. Nunca me imaginé que yo, que no puedo esperar un colectivo por la ansiedad, que muevo la pierna todo el tiempo, que masco chicle y me como las uñas sin parar, que no uso ascensores y que nunca tuve siquiera la fantasía de subirme a un avión (por pánico, por pánico) pudiera aventurarme a amar a alguien.
Pero ella lo logró. Publicó esas tres crónicas en un portal que leía regularmente y tuve que escribirle. Agazapado atrás de mi computadora, curioso por saber quién era, qué le gustaba hacer además de viajar y escribir. Curioso por su amor por el orden. El desorden vino cuando me contestó. Porque me contestó uno y cada uno de mis mails durante más de un año. Y cuando noté que me daba taquicardia de solo reelerlos, cuando me despertaba súbitamente a las 3AM y su contestación había llegado dos minutos antes, cuando pasaba horas releyendo esas palabras que me habían cautivado desde la primera vez, me animé a contarle a mi único amigo, que en realidad era mi primo, que la amaba.
“No te podés enamorar de alguien que nunca viste”, me dijo Ramiro y me ayudó a buscarla en redes sociales, aunque sea para que viera una foto. Pero no la encontré. No existe. No existe mi cronista japonesa, es obra de mi imaginación, pensaba frustradísimo. Y ahí lo entendí, no importa. Para ver tengo las infinitas webs porno y los millares de sitios de citas tapados de fotos de trompitas y escotes.
Pero ella me hace imaginar y ese es el afrodisíaco más potente del mundo.
Pero ella me hace imaginar y ese es el afrodisíaco más potente del mundo.
Si estar enamorado en general es un problema, estar enamorado siendo un obsesivo es un problema a la N potencia. Y digo N porque no es posible identificar la magnitud del agrandamiento que se produce sobre el objeto amado cuando uno ya de por sí tiene una tendencia a agrandar las cosas. Y asumo que con “agrandar” Uds. van a entenderlo, porque en realidad para un obsesivo no hay tal cosa como agrandar o achicar, las cosas tienen el tamaño que tienen, básicamente todo el tamaño posible. Para un enfermo como yo, el “algo” con lo que me obsesiono pasa a adquirir el tamaño de mi cerebro y me impide pensar en cualquier otra cosa.
Me asusté. Me asusté con mi propia obsesión por ella. Creí que iba a espantarla al punto de que me denunciara a la policía con mi catarata de mails. Pero aunque sabía que era inofensivo, sabía también que podía dar la impresión de no serlo, de estar al borde de la locura, como el asesino de John Lennon. El problema era que ella no parecía asustarse, lo cual la convertía o en una periodista demasiado atenta con sus lectores o en una obsesiva como yo. Eso me llevó a una encerrona imposible, tenía que ver cómo reaccionaba ante mí para poder entender si estaba enamorada o no. Llegué a un punto en el que tampoco sabía qué me daba más pánico en realidad, no es conveniente para obsesivos enamorarse de obsesivos. Pero no pude soportar la intriga y se lo propuse. Pasó casi un año desde que leí sus crónicas hasta que se lo propuse, pero se lo propuse. Pasaron más de 400 mails donde nos enamorábamos lentamente, hasta que se lo propuse, pero se lo propuse.
Y cuando le dije que quería verla, ella subió la vara, como siempre. Tenía que desafiar mi status quo una vez más.
-Pasemos año nuevo en Tokyo -me escribió- y ahí nos encontramos para conocernos.
El orden del desorden. El desorden del orden. El BigBang. El amor.
Estuve varios días sin dormir después de ese correo y pasé varias semanas sin contestarle. No podía subirme a un avión, no podía. El trastorno obsesivo que ella vanagloriaba de los japoneses era lo que me avergonzaba, me empequeñecía, me volvía absolutamente discapacitado.
-Te invité a tomar una cerveza, no hace falta que vayamos a Japón, me alcanza con tus crónicas- esbocé tímidamente para tratar de persuadirla.
-La experiencia es intransmisible-replicó- es como la diferencia entre la palabra “beso” y un beso de verdad, avisame cuando estés listo.
Pasaron 4 años desde ese último mail.
Nunca lo respondí, nunca más volvió a contactarme.
La perdí.
No pude, no pude.
La perdí.
Pero acá estoy, solo en el aeropuerto, esperando para hacer el check-in rumbo a Tokyo. Gracias a estas crónicas entendí que mi enfermedad podía significar algo hermoso, gracias a estas crónicas me enamoré. Gracias a estas crónicas empecé un tratamiento. Gracias a estas crónicas me estoy subiendo a un avión por primera vez en mi vida aunque sea con ataques de ansiedad, pánico y sudores fríos.
Tengo que releer estas tres mil palabras sobre Japón y agradecerle a ella, donde quiera que esté, haberme puesto entre la espada y la pared así. Supongo que ya no la amo, aunque esté haciendo lo que me dijo que haga, aunque esté haciendo lo que nunca pensé que haría gracias a ella.
Sigo buscando el orden en el cosmos.
Aun cuando sé que es imposible.
Aun cuando las estrellas sean incontables y probablemente impares.
Probablemente.
Trastorno
Sos un analfabeto.
No podés comprender absolutamente ninguna de las palabras, letras, números de absolutamente ninguna de las cartelerías de absolutamente ninguno de los negocios de absolutamente ninguno de los tipos de negocios posibles.
Sos un analfabeto absoluto.
Todo es confusión (y luz).
Todo es confusión (y luz).
Todo es confusión (y luz).
Pero este lugar está lleno de negocios, con sus cartelerías, sus números, palabras y letras. Y hay 50 líneas de subte. 50 literal. Todas en japonés.
Día 1 en Tokyo.
Gonzalo me pide que nos encontremos en un lugar cuyo nombre es ininteligible. Es el barrio céntrico de Akasaka. Descubro que mi hostel queda más lejos de lo conveniente para ser una turista full time: tengo que tomarme tres líneas de subte para llegar al centro. No puedo, en lugar de a Akasaka llego a Asakusa, en la otra punta de la ciudad. Comienzo a caminar sin sentido aparente, miro mi Google Maps y está en japonés, miro los carteles de las calles y están en japonés. A mi alrededor solo hay japoneses. Estoy en Japón pero no puedo encontrar ningún punto turístico para visitar porque no leo japonés. Gonzalo ya sabe que no voy a llegar porque no estoy ahí a la hora que me dijo que esté, pero en realidad nunca pude avisarle porque, además, no tengo conexión a internet. Tengo mi primer ataque de pánico. Estoy completamente loca, pienso.
Camino sin rumbo ni sentido hasta que llego a una avenida inmensa que da a un parque con un tori (arcada) elevado y escalinatas. Entro “a ver qué hay” con un completo desconocimiento geo- espiritual y sin la más mínima certeza de dónde estoy ni dónde estoy yendo. Una metáfora absoluta de mi situación cósmica-espiritual. Pero en japonés. Estoy completamente loca, pienso. Sí, pero tengo que llegar a alguna parte.
Entro al parque y veo a una niña de no más de 5 años vestida en atuendos tradicionales que camina en medio de un descanso en las escaleras. Atrás de ella viene una mujer igual de emperifollada a la vieja usanza japonesa y un hombre de traje. Parecen salir como de una película que no vi, hablada en japonés. Saco 100 fotos de la nena, tiene una elegancia similar a la de su madre, es pura sofisticación y apenas sabe caminar. Las dejo y me interno en el parque. Aparezco en la mitad de un casamiento. Más de cien personas entre niños, adultos, ancianos y jóvenes vestidos de gala. Todos japoneses. La novia tiene un kimono íntegramente blanco y un sombrero gigante. Se la nota enamorada. En japonés.
Me quedo sacando fotos, no tengo la valentía de ponerme a hablar con nadie. Estoy shockeada por los colores de los kimonos, la preciosidad de las niñas y mi propia capacidad de llegar a lugares insólitos sin la más mínima pista ni certeza. Sigo recorriendo el parque y me encuentro en una escalinata que había visto en todos los blogs de viajes. Era el lugar más fotogénico del día y yo estaba ahí por casualidad, en completo estado de shock. Sintiéndome completamente analfabeta. Pero estaba ahí. Eso que me pasaba era cierto. Era cierto en japonés, pero cierto al fin. Cierto en japonés se dice Ikutsu ka no.  
Lo cierto y la paz mental duran poco: tengo que tomarme los tres subtes de nuevo hacia mi hostel. Logro llegar a la primera combinación con facilidad, pero está en uno de los puntos neurálgicos de la ciudad subterránea y es hora pico. No tengo la más pálida idea de cómo combinar las dos líneas más de subte que me faltan y a mi alrededor circulan miles de personas en todas las direcciones. Miles de japoneses que hablan en japonés, piensan en japonés, sienten en japonés. Me apoyo contra una pared de una estación conexión de más de 5 líneas de subte. Estoy completamente loca, pienso. Sí, pero tengo que llegar a mi hotel de todas formas. Ok. Respirar. Respirar en japonés se dice Kokyū shimasu.
Salgo a la calle para ver si me oriento. Estoy en la esquina de Shibuya Station, en la que un stop sincronizado en cuatro direcciones comunica 5 esquinas. Se puede circular en cualquier dirección, ya sea recto o en diagonal. Por cada luz en rojo se calculan unas mil quinientas personas cruzando al mismo tiempo. En hora pico unas tres mil. Todos japoneses. Algún que otro turista. Y nunca jamás nadie se choca, nadie se insulta, nadie se enoja. Cruzo una vez: esto es un ritmo. Cruzo otra vez: esto es un caos rítmico. Cruzo una vez más:  acá hay un orden secreto. Ok. Respirar.
Respiro. Contemplo a los japoneses. Tokyo tiene 13.62 millones de habitantes y una densidad de 6027,22 hab/km². Eso debería ser el caos. Pero no. De una forma inexplicable los japoneses irradian una calma que se traslada a todo, incluso a lo físico o fundamentalmente en lo físico. 
Respiro. Contemplo a los japoneses. Los contemplo, no hay otro verbo. No los miro, no los veo. Los contemplo pasar de un lado al otro, van hacia lugares que no sé pronunciar. Ninguno de ellos habla inglés, pero tampoco sé qué les tendría que preguntar. Respiro. Contemplo, los observo como si estuviera viendo un espectáculo del Cirque du Soleil. Descubro que hay un ritmo japonés en el caminar, una melodía armónica que tienen todos, una cadencia, un tempo casi musical. No se chocan ni se interrumpen, no se agreden, no se molestan, no están esperando la violencia del otro, entonces tampoco la ejercen.
Respiro. Estoy completamente loca, pienso. Sí, pero tengo que llegar a mi hotel de todas formas. Sí. Ok. Respirar.
De alguna manera que no comprendo llego al hostel. En mi habitación me encuentro con un oriental con el pelo muy corto, jogging y cara de jugador de ping pong. Me pregunta mi nombre, mi nacionalidad. Habla muy buen inglés. Se llama Li y es chino. Le pregunto si las estaciones de subte tienen los nombres escritos también en chino porque durante el día llegué a descifrar que algunos caracteres son más curvos que otros. Entonces Li baja de su cama marinera, busca un papelito en el bolsillo y me dice: “Escribí tu nombre”.
Escribo mi nombre.
Agarra la lapicera y empieza a traducir línea por línea.
-Ese es tu nombre en chino– me muestra.
-Ese es tu nombre en japonés- termina.
Los caracteres que hace no son letras sino dibujos, tienen sentido por sílaba, componen una música que no entiendo, que es erótica justamente por eso, porque no sé qué significan, es puro misterio. Es eso que todos a mi alrededor saben y yo no.
Los ideogramas chinos y su derivación japonesa son casi desconocidos para los occidentales y tiene una raíz simbólica mucho más cercana a la naturaleza que las letras de nuestro alfabeto, por lo que si “Persona” es efectivamente el dibujito de una persona (), multitud es simplemente la sumatoria de ese dibujito (⼈⼈⼈). Esto debería redundar en un universo más acotado de lo que simbolizan las palabras, en tanto construcción no representativa de la realidad. Pero a la vez las acercan a aquello que realmente existe, convirtiendo al lenguaje en un medio para la aproximación a la naturaleza que es, en última instancia, aquello según lo cual sintoísmo y budismo asumen que están unidos los seres humanos en un continuo que además incluye a más de 8 millones de dioses.
Dice la Wikipedia: “El sintoísmo afirma la existencia de seres espirituales que pueden encontrarse en la naturaleza y representan cualquier fuerza sobrenatural o Dios, como los dioses de la naturaleza u hombres sobresalientes. Los japoneses, como hijos de los kami, tienen ante todo una naturaleza divina. Por consiguiente, de lo que se trata es de vivir en armonía con ellos, y así uno podrá disfrutar de su protección y aprobación”.
Tiene sentido: japoneses, naturaleza japonesa, palabras japonesas y Dios podrían ser la misma cosa. Una sola cosa. Armónica,  indescifrable y divina.
Trato de sentir paz pero me cuesta. El trastorno es permanente. No son solamente las letras, es la forma en la que se agarran los libros, la verticalidad de las palabras. La erótica de lo indescifrable, pero también el orden alterado de las cosas es lo que hace a Japón tan atractivo, tan mágico. En esa alteración aparece todo lo inesperado: no se puede fumar en la calle pero sí en los restaurantes, no se dejan los zapatos adentro de las casas, no hay inconveniente con el símbolo nazi porque es originalmente el signo budista de la abundancia, los autos casi no tocan bocina, los niños van solos por la calle, los hombres usan cartera, etc., etc.
Ya no sé bien qué es cierto. Ya no sé bien qué es normal. Pasé un día en Japón y todo lo que consideraba cierto y normal dejó de serlo.
-¿Y no querrías votar?- Le pregunto a mi compañero de cuarto chino, a propósito de vivir en el comunismo más grande del mundo.
-Yo voto -me contesta socarrón.
Lo miro en silencio. Sigue:
-Voto a mis delegados en la clase en la escuela, en mi barrio, en mi club.
-Pero eso no es democracia.
-Quizás el problema del capitalismo occidental sea la democracia.

Obsesivo
Los trenes de alta velocidad en Japón son lo más certero que existe: nunca están demorados pero nunca llegan antes, nunca se detienen más de la cuenta ni donde no deben. Son perfectos, porque la perfección en Japón sí existe. Y como lo perfecto se considera verosímil se busca en cada uno de los aspectos más insignificantes de la vida, con un nivel de obsesión tal que, en la mayoría de los casos, se consigue.
Puede que se discuta si todo lo perfecto es bello, o si todo lo bello es perfecto. Puede que se discuta si el cuidado del detalle es lo que convierte lo “normal” en “bello” o si lo “feo” y lo “imperfecto” no son más estimulantes. Puede que se discuta la definición de perfecto. Pero hay algo muy tierno detrás del gusto nipón por los detalles que los hace irresistibles: la completa devoción de los japoneses por la perfección y la belleza es una muestra indiscutible de amor por todo lo que los rodea. Considerando al amor como destinar energía, tiempo y cuidados a aquello que nos importa, para lo que nos entregamos porque queremos sea perfecto.
El ejemplo más claro es el origami, que, aunque originario de China, tiene en Japón una larga tradición. Una antigua leyenda promete que cualquiera que doble mil grullas (pequeñas palomitas) recibirá un deseo de parte de ellas. Durante el siglo XX, la tira de mil pequeños pajaritos se convirtió en un símbolo de paz gracias a Sadako Sasaki, una niña que intento así curarse de leucemia producida por la radiación de la bomba atómica de Hiroshima. Allí, en el Parque conmemorativo de la Paz de Hiroshima, el Monunento a la Paz de los niños tiene una grulla gigante de acero y está rodeado por cientos de miles de millones de pequeñas grullas apiladas en estanterías que desde todo el mundo envían colegios, instituciones y personas corrientes que quieren demostrar su solidaridad con el pueblo japonés. Sin embargo, no solo en Hiroshima hay origami, todo Japón está poblado de templos de diverso tamaño que ostentan sus tiras de mil grullas para ofrendar a los dioses. Pero detrás de esos miles de millones de papelitos doblados simétricamente hay japoneses. Gente que dedica horas y horas en una tarea repetitiva y autómata. Gente devota, comprometida y sumergida en una serie de dobleces perfectos, absolutamente perfectos, que buscan llegar a la divinidad. Pero hay algo de lo repetitivo del origami, de lo detallista y lo milimétricamente perfeccionista que requiere su técnica que recuerda a un poseso, a un obsesionado, a un enfermo. A alguien que piensa demasiado las cosas o que solo puede pensar en esa sola cosa. ¿Es eso amor?  
Sábado a la noche en Kyoto. Con Valeria alquilamos bicicletas y recorrimos la ciudad durante todo el día. Hay más templos que casas y en muchos de ellos, cientos de cadenas de mil grullas. Para las seis caemos agotadas en un bar irlandés. Estamos a una distancia lo suficientemente lógica de nuestro hostel como para poder emborracharnos. Entonces lo hacemos: nos emborrachamos. Luego de un par de horas, se nos acerca un señor mayor y comienza a hablarnos con una delicadeza insólita para un approach en un bar. El Sr. baila entre nosotras y habla (bien) en inglés. Indago en su background: es presidente de una compañía, me da su tarjeta, está en japonés. Bailamos, reímos, charlamos. No me siento intimidada por el hecho de que sea 30 años mayor que yo, no hay en él un hálito de lascivia. Se llama Mr. Fuyi, como el monte a una hora de Tokyo. Podría ser mi padre.
Al rato Valeria le dice que quizás yo quiera otra cerveza. Mr. Fuyi compra alcohol para las dos y trae unos nachos que nos devoramos. Tenemos hambre, estamos ebrias, él lo sabe, todos lo sabemos. Pero en ningún momento de las cuatro horas que compartimos con él nos sentimos incómodas y aunque no se comporta tampoco como un padre, sí ofrece una muestra cabal de la elegancia japonesa: respeto por el otro, orden, decoro, sutileza.
La perfección japonesa radica exactamente ahí: en la sutileza de lo que no se ve, en lo que se mide milimétricamente para que parezca ordenado mientras flota en el caos, en la búsqueda obsesiva por la belleza como sinónimo de armonía y que es así una oda a lo sutil, a lo no estridente. De ahí la sexualidad naif de las orientales que conquista a occidente. No son Pamela Anderson, no son Salma Hayek, no son Sofía Loren. Son japonesas, son asiáticas, inventaron la elegancia sexual basada en lo que insinúan sin explicitar.
Y si lo que se ve en Japón es producto de cálculos obsesivos por la búsqueda de la perfección y la belleza, lo que no se ve en Japón es el sexo. Pero aun así aparecen, envueltas en misterios, miles de japonesas por todo Kyoto que juegan a disfrazarse de geishas y pasear con sus atuendos por toda la ciudad como si se tratara de una tarde de spa o shopping con las amigas. Están completamente vestidas de trajes tradicionales que no dejan ver absolutamente nada de su cuerpo. ¿Por qué aun así son sexys? ¿Por qué aun así destilan erótica? Porque las geishas ejercitan (o excitan) el músculo más sexual de todos: la imaginación. Por eso la carga erótica que tienen los cafés con meseras disfrazadas de mucamas a los que me arrastra Gonza contra mi voluntad. Sabemos que es un café, sabemos que esas chicas no son mucamas sino mozas, sabemos que están jugando a calentar clientes con el trip servilismo/sumisión, pero siempre sutil e ingenuamente.
¿Quería acostarse con las gringas borrachas el empresario con dinero y soledad que fue a pagar tragos a un bar irlandés un sábado a la noche en Kyoto? Quién sabe, probablemente sí. Pero no. Sí pero no. Ni. Sutileza en su máxima expresión.
Pero eso a la vez supone la erótica de la obsesión en un plano simbólico: aquello que no se expresa, que es sutil y confuso (ya sea aquello que no podemos comprender o no podemos alcanzar o no podemos concretar) asume sobre nosotros el carácter de objeto deseado. Y ahí ejerce su poder, en la negación de la concreción, en el deseo. Deseo y obsesión pueden no ser lo mismo, pero se parecen y mucho. De ahí que el trastorno y la obsesión se conjuguen en Japón con una magia insólita para un occidental: lo que no podemos entender es justamente aquello que más nos atrapa. Japón es un país sexy si entendemos que la diferencia entre lo sexy y lo sexual radica en el nivel de sutileza que se maneja. Japón es un país elegante si entendemos que la diferencia entre lo elegante y ostentoso es similar.
Japón es esa belleza de lo oculto, de la premeditación de lo velado con intención perturbadora y a la vez estimulante: la perfección de lo inconcluso, la insinuación, lo no obvio. Japón es todo, menos obvio. Como buen obsesivo, Japón es premeditado y jamás dejará nada librado al azar, pero todo sucederá con el claro objetivo seductor de perturbarte. No te darás cuenta de lo que está haciendo sobre vos. Hasta que estés completamente enamorado.
Compulsivo
En Japón hay más barbijos que personas. Símbolo universal de la higiene, las mascarillas representan mucho más que la separación del contacto del aire (que se asume contaminado) con las mucosas propias y ajenas. En Japón los barbijos simbolizan una vertiente más del respeto por el otro. Cuenta la mitología urbana que los japoneses los usan no para protegerse ellos del exterior sino para proteger a los demás de sus posibles enfermedades. El cuidado más extremo adquiere así un cariz de tipo compulsivo y por ende patológico. De ahí que no me sorprenda ver barbijos con distintos “estampados” o con figuras alegóricas a Hello Kitty y asociados, de ahí que no me horrorice cuando vea miles de tapas de inodoro con un comando lateral que no se entiende para qué sirve o finalmente unos minúsculos dispositivos de goma que encuentro en el mayor sex shop de Tokyo al que entramos con Valeria atraídas por los disfraces que se ven desde afuera.
Somos las únicas mujeres en un lugar por supuesto reducidísimo en espacio y atiborrado de consoladores eléctricos, pantallas que proyectan videos pornos de manga, pósters con vaginas cortadas trasversalmente en los que se explica muy didácticamente todas sus cavidades y por supuesto barbijos, miles de barbijos de distintos colores y tamaños. Creo que nada va a sorprenderme ya hasta que veo una pequeña bolsita con diminutos artefactos de látex. Eso que tengo enfrente y carece completamente de sentido tiene una etiqueta que dice, en japonés pero por suerte también en inglés: “condones de dedo”.
Como buen país del primer mundo, en Japón hay muchísimos teléfonos celulares. La selfie y su famoso palito invaden calles, templos, bares y restaurantes. En el subte tokiota está prohibido tener una conversación telefónica, pero eso no quiere decir que todos no estén mirando su pantalla compulsivamente. Los hay gigantes, los hay pequeños, los hay táctiles, los hay “con tapita” (última moda vintage japonesa), pero los teléfonos invaden la vida cotidiana nipona con el desdén de quienes fueron los primeros en desarrollar adicción por la telefonía inalámbrica a principios de siglo. Pero eso ya no asombra: ya todos vivimos en el futuro 3.0 y usamos compulsivamente nuestros teléfonos. Lo que sí sorprende es el alto índice de ludopatía asociado a la tecnología. Es por eso que todas las ciudades japonesas están pobladas de pachinkos, salas de videojuegos para adultos en las que cientos de japoneses, en su mayoría hombres, destinan horas y horas de tiempo vital que podrían estar empleando con amigos o familia en solitarias sesiones de gaming. Prefieren aislarse en una sala gigante de videojuegos, con las miradas completamente perdidas en pantallas, rodeados de un sonido ensordecedor y de “guardias” que circulan y nos prohíben sacar fotos de ese hermoso espectáculo de aislamiento y desolación. Entrar a uno de esos lugares implica no solamente ensordecerse sino también enloquecer un poco. Miles de maquinitas luminosas produciendo, según números oficiales, más riqueza que los supermercados. Miles de hombres y mujeres alienados jugando compulsivamente. Cigarrillos que se consumen en las manos, espaldas curvas, soledad.
La compulsión nipona puede adquirir entonces diversas formas: puede convertirte en ludópata pero también en un perfeccionista. Y puede combinarse con la obsesión por la limpieza y volverte un poco paranoico. Leo las noticias: “Los baños del aeropuerto de Tokyo han sido equipados con ´papel de baño´ especial para desinfectar los celulares. Los dispensadores se han instalado en 86 cubículos y estarán en prueba hasta marzo del año próximo. La empresa justifica la curiosa iniciativa con un interesante dato: ´Hay una cantidad más de cinco veces mayor de gérmenes en la pantalla de un celular que en el asiento de un baño´”.
Finalmente podés unir las piezas: los dedos japoneses han de ser preservados, resguardados, aislados. Son los dedos que se usan en la dactilopornografía de la pantalla táctil pero también los que doblan papel para conectarse con la divinidad. Son los dedos del sushi man, que deben ser lo suficientemente rápidos para que el arroz no se caliente, pero también deben estar excesivamente limpios, siempre.
Por eso estás viendo condones de dedo. Respirá.  
Tiene sentido. Respirá.
Pero solo tiene sentido acá. Respirá.
Es tarde, aunque respires una y otra vez, ya es tarde.
Estás en un sex shop en Tokyo viendo condones de dedo y entonces todo tu sistema ya explotó por los aires: pensás en cientos de dedos penetrando cavidades genitales. ¿Cuántos hubo? ¿Cuántos habrá? ¿Por qué nunca pensaste que esos dedos podrían tener tantas o más bacterias que cualquier otra cosa que necesita protección de látex? ¿Cómo no procuraste cuidar al otro de esas roñosas uñas cuando estabas jugueteando por ahí?  ¿Cómo lo descuidaste tanto?
Lógico: no cuidás al otro, no te importa el otro, no buscás la armonía entre el universo, el otro y vos porque no entendés que somos la misma cosa.
Lógico: Creés en vos, en tu ego, en tu cinismo occidental de no creer nada ni de cuidar nada porque nada vale la pena.
Lógico: Solo venerás tu libertad individualista y te olvidás del cosmos.
Lógico: Te conformás con sobrevivir, con sacar la tajada más grande de la torta que sabés que no alcanza para todos, pero no te importa.
Lógico: Metés tu roñoso dedo en el culo del mundo y no te importa.
Lógico: No sos japonés.


domingo, 25 de septiembre de 2016

The Oz Experience


Y entonces China conquistó el mundo. Fue una cuestión de tiempo, de proporción. Con el fin de la política del hijo único en 2015, la matemática pura se convirtió en aliada del imperialismo más antiguo de la historia de la humanidad. No hicieron falta armas nucleares ni químicas: se envió un ejército de un millón de orientales a cada país del mundo pero con la expresa orden de no atacar y se neutralizaron así las autoridades locales. Los capitales trasnacionales fueron sobornados con el convincente argumento de retirar la monstruosa demanda china en sus balances y se generó pacíficamente un bloque mundial que lo abarcó todo.

O casi todo.

Los únicos espacios libres del dominio oriental fueron, por motivos muy diferentes, Rusia y Australia. Aliado con Corea del Norte, Moscú imponía un régimen a la vieja usanza soviética pero muy diferente al chino. Más allá de los matices, el mundo entero se volvió rojo: solo se podía elegir entre comunismo chino o comunismo ruso. Por su parte, Australia había sido aliada comercial de los orientales desde siempre, por lo que había logrado un status jurídico privilegiado por el que se le permitía autogobernarse. El mágico reino de Oz se erigía así orgulloso como el único país capitalista del mundo. Con una extensión abrumadora de tierra fértil dispuesta a albergar a todos aquellos que quisieran habitar el “Territorio Libre de Australia”, la inmigración a la isla comenzó a aumentar desproporcionadamente. Sin embargo, Canberra se abogaba la potestad de enviar población a Christmas Island -ya establecida en 2009 como una isla de refugiados- o integrarla a su sociedad continental. Aparte, aquellos que hubieran residido más de seis meses allí con anterioridad al Régimen Chino Mundial, podían reclamar la ciudadanía.

Para cuando el Nuevo Orden se instaló en el globo, vivía en una ciudad latinoamericana completamente sometida y escribía para algunos portales online. Al principio sentí algo de alegría por el triunfo del comunismo sobre el imperialismo capitalista, pero con el tiempo mis viejos hábitos burgueses se fueron convirtiendo en incompatibles con los patrones de conducta orientales. Fue por eso que decidí solicitar asilo en Australia, confiando en que ellos tendrían datos de mi estadía allí durante unos meses de 2016 y me otorgarían la ciudadanía.

Menuda mi sorpresa cuando desde Canberra me dijeron habían encontrado unas crónicas de mi paso por la isla en mi blog y por eso decidieron hospedarme en la prisión/ campamento de Christmas Island, ya que de mis relatos no se desprendía que “pudiera convivir con la sociedad australiana en armonía” (sic).

Publico ahora esas crónicas para aquellos que ya no recuerden cómo era el capitalismo. Lo más subversivo de mi relato es que hay grandes probabilidades de que siga reflejando la realidad australiana hoy, imposible de conocer gracias al blindaje informativo que niega la existencia de cualquier variante al Régimen Chino Mundial. ¿Mi paradero? Eso ya no importa. Cuando se habla de Australia el tiempo y el espacio dejan de tener sentido. Todo empieza lentamente a desmaterializarse. Y a flotar.


La (im)posibilidad de una isla






















26 de enero 2016, 3 Burton St, Glebe, Sydney, NSW


Fiesta de Australian Day en mi jardín con bananos. Entre cincuenta y sesenta personas, casi todos australianos. Empiezan a beber a las tres de la tarde pero comen recién a las cinco cuando llegan las pizzas gigantes que tienen pollo, calabaza, carne, calamares y poquísimo queso. Van a seguir bebiendo hasta la madrugada. Pueden hacerlo 12 hs seguidas sin inconveniente. Se visten todos mal. Muy mal. ¿Por qué se visten así de mal? Porque sí.


Ni bien llegás a Australia creés que las clases sociales no existen. Marx ha muerto. Todos ganan lo suficiente como para que el dinero no se constituya en un factor de diferenciación social. Claro que hay empleados y propietarios: pero ambos lucen (casi) igual. Mal. Lucen mal. 


-Las clases sociales sí existen -me discute un director de cine neozelandés en la fiesta- pero las define el mar, cuanto más cerca del agua estás, más plata tenés. 


Australia es una isla que está lejos. Rodeada de agua, como Cuba. Pero su “estar lejos” no tiene que ver solamente con su ubicación geopolítica sino también con su idea de sí misma: Australia es autosuficiente. Debe serlo porque está demasiado lejos de todo para necesitar mucho de alguien. Pero “estar lejos” puede ser una desgracia o una bendición. O las dos cosas. Sobretodo si estás lejos del imperialismo norteamericano. La desproporcionada por escasa cantidad de Starbucks o Mc Donald’s lo deja claro: A Estados Unidos no le interesa esta isla en términos culturales. Puede que le convenga comercialmente, pero no es material de conquista ideológica. Como Cuba.

Unos mexicanos que invitó mi amiga alemana están armando un porro y el neozelandés se sorprende. 


-Acá nadie fuma porro, fumar porro es para los pobres- dice. 

-Pero el MDMA es mucho más barato que la marihuana o la cocaína- contesto.

-Pero cocaína acá no se puede tomar, es de muy mala calidad, ¿probaste?

-Ni loca, prefiero la política a la cocaína.


El agua define todo: puertas afuera los aisla del imperialismo y puertas adentro adentro distingue clases sociales. Aquellos que viven más cerca del mar tienen más dinero y a medida que se van alejando van perdiendo poder adquisitivo. Hasta llegar al desierto, ese agujero negro del que nadie quiere hablar.


-No se puede vivir en el desierto, por eso toda la gente vive en las costas- dice un australiano de 25 años.

-Pero los aborígenes sí viven en el desierto- contesto.

-Pero ellos saben cómo hacerlo.

-Entonces sí se puede vivir ahí.

-Pero hace mucho calor.


El agua define todo: lo más lejos del mar es el desierto, donde vive la mayoría de las comunidades aborígenes. No se los aniquiló por completo con la conquista inglesa sino que se les sustrajo legalmente a sus hijos para integrarlos a las sociedades blancas, hasta 1976. En 2008 el gobierno pidió “disculpas” por el “robo” pero no se estableció ninguna política de reparación de la identidad comparable con la de los organismos estatales argentinos. Primerísimo mundo.

Dice Wikipedia: Las Generaciones Robadas es un término usado para describir a aquellos niños de aborígenes australianos que fueron secuestrados de sus familias por el Gobierno. Los secuestros ocurrieron entre los años 1869 y 1976 aproximadamente.


-¿Uds no conocen a ningún aborígen de la generación robada?- pregunto en la fiesta.

-No- contestan al unísono unos cuatro locales sub30.

-Pero si los robos fueron hasta 1970 muchos de ellos deben tener 40, 30 y pico, deberían conocer a alguno- indago.

-No.


Lejos es también lejos de la madre patria, que envió una flota llena de presos supernumerarios desde Londres y que el 26 de enero de 1778 llegó a Port Jackson, actual Sydney. De ahí la paradoja de la identidad nacional, festejar el “Australian Day” el día que llegó el colonizador, negar a los aborígenes, incitar a la inmigracion asiática, pero a la vez discriminarlos en el interior.


-Sydney y Melbourne no son Australia, Australia es el interior, el campo, ahí ves este país- dice Mark, el novio de mi amiga alemana, en la fiesta.

-Creo que podría necesitar un contacto en el campo por trabajo- contesto.

-Cuando quieras te paso el teléfono de mi tío que tiene una granja en Adelaide y está podrido de tener que contratar chinos, prefiere a los latinoamericanos que trabajan más.


¿Qué es este lugar? 20 millones de ciudadanos en un territorio que podría albergar más de 200, la gran mayoría primera o segunda generación de inmigrantes no anglosajones que vive en ciudades lejos del desierto y cerca del agua. Y aunque sea más caro, vivir en Melbourne, Brisbane o Sydney es vivir en el continente y no en el país. ¿Qué continente? Todos, basta ver la oferta gastrónomica de las grandes ciudades para recorrer Asia y Europa. ¿Qué país? El del interior, en el campo, lleno granjeros rubios y orgullosos al mejor estilo sur norteamericano.

La identidad aussie es entonces la no identidad, la sumatoria de todos los colores que indefectiblemente da blanco (o negro). Una metáfora general de la generación robada: poner lo negro en lo blanco hasta que se mimetice. Alejar lo negro del agua. Internarse en el mar. Y flotar.


Qué bueno vivir como esta gente 



Abril 2016, La Perouse Beach, Sydney, NSW


Sydney tiene más playas que ninguna otra ciudad del primer mundo: arriba de veinte en un radio de 30 km del centro. La preferida por los surfers (Bondi), la familiar (Coogee), la bahía escondida (Gordon’s), la que tiene cemento en lugar de arena (Bronte), la del cubo rubick gigante (Maroobra), una más paqueta a la llegás con un ferry carísimo (Manly), otra más selvática (Cronulla), la nudista (La Perouse) y así.

Estoy mirando el mar y tomando mate con un par de amigos. Al lado nuestro aparece un oficinista, solo. Tiene traje, zapatos, un maletín. Se lo nota agotado del día de trabajo. Lo vemos desnudarse rapidamente, sacarse todo y caminar desnudo hacia el mar. Lo vemos flotar. Martes de abril en Sydney.

Según la linguística, en el lunfardo se esconde parte de la idiosincracia cultural de un pueblo y de palabras comunemente usadas por una comunidad y no por otra pueden extrapolarse algunas características subrepticias de su sensibilidad. De todas los modismos australianos, el que más llama la atención es el “de nada” después del “gracias”. En inglés británico se dice “don’t mention it”: no lo menciones. En inglés norteamericano “you’re welcome”, es decir una construcción poco literal pero igualmente amigable: “eres bienvenido”. En inglés australiano se usa “no worries”, o sea “no hay preocupaciones”. No es “don’t (you) worry”, que podría pensarse como un sensato “no te preocupes”, sino que está enunciado universalmente, no hacia quien dice “gracias” sino para todo el que quiera oirlo. Calculemos las ocasiones en las que decimos “de nada” por día y entonces las cantidad de veces que 20 millones de personas se dicen a sí mismas “no hay preocupaciones”. 

¿Qué es una preocupación? ¿En qué residen la mayor parte de las preocupaciones de los seres humanos? Volvamos a la sabiduría popular: salud, dinero y amor (en ordenes aleatorios de acuerdo a la circunstancia).

Según estudios recientes, en Australia no ha habido una recesión en 25 años, es decir el nivel de consumo y producción no ha caído ni menguado ni se ha estancado en la baja por el tiempo que dura una generación. Semejante estabilidad macroeconómica se traduce en niveles muy altos de salarios, consumo y movilidad social. De ahí que todos tengan dinero: algunos más, otros menos, como siempre, pero TODOS tienen “suficiente” para sostener un nivel de vida digno. Al no ser un bien escaso, la plata no puede generar preocupaciones porque carece del valor que se le da en sociedades del tercer mundo, donde se usa como diferenciador social y como motor de la existencia pero que, al final, termina definiendo los conflictos a su alrededor.

Pero en todos los países hay gente con dinero. En Argentina hay mucha gente con mucho dinero. En ese sentido Australia se puede pensar como un “country” (barrio privado) gigante, típico de la zona norte del conurbano bonaerense.

Volvamos al idioma: Country en inglés puede querer decir “país” o “campo”. En el caso de los barrios privados argentinos, supone entonces una doble lógica aislacionista del resto del entramado urbano (un país dentro de un país) y además un contacto directo con la naturaleza (casi casi como vivir en el campo). ¿Por qué la gente vive en countries? Porque puede, primero. Porque aislarse de lo que la rodea le da sensación de protección y porque compra el concepto de mejor calidad de vida asociada al contacto con la naturaleza, que se convierte así en un lujo que no muchos pueden pagar en las ciudades superpobladas.

Exactamente lo que pasa cuando el oficinista se desnuda a mi lado y camina hacia el océano. Esa naturaleza a la que accede es un lujo que en este caso él puede pagar porque es gratis. Igual que “el verde” de los countries, el mar simplemente esta ahí para que él se olvide de sus preocupaciones y lo disfrute.

¿Qué es una preocupación? ¿Se puede vivir sin ellas y disfrutar todo el tiempo? A priori uno diría que no, que el ser humano necesita de preocupaciones (sufrimiento, displacer) para que emerja su pulsión vital. Sin adversario no hay combate posible: sin una realidad preocupante de la que escapar no hay necesidad de imaginar un mundo mejor, creer, crear o al menos enojarse contra aquello que nos preocupa. Pero Australia, como otros países del primer mundo, tiene índices muy altos de suicidio, sobretodo en las franjas etáreas más jovenes. ¿Por qué querría morirse gente que no tiene preocupaciones? Porque no tiene la necesidad ni el deseo de modificar una realidad que ya es buena de por sí y “está dada”. Y sin deseo solo queda la muerte.

El “no hay preocupaciones” australiano resume también una cultura del hedonismo permanente que trae implícito un sentido particular del tiempo, asociado al clásico “carpe diem”. Una preocupación presupone una noción de futuro mejor en el que ese problema ya no existe y por ende un concepto de tiempo en el que el deseo empuja a conquistar el futuro. Para la gente preocupada, el presente (infeliz)no se disfruta y el pasado se utiliza como gasolina para avanzar hacia un lugar que se anhela como mejor (“yo me hice de abajo” way of life).

Por el contrario, el disfrute como prioridad y la ausencia de preocupaciones condiciona también el sentido del tiempo vital, poniendo al presente (feliz) por sobre el pasado (también feliz) y el futuro (que habrá de ser feliz por que sí con lo que no tiene sentido esforzarse para llegar allí). “Disfrutar siempre” es entonces un imperativo atemporal que asume que el placer no tiene nada que ver con pasarla mal (esfuerzo) para después pasarla bien con los frutos de ese esfuerzo, idea muy instalada en el sentido común latinoamericano, producto a la vez de la cultura inmigrante de nuestros antepasados.

El oficinista no rema, no nada, no va hacia ninguna parte. Flota.

Hay dos datos de la economía real que reflejan que la sociedad está volcada al consumo como sinónimo de disfrute pero que también valora su tiempo libre más que el dinero. La dinámica del pago semanal o quincenal de salarios y rentas acorta el ciclo económico y lo hace mucho más dinámico, movilizando liquidez monetarias todas las semanas en lugar de hacerlo al principio de mes. La idea de “llegar a fin de mes” se diluye completamente, cambiando de forma radical la organización micro económica pero también el valor del tiempo trabajado. Con respecto a eso, está legalmente estipulado (y se respeta a rajatabla) que las jornadas laborales de los sábados, domingos y feriados tienen que ser pagadas por encima del salario normal, lo que es un buen ejemplo de que el sacrificio de no tener tiempo de ocio debe ser recompensado. Dinero siempre hay. Siempre.

Procuparse por dinero bajo la fantasía de que cuando tengamos más seremos más felices puede ser la falacia fundamental del capitalismo pero es, en definitiva, aquello que lo ha hecho seguir funcionando por siglos. Una vez superado ese estadío, en el primer mundo sufrir por dinero deja de ser sexy y esa sexualidad se traslada al disfrute, en una desesperada búsqueda de placer asociado a “la experiencia”. De ahí la horda de sitios de esparcimiento pago (restaurantes, bares, cafés). Pero el “enjoy” perpetuo está también por fuera del dinero, cosa obvia dada la cantidad de espacios verdes y playas gratuitos para disfrutar de la naturaleza.

“No worries” o “Dinero hay” pueden ser entonces sinónimos de una estabilidad permanente que permite pensar en una vida sin tiempo, en la que el dinero no oficia como motor de la felicidad -como en todas las sociedades capitalistas- sino como algo que, de estar garantizado, deja de tener su valor erótico en términos de conquista, desafío o estímulo externo.


Por eso es martes en Sydney y sigo en la playa en lugar trabajar. Porque puedo. Porque vivo en un country gigante.

Pero mientras tomo mate noto que me preocupa que el oficinista haya dejado todas sus cosas a mi lado, no sé si tengo que cuidárselas, me preocupa que alguien se las robe. Claro, soy una negra del tercer mundo, pienso en la propiedad privada, me preocupo. Todavía no entendí que eso de sufrir es de pobres. 


Magdalena Tempranísimo






















Agosto 2016, Lane’s Edge, 39 Bourke St, Melbourne, Victoria


¿De qué se puede hablar con alguien que toma sidra de pera?

Sábado a la noche en Melbourne, estoy en un bar con dos compañeras de trabajo aussies que toman sidra de pera y no dejan de mirar el celular. Nota mental: la medida de la amistad es el tiempo que podés mantener una charla sin mirar el celular.

Tienen 21 y son rubias naturales. Quien te ha visto y quien te ve, estrella de la radiofonía argentina, haciendo chistes en inglés para que te los festejen dos rubiecitas del primer mundo. Se rien, las australianas que vinieron del sunny Queensland a la rainny Melbourne se rien de mi rutina “Cumpleaños, casamientos, fiestas de 15” y yo me quiero matar.

Pero es sábado. Hay que salir, beber, el rollo de siempre.

Después de tomar 1 (una) sidra la más copada se va y me quedo con la más estúpida, entonces tengo que hacer todavía más y más chistes. Le digo que soy una “negra del tercer mundo” y me dice sorprendida que no sabía que Argentina quedaba “ahí” porque “no cursó geografía en el secundario”.

Y de pronto sucede: en la mesa de al lado dos hombres se besan.

Mi compañera los mira horrorizada. A mí me horroriza ella.


-Come on -atino a decir-it’s 2016.


Pero su actitud corporal es tal que los tipos que se besaban se dan cuenta que estaban siendo observados y juzgados. Sin embargo, como son viejos (y zorros), la ridiculizan, brindan por ella, con ella. En el medio de mi verguenza ajena, la sensibilidad australiana (always smile, always funny, always enjoy) toma cuerpo y hace que los tres empiecen a bromear. 

Para ese punto me quiero morir, autodeportar o, aunque sea, tomar otra cerveza. Pero ella no quiere más sidra porque tiene que manejar así que se va y me deja sola, en un bar australiano, un sábado de agosto de 2016, con dos putos a quien acaba de ridiculizar. Fenómeno.

Vamos de nuevo, Magdalena Tempranísimo, ya sabés cómo se hace para hablar con desconocidos en los lugares públicos: inventás un problema sentimental y les pedís consejo. Nunca falla. Te funciona hace años en todos los bares de esa cloaca infecta que es Buenos Aires, ¿cómo no te va a funcionar acá?


-Perdón que interrumpa su cita pero me quede sola y tengo el corazón roto- arranco.

-No estamos en una cita- me dice el más canchero de los dos. Se llama Lee, tiene un jopo canoso y una remera cool. El otro ostenta una camisa muy estampada y un chalequito abotonado al estilo Ante Garmaz. Chalequito está definitivamente más ebrio. Toman champagne.

-Somos amigos- dice Chalequito.

-Amigos que se besan- señalo.

-Hace dos años que lo vengo persiguiendo- dice Lee -pero no se quería dar cuenta.


Chalequito hace ojitos, como diciendo “I’m so hard to get”.

Hay algo muy extraño en esta pareja: a los cinco minutos se ve que Lee (El Perseguidor) es mucho más sexy, pasional y entusiasta que Chalequito. ¿Cómo es que este brígido se le hizo el difícil?


-¿Persiguiendo cómo?- indago.

-Le dí todas las señales, miradas, comentarios, hasta lo tocaba y nada- dice Lee.


Chalequito sigue mirándome con expresión de “puta más cara de la que podés pagar” en formato señor australiano de 36 años. 


-Lo entiendo -juego a abogado del diablo- puede ser confuso para un amigo darse cuenta que le gustás más que como amigo.


El Perseguidor me mira con cara de póker y contesta:


-Su excusa es que no vivo en Australia, porque hace siete años que trabajo en Alemania.

-Pero estás acá ahora- digo.

-Porque quisiera volver, pero sólo volvería por amor- dice Lee mientras mira a Chalequito y se levanta para ir al baño.


Trato de dominar la tensión que se generó por la partida de El Perseguidor con semejante parlamento de cierre. Un eco en el bullicio del bar en pleno centro suena como un viejo tango, en una ciudad que tiene mucho, mucho tango.


“Sólo volvería por amor”

“Sólo volvería por amor”

“Sólo volvería por amor”


-Yo no lo amo- me dice confiado Chalequito ante la ausencia de Lee y sin que nadie se lo pregunte- por eso no me quiero acostar con él.


Dos años dando vueltas y todavía no cogieron. Qué mal me educó el ambiente gay porteño que no concibo que dos putos no pongan el sexo ante el resto de las cosas. Pero aquí un señor de 36 años puede postergarlo porque no hay amor involucrado. Y porque estamos en Australia, el sexo no está primero. Primero está el alcohol, después el dinero y finalmente y allá lejos, el sexo.


-¿Todavía no estuvieron juntos?- pregunto tratando de disimular mi sorpresa.

-No y no quiero, porque no lo amo, aunque es una gran persona.


Siento pena por El Perseguidor, porque todo ese deseo abruma a Chalequito, que (¿como buen australiano?) no sabe o no puede desear. El propio status quo de su país le ha extirpado lo mejor que tenemos los tercermundistas: la fantasía de que se puede estar mejor. O en otro país, o con otro presidente u otro trabajo u otra pareja, pero mejor. Los aussies, al poder satisfacer sus deseos de consumo (de felicidad) con tanta velocidad, pierden su propia capacidad de desear y se mueren en la abulia. Porque el espacio de tiempo que hay entre el deseo y la concreción del mismo es el que tenemos que recorrer los pobres y nos mueve, aunque no sea a un lugar mejor, hacia algún lugar. Ese movimiento es el que sirve para diferenciar australianos: aquellos que salen (como Lee) de la burbuja placentera y cómoda a enfrentar los peligros del mundo real empiezan a dejar de lado la apatía y a conectarse con el deseo, con la voluntad, con el entusiasmo.

Se turnan para ir al baño. Ahora me quedo sola con Lee, que me pregunta:


-¿Vos qué opinás? ¿Lo lograré conquistar?


Tendría que decirle que el deseo del otro nunca alcanza, que el amor es una construcción, un diálogo, una discusión, pero nunca un monólogo y muchísimo menos nunca un monólogo en modo imperativo. Debería decirle que, mal que nos pese, el deseo no mueve montañas sino que nos mueve a nosotros hasta esas montañas que simplemente están ahí y seguirán siendo montañas estemos ahí para verlas o no.


-Que hay gente que no desea-contesto tratando de ser lo más filosófica y críptica que puedo mientras sigue sonando en mi cabeza el “no lo amo” que me confesó Chalequito- y no va a desear porque otros deseen mucho.


Lee me mira como si hubiera escuchado algo muy importante y se queda contemplando su vaso en silencio. Es curioso cómo se generó una complicidad entre nosotros que jamás hubiera siquiera delirado que se pudiera construir con mis compañeras de trabajo. Como si el espíritu de Fernando Peña -puto, conversador, rey y señor absoluto del desparpajo y el entusiasmo- hubiera venido a visitarme a Australia. La radio, siempre la radio.


-¿Vos a qué te dedicás? - rompe el silencio Lee.

-Soy la chica del room service en un hotel cinco estrellas.

-Pero ¿qué hacías en tu país?

-Era docente, pero ya no más.


Fueron palabras mágicas: las dos que sí escuchó como las cuatro que no. Su cara se transformó de una manera inexplicable y se iluminó por completo. Empezó a gritar descontroladamente:


-¡¡¡No lo puedo creer! ¡¡¡No lo puedo creer!! ¡¡¡Necesito una docente de español para noviembre!! ¡¡¡Renunció mi profesor del Instituto en Frankfurt!! ¡¡¡Quiero que vengas vos!!!!


Y así sucedió: lo inesperado. Lo mágico de viajar, la ventana que se abre en tu cerebro hacia las miles de posibilidades que están siempre ahí, en ese abismo de la improbabilidad, de todo lo que no es, pero podría ser. El inédito viable.


-¿Qué?- trato de entender algo en el maremoto de entusiasmo que lo embriaga y ni siquiera puede mosquearme -¿y la visa?

-Te la consigo- me dice el Perseguidor y vuelve a pecar de entusiasta, de manija, de irredimible voluntarista -mandame ya mismo tu CV, en noviembre estás trabajando de profesora en Frankfurt.

-No sé hablar alemán.

-No importa, yo tampoco.

-Nunca di clases de español.

-No importa, yo te entreno.

-No sé si quiero vivir en Alemania.

-No importa, venís solo una temporada.

-No sé si quiero volver a dar clases.


-Mandame ya mismo tu CV, en noviembre estás trabajando de profesora en Frankfurt.


Mi carcajada hizo que varios a nuestro alrededor se dieran vuelta para mirarme. Lógico, nadie se ríe mucho en Australia, mucho menos una mujer.

Anotaba el correo del Perseguidor convencida de que no iba a mandarle mi CV porque no quería vivir en el primer mundo ni educar gente ni ganar en Euros, entonces me sentí muy identificada con Chalequito, que miraba la situación con displicencia australiana y bebía champagne. Observándolos en sus universos paralelos de apatía y de entusiasmo, quedaba clara la diferencia entre el deseo genuino, el impuesto por otro y sobre todo la futilidad de tratar de entusiasmar a alguien con algo que no desea. Sin embargo, lo que más me abrumó fue darme cuenta de que había conseguido trabajo calificado en una de las ciudades con mejor calidad de vida del mundo solo por ser una negra del conurbano bonaerense que sabe hablarle a extraños. La radio, siempre la radio.


Mientras tanto, el Perseguidor está comiéndole la boca a su presa otra vez. Chalequito se deja besar. Surfea la ola. Nunca se internará en el mar. Nunca nadará las profundidades de lo desconocido. No tiene un para qué, no tiene un lugar mejor a donde ir, al que se llega teniendo al mar como un medio y no como fin. Dejará que las olas lo arrastren con su movimiento mientras flota. Flotará, como toda clase alta (local, regional o mundial) esperando que llegue la ola, sin moverse demasiado, hasta que pueda surfearla y “disfrutarla” de forma superficial. Pero cuando lo mejor del mar es la espuma y la única excitación posible es pararse sobre ella hasta que se apague, el placer del océano pasa a ser lo inmediato y así se convierte en un fin en sí mismo: el disfrute permanente como filosofía de vida sin la mas mínima motivación hacia adelante. La abulia australiana es la personificación más pura del “niño rico con tristeza”, mientras que los pobres sí o sí tenemos que nadar para no ahogarnos. No podemos darnos el lujo de flotar.


-Nos vamos a coger -me dicen al unísono mientras se paran y toman sus abrigos de las sillas.


Me alegro sinceramente, sonrío.


-¡¡Muy bien!! Ese chalequito pide a gritos que lo desabrochen- los saludo.


Al rato pido la cuenta, convencida de que mis días en Australia están contados. Ya he flotado suficiente.