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sábado, 1 de agosto de 2026

Santiago Gerchunoff: "El uso compulsivo de la palabra fascismo es un problema de la izquierda"

Para Revista Panamá 

Sobre “Un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo” (Anagrama, 2025)

¿Cuál era tu objetivo con este trabajo?

El punto de partida del ensayo era la pregunta por el origen del uso cada vez más compulsivo de la palabra «fascismo» en el lenguaje político cotidiano. No me interesaba volver sobre la discusión acerca de si es histórica o científicamente correcto aplicar ese término a determinados fenómenos contemporáneos, ni corregir sus usos y establecer cuáles son legítimos y cuáles no. Quería preguntarme qué hay detrás de esa compulsión, qué motivos la explican y, sobre todo, qué emoción política tan intensa se moviliza cada vez que pronunciamos la palabra.

Esa emoción parece transparente y hasta noble: cuando llamamos «fascista» a alguien sentimos que identificamos un peligro, tomamos partido y nos colocamos del lado de quienes resistieron al fascismo histórico. Me interesaba indagar qué otras ideas y emociones se alojan dentro de ese gesto sin que terminemos de advertirlo. El recorrido del libro termina mostrando que el uso de la palabra produce algo contradictorio con los objetivos de quienes recurren a ella. Queremos denunciar un peligro presente y terminamos reemplazando su análisis por una profecía construida con imágenes del pasado; queremos intervenir políticamente y muchas veces nos limitamos a proteger nuestra propia imagen moral, a dejar constancia de que nosotros sí supimos reconocer a tiempo el lado correcto de la historia.

¿Quién sería el interlocutor principal del libro?

La izquierda a la que, para bien o para mal, pertenezco y con la que quiero discutir, no porque la derecha no haga operaciones análogas —cuando llama comunista a cualquier regulación reproduce la misma profecía—, sino porque el uso compulsivo de la palabra fascismo es un problema de la izquierda contemporánea, que parece encontrar en la memoria del siglo XX una identidad, un repertorio moral y una orientación que ya no logra producir a partir del presente.

Entonces, ¿cómo resumirías el problema de usar “Fascismo” para todo lo relativo a la derecha actual?

Más que un problema, creo que es un síntoma: un síntoma de cierta parálisis de la imaginación política de la izquierda. La enorme expansión del uso de la palabra, su aplicación a fenómenos muy distintos y la intensidad con que discutimos si algo merece o no ese nombre constituyen un síntoma que vale la pena pensar. Mi pregunta no es cómo deberíamos usar «fascismo», sino qué nos está pasando para que necesitemos usarlo tanto y para que depositemos tantas expectativas políticas y morales en esa palabra.

¿Pero qué es lo “siniestro” en su uso indiscriminado?

Que detrás hay algo que está escondido, solapado, que no se dice de frente y que incluso puede permanecer oculto para quien habla, pero que, sin embargo, interviene profundamente en lo que está diciendo, por lo que encuentro en él algo oscuro, turbio.

¿Cómo nombramos entonces los peligros reales de la extrema derecha contemporánea sin caer en esa trampa?

No tengo un vocabulario alternativo que proponer, la llamaremos como nos salga, porque así funciona el lenguaje político: mediante tanteos, disputas, apropiaciones y deformaciones. Pero sí quería tratar de comprender qué hacemos cuando la nombramos de una determinada manera, qué emociones movilizamos y qué ideas sobre la historia ponemos en funcionamiento.

Sostenés críticamente que aquellos que usan esta palabra consideran que están del “lado correcto de la historia”. ¿Por qué rechazas ese concepto?

Considerar que uno está del “lado correcto de la historia” contiene una promesa tranquilizadora porque convierte una decisión política incierta en la ejecución de una sentencia que la historia ya habría dictado. Uno no tiene que deliberar, juzgar consecuencias ni reconocer conflictos entre bienes, basta con alinearse con la dirección correcta del proceso. Por eso tiene algo religioso, aunque se presente con un vocabulario secular. Hay elegidos y condenados, una historia de salvación y un juicio final que absolverá retrospectivamente a quienes supieron colocarse bien.

Pero la nueva derecha irrumpe con un discurso moralizante que mucha gente de izquierda cree que solo es posible combatir desde otro lugar también moral de “somos los buenos”. ¿Cómo salimos de esa encerrona religiosa?

El problema no se resuelve construyendo una religión igual y contraria, aunque la política siempre tenga una dimensión moral. No se trata de renunciar a distinguir lo justo de lo injusto ni de fingir una neutralidad imposible, sino de impedir que la moral sustituya a la política. Cuando decimos “somos los buenos” podemos sentirnos moralmente a salvo sin preguntarnos si comprendemos a la sociedad, si nuestras acciones son eficaces o si el mundo que ofrecemos resulta deseable para alguien que no forme parte de nuestra parroquia.

¿Entonces la ventaja de la nueva derecha es que usa la moral “bien” mientras que la izquierda la usa “mal”?

Más que cuestiones morales, creo que la nueva derecha combina el miedo con algo que hoy la izquierda apenas consigue producir: una promesa de transformación. Esa promesa puede ser falsa, brutal o profundamente desigual, pero está orientada hacia el futuro. Si la izquierda responde únicamente recordando las catástrofes del pasado, ocupa una posición defensiva y conservadora: “votanos para que no vuelva lo peor”. Salir de la encerrona religiosa que mencionabas antes exige aceptar la incertidumbre de la política y volver a formular una expectativa de vida mejor. No garantiza estar del lado correcto de la historia, obliga a convencer a otros en el presente.

Uno de los argumentos más inquietantes del libro es que cuando usamos “fascista” para definir a la derecha actual en realidad estamos atacando a las víctimas del verdadero fascismo. ¿Podrías explicarlo en detalle?

No creo que quien utiliza la palabra fascista quiera deliberadamente atacar a las víctimas, porque casi siempre pretende exactamente lo contrario: honrarlas e impedir que vuelva a ocurrir aquello que las convirtió en víctimas. Lo inquietante es que ese homenaje puede contener, de manera involuntaria, una mirada profundamente injusta sobre ellas, porque pareciera que al no haber advertido que estaban frente al fascismo, no se dieron cuenta de algo que no era tan evidente entonces como parece ahora.

Desplegás ese argumento con el poema atribuido falsamente a Brecht «Primero vinieron…» ¿Por qué usaste ese recurso?

Porque me di cuenta de que el mecanismo retórico que le da tanta potencia al poema constituye la encarnación más clara de la trampa moral que descubro en el uso contemporáneo de la palabra fascismo. Esa trampa se ve sobre todo en el último momento, cuando vienen a buscar al propio narrador y ya no queda nadie que pueda defenderlo. El poema parece enseñarnos solidaridad, aunque su argumento efectivo es más egoísta: debemos reaccionar ante el daño que sufren otros porque, si no lo hacemos, finalmente nos alcanzará a nosotros. Así termina presentando a las futuras víctimas como personas que vieron avanzar la persecución y no actuaron mientras afectaba a grupos ajenos.

¿Pero cómo se manifiesta en el actual uso indiscriminado de la palabra “Fascismo” el link con el poema?

Cuando trasladamos el esquema del poema al presente decimos que nosotros sí hemos aprendido la lección: reconocemos los primeros signos, pronunciamos la palabra a tiempo y evitaremos el desenlace. Ahí aparece el detalle siniestro. Para atribuirnos esa capacidad tenemos que suponer que quienes acabaron en los campos también podrían haber detenido la catástrofe si hubieran interpretado mejor las señales o reaccionado antes. La responsabilidad se desplaza, casi imperceptiblemente, de los verdugos hacia quienes no supieron impedir que los verdugos triunfaran, cuando recordar a las víctimas exige no convertirlas en instrumentos de nuestra salvación ni transformar su sufrimiento en un manual que supuestamente nos garantiza un desenlace distinto.

Mi hipótesis es que la gente que usa “Fascismo” para definir esta época busca calmarse, porque el fascismo real terminó con Núremberg, así como dice en Argentina que “Vamos a un 2001” porque después del 2001 apareció “un Néstor Kirchner” o incluso hablan de “Feudalismo” porque después vino el “Renacimiento”. ¿Hay algo de final feliz tranquilizador en tu caracterización del uso del término?

Totalmente. Una analogía histórica no solo vuelve reconocible un presente confuso, sino que también importa, clandestinamente, el final de la historia con la que lo comparamos. Si “esto” es fascismo, sabemos que habrá una resistencia, una derrota militar, Núremberg y una reconstrucción democrática. Si “esto” es 2001, sabemos que después llegará alguna forma de recomposición política. Y si lo llamamos feudalismo, podemos imaginar que en algún lugar del calendario nos espera el Renacimiento. La analogía suena alarmista, pero contiene una estructura tranquilizadora: nos anuncia una catástrofe cuyo desenlace ya conocemos.

¿Qué otras conexiones detectás entre esas analogías “tranquilizadoras”?

Hay además una distribución retrospectiva de los papeles porque nadie se imagina dentro de la analogía como el vecino indiferente, el colaboracionista o alguien que no entendió nada. Nos reservamos el lugar de la resistencia, incluso cuando nuestra resistencia consiste únicamente en reconocer el paralelismo y anunciarlo.

¿Y qué consecuencias reales tiene esto en las dinámicas políticas?

Que el presente deja de ser un espacio abierto, en el que podemos equivocarnos, y se convierte en la repetición de una obra cuyo guión hemos estudiado. La historia real no ofrece ese consuelo, el fascismo fue derrotado en circunstancias excepcionales, no hay ninguna ley que asegure que los fenómenos actuales tendrán un final equivalente y quizás por eso la comparación nos calma: es más soportable temer el regreso de un monstruo conocido que enfrentarse a algo nuevo cuyo nombre, alcance y desenlace ignoramos.

El subtítulo del libro es Para qué no sirve la historia. ¿Qué quisiste plantear al problematizar la “utilidad” de la historia?

Hay una ironía deliberada en el subtítulo del libro porque no digo que la historia no sirva, sino que intento delimitar para qué no sirve. Sirve para comprender el pasado, no sirve para adivinar el futuro. Las mismas ideas de proceso, obra y sentido que permiten construir una explicación histórica se convierten en instrumentos muy defectuosos cuando pretendemos proyectarlas hacia delante. Una vez que conocemos una serie de acontecimientos podemos preguntarnos qué condujo a qué, quiénes actuaron y qué consecuencias tuvieron sus acciones. El problema aparece cuando convertimos ese orden elaborado a posteriori en un guión que supuestamente nos permite anticipar lo que todavía no ocurrió y caemos en hacer historia profética.

¿No funciona más entonces esa frase de “Los pueblos que no estudian su historia están condenados a repetirla”?

Esa frase condensa una antigua concepción de la historia como magistra vitae, maestra de la vida: estudiamos el pasado para reconocer sus señales en el presente y saber cómo actuar en el futuro. En el uso contemporáneo de la palabra “fascismo” funciona exactamente así, como historia profética. Creemos que el conocimiento de los desastres del siglo pasado nos entrega un mapa: si identificamos a tiempo los primeros eslabones de la cadena, podremos impedir que vuelva a conducirnos hasta Auschwitz. Pero quienes vivieron en los años veinte y treinta del siglo XX no conocían el desenlace de sus acciones, del mismo modo que nosotros tampoco conocemos el nuestro.

Me interesa vincular este libro con el tema de la ironía que trabajás en tu libro anterior (Ironía On, Anagrama 2019) porque pareciera que una de las herramientas más feroces que tiene la extrema derecha actual es el humor. ¿Cómo se hace ironía de izquierda?

La ironía no pertenece a ninguna ideología: es un mecanismo de la conversación pública que funciona en todas las direcciones. Siempre que uno adopta el lugar del solemne, del que habla literalmente y cree poseer el saber del significado verdadero de las palabras, deja abierta la posición del ironista, que puede deformar esas palabras, apropiárselas y devolverlas convertidas en una broma. El problema de la izquierda no es que la derecha haya conquistado el humor, sino que ella misma se coloca demasiadas veces en el papel de antagonista solemne que la ironía necesita para funcionar. Debemos ser capaces de comprender la lógica democrática de la ironía, aceptar que nadie controla definitivamente el sentido de las palabras y dejar de regalarle siempre a la derecha el lugar más agradecido de la conversación. Mientras la izquierda aparezca como la maestra aburrida que explica solemnemente todo, la derecha podrá seguir interpretando a la alumna tonta que no entiende la lección y, precisamente por eso, se queda con todas las risas.

DESCARGAR EL LIBRO AQUÍ 

jueves, 28 de agosto de 2025

Un cuento por semana #40: Mañana es mejor

Será que la profesora se hartó de nuestros relatos depresivos sobre la guerra, el genocidio, el cambio climático y la amenaza nuclear porque dijo “Bueno, basta, para la próxima clase me traen todos una utopía, quiero algo luminoso y esperanzador sobre el futuro”, cerró el cuaderno, se levantó y se fue.

Con los compañeros nos miramos con cara de “¿Y ahora?” mientras Leticia, la que cree que escribe mejor que todos nosotros juntos dijo: “Por fin una consigna como la gente”.

Llego a casa confundido, disperso y con pocas ganas de escribir. Es 2025 y hay efectivamente una guerra en Europa, un genocidio en Medio oriente, las extremas derechas controlan Occidente y nunca en la historia del capitalismo la riqueza se distribuyó de manera más desigual. ¿Cómo puedo pensar en algo luminoso y esperanzador sobre el futuro en este estado de cosas?

Imaginar es la tarea. Eso dice uno de los carteles inspiradores que tengo en el escritorio. Hay dos más: uno dice "Mañana es mejor" y el otro "Para escribir hay que escribir". Fenómeno, poseo un montón de inspo instagrameable sobre la potencia de la imaginación y la creatividad, pero cero ideas sobre un futuro luminoso y esperanzador.

Pasan las horas frente al teclado y no se me ocurre nada. Hago una lista de todas las cosas que están mal e intento imaginar cómo sería si fueran al revés. Nada. Todo me suena cliché. Recuerdo que en la infancia cuando me decían que pida un deseo, matemáticamente me salía: “Que no haya hambre en el mundo”. ¿Eso es un cuento? ¿Una realidad de gorditos?. Ya en la adolescencia cantaba: Imagine all the people, living the world in peace, uh, uh, uuuh. ¿Un mundo sin guerras es posible? ¿Existió alguna vez? Nada, nada, no puedo escribir nada. 

Se suceden los días y se acerca la fecha en la que tengo que entregar mi tarea luminosa y esperanzadora pero no se me ocurre absolutamente ninguna idea. O sí, se me ocurren, pero me dan vergüenza: ¿Cómo voy a escribir un cuento en el que no hay hambre ni fronteras y la gente es feliz y ya está? ¿Soy imbécil?

No me queda otra opción que preguntarle al ChatGPT. ¿Cuál sería ese prompt? “Escribe un relato de 1000 palabras que sea luminoso y esperanzador sobre el futuro de la humanidad” A ver:

En un rincón olvidado del planeta, una pequeña aldea despertaba cada día con el sol que se filtraba tímidamente entre los árboles, iluminando la tierra que había sido regenerada por generaciones de trabajo colectivo. Era un lugar donde el aire olía a tierra húmeda, a vida renovada. El río, antes contaminado y casi muerto, ahora fluía claro y vibrante, llevando consigo historias de resiliencia y cambio.

Hace apenas unos años, el mundo parecía estar al borde del abismo. El cambio climático había provocado desastres naturales, los océanos se tragaban las costas y las selvas, pulmones vitales del planeta, se desvanecían con cada tala ilegal. Las ciudades estaban sumidas en la smog, y las noticias del colapso de los ecosistemas eran constantes. Los más pesimistas ya hablaban de un futuro irremediable, donde la humanidad se extinguiría por su propia mano.

Pero entonces, algo comenzó a cambiar. No fue un milagro ni un evento repentino, sino un movimiento silencioso y persistente, nacido del cansancio de ver cómo las generaciones anteriores habían ignorado las señales de advertencia. Primero fueron pequeños grupos de jóvenes científicos, agricultores, ingenieros y artistas los que se unieron, convencidos de que la solución al caos estaba en la cooperación y en un renacimiento global de los valores humanos.

WTF. ¿El ChatGPT me habla de “Trabajo colectivo”? ¿Qué le pasa? ¿Es socialista? Agrego otro prompt: “Menos woke” y doy enter.

Era el año 2050, y las calles, que antes estaban llenas de humo y ruido, ahora se veían más limpias y tranquilas. Los autos eléctricos dominaban el tráfico, mientras que en los edificios brillaban paneles solares, y los jardines urbanos se extendían en cada esquina. Las energías renovables se habían convertido en la norma, y las ciudades no solo eran más sostenibles, sino también más humanas.

El cambio había comenzado con pequeños gestos. Los gobiernos, presionados por una sociedad que ya no aceptaba más promesas vacías, comenzaron a tomar decisiones que antes parecían imposibles. La cooperación internacional, nacida de la necesidad de sobrevivir como especie, llevó a acuerdos históricos que permitieron reducir las emisiones de carbono y restaurar ecosistemas enteros. Las políticas se centraron en la inversión en tecnología verde, en la protección de la biodiversidad y en la justicia social.

“Justicia Social” dice el ChatGPT. Evidentemente no entendió cuando le indiqué “Menos woke” ¿Entonces?

Llega la fecha de entrega por mail y empiezo a no poder dormir. Leticia, la que cree que escribe mejor que todos nosotros juntos, nos envía un texto a las 3AM. Como estoy despierto y desesperado, lo leo ni bien me llega. Reza:

“En un rincón olvidado del planeta, una pequeña aldea despertaba cada día con el sol que se filtraba tímidamente entre los árboles, iluminando la tierra que había sido regenerada por generaciones de trabajo colectivo…”

martes, 5 de agosto de 2025

Cinco libros para entender a la extrema derecha global

Para Revista Jacobin (Edición impresa) 

Para enfrentar a las nuevas extremas derechas no alcanza con salir a la calle: también necesitamos entenderlas. Y para eso, además de organizarnos, hay que leer.

El segundo mandato de Donald Trump abrió una etapa incierta en la geopolítica mundial. No solo representa la consolidación de la extrema derecha en Occidente, sino que lo hace desplegando una virulencia particular, como ya lo demostraron sus primeros meses de gestión, marcados por duros recortes internos y ataques al statu quo global.

En un escenario convulsionado por este fenómeno y saturado de interpretaciones superficiales, resulta clave intentar comprender algunas de las corrientes subterráneas del pensamiento trumpista. Estos cinco libros pueden ayudar a esa tarea

Peter Thiel – De cero a uno (Ed. Gestión 2000, 2015)

Peter Thiel, cofundador de PayPal junto a Elon Musk y una de las figuras más influyentes de Silicon Valley, es también un pensador vinculado a la alt-right. En su libro De cero a uno. Cómo inventar el futuro, no solo ofrece directrices claras sobre la forma de construir una start-up exitosa sino que además plantea una visión optimista del futuro del progreso en los Estados Unidos. En 2016, Peter Thiel fue una de las escasas figuras del mundo tecnológico que apoyó abiertamente a Donald Trump en su primera campaña presidencial, cuando los actuales barones tecnofeudales aún desconfiaban de sus brutales encantos. Como gesto de compromiso, donó 1,25 millones de dólares a su candidatura.

En cuanto a los puntos de contacto entre De cero a uno y el trumpismo sobresalen su marcado carácter antiestablishment y una visión elitista del liderazgo. Thiel promueve un tecnoelitismo según el cual los individuos más inteligentes e nnovadores deberían dirigir el destino de la sociedad. Ya en 2009, en su artículo «La educación de un libertariano», llevaba esta lógica al extremo, al afirmar que había dejado de creer en la compatibilidad entre libertad y democracia.

J. D. Vance - Hillbilly, una elegía rural (Ed. Deusto, 2017)

El actual vicepresidente estadounidense escribió una autobiografía que se convirtió en un fenómeno global tras su adaptación cinematográfica por parte de Netflix. En ella narra su infancia y juventud en una familia de clase trabajadora del llamado «cinturón de óxido», entre Ohio y Kentucky. Vance describe su crecimiento en un entorno atravesado por la inestabilidad, la pobreza, el desempleo, la drogadicción y la violencia doméstica. Relata cómo, a pesar de estas adversidades, ingresó a los Marines, estudió en la Universidad Estatal de Ohio y se graduó en Derecho en Yale. El libro también ofrece un retrato de la cultura hillbilly —término despectivo utilizado para referirse a los blancos pobres del interior rural estadounidense—, fuertemente asociada a valores tradicionales, desconfianza hacia las clases medias urbanas y una marcada identidad familiar y religiosa. En esta línea, Vance profundiza en cómo la pérdida del empleo industrial, la destrucción del tejido comunitario y el aumento de la desesperanza no encontraron respuesta en la política tradicional, que, según sostiene, fracasó estrepitosamente en su misión de mejorar la vida de la clase trabajadora rural. Ese sentimiento de abandono es justamente lo que Trump supo capitalizar con eficacia en su campaña. En este sentido, el libro puede leerse como una suerte de «manifiesto social» que ayuda a comprender las condiciones preexistentes que hicieron posible el ascenso del trumpismo en las comunidades olvidadas de Estados Unidos.

Nassim Taleb – Antifrágil (Ed. Paidós, 2013)

Esta cuarta parte de la serie Incierto —que incluye también El cisne negro, concepto utilizado para caracterizar la irrupción del primer Trump— puede ofrecer claves útiles para entender al nuevo trumpismo. En Antifrágil, Taleb sostiene que, además de lo frágil (lo que se rompe con el caos) y lo robusto (lo que lo resiste), existe lo antifrágil: aquello que se fortalece y mejora frente a la volatilidad, el estrés, el desorden o los errores. Esta categoría puede aplicarse a sistemas, personas, ideas, empresas e incluso a la naturaleza. El trumpismo, entendido como un movimiento político que desborda largamente a su líder, puede pensarse como un fenómeno antifrágil por definición: emerge de un contexto de multicrisis —institucional, política, de representación— y se nutre de la incertidumbre y la indignación popular. Cuando es criticado por los medios tradicionales o atacados por el establishment político, lejos de debilitarse, se fortalece, al presentarse como víctima del «sistema». Esa capacidad de crecer a partir del conflicto externo es una característica central de lo antifrágil.

Por otra parte, dado que Taleb valora los sistemas descentralizados y orgánicos que se autoajustan, su marco analítico ayuda a comprender cómo el trumpismo promueve una forma de «desintermediación» política, en la que las instituciones  tradicionales —partidos, prensa, expertos— pierden terreno frente a una conexión directa entre líder y masas. En ese sentido también, el trumpismo podría ser leído como una manifestación de antifragilidad.


Arlie Russell Hochschild,  Extraños en su propia tierra (Ed. Capitán Swing, 2018)

Publicado originalmente en 2016, poco antes de la primera elección de Trump, este libro de la soció- loga Arlie Russell Hochschild anticipa con notable precisión su victoria y ofrece un retrato agudo de su base electoral. Para lograrlo, Hochschild se traslada al sur de Luisiana —una región profundamente conservadora, religiosa y golpeada por el desempleo y la contaminación industrial— con el objetivo de entender por qué tantas personas votan en contra de sus propios intereses materiales, especialmente en temas como salud, medio ambiente o programas sociales.

Este grupo representa fielmente la base que Trump logró movilizar: blancos de clase trabajadora, profundamente conservadores, que se sienten olvidados por el gobierno federal, amenazados por el cambio cultural y resentidos por lo que perciben como una serie de injusticias en su contra.

A través de entrevistas en profundidad y una prolongada convivencia con estos republicanos del llamado «sur profundo» de Estados Unidos, Hochschild desarrolla lo que denomina el «gran guión emocional» (deep story): una narrativa interior que expresa cómo estas personas se sienten desplazadas, ignoradas por las élites liberales y víctimas de un sistema que, según creen, premia a «otros» —inmigrantes, burócratas— mientras ellos, los «auténticos americanos», quedan atrás.

Aunque Hochschild se identifica con el progresismo, evita el juicio moral y busca comprender desde dentro. Su trabajo revela cómo la identidad cultural, el resentimiento moral y el orgullo regional pueden pesar más que la lógica económica a la hora de votar.

Steven Forti - Extrema derecha 2.0 (Ed. Siglo XXI, 2021)

En este libro, el historiador italiano Steven Forti analiza el ascenso de la extrema derecha contemporánea, marcada por su capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías y su activa presencia en redes sociales. A diferencia de los movimientos fascistas clásicos, esta nueva extrema derecha se presenta como democrática, utiliza un lenguaje moderado y se infiltra en las instituciones con el objetivo de corroer la democracia desde dentro. Forti subraya que, en los últimos años, estas formaciones han logrado imponer su hegemonía cultural en varios países, gracias a estrategias comunicacionales más eficaces —uso intensivo de redes sociales y difusión de fake news, entre otras— y a su habilidad para canalizar el creciente malestar social en apoyo popular a su programa. El libro también aborda la dimensión global del fenómeno y concluye que, aunque estos proyectos políticos se presenten con un ropaje democrático, su verdadero objetivo es socavar los principios e instituciones de la democracia liberal, explotando sus grietas y debilidades en beneficio propio.