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martes, 15 de septiembre de 2015

ChacaPeaks: ValeCuatro

Para Diario Cuatro Palabras



El nuevo comisario Dr. Mussetti citó a los cinco hombres que le había marcado el ex sub comisario Ramírez como posibles sospechosos del crimen de Pancho Ipazaguirre todos juntos en la comisaría para hacer un careo. Méndez, Gómez, Rodríguez, Machado y Artusi sabían que tenían que cubrirse juntos. Habían ensayado antes de ir a la cita con la ley, en el bar del club, lo que tenían que decir. Lo que los entristeció fue que alguien que no era ninguno de ellos se hubiera cargado al viejo. Y aunque se sentían libres de culpa, con las deudas que colgaban en sus espaldas eran todos sospechosos. Por eso se juntaron, para tener la misma coartada: la noche que asesinaron a Ipazaguirre habían estado todos en un asado en lo de Machado. Como toda buena coartada, no era cierta, pero si podían hacérsela creer al comisario, ninguna de sus mujeres ni de sus vecinos ni de sus hijos se animaría a contradecirlos.
Llegaron por separado a la comisaría para despistar. A los ojos del comisario Musetti ellos debían ser cinco buenos vecinos que no tenían más intereses en común que el bien de su comunidad, por lo que le mintieron con rapidez y destreza. Asado en la casa de Machado, quién llevó qué vino, quién comió qué cosa. ¿Las mujeres? No, ese día no fueron, en general se juntan ellas solas. ¿Los chicos? Tampoco, Ud. sabe como son los pibes hoy en día. Jugamos al truco, ganó Méndez. ¿Cómo jugaron al truco si son cinco? Preguntó el Dr. Musetti, y todo se desmoronó. En un ataque de nervios inexplicable, Artusi rompió en llanto ante la mirada atónita del resto: dejemos de mentir, compañeros, por favor, nosotros no lo matamos porque no tuvimos los huevos.
Las horas que pasaron en la comisaría por falso testimonio mientras el Dr. Mussetti comprobó con la mujer de cada uno que se habían quedado en sus respectivas casas la noche del asesinato, fueron las peores de sus vidas. Sobre todo porque retumbaba en sus cinco cerebros la frase de Artusi: no lo habían matado ellos porque no sabían cómo, pero ganas no les faltaban. No lo hicieron porque la humillación en la que estaban sumidos era tan honda, que jamás se creyeron capaces. Se dieron cuenta uno por uno sin hablarse, en el calabozo de la comisaria, que más que coraje, lo que les faltaba era imaginación.

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