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miércoles, 21 de octubre de 2020

Algunas lecciones políticas de "Antidisturbios"

Para Cámara Cívica

 

Por más plataforma masiva en la que se expusiera, resulta impensable que "La serie del año", como la definieron los expertos de la crítica, pudiera llegar a ser vista por una población más amplia que el un nicho de conocedores del cine que sigue fielmente a Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña desde Que Dios se lo pague o El Reino  sin la publicidad que le hicieron en el fin de semana de su estreno los sindicatos de policías acusándola de bulo, escoria y más. Pues bien, así sucedió de un lado y del otro del espectro político con JUPOL, Gabriel Rufián y Juan Carlos Girauta expidiéndose en las redes sobre el contenido, el enfoque y el trasfondo ideológico de esta producción de Movistar+ que ha visto la luz hace apenas unos días.

Sin embargo, la serie, que va de un grupo de agentes de una Unidad de Intervención Policial,  (los órganos móviles de seguridad pública dependientes de la Policía Nacional de España), a cargo de un desahucio madrileño, tiene muchas más capas que la de la mera controversia, sobre todo porque emula en su guion la estructura de mamushkas de The Wire (HBO, 2002), la mayor gema del thriller televisivo contemporáneo, que retrata a un grupo de agentes de la policía a partir de una trama de corrupción policial, jurídica y política en la ciudad de Baltimore.

Con todo, Antidisturbios sirve para recordar algunas máximas del pensamiento político vigente, aferrados al asiento, con una tensión permanente gracias a la brillante dirección de Sorogoyen y a las actuaciones por demás sólidas de un grupo de actores bien elegidos y eficientes. Aquí las resumimos.

TODO es política

Una línea que aparece en boca de uno de los personajes de la brigada de asuntos internos parece resumir toda la serie en una sola frase pero también cualquier otra que implique desahucios, policías, jueces y funcionarios. No hay que ir muy lejos para entender que todo comportamiento de un grupo de "Agentes del orden" responde más a la ideología imperante del régimen político que a las meras actuaciones particulares de unos sujetos con armas. En la serie eso se devela de forma magistral a través de un entramado de complicidades que dejan a los tipejos de la UIP desprotegidos frente a un universo de "amiguismo" que les es ajeno por no pertenecer a la casta política.

La policía siempre gana

Otra frase que aparece de forma explícita en palabras de uno de los responsables del grupo de agentes retratado en la serie sirve también para recordar el permanente status-quo en el que las fuerzas del orden, al proteger un sistema que los usa para amurallarse, también protege a sus laderos. Aunque a veces, tal como muestra este caso, corta por lo más fino y los manda a morir. Y si bien al final de la serie los policías no cumplen condena por su homicidio doloso, tampoco se muestra que haya habido represalias en los altos mandos por la inacción o la corrupción policial.

Sigue el dinero

La trama de la serie se desarrolla en torno a un negociado inmobiliario que permite desahuciar familias de manera express sin real apuro para construir hoteles. En este caso, la forma en la que la protagonista investigadora logra develar el misterio de por qué se apuran estas evacuaciones es a través de la reticencia de un juez en frenar un desahucio con pocos agentes, pero en definitiva, este juez responde a intereses económicos. En ese sentido, Antidisturbios emula a The Wire como lo hizo en El Reino, en una estructura de thriller perfecto en el que el dinero es el único Dios, amo y gobernante.

Es el turismo, estúpido

La problemática de la gentrificación de Madrid es abordada también en la serie a partir de una serie de hoteles que planean construirse en el sitio del desahucio que origina la trama pero que en definitiva también desvela uno de los grandes problemas de la economía española, precarizada, tercerizada y puesta al servicio de los "guiris" que usufructúan del sol, una moneda devaluada y una estructura de trabajo temporal de la que nadie parece quejarse. Con eso, Sorogoyen vuelve a poner el dedo en la llaga, mostrando que el pecado original no son los agentes del orden, sino el orden subdesarrollado que defienden.

No hay tal cosa como "mala publicidad"

"No iba a verla porque pensé que era blanqueo pero ahora la veo" o "No pensaba verla, esperaba una mierda patriótica de blanqueamiento de la represión pero vuestra recomendación me indica que estaba equivocado" son algunas de las contestaciones que han recibido en su cuenta de Twitter el Sindicato JUPOL tras acusar a la serie de bulo, escoria y más. Parece que mucho de lo que los policías encontraron como ofensivo en la serie (drogas, corrupción, excesos) es lo que justamente atrae al público en general.

domingo, 5 de agosto de 2018

Audiovisual: Si toda serie es política ¿Qué es Netflix?

Para Russia Today 

Netflix busca nuevas maneras de seducir a nuevos clientes luego de que las suscripciones no cumpliesen con las expectativas en el segundo trimestre de 2018. La empresa destina unos 10 mil millones de dólares a la programación y comercialización y ha fichado a figuras como Barack y Michelle Obama. Su modelo de consumo se impone cada vez más en el ámbito del entretenimiento y varios especialistas señalan que ya no están claros los límites entre realidad, ficción y política.




Si toda serie es política: ¿Qué es Netflix?


“Si ves Fox News vives en un planeta diferente y no me vas a votar nunca”, le explicó Barack Obama hace unos meses a David Letterman en un show original de Netflix. Semanas atrás, el ex presidente declaró también que está en conversaciones para producir con Netflix una serie propia. Según sus voceros, Obama no quiere responder de forma directa a las políticas conservadoras de Trump sino que produciría ficciones que cuenten historias inspiradoras. El ex presidente sabe que la imaginación es un arma poderosa para llegar a  los votantes del siglo XXI  y  que una de las principales herramientas del márketing político posmoderno es generar emoción a través de productos culturales aparentemente despolitizados.
 
Queda entonces claro que hay que pensar un poco más seriamente en Netflix, porque ya no se trata de un simple portal de series. Este año anunció que planea invertir en producciones propias más que ningún otro estudio de Hollywood y contrató a Shonda Rimes (Grey’s Anatomy) y Ryan Murphy (Glee). También recibió su primer Oscar. Esto lo consolida en la escena del entretenimiento mundial pero, a diferencia de cualquier otra productora, utiliza algoritmos y robots de aprendizaje para crear ficción que distribuye a todos los países del mundo (salvo China), con una audiencia de 117 millones de personas. Si asumimos que ningún discurso es inocente y mucho menos el de la ficción: ¿Qué es Netflix?
“Somos la pareja más atenta que podrías tener, analizamos todo lo que te gusta, prestamos atención a lo que miras, a qué hora lo haces y en qué dispositivos, te observamos todo el tiempo”. Así define Todd Yellin, el principal creativo de Netflix, la forma en la que construye la narrativa de ficción en la era de la pos verdad. Ahora: ¿Es políticamente inocente el contenido que crea y difunde Netflix o responde a intereses específicos? ¿Cambia nuestra concepción de la realidad y nuestra reacción política frente a ella las series y películas que vemos? ¿Es Netflix la nueva herramienta del viejo imperialismo cultural norteamericano?
 
El primer algoritmo de la ficción: una serie sobre política
Movistar +, HBO, Hulu, Filmin: portales de Video On Demand hay muchos. Pero la diferencia es que Netflix utiliza la información de su audiencia para producir nuevas series. Sabe qué quieren sus suscriptores y tiene el control de qué es lo más visto, por lo que cuenta con una cantidad de datos jamás pensado para la televisión tradicional. Así nació House of cards, con una estrategia clara: unir al director más visto del portal (David Fincher) y uno de los actores más populares del sitio (Kevin Spacey) bajo guiones de un ex funcionario de Tatcher. El experimento terminó en una profecía autocumplida y House of cards se conviritó en un suceso internacional al mismo tiempo que cambió las reglas del juego para siempre en términos de contenidos televisivos: inauguró el formato “maratón” (binge watching) al ser lanzada al entera en su primer temporada.
 
Sin embargo, la estrategia de Netflix de producir contenido original fue una movida financiera, ya que las productoras encarecieron los aranceles y Netflix decidió apostar a su propia usina de ideas para ahorrar en derechos de autor. Pero lo que comenzó como un cruce de datos sencillo (director + actor) es hoy un complejo entramado de conceptos, prejuicios y etiquetas que circunscriben el mundo de la ficción a ciertos estándares preestablecidos por conductas previas. Esto genera una burbuja en el contenido que no solo atraviesa Netflix: la tendencia en todos los gigantes digitales a la hiper personalización no es más que un achicamiento del mundo tal como lo conocemos que  genera reafirmación sobre nuestras creencias una visión cómoda de la realidad. Pero ¿Cuáles son esas etiquetas y esos preconceptos? Todd Yellin lo explicó en un seminario:  Personalización es crear una historia de amor entre el contenido y los consumidores. Tenemos que entender todo de las películas y etiquetarlo: cuánta violencia, cuánto sexo, están fumando, están bebiendo. Después analizamos al usuario, dónde ve las series, cuanto tiempo, en qué momento del día. Luego pensamos cómo mezclar eso y listo”.

 El algoritmo mejorado y la comunidad mundial de nicho: el caso Stranger Things 
En 2006 Netflix lanzó un concurso de un millón de dólares en premios para mejorar su algoritmo de recomendación. Mientras que ese momento la valoración de las películas era la primera instancia para decidir qué mostrarle a los usuarios, se llegó a la conclusión que una cosa es lo que la gente dice y otra lo que hace. Es a través de la información de los hábitos cómo Netflix logra entender a los espectadores, a sabiendas de que si les pidieran opinión no serían tan honestos. En palabras de Yellin se lee claramente la diferencia: “Preguntábamos: ¿Cuánto puntaje le vas a dar a un documental sobe la revolución en Egipto? Si le das 5 estrellas te vamos a mostrar más de eso; pero hay un problema con ese sistema  y es que lo que los espectadores te dicen es distinto a lo que hacen. Entonces desarrollamos “la data del comportamiento ” y la “data implícita”: ¿qué miran? ¿cuánto miran? ¿qué dispositivos utilizan? Eso es mucho más poderoso”.
 
Con este minucioso control de la actividad de los usuarios Netflix logra una audiencia cautiva muy heterogénea que define como “comunidades de nicho”. Los estándares de gusto se imponen a nivel mundial con criterios superadores a los prejuicios de edad, género o nacionalidad. Yellin lo explica así: “Uno podría pensar que un chico de 17 años y una señora de 60 no tienen nada que ver entre sí. Muéstrale a la señora de 60 un montón de cosas de Meryl Streep y al chico de 17 superhéroes de Marvel. Estarías equivocado. Hay 3 razones por las cuales una persona mira algo: 1) “Quiero escapar, quiero meterme en mi sillón” 2) “Quiero ampliar mis horizontes“ o 3) ´Social currency´ : quiero ver algo porque todo el mundo está hablando de eso y quiero ser parte de esa conversación”. De esta tercera categoría se desprende el concepto de “serie fenómeno”, lo que no es una casualidad que suceda sino que está buscado por la empresa y tampoco tiene que ver con la calidad de la serie, sino con reforzar el sentimiento de pertenencia a una comunidad. O lo que en política se llama “marcar agenda”. El caso más emblemático es Stranger Things, una historia que se pensó para una tribu urbana fanática de todo lo vinculado a los años ochenta, E.T. y otras películas de Spielberg y fue un éxito mundial sin precedentes. La nostalgia, siempre presente como factor de pertenencia (engagement), marca agenda, genera comunidad de nicho y hace crecer la marca, la cantidad de suscriptores y los dividendos. Una verdadera historia de amor capitalista.  

Lo nuevo, lo viejo, lo mismo de siempre: ¿Puede Netflix cambiar el mundo? 
Nada de lo que hace Netflix es casualidad. Sus producciones se piensan sobre la base de lo que ven sus usuarios y su objetivo es seguir manteniéndolos online. Para eso achican el universo de lo posible para acercar a la gente a un lugar cómodo. Crean un hogar sobre la base de lo familiar.  ¿Les gustan los dramas de aventuras? “Marco Polo” ¿Amaron las historias de drogas como “Breaking Bad”? “Narcos”. Esto se logra a través de una empresa de monitoreo llamada Piedmont Media Research, que estudia los productos de ficción y “predice” si serán exitosos o no. El algoritmo que utiliza su método de medición es el Consumer Engagement, que tiene un porcentaje de acierto del 86% sobre la base de consumos previos. Mucho malo conocido y muy poco nuevo por conocer. Mucho status quo y muy poco movimiento hacia lo inimaginable. Además, en sus estrategias publicitarias, Netflix supone prejuicios estandarizados sobre las culturas a las que quiere conquistar, como muestra esta campaña realizada por Ogilvy cuando desembarcó en Francia.
 
Conclusión: el principal distribuidor de contenido audiovisual norteamericano se está convirtiendo también en el principal productor de historias y así de subjetividades, desafiando a Hollywood, Disney, Cannes y todo lo que creíamos mainstream y obsoleto. Pero paradójicamente, la revolución del streaming no deja de ser una caja de resonancia conservadora, que reproduce para su beneficio aquellas creaciones que ya han sido exitosas y que forman parte del sentido común. Si fuera un partido político, Netflix no propiciaría ninguna transformación social. Mientras la ficción debería proponernos mundos nuevos, creaciones insospechadas y molestas, que pongan en duda todo lo que pensábamos y nos hagan crecer, Netflix apuesta a lo seguro. Más que certezas, quedan  preguntas: ¿Qué implica que un solo productor monopolice la ficción a nivel global? ¿Es Netflix una nueva arma norteamericana de destrucción masiva e imperialismo de la subjetividad como fue Hollywood? Todavía no lo sabemos. Por las dudas, veamos el próximo capítulo.

martes, 1 de mayo de 2018

Netflix: ¿Un portal de series o un medio de comunicación?


Para Cámara Cívica

En su último libro “La política del siglo XXI. Arte, mito o ciencia” el asesor y gurú de las campañas electorales Jaime Durán Barba explica que una de las herramientas fundamentales del marketing político contemporáneo tiene que ver con la importancia no solamente de la imagen del candidato sino de las implicancias no visuales de los electores frente a él. Lo que no se ve, explica el investigador y exitoso constructor de éxitos electorales como Mauricio Macri en Argentina, es aún más potente que lo que se ve. Lo que los electores logran imaginar y sienten sobre una situación política genera más compromiso e identificación que lo que efectivamente existe. Las sensaciones y emociones son más útiles para generar confianza que la verdad.
En esa línea de la construcción de sentidos comunes desde la imaginación podemos incluir la intención del ex presidente Barack Obama de producir contenido de ficción en Netflix, lo que nos hace también replantearnos no solamente qué es Netflix si no qué utilidad política puede llegar a tener una plataforma que controla datos de más de 115 millones de personas en el mundo y que influye en la agenda política a través de “fenómenos de masas” como son las series a nivel mundial.

The Handmaid’s tale vs Alias Grace: la audiencia social que marca la agenda política

Un estudio reciente sobre las implicancias políticas que tienen en las nuevas audiencias el streaming ha detectado que aquellos que ven televisión por internet son mucho más activos en relación a sus antecesores y al poder elegir qué ven, cuándo y dónde sin necesitar ninguna determinación espacio temporal, tienen un diseño interactivo del mundo en el que su acción modifica su entorno. Así, aún sujeto a las restricciones del algoritmo todopoderoso, un usuario de Netflix se siente más libre que sus padres frente a la pantalla y además es más propenso a interactuar en redes sociales y posiblemente a opinar a través de ellas en política. 
Un ejemplo notable de las líneas entre ficción y realidad que parecen unir al streaming con los fenómenos sociales ha sido que la serie original de Netflix “Alias Grace” apareciera matemáticamente detrás del éxito de la brillante y ya reseñada aquí “El cuento de la criada”, que interpela sobre un tema tan viralizado y viralizable como la defensa de los derechos de las mujeres.  La producción de Hulu basada en el libro de Margaret Atwood le arrebató a Netflix el primer Emmy por una serie de drama para un show online pero además le ganó la agenda de conversación, ya que resuena mucho más que “Alias Grace” en el contexto de la lucha feminista a nivel mundial en los últimos años, donde los fenómenos virtuales como  “Ni una menos” o “MeToo” explotan en redes sociales y exceden lo virtual hacia las calles. Lo mismo puede decirse de “El mecanismo”, la ficción de Netflix en la que se retratan episodios de corrupción en Brasil muy en sintonía con la agenda política de estos meses, atravesados por la injusta detención del ex presidente Lula Da Silva. Similar también es la idea de ficcionalizar el presunto asesinato del fiscal Nisman en Argentina. Un artículo aparte llevaría analizar las implicancias políticas de “Narcos” o “El Chapo”, donde se dibujan líneas argumentales plagadas de clichés y prejuicios sobre la sociedad latinoamericana y su vinculación con el narcotráfico. Repetimos: ningún discurso es inocente y menos si proviene del imperio de construcción de lo simbólico más grande de la historia, llámese Hollywood o Netflix.

El binge watching como nuevo género: la narrativa de la succión

La Casa de Papel, la producción española de AtresMedia tuvo audiencias mediocres aquí en 2017 pero se convirtió en un fenómeno internacional inesperado para sus propios creadores luego de que Netflix comenzara a distribuirla. Miles de fotos y memes se han compartido desde entonces en redes sociales producto del fanatismo de los nuevos espectadores, logrando la tan deseada “social currency”. Netflix modificó la serie original, cambió la cantidad de capítulos por temporada, su duración y además espació el lanzamiento de la primera y la segunda temporada para fomentar la conversación y el “fenómeno”. La serie tiene ahora un “formato Netflix”, en el que la tensión se concentra en el final de cada capítulo para empujarnos a ver otro más y favorecer así la dinámica del binge watching. Como lo explica el crítico James Poniewozik “Los programas para internet son algo más que televisión, se convirtieron en un género distinto, cuyas reglas y estética apenas comenzamos a entender”. Así, el teórico define la “TV succión”, donde el espectador se involucrará durante horas con el contenido. Mientras que la televisión semanal tiene éxito provocando intriga hasta la semana siguiente, la televisión por internet depende de lo que el especialista llama “succión narrativa”. Esto modifica la forma en la que se estructura la historia porque cambia los giros argumentales y los puntos de quiebre, así como el final y la apertura de cada capítulo. 13 razones, Mindhunter, Las chicas del cable y muchas otras series tienen el mismo formato porque están cortadas con la misma tijera succionadora. Así, ver una serie de streaming es más parecido a leer un libro porque uno decide dónde empieza o termina pero al mismo tiempo se parece a un videojuego que provoca "atracones" al estilo del CandyCrush. Como los juegos de inmersión, las series Netflix están dirigidas al usuario y buscan absorberlo durante horas. Y como si fuera un juego en red, todos van posteando en las redes sociales hasta dónde llegaron y cada episodio se convierte en un nuevo nivel a descifrar. “Más que con ninguna otra innovación reciente en la TV, los servicios en línea crean un género narrativo nuevo con elementos de televisión, cine y novela pero que a la vez se distingue de todos ellos porque involucra al usuario”, señala Poniewozik.




El medio es el mensaje: la política de la ficción no tiene que ser ficción sobre política

Nadie miraría cinco horas seguidas de noticias. Nadie se pasaría un fin de semana entero contemplando debates presidenciales. Y nadie duraría una noche en vela escuchando discursos electorales. Para eso están las series. Para eso está Netflix. Para eso está internet. La potencia del entretenimiento, en términos gramscianos, supone que el sentido común se reproduce de forma pasiva, sin entrar en contradicción o en entredicho con lo establecido. La narrativa, espejo de nuestra realidad, no supone un contraste directo entre lo que pensamos, decimos o sentimos, sino que pretende reflejarnos, emocionarnos, conmovernos.
Pero en el siglo XXI no hay nada más subversivo que las emociones, el amor, el compromiso. Aquello que te “atrapa”, te “engancha” o te “succiona” y te mantiene en tu casa por horas podría llamarse pareja o podría llamarse Netflix.  Dudosamente podría llamarse política. Sin embargo, mucho de lo que construye el gigante del streaming en esas horas succionadas de la realidad a la ficción sale de la pantalla a la calle, de lo no real a la realidad, de la mentira a la verdad. Como un medio de comunicación más, Netflix marca agenda, pero lo hace desde la subjetividad. No solo refleja la realidad sino que la construye, estudiando el focus group más grande del mundo y las encuestas involuntarias en las que participamos cuando monitorean nuestros hábitos de entretenimiento. Así Netflix construye una agenda política que está entre nosotros: derechos de las mujeres (Alias Grace), narcotráfico (Narcos, El Chapo, La reina del Sur), corrupción (El mecanismo), bullying estudiantil (13 razones porque), amor libre y poliamor (Me, you and her) y muchos de los titulares de los diarios están atravesados por la pantalla más grande de la historia de la humanidad. Nunca nadie tuvo tanta información sobre lo que nos gusta hacer cuando no hacemos nada y nunca nadie se animó a usarla de esta manera. El show ha comenzado y tú eres parte. Las recomendaciones para tí pueden ser una trampa. Cuidado.