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martes, 1 de mayo de 2018

Netflix: ¿Un portal de series o un medio de comunicación?


Para Cámara Cívica

En su último libro “La política del siglo XXI. Arte, mito o ciencia” el asesor y gurú de las campañas electorales Jaime Durán Barba explica que una de las herramientas fundamentales del marketing político contemporáneo tiene que ver con la importancia no solamente de la imagen del candidato sino de las implicancias no visuales de los electores frente a él. Lo que no se ve, explica el investigador y exitoso constructor de éxitos electorales como Mauricio Macri en Argentina, es aún más potente que lo que se ve. Lo que los electores logran imaginar y sienten sobre una situación política genera más compromiso e identificación que lo que efectivamente existe. Las sensaciones y emociones son más útiles para generar confianza que la verdad.
En esa línea de la construcción de sentidos comunes desde la imaginación podemos incluir la intención del ex presidente Barack Obama de producir contenido de ficción en Netflix, lo que nos hace también replantearnos no solamente qué es Netflix si no qué utilidad política puede llegar a tener una plataforma que controla datos de más de 115 millones de personas en el mundo y que influye en la agenda política a través de “fenómenos de masas” como son las series a nivel mundial.

The Handmaid’s tale vs Alias Grace: la audiencia social que marca la agenda política

Un estudio reciente sobre las implicancias políticas que tienen en las nuevas audiencias el streaming ha detectado que aquellos que ven televisión por internet son mucho más activos en relación a sus antecesores y al poder elegir qué ven, cuándo y dónde sin necesitar ninguna determinación espacio temporal, tienen un diseño interactivo del mundo en el que su acción modifica su entorno. Así, aún sujeto a las restricciones del algoritmo todopoderoso, un usuario de Netflix se siente más libre que sus padres frente a la pantalla y además es más propenso a interactuar en redes sociales y posiblemente a opinar a través de ellas en política. 
Un ejemplo notable de las líneas entre ficción y realidad que parecen unir al streaming con los fenómenos sociales ha sido que la serie original de Netflix “Alias Grace” apareciera matemáticamente detrás del éxito de la brillante y ya reseñada aquí “El cuento de la criada”, que interpela sobre un tema tan viralizado y viralizable como la defensa de los derechos de las mujeres.  La producción de Hulu basada en el libro de Margaret Atwood le arrebató a Netflix el primer Emmy por una serie de drama para un show online pero además le ganó la agenda de conversación, ya que resuena mucho más que “Alias Grace” en el contexto de la lucha feminista a nivel mundial en los últimos años, donde los fenómenos virtuales como  “Ni una menos” o “MeToo” explotan en redes sociales y exceden lo virtual hacia las calles. Lo mismo puede decirse de “El mecanismo”, la ficción de Netflix en la que se retratan episodios de corrupción en Brasil muy en sintonía con la agenda política de estos meses, atravesados por la injusta detención del ex presidente Lula Da Silva. Similar también es la idea de ficcionalizar el presunto asesinato del fiscal Nisman en Argentina. Un artículo aparte llevaría analizar las implicancias políticas de “Narcos” o “El Chapo”, donde se dibujan líneas argumentales plagadas de clichés y prejuicios sobre la sociedad latinoamericana y su vinculación con el narcotráfico. Repetimos: ningún discurso es inocente y menos si proviene del imperio de construcción de lo simbólico más grande de la historia, llámese Hollywood o Netflix.

El binge watching como nuevo género: la narrativa de la succión

La Casa de Papel, la producción española de AtresMedia tuvo audiencias mediocres aquí en 2017 pero se convirtió en un fenómeno internacional inesperado para sus propios creadores luego de que Netflix comenzara a distribuirla. Miles de fotos y memes se han compartido desde entonces en redes sociales producto del fanatismo de los nuevos espectadores, logrando la tan deseada “social currency”. Netflix modificó la serie original, cambió la cantidad de capítulos por temporada, su duración y además espació el lanzamiento de la primera y la segunda temporada para fomentar la conversación y el “fenómeno”. La serie tiene ahora un “formato Netflix”, en el que la tensión se concentra en el final de cada capítulo para empujarnos a ver otro más y favorecer así la dinámica del binge watching. Como lo explica el crítico James Poniewozik “Los programas para internet son algo más que televisión, se convirtieron en un género distinto, cuyas reglas y estética apenas comenzamos a entender”. Así, el teórico define la “TV succión”, donde el espectador se involucrará durante horas con el contenido. Mientras que la televisión semanal tiene éxito provocando intriga hasta la semana siguiente, la televisión por internet depende de lo que el especialista llama “succión narrativa”. Esto modifica la forma en la que se estructura la historia porque cambia los giros argumentales y los puntos de quiebre, así como el final y la apertura de cada capítulo. 13 razones, Mindhunter, Las chicas del cable y muchas otras series tienen el mismo formato porque están cortadas con la misma tijera succionadora. Así, ver una serie de streaming es más parecido a leer un libro porque uno decide dónde empieza o termina pero al mismo tiempo se parece a un videojuego que provoca "atracones" al estilo del CandyCrush. Como los juegos de inmersión, las series Netflix están dirigidas al usuario y buscan absorberlo durante horas. Y como si fuera un juego en red, todos van posteando en las redes sociales hasta dónde llegaron y cada episodio se convierte en un nuevo nivel a descifrar. “Más que con ninguna otra innovación reciente en la TV, los servicios en línea crean un género narrativo nuevo con elementos de televisión, cine y novela pero que a la vez se distingue de todos ellos porque involucra al usuario”, señala Poniewozik.




El medio es el mensaje: la política de la ficción no tiene que ser ficción sobre política

Nadie miraría cinco horas seguidas de noticias. Nadie se pasaría un fin de semana entero contemplando debates presidenciales. Y nadie duraría una noche en vela escuchando discursos electorales. Para eso están las series. Para eso está Netflix. Para eso está internet. La potencia del entretenimiento, en términos gramscianos, supone que el sentido común se reproduce de forma pasiva, sin entrar en contradicción o en entredicho con lo establecido. La narrativa, espejo de nuestra realidad, no supone un contraste directo entre lo que pensamos, decimos o sentimos, sino que pretende reflejarnos, emocionarnos, conmovernos.
Pero en el siglo XXI no hay nada más subversivo que las emociones, el amor, el compromiso. Aquello que te “atrapa”, te “engancha” o te “succiona” y te mantiene en tu casa por horas podría llamarse pareja o podría llamarse Netflix.  Dudosamente podría llamarse política. Sin embargo, mucho de lo que construye el gigante del streaming en esas horas succionadas de la realidad a la ficción sale de la pantalla a la calle, de lo no real a la realidad, de la mentira a la verdad. Como un medio de comunicación más, Netflix marca agenda, pero lo hace desde la subjetividad. No solo refleja la realidad sino que la construye, estudiando el focus group más grande del mundo y las encuestas involuntarias en las que participamos cuando monitorean nuestros hábitos de entretenimiento. Así Netflix construye una agenda política que está entre nosotros: derechos de las mujeres (Alias Grace), narcotráfico (Narcos, El Chapo, La reina del Sur), corrupción (El mecanismo), bullying estudiantil (13 razones porque), amor libre y poliamor (Me, you and her) y muchos de los titulares de los diarios están atravesados por la pantalla más grande de la historia de la humanidad. Nunca nadie tuvo tanta información sobre lo que nos gusta hacer cuando no hacemos nada y nunca nadie se animó a usarla de esta manera. El show ha comenzado y tú eres parte. Las recomendaciones para tí pueden ser una trampa. Cuidado.

domingo, 29 de abril de 2018

Libros gratis contra el ajuste (1) : Libros para decirle a tu amig@ que es más que tu amig@


Realidad: La plata no alcanza. Explicación: Ganó Macri. Marco teórico: La derecha neoliberal conquistó Occidente. Solución: Olvidarse del mundo y sumergirse en la ficción.
Prefacio: Los libros sirven para todo. Para informarse y desinformarse, para aprender y entretener, para evadirnos y concientizarnos. Pero la gente no lee, dicen los que leen. O no lee ficción sino libros sobre actualidad y/o política escritos por ignotos ghost writers y firmados por figuras televisivas. Todo ese papel para terminar votando a Macri. Bueno.
Finalmente: Buenos Aires sigue liderando los rankings mundiales en materia de cantidad de librerías por habitante mientras el dólar sube y sube y uno de las principales obstáculos para los amantes de la literatura pasa a ser el precio de los libros. Desde esta humilde columna apoyamos entonces la lectura, la ficción y la piratería, cansados ya de luchar contra las ¿dos? ¿tres? grandes multinacionales de la edición, que monopolizan los precios a nivel mundial y evitan que la cultura llegue a todos los rincones del mundo. Y mucho menos a nuestros magros bolsillos tras el ajuste macrista.
Conclusión: una serie de recomendaciones de libros gratis para descargar organizada en entregas mensuales bajo criterios poco ortodoxos. En tiempos de Trump, Putin, Temer y Macri, leer ficción debe ser considerado un derecho humano. Leer ficción gratis es entonces nuestra única revolución posible. Venceremos.
Autora imprescindible de la narrativa contemporánea esta belga fanática de la ayahuasca dice levantarse de madrugada todos los días para escribir y ha hecho de su propia biografía una genial obra literaria. Con más de una decena de títulos publicados destacamos su segundo libro por tratarse de una historia de amigas y pasiones difusas. Niña en Japón, Amelie conoce el amor más puro y desenfadado de los brazos de una amiga a quien admira, ama y odia con la misma intensidad. Si le regalás esto a tu amig@ podrás debatir por décadas los límites entre el amor, la amistad, el cosquilleo y el compañerismo. Y después, quién sabe. Suerte.
El remisero absoluto, el hombre de abajo, el sobrino de Bioy. Muchos son los apodos que tiene Mairal en el mundillo literario argentino pero solo uno lo ha catapultado a la fama internacional: el chico que soñó con la estrella porno. Ganador del Premio Clarín con Una noche con Sabrina Love, Mairal se desmarcó del mainstream rápido y apostó a la poesía, aunque siguió cultivando su gusto por lo erótico con sus ya míticos pornosonetos. En esta novela logra un punto culminante entre un tono sencillo y llevadero y tres grandes problemas existenciales: la calentura vs. la guita vs. el amor. Si le regalás esto a tu amig@ tenés tema de conversación por semanas en relación a por qué nos gusta lo que no nos debería gustar, o por qué eso nos gusta aún más por la misma razón, aunque solo parezca una novelita de playa. Si te la menosprecia, podés decir que ganó varios premios internacionales.
Poco conocido en su faceta de novelista pero reeditado hace unos años en Argentina, este inglés puede hablar del amor como se habla del clima, con un ritmo y una cadencia digna de la generación de Carver, Cheever y Kerouac. Formado profesionalmente en Nueva York y en el Hollywood de los grandes estudios fue periodista, guionista y publicó cuatro novelas, aunque su nombre parece haberse borrado del santo panteón beat. En este caso, la excusa de dos loosers enredándose en hoteles de mala muerte le permite ahondar en disquisiciones filosóficas sobre por qué amamos o cómo dejamos de amar, en los que se destacan párrafos memorables que ensalzan la “vanidad del sufrimiento amoroso” y otras contradicciones de Cupido. Horas y horas de debate con tu amig@ sobre las definiciones que tira de amor, pareja, sexo y soledad. Perlita.

Miles de gigabytes de chats, horas de audios de whatsapp, memes, emoticones, gifs, megustas, comentarios, etcétera, etcétera. Eso que construís con tu amig@ en el éter de la virtualidad es una relación amorosa y nadie lo está diciendo. Qué mejor que una novela epistolar para dejar claro que cuando te escribo es porque te quiero, porque te deseo. Fenómeno de ventas en Europa hace unos años, esta historia puede pasar por edulcorada pero en el marasmo tindericida de las telecomunicaciones del siglo XXI aparece como un remanso para los que creemos que toda energía dedicada a escribir chats y correos electrónicos es amor volcado al teclado. Dos extraños, mails, amor, fin. Si seguiste el hilo argumental de esta recomendación queda claro que sabés de dónde tirar con tu amig@. “Si en lugar de escribirme mensajes me invitaras a salir, lo que gastamos en 4G lo invertiríamos en cervezas”. Podés usar la línea, no necesitás citar la fuente (emoticon carita ojitos para arriba).

Todo viaje es político: un mes sola en China (4) : Shanghai es casi China 2

---------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 10 de diciembre de 2016, 9:44
Asunto: SHANGHAI ES CASI CHINA (2)
Para: ed_cabrera@gmail.com

Shanghái es una mezcla de Ranelagh con La Paz y NYC en quince cuadras de diferencia. Casillas de madera, monoblocks, gente pidiendo, homeless, ropa colgada en la calle, bicicletas con cartoneros, McDonald’s, Forever 21, H&M, Tiffany´s, Cartier, Chanel, Apple. La gente escupe mucho, fuma mucho, grita, no respeta semáforos ni sendas peatonales. Mucha arquitectura grandilocuente al lado de callejuelas sin luz. Hay perros en la calle, no se los comen a todos, parece.  Fea, ficticia, y superficial, Shanghái tiene muy poca ritualidad, muy poco sentimentalismo. Los chinos son muy poco delicados, muy poco elegantes, todo es rústico, tinglado e impostado. En fin, odio este lugar capítulo MMCXVII.

Y además estoy ebria, extrañándote, necesito escuchar música pero no puedo porque no funciona el encriptador de IP que necesito para entrar a YouTube.

En China internet es un lujo caro. Pero: ¿Es que acaso no podés vivir sin internet? Escucho que me pregunta Mao Tse Tung, burlón. China de mierda, respondo mentalmente, comunismo de mierda, dejame tener YouTube, la puta madre.

Ya ves, sigo en contradicción permanente. Es que China es buena y mala con la misma intensidad. Es buena porque es algo que estará en mí para siempre y nadie podrá sacarme nunca porque, a diferencia del dinero o la propiedad privada, las experiencias no se pueden robar. Pero con miedo a morirme a cada paso y sintiéndome más viva que nunca, China me está mostrando cosas que no tenía idea que vivían en mí: el pánico más hondo que experimenté en mi vida y un agotamiento espiritual vinculado a mi soledad. Si sobrevivo, seré “la amiga que pasó un mes sola en China” de todos mis amigos. La chiflada esa que fue a la muralla china a pensar todo de nuevo cuando la derecha conquistó occidente. La que vive para contarlo, una vez más, un país menos.

Pero: ¿Qué hay en China que no hay en otro lado? ¿Comunismo y capitalismo juntos? ¿Caos? ¿Confusión? No lo encuentro. No siento que me estén pasando cosas: ¿Conocer a una venezolana que prefiere tener a su hijo en China antes que en Caracas es algo “anecdotable”? ¿Charlar con una rusa que dice que ser profesora de yoga pero parece una prostituta sirve para un cuento? ¿Dónde está la erótica de haber venido a este país? ¿Solamente en haberlo hecho? ¿En qué radica la magia china? ¿En que son comunistas y capitalistas a la vez? Sí: lo sexy en China está en la transición, en la frase de Antonio Gramsci: “Cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, ahí aparecen los monstruos”.

Eso soy yo y eso es China: monstruos. El pasado (lo viejo que muere) y el futuro (lo nuevo que nace) son a la vez traducidos acá en el pasado (herencia milenaria) como motor del futuro (hegemonía mundial). Y eso se ve en cualquier ciudad china: la velocidad, la potencia, la fuerza de algo que está naciendo desde los escombros de los barrios pobres hacia los rascacielos de los edificios más altos y modernos del mundo. “El gigante asiático se despierta” dicen los analistas que saben que, en la historia de la humanidad toda, China siempre tuvo un papel geopolítico hegemónico y solo estuvo durmiendo. Pero el futuro ya está entre nosotros y China será China porque fue China en el pasado. No es casual, en este sentido, que para presentar el megalómano proyecto ferroviario/marítimo de la “Nueva Ruta de la Seda” que conectará más de 60 países y culminará con un dominio comercial sin antecedentes en la historia moderna por parte de China en 2049 el presidente Xi Xiping haya citado a la antigua ruta que conectaba Asia y Europa hace más de 2300 años. Menos casual es que se haya elegido el 2049, centenario de la Republica Popular China, para inaugurarlo.
El futuro es chino porque el pasado lo fue y viceversa.

Y es así que llegás a la conclusión que la contradicción es el sexo de China: los edificios imponentes emergen al saberse potencia mundial pero desde una ciudad en las que muchos barrios parecen una villa del conurbano bonaerense. Si hasta la lógica urbana es similar entre Shanghái y los barrios pobres del tercer mundo: por toda la ciudad la gente saca parlantes a la calle y se ponen a bailar. Una calle cualquiera, unas diez personas, musiquita y ya. Algunas noches hay baile de parejas pero los mejores son los que bailan solos, como un tai-chi acelerado. Cuando nos conquisten será la primera costumbre que voy a adoptar, bailar porque sí en la calle, fantástico.

No sé, quizás lo que más me seduce de estar acá es simplemente estar acá, quizás no haya nada especial con estar acá más allá de haber logrado hacer algo que soñé 10 años y tildarlo en la lista mental de “been there, done that”. Pero todo viaje es político: en 2003 cuando empecé a obsesionarme con venir porque una profesora me obligó a hacer un trabajo práctico sobre las relaciones entre China y Argentina, China no era la potencia emergente que es hoy. En su momento me fascinó el solo hecho de que China existiese. Pero luego apareció la China de la se habla en los medios como “el gigante asiático”. Y me fascinó aún más. 

Lamentablemente, estoy comprobando que la China que existe es un híbrido que confunde, molesta, desentona. Tanto el comucapitalismo como el capitalismo de estado, el pasado fundamentando el futuro y el futuro fundamentando el pasado son una especie de bomba que no explotó pero que está por explotar. De hecho, en la ruta de la seda que te comentaba antes se encuentra un 75 % de las reservas de energía mundiales, afecta a un 70 % de la población global y se genera un 55 por ciento del PIB mundial. CHACHAN!! 2049: China conquistará el mundo pacíficamente a través del más capitalista de todos los métodos (el comercial) y lo festejará el día que se cumplan 100 años de la instalación del sistema menos capitalista de todos (el comunismo).

Me va a explotar la cabeza, no puedo concebir que el futuro lo manejen unos señores que comen perro, no creen en la democracia y matan gente con rifles (poco se sabe de cuánta gente mata el Estado, pero se sabe que la matan ¡¡¡con rifles!!). A propósito de esto, ayer fui a la casa en la que Mao fundó el Partido Comunista local y es chiquita, bastante rústica y bien conservada, pero está en un barrio muy paquete al lado del Ritz, el FourSeasons y un shopping con Prada, Cartier y Gucci. Confusión no, lo siguiente.

Así que ya ves, de los creadores del papel, la imprenta, la brújula y la pólvora, llega: el comucapitalismo chino del siglo XXI. En el fondo, muy en el fondo, tiene sentido: los chinos inventaron el dinero.

Y hablando de eso, en el supermercado chino en China de al lado del hostel en lugar de darme el vuelto con caramelos como hacen en Argentina, la empleada china me fió los 50 ctv que me faltaban. ¿Los chinos solo fían en China? ¿Los argenchinos son menos confiables que los chinos? ¿Mientras esté en China, yo también soy argenchina? Santo Dios que estás en los cielos, no estoy preparada para esto, no estoy preparada para estar aquí, por favor dejame salir viva de China, por favor, por favor.

Fuera de chiste: te extraño. Sé que no debería pero es lo que me sale. Es muy difícil olvidarse de alguien en estas condiciones de caos sobre lo existente. Hablo con vos mucho más de lo que te escribo. Pero pienso: Si la única persona que te hace sentir acompañada está muerta, ¿estás sola?

Idea para cuento en China: pareja de amigos planea un viaje, él se muere y ella decide hacerlo igual, se lleva sus libros y cuadernos y descubre una personalidad secreta de alguien que creía conocer muy bien. Conflicto interno: ¿Estar sola en China hablando con un muerto es estar más o menos sola que estar sola?
Título posible: Con más amor del que sabe que existe.


Todo viaje es político: un mes sola en China (5)

miércoles, 4 de abril de 2018

Todo viaje es político: un mes sola en China (3): Shanghai es casi China

---------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 5 de diciembrede 2016, 4:58
Asunto: SHANGHAI ES CASI CHINA
Para: ed_cabrera@gmail.com

WARNING ALERT: Estoy en China. China existe.
El miedo no se me pasó ni un segundo.

Al final me saqué un aéreo porque esperando a Sofi me demoré demasiado y no pude reservar el tren. En el medio me confundí el boarding time de mi vuelo y tuve que correr para no perderlo. Pareciera que en lugar de saber más como viajar sola cada vez sé menos como viajar sola. Pero lo hice. Sola y en un ataque de pánico perpetuo lo hice igual: reservé un hostel en Shanghái, tomé un vuelo hacia Shanghái, paré un taxi en Shanghai, llegué a un barrio oscuro y decadente en Shanghái y finalmente al hostel en Shanghái. Conclusión, estoy en China, China existe. Por si necesitás algo vivo en Shanghai Chi Chen Boutique Hotel, 上海赤忱酒店, No.21 Qiao Jia Road, Huangpu, Shanghai, China.

Estoy en una zona más bien fea no muy lejos del centro pero no recorrí mucho porque los primeros días me abrumó la abulia, sentí otra vez que se me había acabado la nafta para la aventura, que ya no me importaba conocer ni descubrir nada. Pero sí, estoy aquí, estoy en China. Y vivo al lado de un supermercado chino en China donde me compro latas de cerveza para poder escribirte a la noche y no me dan el vuelto con caramelos. Y te escribo con dificultad porque en China no es fácil entrar a los sitios de internet occidentales pero me bajé un encriptador de IP en HK que funciona intermitentemente y para el gobierno estoy en Singapur la mayor parte del tiempo. Pero estoy en China, porque China existe.
Como me tomó unos días animarme a salir a la realidad, en mi período de aclimatación en el hostel conocí a una chica rusa que duerme en mi habitación, dice que es profe de yoga y que detesta a los chinos “porque son todos muy mentirosos”. Vive hace un año acá, dice, así que algo debe saber. Lo raro es que al atardecer se viste como cualquier cosa menos como profe de yoga y sale. Hubo días que no volvió hasta la mañana siguiente. Chan. Eso lo sé porque me paso días en la cama, triste, abrumada, completamente agobiada. Pero tengo que poder. Tengo que poder.
Tengo que poder:


1.    Tener ganas de salir del hostel
2.    Salir del hostel
3.    Tener ganas de tomarme subtes
4.    Tomarme subtes
5.    Tener ganas de caminar
6.    Caminar
7.    Tener ganas de ir a otras ciudades alrededor de Shanghái
8.    Ir a otras ciudades alrededor de Shanghái

Pero no. Tengo que poder pero no. O por lo menos todavía no. Estoy en China, no tengo ganas de nada y estoy completamente agotada de tratar de hacer encajar todo lo que estoy viendo en la idea que tenía de China como “potencia del siglo XXI”. Me consuelo pensando, de todas formas, que si la política es el arte de cambiar las cosas, nada más político que venir de visita a un país que pone en contradicción los principios básicos del TEG de la modernidad. Ver el capitalismo comunista o comunismo chino es lo que vine a buscar en este viaje. Y acá está: es aún más contradictorio que lo que me imaginaba, pero acá esta, el ying / yang en su máxima expresión. Y mientras estoy en China sin poder moverme de mi hostel, gastando demasiada energía en tratar de asimilar que estoy en China, recuerdo que mi obsesión con este país arrancó con un cuento muy breve de Marco Denevi que leí en 2005 llamado: “EL PELIGRO AMARILLO”: Nos dicen que los chinos tienen la piel amarilla, pero nunca hemos visto a un hombre con la piel del color del limón maduro o de la yema del huevo. Se nos dice que los chinos suman miles de millones, pero nadie los ha contado uno por uno. Se nos asegura que los chinos hablan en chino, pero jamás hemos oído que alguien hable en ese extraño idioma. Las cartas que hemos enviado a China no han sido contestadas y nuestros embajadores no han vuelto. En síntesis: el peligro amarillo es una patraña de nuestros enemigos.

De ahí la idea de que China no existiese. De ahí mi fascinación con venir a verla. De ahí mi obsesión con decir: China existe. Porque China sí existe, ahora sí lo puedo decir.

Y muchas cosas sí existen en la China que sí existe: Apple, Prada, Gucci, Forever 21, consumismo, comunismo, chinos que escupen todo el tiempo por la calle, hablan a los gritos, fuman en todas partes, basura, cables, policía, rotiserías que exhiben animales rostizados que no conozco, etc.
Pero muchas otras cosas no existen en la China que sí existe: propiedad privada, democracia, división de poderes, libertad de expresión, libertad de prensa, libertad de reunión, libertad de asociación, libertad de lugar de residencia, libertad de huelga, de manifestarse, de protestar; garantías civiles varias, respeto por los derechos humanos, libertad religiosa, cuidado por el medioambiente, Google, Facebook, Youtube y Twitter.
Para rematar: en mi hostel (que existe) en la China (que existe) hay 4 carteles (existentes) explicando que si alguien me ofrece cualquier cosa en la calle no lo acepte. Bárbaro. A la final China es como el conurbano bonaerense: sucio, peligroso, lleno de misterio y con gente que come cualquier cosa.  

¿Entendés ahora por qué todo me da miedo??

También, hilando fino, me doy cuenta que China me abruma porque es la concreción de un proyecto y un sueño de muchos años que me demuestra de forma escalofriante como nada nunca la potencia del hacer. Estar acá es la materialidad más extrema que lo que me propongo lo concreto y eso, justamente eso, también es un acto político. Lo que no quiere decir que no me muera de miedo a cada paso. Pero lo doy. Doy un paso atrás de otro y camino por China, el país que quiero visitar hace muchos años, aunque eso no me haga feliz en absoluto. Voy a tener que contar a mis nietos que atravesé sola China para que entiendan por qué después me casé con el primer gil que pasaba y ahora es su abuelo. Lo siento nietos.

Además de los potenciales robos, los potenciales escupitajos voladores y los potenciales policías que me miran con cara de “quién es usted y qué hace aquí si no es comunista y se le nota”, está el tema de la comida. Comer es fundamental. La energía que me falta y se la adjudico a lo mal que estoy, a la soledad, a la depresión o lo que sea nunca la relaciono con el sencillo acto de comer. Muchísimas veces creo que estoy angustiada y en realidad tengo hambre. Y como también tengo miedo de comer perro y no tengo fuerza ni paciencia para lidiar con un supermercado ni mucho menos con un mozo y/o una carta de restaurant lo único que puedo comer son cosas precocinadas y muy berretas que venden en los kioscos 24 hs.

En el país con la tradición culinaria más antigua del mundo yo paso hambre. Ok. Con esto de comer así de mal también tengo miedo de enfermarme. Básicamente tengo miedo de no llegar viva hasta mi aéreo de vuelta a la civilización no china y tengo miedo de volver a existir después de pasarme un mes no existiendo en la China que no existe.

Pero no, más allá del miedo lo voy a lograr: el miércoles que viene me tomo un avión a Pekín.

Again: ¿Cómo carajo llegué acá? ¿Qué me trajo hasta acá?

Voy a repetirme y repetirte lo que decía cuando me preguntaban por qué quería venir: “China es el futuro de la humanidad, quiero haber ido a la metrópoli cuando nos hayan conquistado, quiero haber visto con mis propios ojos el comunismo más grande del planeta para poder decir, cuando no quede vestigio del capitalismo norteamericano al que estamos acostumbrados sobre la faz de la tierra, que yo la ví primero, que yo la tenía re clara”. Pero antes de hacerme la canchera con mis tremendas habilidades geopolíticas tengo que sobrevivir al país que se estima mata más gente en manos del Estado que todos los otros países con pena capital juntos. Y digo “se estima” porque no hay números oficiales sobre las víctimas de pena de muerte en China. Otro miedo más: ¿Escribir mails hablando mal de China desde China estará penado con la muerte?


Tengo frio, hambre y miedo en China.
Si este es el futuro, el futuro es una mierda.

Todo viaje es político: un mes sola en China (4)

jueves, 22 de marzo de 2018

Todo viaje es político: un mes sola en China (2): HK no es China 2

---------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 2 de diciembre de 2016, 2:03
Asunto: HK NO ES CHINA (2)
Para: ed_cabrera@gmail.com



Sigo viva, sigo en HK. Me mudé de hostel dos veces más.

Para la primera arrastré (sola) mi valija por Nathan St, la calle principal de Kowloon que atraviesa la zona continental hasta el Río de las Perlas y llegué (sola) a una zona menos caótica llamada Tsim Sha Tsui. Me hospedé (sola) en las “Chungking Mansions” que, según la WKP “son conocidas como el alojamiento más barato de Hong Kong”. Viví (sola) en esas torres inmensas en las que tuve que hacer (sola) una fila de más de 20 minutos para tomar (sola) el ascensor cada vez que salí (sola) y entré (sola) para conseguir (sola) comida y ver (sola) los alrededores. Dormí dos noches en una habitación con un indio en la cama de al lado, rezando para que no me viole. Por lo menos no dormí sola, cuac.

Espero a Sofi, pero Sofi no llega. Me manda mensajes diciendo que está en Malasia esperando un papel y después viene, pero algo me dice que voy a tener que hacer todo esto sola (sola de verdad). Aún así la espero: no quiero hacer nada sola y todavía me falta casi un mes acá, tengo miedo y angustia, estoy vacía, no deseo nada, no sé qué pensar. Llegué a China pero esto no es China y me siento como dentro de esa paradoja cuántica del gato de Schordinger: el gato está vivo y muerto a la vez hasta que logremos abrir la caja y descifrarlo así como si China no existe y yo estoy en China, yo no existo. Y encima tengo tanto miedo de morirme que estoy más tiempo pensando en mi muerte que en mi vida, así que básicamente estoy viva y muerta a la vez. Tanto decirle gato a Macri para terminar sintiéndome un gato yo. Chan.

Todo este bardo porque HK es China pero no es China. O es China y no es China al mismo tiempo. Y escribiendo eso me doy cuenta que también aplica a la relación que tenemos: te escribo pero no sé si me leés, no sé si querés leerme, no sé si estás, si no estás, si me querés viva o muerta en tu vida.

¿Podés quererme y no quererme al mismo tiempo?
¿Podés existir y no existir al mismo tiempo?
¿Podés querer más algo que no existe que algo que existe?

Empiezo a entender que el sex appeal de esta ciudad radica justamente en el juego de opuestos que propone. Así estoy yo y así está HK: vivos y muertos, solos y acompañados, en China y en no China. Si vos no leés esto estaré sola, pero de todas formas estaré sola, rodeada por miles de millones de hongkoneses que no son chinos pero sí lo son.

¿En qué radica la soledad?
¿Estoy sola pero no estoy sola porque estás ahí leyéndome?
¿HK es China pero no es China?
¿Y China es comunista o es capitalista?
¿Cuántas contradicciones puede soportar el cerebro humano?

En los días en los que viví en las Chungking Mansions, murió Fidel Castro. A unas cuadras de allí hay un bar llamado “Castro’s” al que fui a escribir y beber para y tratar de asimilar que estoy en un país comunista que parece cualquier cosa menos comunista cuando muere el líder del comunismo latinoamericano. En el bar suena Rihanna. Qué difícil todo.

Dos días después logro mudarme de hostel otra vez, ahora del lado de allá del Río de las Perlas, en la isla, donde se respira el aire cosmopolita y cool de ciudad mundo que vende HK, en el barrio de Wan Chai. Paso unos días sin hacer nada esperando a Sofi hasta que Sofi me dice que no viene.

Otra gentileza de Dios para recordarme que existe. Gracias Dios.

Crisis, depresión, etc. ¿Cómo disfrutar de algo que planeaste hacer con alguien cuando ese alguien te abandonó? ¿Mejor sola que mal acompañada aplica también en el país con mayor población del mundo? Nota mental: no creas mucho en lo que te dicen rubias que conocés por internet.

En la desolación por haber sido abandonada le pido al bartender que me drogue. Voy meses sin drogas y está bien, pero esto es demasiado: estoy en una ciudad que me parece horrible, me acaba de plantar una rubia, tengo que afrontar otras tres semanas en un país donde no se habla mi idioma, con pena capital y uno de los sistemas comunistas más cerrados y opresores del mundo. Necesito drogarme.

Pero además de drogas voy a necesitar tomar: la decisión de que no me importa que una persona en la que confié me haya dejado plantada, algunos subtes y colectivos para ir a sacar mi VISA para entrar finalmente a China y un tren de alta velocidad para llegar a China. Todo eso lo voy a tener que tomar sola, pero primero lo primero: llegar al bar de polo argentino fake y drogarme. Alex (el bartender con acceso a drogas), me lleva a un callejoncito, me convida marihuana y nos internamos en una especie de cervecería artesanal cool.

Estoy drogada en Hong Kong. Así se debe sentir ser joven. Wow.

Después de dos cervezas Alex me sube a un taxi, le dice al conductor el nombre de la estación de subte más cercana a mi hostel y cierra la puerta. Entonces ahora estoy drogada y sola en un taxi en Hong Kong de madrugada. Tengo mi primer ataque de pánico. No tan wow.

Bueno, pienso, es oficial, este el último día de mi vida. Morirme tendría sentido, pienso, pero deben ser las drogas, pienso, este tipo puede hacerme lo que quiera, pienso, cuáles son las probabilidades de que sea un violador, pienso, estoy en la mitad de la nada, pienso, mi cuerpo puede evaporarse, pienso, qué necesidad tiene de no descuartizarme, pienso, si podría dejarme tirada en cualquier lugar y pasarían años hasta que alguien me encuentre, pienso, como sucede dos por tres con las mujeres que viajan solas, pienso, mientras atravieso Hong Kong drogada. Es el fin, es el fin.

Pero no. Finalmente el buen hombre me deja en la estación que el Alex le dijo y tengo que seguir viviendo. Maldición.

El Google Maps no funciona o funciona mal y no puedo ubicar mi hostel. Camino cuatro, cinco cuadras desde la estación hacia una dirección, pero la puerta no aparece. Estoy drogada, estás drogada, Leticia, es obvio que el hostel queda para el otro lado. Camino entonces las cuadras que caminé hasta la estación y otras cinco cuadras para el otro lado. 3 AM de la mañana de un día cualquiera en Hong Kong y estoy drogada, borracha, potencialmente violada y descuartizada, completamente sola, abandonada por la rubia, por todos los novios que nunca tuve, por todos los padres que confiaron demasiado en mí y por todos los amigos que creyeron que estaba lo suficientemente loca como para viajar sola pero llego al hostel después de caminar 40 minutos en redondo.

Me duermo con la ropa puesta, rezando otra vez.
Nunca en mi vida tuve tanto miedo.
En 48hs pisaré China.

Todo viaje es político: un mes sola en China (3)

lunes, 25 de diciembre de 2017

Todo viaje es político: un mes sola en China (1) : HK no es China


--------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 27 de noviembre de 2016, 10:45
Asunto: HK no es China
Para: ed_cabrera@gmail.com

Te escribo desde el Mc Donald’s en Mong Kok, Kowloon, el barrio menos occidental de HongKong y uno de los más poblados del mundo. Tengo miedo, mucho miedo. Mucho más miedo del que pensé que tendría alguna vez. 

Desde el aeropuerto tomé un micro que viene directo a esta zona, una mezcla bizarra de Once con Constitución pero plagada de chinos. ¿Son chinos los hongkoneses? Creo que no, creo que preferirían ser cualquier cosa menos chinos. Caminé cuadras y cuadras hasta dar con el edificio gigante en el que unos letreros kilométricos informan las cosas que hay dentro. Mi hostel es el AppleInn MongKok y queda en la Unidad 1301, piso 13, Sun Hing Building, 607 Nathan Rd, Mong Kok.

Qué manera de flashearla, amigo: hace más de 10 años que soñé con llegar a China y pareciera que es cierto, pareciera que estoy en China. Pero HK no es China sino un enclave colonial británico y se nota con mucha rapidez la impostura, la occidentalización, la contradicción, la tensión entre lo que es y no es o entre lo que debería ser y no es.

Por lo menos ahora tengo internet en el Mc Donald´s este y puedo escribirte, porque encima cometí el error de reservar el hostel más barato de HK, en el que no hay wi-fi ni ventanas ni cocina ni duchas. Ahí encerrada como una presa me di cuenta de algo tremendo: no quiero viajar más sola, no quiero otra vez afrontar todos los desafíos de la aventura, no tengo más nafta. Por suerte en unos días llega Sofi, la chica que conocí en el foro de viajeros que dijo que se sumaba a mi mes por China y ahora está en Malasia. Mientras tanto estoy paralizada, no quiero, no puedo y no sé hacer nada sin ella. Media vida viajando sola para ahora necesitar una niñera.

Bárbaro. Parece que no existe tal cosa como el progreso o la evolución. Bárbaro.

Caminando un poco pude ver que HK está dividida en dos: la isla (más cosmopolita) y el territorio continental (donde está mi hostel). En conjunto es una ciudad megalómana, llena de occidentales, con arquitectura colonial inglesa y escaleras mecánicas incrustadas en calles súper empinadas. Anduve por el centro, por una esquina llamada “de las estrellas” donde hay murales de Frank Sinatra, crucé el Río de las Perlas en el ferry turístico, miré la skyline de un lado y del otro, etc. Conocí a un brasileño que vive en Shanghái y dice que prefiere “el caos chino” a HK porque le recuerda el caos latinoamericano y a un español con el que fui a conocer al buda gigante de la Isla de Lantau. También charlé con una venezolana que se autodefine como "cantante" que dice estar embarazada de otro músico que conoció acá y que prefiere tener a su hijo en Chengdu (la provincia china conocida por los osos pandas) que en Caracas. ¿Será prostituta? ¿Será cantante? ¿Le pagarán los hoteles de Chengdu a cantantes venezolanos? Demasiadas preguntas para tan pocos días. 

Igual si hubo algo que me shockeó fue que en el paseo por la rivera del río que hice el día que llegué encontré a un cantante callejero disfrazado de Wally. Sí, Wally, de “¿Dónde está Wally?”, ese que todos estamos buscando sin siquiera saber que lo estamos buscando, perdido (o escondido) en el país más poblado del mundo. Repito: el primer día en China encontré a Wally, no puedo más de la confusión que tengo. Pero ya me habían advertido que China no iba a ser fácil de comprender: el día que ganó Trump estaba en Tokyo y uno de mis compañeros de cuarto resultó ser chino. Charlando sobre el sistema político de su país me dijo algo que nunca me voy a olvidar: "Quizás el problema del capitalismo sea la democracia". What? Bueno, heme aquí rompiendo todos mis esquemas y prejuicios, en el país comunista más grande del mundo lo único que veo es capitalismo y lo único que siento es miedo.

¿No se supone que este es el estadío superador de la humanidad?  ¿No era que el miedo me lo tenían que dar los carteles de drogas, las mafias, la trata de personas y otros vicios del corrompido sistema capitalista?  Bueno, no. Lo que sigue después de la opresión del hombre por el hombre es el pánico. Aunque trato de calmarme pensando que en realidad no estoy en China, porque HK no es China: es occidental, es colonial, es británico, es asquerosamente capitalista y consumista. O quizás eso también sea China China, veremos.
En el medio de mi debate sobre el ser y no ser conocí a un bartender argentino que trabaja en un bar cuyos dueños son unos singapurenses que viajan por todo el mundo copiando "bares temáticos" y armaron uno con la argentinidad. Te venden el churrasco, el fernet, el polo, las boleadoras, etc. Fake, todo fake salvo Alex, el bartender, al que trajeron directamente desde Buenos Aires y vive en HK hace meses pero no habla media palabra de chino. Argentinos en HK: vaya cosa que necesito para atravesar este ataque de pánico permanente en el que me encuentro.  El bar queda en la zona más cool de la ciudad (la isla), donde no entendés si estás en Londres o Amsterdam y te sorpendés al encontrar demasiados restaurantes argentinos: Gaucho, La Pampa, Picada, Tango Central y Buenos Aires Polo Club, en el que trabaja Alex y queda en 7th Floor LKF Tower, 33 Wyndham Street, Central, Hong Kong.  Mi hostel obviamente está muy lejos de ahí, mi hostel me da miedo, el barrio de mi hostel me da miedo, la gente que vive en mi hostel me da miedo. Yo adentro de ese lugar me doy miedo.

¿Cómo carajo llegué a China? ¿Por qué se me ocurrió que era buena idea venir sola?
Probablemente me haya agrandado y pensado que soy mucho más valiente de lo que realmente soy.
¿Valiente viene de valor?
¿Qué valor tiene la valentía?
¿Qué valor tiene hacer cosas difíciles de hacer?
¿Una persona con ataques de pánico es valiente?
Siento que “valiente” es como "madura": una especie de cumplido o piropo que en realidad no es más que una forma sutil de decir "rarita".
¿Por qué quiero ser rarita y no hice el viaje que hacen todos por el sudeste asiático y me vine sola a China?
¿Por qué quiero venir a China hace años?
¿Cuánto vale una obsesión?
¿Cuánto vale la realidad sobre la idealización?

La noche que nos conocimos Alex me llevó a varios bares occidentalisímos, muy lejos de la fantasía que podría tener sobre China. Conocimos a algunos de los chefs y encargados de los restaurantes argentinos bebimos, bailamos, etc. Estuvo divertido hasta que tuve que tomarme un taxi para volver a mi barrio turbio y para eso hubo que mostrarle la dirección al taxista en el teléfono y rezar.
Llegué a Kowloon casi de día y me dormí rezando.  
Rezar quita el miedo, pero solo un poco.

 
Todo viaje es político: un mes sola en China (2)

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Exilio for dummies

Para Notas Al Pie



No das más, no podés vivir más así. Le dijiste a todo el mundo que si ganaba Macri te ibas del país. Así de determinado sos, así de idealista, de principista, de arrebatado, qué genial. Te vas a ir del país. Tenés amigos en México, parientes en Madrid, una ex novia que está flasheando kiwis en Nueva Zelanda. Fantástico. Alguno de ellos te tiene que hacer la segunda. Vos te vas, vos te fuiste, chau.

En julio de 2014, haciendo gala de una increíble clarividencia política, vaticiné: “Gana Scioli, cumplo 30, me voy a la mierda”. Pues bien, cumplí 30, renuncié a cuatro trabajos, levanté un departamento entero, le grité desnuda a un tipo que estaba enamorado de mí que me iba a ir sola, reduje mi placard y mi biblioteca a 40 kilos y me fui del país. Pero Scioli no ganó. Fue peor, todo siempre puede ser peor.

Dieciocho meses y cinco países después escribo lo que ningún blog de viajes te va a contar nunca: las cosas horribles que te van a pasar cuando te autoexiliás. Son todas un bajón pero, aún así, como la explicación de “por qué te tenes que ir de la casa de tus padres” cuando sabés que “te tenés que ir de la casa de tus padres”, la explicación de “por qué te tenés que ir del país” es la explicación de “por qué te tenés que ir del país”. Es decir, inexplicable. Anda y hacelo: la experiencia es intransmisible. Andate de la tibia comodidad del “malo conocido”, de la casa de tus padres y de Macrilandia. Después, tratá de contarle el peronismo a un austríaco, hacé un cuadro sinóptico en alemán sobre cómo funcionan los medios en nuestro país, juntate con un cordobés en Sydney que te diga que está contento porque no hay más cadenas nacionales.

Andá, hacelo, sé libre.

Pero preparate, te van a pasar cosas que nunca te pasaron antes, así que no vas a saber cómo reaccionar. Probá llorar.

Batallas


No perdés nada, te van a decir. Mentira. Perdiste. Peor: renunciaste. Porque renunciar no es perder, es peor. Creés que podrías haber ganado, pero esa batalla ya no es tuya. Que la gane otro, suerte. Renunciaste a tu trabajo, a la comodidad de lo conocido, a lo mismo de siempre. Eso ya no te interesa, esa ya no es más tu guerra. Pero, aunque no perdiste, si renunciaste era porque estabas jugando(te) algo, eras parte de algo, pertenecías. Ahora tu batalla va a tener que ver con pertenecer a otra cosa, a otra parte, a otra verdad. Y toda la energía que gastes en seguir perteneciendo a tu lugar de origen no la vas a poner en el lugar donde estás viviendo. Porque aunque estés viajando, estás viviendo en alguna parte. Según la Real Academia Española, el “exilio” es ese lugar donde viven los exiliados. Eso quiere decir que los exiliados (los que renunciamos, los que nos fuimos) vivimos todos en el mismo limbo. Ese no-lugar en el que vas a vivir se construye de pedazos de cosas de varios lugares a la vez, o de todos los lugares a la vez.

Podés seguir perteneciendo a un lugar donde no vivís en 2017, podés tener novios virtuales, relaciones a distancia, vía mails, chats, skype, facetime. Podés, pero no necesariamente vas a querer. Por algo te fuiste en primer lugar. Entonces, primero vas a renunciar y después vas a perder. No vas a estar para el cumpleaños de tu hermano, para el parto de tu amiga, para cuando tu mamá cobre su primera jubilación, para la boda de tu prima y un montón de ocasiones más. Te va a doler. Vas a extrañar. No vas a saber qué es lo que extrañás porque no la pasabas bien, no era tu lugar, había algo que no estaba bien. Pero vas a extrañar, una barbaridad. Entonces te vas a involucrar con algunas noticias, algunas novedades de la revolución de la alegría, y te van a decir “Pero no te hagas problema a XXX de distancia, vos no podés hacer nada allá”. Mentira: te podés preocupar. Y ahí un descubrimiento maravilloso de abandonar cosas: que te deje de importar lo que te importa es tan imposible como que te importe lo que no te importa. No lo intentes, es energía perdida al pedo. Entonces vas a extrañar y te va a doler. Todo. Si te dolía acá te va a doler donde estés. Porque al mismo tiempo que vos perdés referencia de donde estás (estás en el exilio, no estás en ninguna parte), el lugar de donde venís se transforma a velocidades asombrosas (y destructivas) (y neoliberales) (y represivas). Entonces, el dolor de haber abandonado algo no necesariamente es igual a haberlo perdido (no es lo mismo irse a que te echen) pero sigue doliendo. Todo te va a doler: el ajuste, la represión, los despidos, la censura. Además, te van a llamar por teléfono y te van a contar los problemas reales que le trae a tu círculo las medidas del macrismo. Probá no atender, a ver cómo te va.

Uno de los mayores miedos que tuve durante este viaje fue que al volver, mis amigos y parientes “me cobren” no haber estado acá durante el primer cimbronazo neoliberal. Tenía pánico de que me tomen como alguien menos afectado que ellos por lo que el gobierno hizo con el endeble Estado de bienestar argentino. “A vos qué te importa, si total te fuiste” y “Claro, es fácil opinar estando afuera” se mezclaron en mi bandeja de entrada mental con “Qué bien la hiciste” o “No te puedo explicar cómo te envidio”. Todavía me pregunto qué envidian y por qué no pueden hacer lo que envidian que hice. Sólo hay que hacerlo. Y atenerse a las consecuencias.

Distancias

La distancia no existe, la inventás vos. Si querés, si podés, si te dejan. No se puede estar en un solo lugar en 2017. Estamos todos juntos todo el tiempo. Nuestra generación no conoce tal cosa como el arraigo. Somos nómades virtuales hace años y pasar al nomadismo real no nos cuesta demasiado. Pero si Internet nos posibilita la comunicación permanente y la selección de realidades a de las que queremos participar, ¿para qué molestarnos en salir de la zona de confort que brinda nuestro smartphone? porque la realidad virtual también se te trastorna cuando estás lejos de tu país de origen.Y eso es lo que estás buscando yéndote de tu país de origen: trastornar todo. Cuando “vivís afuera”, esa disociación entre real y virtual se duplica y cuánto más tiempo pases colgado de Internet más tiempo vas a relacionarte con el mundo que dejaste atrás. Es más fácil cambiar de país que cambiar de consumos digitales. Es más fácil trabajar en otro idioma que deshabituarte a tus apps preferidas. Es mucho (mucho) más simple hacerte amigos de todas las religiones y nacionalidades en la vida real que dejar de consumir noticias argentinas.

Desde la campaña 2015 me acostumbré a leer el muro de Facebook de Macri y los comentarios de los fans. Es un deporte extremo para un peronista. Estaba a 15 mil km de Argentina y aún así lo seguía haciendo. Lo mismo puede aplicarse a los conocido de siempre: durante el primer año del gobierno PRO esos comentarios oscilaron entre reacciones de enojo, ira asesina, resignación y convocatorias a manifestaciones de todo tipo y factor. No estamos ahí pero sabemos que pasan cosas que nuestros amigos y parientes se encargan de manifestar online. A eso hay que agregarle los chats, las conversaciones telefónicas, los mails. La distancia dejó de existir pero a la vez vos estás lejos ¿Cómo podés evidenciar lo lejos que estás? Cuando finalmente sentís que alguien te necesita. Ahí sí que no estás; ahí sí que hablar por teléfono no sirve; ahí sí, olvidate de toda la fibra óptica del mundo. Durante mi viaje se murieron las madres de dos amigos queridos, otros se separaron y a otros los echaron del trabajo. Frente a eso grabé audios de Whatsapp, escribí, chateé, chateé, chateé más y más y más. Y me sentía lejos igual. El sobreestímulo digital que padecemos y gozamos al mismo tiempo se te viene en contra cuando estar lejos es realmente estar lejos. 

Y ni hablar si estás enamorado. La distancia convierte a los amores en dinamita. Los incendia por la ausencia, los enaltece por el misterio de lo inalcanzable. Por favor: no te vayas de viaje si estás enamorado de alguien. No solo no te lo vas a olvidar, sino que probablemente vayas a redoblar la apuesta a través de vías digitales. O peor: probablemente termines volviendo más enamorado de lo que te fuiste y la persona simplemente te diga que quiere ser tu amigo, que cómo te vas a confundir chats con otra cosa, por favor. 

Códigos: sufrir vs. disfrutar y disfrutar sufrir

Warning Alert: la tilinguería porteña te va a decir que “disfrutes” porque, como te fuiste de Buenos Aires, todo es maravilloso todo el tiempo. ¡Ay, Buenos Aires! esa secta, ese ghetto, esa cloaca infecta de cocainómanos con los que se acostaron todas mis amigas y después le contaron a otras amigas que conocían otra gente que también se había acostado con ellos antes. Qué cosa hermosa la endogamia y la promiscuidad de los ambientes porteños. Y ese cinismo de sobreeducados, sobrepsicoanalizados, sobreinterpretados, que consumen irónicamente su propio consumo irónico del consumo no irónico del no consumo. Quieren ser París, quieren ser NYC, quieren ser, aunque sea, Sao Pablo. Quieren ser de todo menos porteños. Tienen la fantasía de que si no hubieran expulsado a los ingleses ahora serían Australia. Siempre añorando, siempre culpando a la generación anterior o a la precedente, siempre echándole el muerto al partido político contrario o a los pobres, o a los oligarcas, o a los gorilas, o a los peronistas. Siempre mal. Cuanto peor, mejor.  Pero mal, siempre mal. “Te fuiste de un lugar donde todo el mundo se quiere ir y nadie se anima”, me dijeron. Voilá. La espiral neurótica es viejísima: quejarse y sufrir, quejarse y sufrir y quejarse y sufrir. Por definición el porteño sufre de vivir en Buenos Aires pero no puede no vivir en Buenos Aires. Entonces, vas a salir al mundo exterior con algunas variables que vas a tener que modificar: en principio, no todo lo que no sea Buenos Aires es divertido y alucinante. Por el solo hecho de irte de la casa de tus padres tu vida no va a ser color de rosa. Eso es un razonamiento adolescente. El problema es que afuera de Buenos Aires el porteño también va a necesitar sufrir para vivir o, mejor dicho, va a disfrutar-sufrir. Recordemos que sufrir es un valor y pasarla mal está bien visto al punto de competir en la mesa familiar sobre cuál es la peor tragedia entre los comensales.

Finalmente, tras unos meses de no entender por qué la gente en otras latitudes no disfruta del masoquismo sino que tiende a querer pasarla bien, vas a caer en cuenta de algunas verdades dolorosas para un porteño medio: Estresarse está sobrevalorado. Sufrir está sobrevalorado. Pasarla mal está sobrevalorado. Ser cínico es facilísimo en la era de la posverdad. A lo que hay que animarse es a ser entusiasta, optimista y, sobre todas las cosas, a no disfrutar del sufrir. De los códigos porteños, ese fue el que más me costó sacarme de encima. Con Macri, esa tendencia se ve agudizada por la sobreabundancia de motivos reales para pasarla mal, sin contar la catarata de malas noticias que brindan los medios masivos de comunicación, sea los que hablan mal del gobierno actual como los que hablan mal del gobierno anterior. Sufrir en la era Macri es, como mínimo, esperable, aún cuando no se trate de personas que gozan de un masoquismo extremo como los rioplatenses. Entonces vas a empezar a desentonar el triple: no solo ya no querés pasarla mal sino que, al no vivir una realidad agobiante como la que propone el gobierno de los CEOS, no vas a tener más motivos que el común de la gente del universo para sufrir. Cómo vas a volver a juntarte con tus amigos o parientes después de ese cambio de esquema mental y sentir que pertenecés, problema tuyo.
Códigos: adicción al enfrentamiento


Junto con la vanidad del sufrimiento, después de un tiempo fuera de la madre patria te asombrará la violencia y agresividad con la que los porteños demuestran afecto e incluso dudarás de que eso sea afecto. Hacés bien: probablemente eso no sea afecto sino más bien neurosis y muchas, muchas ganas de pelear (porque sí). Ya sea por el asunto futbolístico, la lucha de clases, el peronismo  o cualquier otra antinomia posible adoramos el conflicto, el enfrentamiento, la violencia simbólica, política, verbal, intelectual, física, etc. Basta ver cualquier foro de cualquier diario para evidenciar esa tendencia o la guerra de guerrillas digitales que instalaron los “call center” del PRO a través de su estrategia de comunicación. La famosa grieta no es más que una expresión de una idiosincrasia muy particular que combina un permanente resentimiento con ansias de demostrar que el otro es inferior o está equivocado. Me habían advertido que las reuniones, relaciones y conversaciones se crisparon más y más con la llegada de Macri al gobierno, dado lo impopular de muchas de sus medidas. Sin embargo, cuando volví al país después de un año y medio de viaje, el común de las conversaciones de mi círculo normal de gente me resultaron violentas. Parte del código que perdí también es ese: cuando quiero expresar afecto expreso afecto y cuando estoy enojada estoy enojada. No estoy enojada porque te quiero, ni te quiero porque me hacés enojar. Con una muerta por día en casos de violencia de género no me parece menor esta observación. Los porteños tenemos una tendencia muy marcada a la agresión como forma de comunicación que se diluye a medida que nos vamos alejando hacia el interior y se desvanece por completo como forma de relación cuando viajamos a otras latitudes. Por algo nos detestan en todo el mundo: somos cancheros, soberbios, gritones, maltratamos a la gente, nos creemos superiores y sobre todo agredimos, luchamos, peleamos por todo, todo el tiempo.




Lo que más me gustó de dejar de vivir en Buenos Aires fue, curiosamente, lo que más me gustó de dejar de vivir en mi violenta casa materna: no tener que discutir todo el tiempo para satisfacer mis necesidades. Dejé de putear al colectivero, al kiosquero, al vecino, al transeúnte, al gobierno, a la policía, a mis colegas, a los parientes y a mis amigos como dejé de putear a mi madre porque no me dejaba vivir en paz. Dejé de ser adolescente, dejé de quejarme, dejé de pensar que afuera de esa casa se vivía mejor porque esa casa era el peor de los infiernos. Ya puedo decir que “viví afuera”, como le gusta decir a la clase alta porteña: afuera de Buenos Aires, afuera de Argentina, afuera de América, afuera de la caja, afuera de mi zona de confort, afuera de occidente, afuera del capitalismo y afuera del área de cobertura. Lo loco es que sigo siendo tan o más peronista que como cuando me fui, aunque ya no discuta sobre política, ni milite en ninguna organización, ni vaya a votar por nadie en octubre. Hay cosas que simplemente no cambian, más allá de las bombas, de los fusilamientos, de los genocidas con 2×1 y la mar en coche.

¿Volver? Podría ser, de visita.