Para Revista Panamá
Sobre “Un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo” (Anagrama, 2025)
¿Cuál era tu objetivo con este trabajo?
El punto de partida del ensayo era la
pregunta por el origen del uso cada vez más compulsivo de la palabra
«fascismo» en el lenguaje político cotidiano. No me interesaba volver
sobre la discusión acerca de si es histórica o científicamente correcto
aplicar ese término a determinados fenómenos contemporáneos, ni corregir
sus usos y establecer cuáles son legítimos y cuáles no. Quería
preguntarme qué hay detrás de esa compulsión, qué motivos la explican y,
sobre todo, qué emoción política tan intensa se moviliza cada vez que
pronunciamos la palabra.
Esa emoción parece transparente y hasta
noble: cuando llamamos «fascista» a alguien sentimos que identificamos
un peligro, tomamos partido y nos colocamos del lado de quienes
resistieron al fascismo histórico. Me interesaba indagar qué otras ideas
y emociones se alojan dentro de ese gesto sin que terminemos de
advertirlo. El recorrido del libro termina mostrando que el uso de la
palabra produce algo contradictorio con los objetivos de quienes
recurren a ella. Queremos denunciar un peligro presente y terminamos
reemplazando su análisis por una profecía construida con imágenes del
pasado; queremos intervenir políticamente y muchas veces nos limitamos a
proteger nuestra propia imagen moral, a dejar constancia de que
nosotros sí supimos reconocer a tiempo el lado correcto de la historia.
¿Quién sería el interlocutor principal del libro?
La izquierda a la que, para bien o para
mal, pertenezco y con la que quiero discutir, no porque la derecha no
haga operaciones análogas —cuando llama comunista a cualquier regulación
reproduce la misma profecía—, sino porque el uso compulsivo de la palabra fascismo es un problema de la izquierda contemporánea,
que parece encontrar en la memoria del siglo XX una identidad, un
repertorio moral y una orientación que ya no logra producir a partir del
presente.
Entonces, ¿cómo resumirías el problema de usar “Fascismo” para todo lo relativo a la derecha actual?
Más que un problema, creo que es un
síntoma: un síntoma de cierta parálisis de la imaginación política de la
izquierda. La enorme expansión del uso de la palabra, su aplicación a
fenómenos muy distintos y la intensidad con que discutimos si algo
merece o no ese nombre constituyen un síntoma que vale la pena pensar.
Mi pregunta no es cómo deberíamos usar «fascismo», sino qué nos está
pasando para que necesitemos usarlo tanto y para que depositemos tantas
expectativas políticas y morales en esa palabra.
¿Pero qué es lo “siniestro” en su uso indiscriminado?
Que detrás hay algo que está escondido,
solapado, que no se dice de frente y que incluso puede permanecer oculto
para quien habla, pero que, sin embargo, interviene profundamente en lo
que está diciendo, por lo que encuentro en él algo oscuro, turbio.
¿Cómo nombramos entonces los peligros reales de la extrema derecha contemporánea sin caer en esa trampa?
No tengo un vocabulario alternativo que
proponer, la llamaremos como nos salga, porque así funciona el lenguaje
político: mediante tanteos, disputas, apropiaciones y deformaciones.
Pero sí quería tratar de comprender qué hacemos cuando la nombramos de
una determinada manera, qué emociones movilizamos y qué ideas sobre la
historia ponemos en funcionamiento.
Sostenés críticamente que aquellos que usan esta palabra consideran que están del “lado correcto de la historia”. ¿Por qué rechazas ese concepto?
Considerar que uno está del “lado
correcto de la historia” contiene una promesa tranquilizadora porque
convierte una decisión política incierta en la ejecución de una
sentencia que la historia ya habría dictado. Uno no tiene que deliberar,
juzgar consecuencias ni reconocer conflictos entre bienes, basta con
alinearse con la dirección correcta del proceso. Por eso tiene algo
religioso, aunque se presente con un vocabulario secular. Hay elegidos y
condenados, una historia de salvación y un juicio final que absolverá
retrospectivamente a quienes supieron colocarse bien.
Pero la nueva derecha irrumpe con
un discurso moralizante que mucha gente de izquierda cree que solo es
posible combatir desde otro lugar también moral de “somos los buenos”.
¿Cómo salimos de esa encerrona religiosa?
El problema no se resuelve construyendo
una religión igual y contraria, aunque la política siempre tenga una
dimensión moral. No se trata de renunciar a distinguir lo justo de lo
injusto ni de fingir una neutralidad imposible, sino de impedir que la
moral sustituya a la política. Cuando decimos “somos los buenos” podemos
sentirnos moralmente a salvo sin preguntarnos si comprendemos a la
sociedad, si nuestras acciones son eficaces o si el mundo que ofrecemos
resulta deseable para alguien que no forme parte de nuestra parroquia.
¿Entonces la ventaja de la nueva derecha es que usa la moral “bien” mientras que la izquierda la usa “mal”?
Más que cuestiones morales, creo que la
nueva derecha combina el miedo con algo que hoy la izquierda apenas
consigue producir: una promesa de transformación. Esa promesa puede ser
falsa, brutal o profundamente desigual, pero está orientada hacia el
futuro. Si la izquierda responde únicamente recordando las catástrofes
del pasado, ocupa una posición defensiva y conservadora: “votanos para
que no vuelva lo peor”. Salir de la encerrona religiosa que mencionabas
antes exige aceptar la incertidumbre de la política y volver a formular
una expectativa de vida mejor. No garantiza estar del lado correcto de
la historia, obliga a convencer a otros en el presente.
Uno de los argumentos más inquietantes del libro es que cuando usamos “fascista”
para definir a la derecha actual en realidad estamos atacando a las
víctimas del verdadero fascismo. ¿Podrías explicarlo en detalle?
No creo que quien utiliza la palabra
fascista quiera deliberadamente atacar a las víctimas, porque casi
siempre pretende exactamente lo contrario: honrarlas e impedir que
vuelva a ocurrir aquello que las convirtió en víctimas. Lo inquietante
es que ese homenaje puede contener, de manera involuntaria, una mirada
profundamente injusta sobre ellas, porque pareciera que al no haber
advertido que estaban frente al fascismo, no se dieron cuenta de algo
que no era tan evidente entonces como parece ahora.
Desplegás ese argumento con el poema atribuido falsamente a Brecht «Primero vinieron…» ¿Por qué usaste ese recurso?
Porque me di cuenta de que el mecanismo
retórico que le da tanta potencia al poema constituye la encarnación más
clara de la trampa moral que descubro en el uso contemporáneo de la
palabra fascismo. Esa trampa se ve sobre todo en el último momento,
cuando vienen a buscar al propio narrador y ya no queda nadie que pueda
defenderlo. El poema parece enseñarnos solidaridad, aunque su argumento
efectivo es más egoísta: debemos reaccionar ante el daño que sufren
otros porque, si no lo hacemos, finalmente nos alcanzará a nosotros. Así
termina presentando a las futuras víctimas como personas que vieron
avanzar la persecución y no actuaron mientras afectaba a grupos ajenos.
¿Pero cómo se manifiesta en el actual uso indiscriminado de la palabra “Fascismo” el link con el poema?
Cuando trasladamos el esquema del poema al
presente decimos que nosotros sí hemos aprendido la lección:
reconocemos los primeros signos, pronunciamos la palabra a tiempo y
evitaremos el desenlace. Ahí aparece el detalle siniestro. Para
atribuirnos esa capacidad tenemos que suponer que quienes acabaron en
los campos también podrían haber detenido la catástrofe si hubieran
interpretado mejor las señales o reaccionado antes. La responsabilidad
se desplaza, casi imperceptiblemente, de los verdugos hacia quienes no
supieron impedir que los verdugos triunfaran, cuando recordar a las
víctimas exige no convertirlas en instrumentos de nuestra salvación ni
transformar su sufrimiento en un manual que supuestamente nos garantiza
un desenlace distinto.
Mi hipótesis es que la gente que usa “Fascismo” para definir esta época busca calmarse, porque el fascismo real terminó con Núremberg, así como dice en Argentina que “Vamos a un 2001” porque después del 2001 apareció “un Néstor Kirchner” o incluso hablan de “Feudalismo” porque después vino el “Renacimiento”. ¿Hay algo de final feliz tranquilizador en tu caracterización del uso del término?
Totalmente. Una analogía histórica no solo
vuelve reconocible un presente confuso, sino que también importa,
clandestinamente, el final de la historia con la que lo comparamos. Si
“esto” es fascismo, sabemos que habrá una resistencia, una derrota
militar, Núremberg y una reconstrucción democrática. Si “esto” es 2001,
sabemos que después llegará alguna forma de recomposición política. Y si
lo llamamos feudalismo, podemos imaginar que en algún lugar del
calendario nos espera el Renacimiento. La analogía suena alarmista, pero
contiene una estructura tranquilizadora: nos anuncia una catástrofe
cuyo desenlace ya conocemos.
¿Qué otras conexiones detectás entre esas analogías “tranquilizadoras”?
Hay además una distribución retrospectiva
de los papeles porque nadie se imagina dentro de la analogía como el
vecino indiferente, el colaboracionista o alguien que no entendió nada.
Nos reservamos el lugar de la resistencia, incluso cuando nuestra
resistencia consiste únicamente en reconocer el paralelismo y
anunciarlo.
¿Y qué consecuencias reales tiene esto en las dinámicas políticas?
Que el presente deja de ser un espacio
abierto, en el que podemos equivocarnos, y se convierte en la repetición
de una obra cuyo guión hemos estudiado. La historia real no ofrece ese
consuelo, el fascismo fue derrotado en circunstancias excepcionales, no
hay ninguna ley que asegure que los fenómenos actuales tendrán un final
equivalente y quizás por eso la comparación nos calma: es más soportable
temer el regreso de un monstruo conocido que enfrentarse a algo nuevo
cuyo nombre, alcance y desenlace ignoramos.
El subtítulo del libro es Para qué no sirve la historia. ¿Qué quisiste plantear al problematizar la “utilidad” de la historia?
Hay una ironía deliberada en el subtítulo
del libro porque no digo que la historia no sirva, sino que intento
delimitar para qué no sirve. Sirve para comprender el pasado, no sirve
para adivinar el futuro. Las mismas ideas de proceso, obra y sentido que
permiten construir una explicación histórica se convierten en
instrumentos muy defectuosos cuando pretendemos proyectarlas hacia
delante. Una vez que conocemos una serie de acontecimientos podemos
preguntarnos qué condujo a qué, quiénes actuaron y qué consecuencias
tuvieron sus acciones. El problema aparece cuando convertimos ese orden
elaborado a posteriori en un guión que supuestamente nos permite
anticipar lo que todavía no ocurrió y caemos en hacer historia
profética.
¿No funciona más entonces esa frase de “Los pueblos que no estudian su historia están condenados a repetirla”?
Esa frase condensa una antigua concepción de la historia como magistra vitae, maestra de la vida: estudiamos el pasado para reconocer sus señales en el presente y saber cómo actuar en el futuro. En el uso contemporáneo de la palabra “fascismo” funciona exactamente así, como historia profética. Creemos
que el conocimiento de los desastres del siglo pasado nos entrega un
mapa: si identificamos a tiempo los primeros eslabones de la cadena,
podremos impedir que vuelva a conducirnos hasta Auschwitz. Pero quienes
vivieron en los años veinte y treinta del siglo XX no conocían el
desenlace de sus acciones, del mismo modo que nosotros tampoco conocemos
el nuestro.
Me interesa vincular este libro
con el tema de la ironía que trabajás en tu libro anterior (Ironía On,
Anagrama 2019) porque pareciera que una de las herramientas más feroces
que tiene la extrema derecha actual es el humor. ¿Cómo se hace ironía de
izquierda?
La ironía no pertenece a ninguna
ideología: es un mecanismo de la conversación pública que funciona en
todas las direcciones. Siempre que uno adopta el lugar del solemne, del
que habla literalmente y cree poseer el saber del significado verdadero
de las palabras, deja abierta la posición del ironista, que puede
deformar esas palabras, apropiárselas y devolverlas convertidas en una
broma. El problema de la izquierda no es que la derecha haya
conquistado el humor, sino que ella misma se coloca demasiadas veces en
el papel de antagonista solemne que la ironía necesita para funcionar.
Debemos ser capaces de comprender la lógica democrática de la ironía,
aceptar que nadie controla definitivamente el sentido de las palabras y
dejar de regalarle siempre a la derecha el lugar más agradecido de la
conversación. Mientras la izquierda aparezca como la maestra aburrida
que explica solemnemente todo, la derecha podrá seguir interpretando a
la alumna tonta que no entiende la lección y, precisamente por eso, se
queda con todas las risas.
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