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domingo, 5 de agosto de 2018

Todo viaje es político - Un mes sola en China (6): Pekín es más China de la que podés soportar II


---------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 24 de diciembre de 2016, 1:40
Asunto: PEKIN ES MÁS CHINA DE LA QUE PODÉS SOPORTAR (2)
Para: ed_cabrera@gmail.com


Pisé la muralla china. Estuve emocionada todo el trayecto, lloré, me agoté, hablé con vos.
No sé qué contarte sobre la travesía: me tomé un subte desde el hostel hasta un punto equis del mapa en Pekín, me subí a un micro, me subí a la muralla china, la caminé en una especie de trance místico haciéndome todas las preguntas posibles, la escalé más de tres horas con las manos, con las piernas, con la mente y el espíritu y sentí que toda mi vida anterior estaba enterrada ahí.

La tensión entre lo viejo y lo nuevo, entre el pasado y el futuro, otra vez, estalla en mi cabeza. Llegué a la conclusión superadora de que viajar es estar en crisis permanente con lo nuevo y lo viejo. Y que en lo nuevo siempre se resignifica lo viejo y te hace revalorar aquello que dejás atrás como lo conocido y familiar mientras que lo desconocido puede ser estimulante o amenazante pero siempre adelante, siempre en el futuro. El problema es que lo viajeros creemos que lo nuevo siempre será mejor que lo viejo solo por ser nuevo o distinto y nos metemos en lugares exóticos que al final no siempre terminan gustándonos. No sé si hubiera venido a China de haber sabido lo mal que la pasaría, pero tengo que poder decir también que la pasé mal, porque viajar no está bueno todo el tiempo, no es disfrutar todo el tiempo, no es gratificador per se adquirir todo el tiempo nuevas experiencias si no tenés el temple espiritual para asimilarlas.

Y claramente yo no estoy teniendo ningún tipo de temple para asimilar nada.

Esto me generó una catarata de preguntas sobre el valor intrínseco del cambio como lo único que realmente existe y el valor de la tradición como aquello que nos genera identidad pero a la vez nos limita. Estoy en China y leyendo noticias argentinas me angustio. Estoy en un país con pena capital y tengo más miedo cuando abro el celular que cuando miro a mi alrededor. Es verdad, no debería preocuparme por Argentina, como tampoco debería preocuparme por vos, pero realmente no sé cómo hacer para que me deje de importar lo que me importa.

Tengo miedo. Es lo único que sé. Y tengo tanto miedo que hasta tengo miedo de tener miedo. Es la primera vez en mi vida que me pasa y no me siento cómoda, no me hallo, no sé quién soy. Como siempre fui una kamikazee, no sé porque ni a qué le tengo miedo ahora. Quizás sea así: que te deje de importar algo es mutar hacia lo desconocido y eso que no conocés te da miedo. Pero este vacío es inabordable: si ya no sos el que eras cuando te importaba (amabas a) ese algo ¿Quién sos? ¿A quién ama ese nuevo vos? ¿Qué le importa a ese nuevo vos?  Siento que no solo murió la idea que tenía de China sino que también murió con ella la yo que quería venir a China. Ambas están enterrada en la muralla.

Pero prometo: le voy a contar a mis nietos que después de conocer la muralla china tenía más miedo que antes para que entiendan que en la vida todo es caos y confusión.

Hoy me voy de China después de un mes. No comí perro, no me aplicaron la ley marcial, no me violaron, no me secuestraron para una red de trata, no me pusieron droga en la bebida ni me dieron el vuelto con caramelos. Y ya que estaba escalé la muralla china,  vi con mis propísimos ojos el comunismo más grande del planeta y cumplí un sueño que tenía desde 2003, cuando una profesora de geografía me encargó un trabajo sobre las relaciones chino argentinas y me obsesioné con lo absurdo que significaba que China existiese, que fuera realmente algo material, que no fuera una leyenda. Pasaron los años y como toda obsesión la mía no hizo más que crecer.

Tenía-que-ir-a-China.

No me importaba si tenía que ir sola, si tenía que dinamitar mi vida para poder llegar.

Tenía-que-ir-a-China.

En 2012 hice cuentas y era una locura. Ir a China de vacaciones era una locura. Ir a China sola era una locura aún mayor. Pero un día llegué. Menuda mi sorpresa cuando China no solo no me gustó sino que significó una de las peores experiencias de mi vida. Acá conocí el miedo. Y no es que antes no hubiera tenido miedo, sino que nunca me importó, porque la valentía y la osadía me generaban adrenalina, erótica y épica y estaba enamorada del desparpajo de quien se cree inmortal y avanza, contra todo y todos, como un kamikazee (que en japonés, btw, quiere decir un viento o un guerrero suicida). Ese viento, esa fuerza y esas ganas de estar en China me trajeron desde 2003 hasta acá. Y acá quedaron enterrados.

China me cambió porque yo había cambiado en el trayecto entre que quise venir por primera vez hasta que llegué. Pero una vez que estuve acá, China me mostró dos cosas que me aterrorizaron: puedo lograr sola todo lo que me proponga pero no quiero proponerme más nada sola. El ying, el yang, el gato vivo, el gato muerto, el pasado, el futuro, los monstruos, vos, yo, etc. En China pensé cotidianamente en vos, hablé cotidianamente con vos y me reí cotidianamente con vos. Los chinos debieron pensar que estaba loca hablando sola por Pekín, pero lo que no saben es que la única forma de que no me volviera loca fue justamente haber estado con vos todo el tiempo. Vos sos la única garantía que tengo de que no estoy sola porque, me repito, si pienso compulsiva y obsesivamente en vos, estoy con vos.

Pero vos, lamentablemente para mí, tampoco existís.

Entonces: ¿Cómo dejar de amar a algo/alguien que ya no existe? O peor: ¿Cómo aceptar que la idealización que hicimos de ese algo/alguien no se condice con la realidad? Si China existe pero no es cómo me la había imaginado, ¿existe realmente? Si vos no me amás ¿existís realmente? Si el amor es una construcción que es imposible hacer de forma unilateral y vos no me amás o no existís o estás muerto, lo que yo hago amándote es ubicarme en esa misma dimensión y dejar de existir. Pero si te doy finalmente por muerto voy a tener que asumir que tengo que amar a otro alguna vez, porque no estoy tan muerta como vos.

Si vos ocupaste en mi vida el lugar del amor, voy a tener que reemplazarte. De la misma forma en la que si China ocupó en mi vida el lugar del amor, la obsesión, la zanahoria y el motor para que rompa todo por los aires y venga a verla, voy a tener que reemplazarla.

Porque yo sí existo y sí estoy viva. Y necesito otro amor y otra muralla china.

Finalmente así puedo ver que si no me amás no tiene sentido que sigas existiendo, porque los muertos no tienen que ver sólo con la materialidad, sino con las decisiones políticas que uno toma sobre ellos. Y entiendo por fin que fue solo para eso que tenía que venir hasta acá: para aceptar mi soledad frente a tu ausencia y decidir que ya no quiero viajar más con vos, porque eso es viajar sola. Que vos (vivo y muerto) y yo (viva y muerta) somos como el comunismo capitalista chino, una contradicción que ya no quiero entender ni me fascina desentrañar.

Podés morirte de una vez.
Porque a vos también te enterré en la muralla.
Y ya no te amo, ya no existís, ya está.

 


 

Todo viaje es político - Un mes sola en China (5): Pekín es más China de la que podés soportar I

 

 ---------- Mensaje enviado ---------- 
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com> 
Fecha: 14 de diciembre de 2016, 7:41 
Asunto: PEKIN ES MÁS CHINA DE LA QUE PODÉS SOPORTAR 
Para: ed_cabrera@gmail.com


Llegué a Pekín.

No fue trivial: combiné dos líneas de subte en Shanghái para llegar al aeropuerto, me demoré 40 minutos de más por tener que pasar la valija por los scanners, perdí un atado nuevo de cigarrillos, me hicieron dejar 5 encendedores en el embarque, mi vuelo se demoró, me tocó estar al lado de una pareja de chinos muy supersticiosos en el avión que rezaban todo el tiempo, me tomé un taxi al que le indiqué la dirección por señas y cuando me bajé estuve 30 minutos dando vueltas sin encontrar mi hostel en un barrio de todo menos amistoso mientras se hacía de noche. Cuando finalmente anocheció y no tenía ni pálida idea de dónde iba a dormir, lloré. Sola, en Pekín, con 2 grados bajo cero, lloré. Evalué la opción de ir a un hotel carísimo que encontré a unas cuadras de donde debería haber estado mi hostel, evalué dormir en la calle, evalué el suicidio. Y lloré un poco más.

Qué linda la aventura. Qué lindo ser tan joven y pendenciera.

Después me enteré que mi problema es un problema chino generalizado: los hutongs (antiguos barrios que están siendo desplazados por construcciones modernas) están hechos para perderse en ellos. Mi hostel queda ahí, en Building 2, Suzhou Hutong, Dongcheng, Pekín, China.

Cuando finalmente me acomodé y dejé de llorar conocí a un holandés que estaba en el lobby muy, muy indignado con su visita a China. Me contó que era su último día y que odió toda su estadía. Que lo quisieron robar, secuestrar, amputar, asesinar, etc. Como no le creí me mostró lo que iba a publicar en FB sobre su viaje: “Adiós China, aparte de algunas cosas has sido un país horrible con gente horrible. Un viejo rompió una botella y me atacó, logré dejarlo K.O. antes de que sus amigos me pegaran con un palo mientras me ataban. Además fui extorsionado durante una hora por tres tipos que me pedían que les pagara 3000€ o más. Pensé que iba a morir. Amigos viajeros me dijeron que les pasaron cosas similares así que recomiendo a todo el mundo NO venir a China porque maltratan turistas. CHINA I FUCKING HATE YOU.”

Qué comienzo más auspicioso, pensé mientras leía eso y me imaginaba caminando sola por Pekín entre semejantes atracciones. Aunque me relajé un poco cuando el holandés me dijo que lo que más le gustaba de México era Cartagena. Este lugar es peligroso, OK, pero si sos un idiota todos los lugares son peligrosos, sigamos.

Cosas para hacer en Pekín: visitar la Plaza de Tiananmén​ o Plaza de la Puerta de la Paz Celestial, la Ciudad Prohibida, el Palacio de Verano, el Templo del cielo, la gran muralla china.

No hay palabras para describir la monstruosidad de todos esos hitos urbanos. Y hablo de monstruoso para seguir con la metáfora de Gramsci: “Cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, ahí aparecen los monstruos”. Pero más allá del miedo y el agotamiento, lo bueno es que Pekín es todo lo China que vine a buscar: el comunismo se siente en cada una de las estaciones de subte por donde te escanean cuando entrás y salís como si fueras a tomarte un avión, en la entrada de todos los monumentos donde hacen lo mismo, en las calles llenas de fuerzas del orden, en la gente, etc. La ciudad es tirando a gris, a pobre, a lo que uno entendería que debe ser el comunismo (austero, solemne, aburrido) y sumamente arcaica. Sí hay edificios modernos, sí hay rascacielos, sí hay tiendas de lujo y mucho consumismo, pero definitivamente se huele un tufillo soviético como el que uno imagina que se va a encontrar cuando viene a la capital política del comunismo más grande del mundo.

Al tercer día de ver hordas de pekineses con barbijos advierto que hay demasiada policía (¿O serán militares? ¿Cómo distinguirlos?) en las calles. En el hostel me informan que hay “Alerta roja por contaminación en Pekín y otras 22 ciudades” por lo que se limita el tráfico, se controla la industria, se paralizan las obras y se cierran las escuelas por lo menos hasta la semana que viene.

Conclusión: soledad, depresión, ataques de pánico, pena capital, alimentación limitada, frío, sensación de alienación, miedo y alerta nacional por smog.  ¿Tengo que aclararte por qué hablo de monstruos?
Para rematar, un miembro del PCCh (o por lo menos un señor que dijo ser miembro del PCCh) se apareció en mi hostel y me dijo, textuales palabras: "¿Pero vos te creíste lo del comunismo? El comunismo es una idea, no es la realidad". Bien. Vine a China para eso. Vine a China para que un miembro del partido comunista más grande del mundo, con más de 86 millones de miembros, me diga que la parte “comunista” de “partido comunista” es joda. 

Fenómeno. El contradictoriómetro explota y siento el ruido de mi cerebro romperse. Fenómeno.

En estos primeros días acá lloré mucho, pero pude bañarme, salir del hostel y visitar las cosas que quería visitar, entre ellas un Buda gigante en el Palacio de verano. También pude meditar un poco. Le pedí a Buda que me haga salir viva de China. Fue especialmente gracioso ese paseo porque cuando llegué vi un señor que me miraba con cara rara a la entrada. ¿Cómo distingo si un chino me está siguiendo? Son todos realmente iguales. Me fijé en sus zapatillas y lo volví a ver varias veces más en el parque pero por suerte no pasó nada. Miedo, otra vez.

Estoy en China, me repito, creo que es verdad, me digo, te digo, cuando tengo miedo, estoy muy cerca de escalar la muralla china, me cuento, te cuento, una de las 7 maravillas del mundo moderno, dale, dale, estás muy cerca de todo lo que soñaste, repito, repito y eso no hace más que ahondar lo que ya venía conmigo desde que llegué: el miedo. Pero por lo menos logré identificar varios miedos al mismo tiempo y concluí que la mitad del tiempo tengo miedo de perder la vida (porque estoy sola y vulnerable como nunca antes) y la otra mitad tengo miedo de ganar la vida (en el sentido de concretar un deseo que tuve tanto tiempo). Creo que es por eso que tengo miedo de estar muerta sin darme cuenta, de estar viva sin darme cuenta, de estar viva y muerta como el gato del experimento cuántico y de no poder contarle nunca a nadie que vine a China porque no voy a poder salir nunca viva de China. No sé cómo cotizarán en el cielo mis aventuras en China, debe haber una barbaridad de chinos muertos. Tampoco sé si voy a ir al cielo, en fin.

Aquí estoy. China no existe, me decía Marco Denevi en 2005 y aunque muchos tardé años logré venir para refutarlo. Pero no puedo. China no existe del todo. Es una promesa, es una alerta, una amenaza, una potencialidad. Por ahora la China que existe tiene lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo. Es la civilización más antigua de la que se tenga registro y la potencia imperialista de este siglo que recién comienza porque es el pasado y el futuro, lo blanco y lo negro, el ying y el yang en su más pura y absoluta expresión. Por ahora la China que existe es un lugar horrible en el que la gente escupe, grita y fuma sin parar, hace frío, hay smog, los edificios son grises, los chinos hablan chino y comen cosas que no sé que son y probablemente sean perro.

Aunque no creo que piense en perros cuando piense en China, porque no logré ver dónde o cómo lo comían y sigo alimentándome a base fideos, arroz y algo parecido al pollo que compro en los kioscos abiertos las 24 hs. Cuando piense en China voy a pensar en gatos, especialmente el gato de Schordinger, porque todo lo que pienso sobre China tiene el mismo sentido caótico que me genera la física cuántica. Por ejemplo, buscando el cuento “El peligro amarillo” de Denevi que te mandé en el otro mail, encontré este relato del mismo autor, cuyo escueto argumento tiene mucho que ver con los muertos vivos:

“El emperador de China”: Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? -dijo –Durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador. El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan perfecto como su predecesor y la prosperidad del imperio continuase.

Creo que el cuento habla por sí solo, pero por las dudas lo escribo: hasta que China no demuestre ser la potencia que dicen que es, seguirá siendo un país atrasado, hasta que yo no decida que estás muerto, vos no estás muerto y hasta que yo no salga viva de China, nunca voy a poder decir que vine a China.
Mientras tanto, ya reservé la excursión a la muralla y voy en unos días, deseame suerte.
 

Todo viaje es político: un mes sola en China (6)

domingo, 29 de abril de 2018

Todo viaje es político - Un mes sola en China (4): Shanghai es casi China II

 

---------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 10 de diciembre de 2016, 9:44
Asunto: SHANGHAI ES CASI CHINA (2)
Para: ed_cabrera@gmail.com

Shanghái es una mezcla de Ranelagh con La Paz y NYC en quince cuadras de diferencia. Casillas de madera, monoblocks, gente pidiendo, homeless, ropa colgada en la calle, bicicletas con cartoneros, McDonald’s, Forever 21, H&M, Tiffany´s, Cartier, Chanel, Apple. La gente escupe mucho, fuma mucho, grita, no respeta semáforos ni sendas peatonales. Mucha arquitectura grandilocuente al lado de callejuelas sin luz. Hay perros en la calle, no se los comen a todos, parece.  Fea, ficticia, y superficial, Shanghái tiene muy poca ritualidad, muy poco sentimentalismo. Los chinos son muy poco delicados, muy poco elegantes, todo es rústico, tinglado e impostado. En fin, odio este lugar capítulo MMCXVII.

Y además estoy ebria, extrañándote, necesito escuchar música pero no puedo porque no funciona el encriptador de IP que necesito para entrar a YouTube.

En China internet es un lujo caro. Pero: ¿Es que acaso no podés vivir sin internet? Escucho que me pregunta Mao Tse Tung, burlón. China de mierda, respondo mentalmente, comunismo de mierda, dejame tener YouTube, la puta madre.

Ya ves, sigo en contradicción permanente. Es que China es buena y mala con la misma intensidad. Es buena porque es algo que estará en mí para siempre y nadie podrá sacarme nunca porque, a diferencia del dinero o la propiedad privada, las experiencias no se pueden robar. Pero con miedo a morirme a cada paso y sintiéndome más viva que nunca, China me está mostrando cosas que no tenía idea que vivían en mí: el pánico más hondo que experimenté en mi vida y un agotamiento espiritual vinculado a mi soledad. Si sobrevivo, seré “la amiga que pasó un mes sola en China” de todos mis amigos. La chiflada esa que fue a la muralla china a pensar todo de nuevo cuando la derecha conquistó occidente. La que vive para contarlo, una vez más, un país menos.

Pero: ¿Qué hay en China que no hay en otro lado? ¿Comunismo y capitalismo juntos? ¿Caos? ¿Confusión? No lo encuentro. No siento que me estén pasando cosas: ¿Conocer a una venezolana que prefiere tener a su hijo en China antes que en Caracas es algo “anecdotable”? ¿Charlar con una rusa que dice que ser profesora de yoga pero parece una prostituta sirve para un cuento? ¿Dónde está la erótica de haber venido a este país? ¿Solamente en haberlo hecho? ¿En qué radica la magia china? ¿En que son comunistas y capitalistas a la vez? Sí: lo sexy en China está en la transición, en la frase de Antonio Gramsci: “Cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, ahí aparecen los monstruos”.

Eso soy yo y eso es China: monstruos. El pasado (lo viejo que muere) y el futuro (lo nuevo que nace) son a la vez traducidos acá en el pasado (herencia milenaria) como motor del futuro (hegemonía mundial). Y eso se ve en cualquier ciudad china: la velocidad, la potencia, la fuerza de algo que está naciendo desde los escombros de los barrios pobres hacia los rascacielos de los edificios más altos y modernos del mundo. “El gigante asiático se despierta” dicen los analistas que saben que, en la historia de la humanidad toda, China siempre tuvo un papel geopolítico hegemónico y solo estuvo durmiendo. Pero el futuro ya está entre nosotros y China será China porque fue China en el pasado. No es casual, en este sentido, que para presentar el megalómano proyecto ferroviario/marítimo de la “Nueva Ruta de la Seda” que conectará más de 60 países y culminará con un dominio comercial sin antecedentes en la historia moderna por parte de China en 2049 el presidente Xi Xiping haya citado a la antigua ruta que conectaba Asia y Europa hace más de 2300 años. Menos casual es que se haya elegido el 2049, centenario de la Republica Popular China, para inaugurarlo.
El futuro es chino porque el pasado lo fue y viceversa.

Y es así que llegás a la conclusión que la contradicción es el sexo de China: los edificios imponentes emergen al saberse potencia mundial pero desde una ciudad en las que muchos barrios parecen una villa del conurbano bonaerense. Si hasta la lógica urbana es similar entre Shanghái y los barrios pobres del tercer mundo: por toda la ciudad la gente saca parlantes a la calle y se ponen a bailar. Una calle cualquiera, unas diez personas, musiquita y ya. Algunas noches hay baile de parejas pero los mejores son los que bailan solos, como un tai-chi acelerado. Cuando nos conquisten será la primera costumbre que voy a adoptar, bailar porque sí en la calle, fantástico.

No sé, quizás lo que más me seduce de estar acá es simplemente estar acá, quizás no haya nada especial con estar acá más allá de haber logrado hacer algo que soñé 10 años y tildarlo en la lista mental de “been there, done that”. Pero todo viaje es político: en 2003 cuando empecé a obsesionarme con venir porque una profesora me obligó a hacer un trabajo práctico sobre las relaciones entre China y Argentina, China no era la potencia emergente que es hoy. En su momento me fascinó el solo hecho de que China existiese. Pero luego apareció la China de la se habla en los medios como “el gigante asiático”. Y me fascinó aún más. 

Lamentablemente, estoy comprobando que la China que existe es un híbrido que confunde, molesta, desentona. Tanto el comucapitalismo como el capitalismo de estado, el pasado fundamentando el futuro y el futuro fundamentando el pasado son una especie de bomba que no explotó pero que está por explotar. De hecho, en la ruta de la seda que te comentaba antes se encuentra un 75 % de las reservas de energía mundiales, afecta a un 70 % de la población global y se genera un 55 por ciento del PIB mundial. CHACHAN!! 2049: China conquistará el mundo pacíficamente a través del más capitalista de todos los métodos (el comercial) y lo festejará el día que se cumplan 100 años de la instalación del sistema menos capitalista de todos (el comunismo).

Me va a explotar la cabeza, no puedo concebir que el futuro lo manejen unos señores que comen perro, no creen en la democracia y matan gente con rifles (poco se sabe de cuánta gente mata el Estado, pero se sabe que la matan ¡¡¡con rifles!!). A propósito de esto, ayer fui a la casa en la que Mao fundó el Partido Comunista local y es chiquita, bastante rústica y bien conservada, pero está en un barrio muy paquete al lado del Ritz, el FourSeasons y un shopping con Prada, Cartier y Gucci. Confusión no, lo siguiente.

Así que ya ves, de los creadores del papel, la imprenta, la brújula y la pólvora, llega: el comucapitalismo chino del siglo XXI. En el fondo, muy en el fondo, tiene sentido: los chinos inventaron el dinero.

Y hablando de eso, en el supermercado chino en China de al lado del hostel en lugar de darme el vuelto con caramelos como hacen en Argentina, la empleada china me fió los 50 ctv que me faltaban. ¿Los chinos solo fían en China? ¿Los argenchinos son menos confiables que los chinos? ¿Mientras esté en China, yo también soy argenchina? Santo Dios que estás en los cielos, no estoy preparada para esto, no estoy preparada para estar acá, por favor dejame salir viva de China, por favor, por favor.

Fuera de chiste: te extraño. Sé que no debería pero es lo que me sale. Es muy difícil olvidarse de alguien en estas condiciones de caos sobre lo existente. Hablo con vos mucho más de lo que te escribo. Pero pienso: Si la única persona que te hace sentir acompañada está muerta, ¿estás sola?

Idea para cuento en China: pareja de amigos planea un viaje, él se muere y ella decide hacerlo igual, se lleva sus libros y cuadernos y descubre una personalidad secreta de alguien que creía conocer muy bien. Conflicto interno: ¿Estar sola en China hablando con un muerto es estar más o menos sola que estar sola?
Título posible: Con más amor del que sabe que existe.


Todo viaje es político: un mes sola en China (5)

miércoles, 4 de abril de 2018

Todo viaje es político - Un mes sola en China (3): Shanghai es casi China I



---------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 5 de diciembrede 2016, 4:58
Asunto: SHANGHAI ES CASI CHINA
Para: ed_cabrera@gmail.com

WARNING ALERT: Estoy en China. China existe.
El miedo no se me pasó ni un segundo.

Al final me saqué un aéreo porque esperando a Sofi me demoré demasiado y no pude reservar el tren. En el medio me confundí el boarding time de mi vuelo y tuve que correr para no perderlo. Pareciera que en lugar de saber más como viajar sola cada vez sé menos como viajar sola. Pero lo hice. Sola y en un ataque de pánico perpetuo lo hice igual: reservé un hostel en Shanghái, tomé un vuelo hacia Shanghái, paré un taxi en Shanghai, llegué a un barrio oscuro y decadente en Shanghái y finalmente al hostel en Shanghái. Conclusión, estoy en China, China existe. Por si necesitás algo vivo en Shanghai Chi Chen Boutique Hotel, 上海赤忱酒店, No.21 Qiao Jia Road, Huangpu, Shanghai, China.

Estoy en una zona más bien fea no muy lejos del centro pero no recorrí mucho porque los primeros días me abrumó la abulia, sentí otra vez que se me había acabado la nafta para la aventura, que ya no me importaba conocer ni descubrir nada. Pero sí, estoy aquí, estoy en China. Y vivo al lado de un supermercado chino en China donde me compro latas de cerveza para poder escribirte a la noche y no me dan el vuelto con caramelos. Y te escribo con dificultad porque en China no es fácil entrar a los sitios de internet occidentales pero me bajé un encriptador de IP en HK que funciona intermitentemente y para el gobierno estoy en Singapur la mayor parte del tiempo. Pero estoy en China, porque China existe.
Como me tomó unos días animarme a salir a la realidad, en mi período de aclimatación en el hostel conocí a una chica rusa que duerme en mi habitación, dice que es profe de yoga y que detesta a los chinos “porque son todos muy mentirosos”. Vive hace un año acá, dice, así que algo debe saber. Lo raro es que al atardecer se viste como cualquier cosa menos como profe de yoga y sale. Hubo días que no volvió hasta la mañana siguiente. Chan. Eso lo sé porque me paso días en la cama, triste, abrumada, completamente agobiada. Pero tengo que poder. Tengo que poder.
Tengo que poder:


1.    Tener ganas de salir del hostel
2.    Salir del hostel
3.    Tener ganas de tomarme subtes
4.    Tomarme subtes
5.    Tener ganas de caminar
6.    Caminar
7.    Tener ganas de ir a otras ciudades alrededor de Shanghái
8.    Ir a otras ciudades alrededor de Shanghái

Pero no. Tengo que poder pero no. O por lo menos todavía no. Estoy en China, no tengo ganas de nada y estoy completamente agotada de tratar de hacer encajar todo lo que estoy viendo en la idea que tenía de China como “potencia del siglo XXI”. Me consuelo pensando, de todas formas, que si la política es el arte de cambiar las cosas, nada más político que venir de visita a un país que pone en contradicción los principios básicos del TEG de la modernidad. Ver el capitalismo comunista o comunismo chino es lo que vine a buscar en este viaje. Y acá está: es aún más contradictorio que lo que me imaginaba, pero acá esta, el ying / yang en su máxima expresión. Y mientras estoy en China sin poder moverme de mi hostel, gastando demasiada energía en tratar de asimilar que estoy en China, recuerdo que mi obsesión con este país arrancó con un cuento muy breve de Marco Denevi que leí en 2005 llamado: “EL PELIGRO AMARILLO”: Nos dicen que los chinos tienen la piel amarilla, pero nunca hemos visto a un hombre con la piel del color del limón maduro o de la yema del huevo. Se nos dice que los chinos suman miles de millones, pero nadie los ha contado uno por uno. Se nos asegura que los chinos hablan en chino, pero jamás hemos oído que alguien hable en ese extraño idioma. Las cartas que hemos enviado a China no han sido contestadas y nuestros embajadores no han vuelto. En síntesis: el peligro amarillo es una patraña de nuestros enemigos.

De ahí la idea de que China no existiese. De ahí mi fascinación con venir a verla. De ahí mi obsesión con decir: China existe. Porque China sí existe, ahora sí lo puedo decir.

Y muchas cosas sí existen en la China que sí existe: Apple, Prada, Gucci, Forever 21, consumismo, comunismo, chinos que escupen todo el tiempo por la calle, hablan a los gritos, fuman en todas partes, basura, cables, policía, rotiserías que exhiben animales rostizados que no conozco, etc.
Pero muchas otras cosas no existen en la China que sí existe: propiedad privada, democracia, división de poderes, libertad de expresión, libertad de prensa, libertad de reunión, libertad de asociación, libertad de lugar de residencia, libertad de huelga, de manifestarse, de protestar; garantías civiles varias, respeto por los derechos humanos, libertad religiosa, cuidado por el medioambiente, Google, Facebook, Youtube y Twitter.
Para rematar: en mi hostel (que existe) en la China (que existe) hay 4 carteles (existentes) explicando que si alguien me ofrece cualquier cosa en la calle no lo acepte. Bárbaro. A la final China es como el conurbano bonaerense: sucio, peligroso, lleno de misterio y con gente que come cualquier cosa.  

¿Entendés ahora por qué todo me da miedo??

También, hilando fino, me doy cuenta que China me abruma porque es la concreción de un proyecto y un sueño de muchos años que me demuestra de forma escalofriante como nada nunca la potencia del hacer. Estar acá es la materialidad más extrema que lo que me propongo lo concreto y eso, justamente eso, también es un acto político. Lo que no quiere decir que no me muera de miedo a cada paso. Pero lo doy. Doy un paso atrás de otro y camino por China, el país que quiero visitar hace muchos años, aunque eso no me haga feliz en absoluto. Voy a tener que contarle a mis nietos que atravesé sola China para que entiendan por qué después me casé con el primer gil que pasaba y ahora es su abuelo. Lo siento nietos.

Además de los potenciales robos, los potenciales escupitajos voladores y los potenciales policías que me miran con cara de “quién es usted y qué hace aquí si no es comunista y se le nota”, está el tema de la comida. Comer es fundamental. La energía que me falta y se la adjudico a lo mal que estoy, a la soledad, a la depresión o lo que sea nunca la relaciono con el sencillo acto de comer. Muchísimas veces creo que estoy angustiada y en realidad tengo hambre. Y como también tengo miedo de comer perro y no tengo fuerza ni paciencia para lidiar con un supermercado ni mucho menos con un mozo y/o una carta de restaurant lo único que puedo comer son cosas precocinadas y muy berretas que venden en los kioscos 24 hs.

En el país con la tradición culinaria más antigua del mundo yo paso hambre. Ok. Con esto de comer así de mal también tengo miedo de enfermarme. Básicamente tengo miedo de no llegar viva hasta mi aéreo de vuelta a la civilización no china y tengo miedo de volver a existir después de pasarme un mes no existiendo en la China que no existe.

Pero no, más allá del miedo lo voy a lograr: el miércoles que viene me tomo un avión a Pekín.

Again: ¿Cómo carajo llegué acá? ¿Qué me trajo hasta acá?

Voy a repetirme y repetirte lo que decía cuando me preguntaban por qué quería venir: “China es el futuro de la humanidad, quiero haber ido a la metrópoli cuando nos hayan conquistado, quiero haber visto con mis propios ojos el comunismo más grande del planeta para poder decir, cuando no quede vestigio del capitalismo norteamericano al que estamos acostumbrados sobre la faz de la tierra, que yo la ví primero, que yo la tenía re clara”. Pero antes de hacerme la canchera con mis tremendas habilidades geopolíticas tengo que sobrevivir al país que se estima mata más gente en manos del Estado que todos los otros países con pena capital juntos. Y digo “se estima” porque no hay números oficiales sobre las víctimas de pena de muerte en China. Otro miedo más: ¿Escribir mails hablando mal de China desde China estará penado con la muerte?


Tengo frio, hambre y miedo en China.
Si este es el futuro, el futuro es una mierda.

Todo viaje es político: un mes sola en China (4)

jueves, 22 de marzo de 2018

Todo viaje es político - Un mes sola en China (2): HK no es China II

---------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 2 de diciembre de 2016, 2:03
Asunto: HK NO ES CHINA (2)
Para: ed_cabrera@gmail.com



Sigo viva, sigo en HK. Me mudé de hostel dos veces más.

Para la primera arrastré (sola) mi valija por Nathan St, la calle principal de Kowloon que atraviesa la zona continental hasta el Río de las Perlas y llegué (sola) a una zona menos caótica llamada Tsim Sha Tsui. Me hospedé (sola) en las “Chungking Mansions” que, según la WKP “son conocidas como el alojamiento más barato de Hong Kong”. Viví (sola) en esas torres inmensas en las que tuve que hacer (sola) una fila de más de 20 minutos para tomar (sola) el ascensor cada vez que salí (sola) y entré (sola) para conseguir (sola) comida y ver (sola) los alrededores. Dormí dos noches en una habitación con un indio en la cama de al lado, rezando para que no me viole. Por lo menos no dormí sola, cuac.

Espero a Sofi, pero Sofi no llega. Me manda mensajes diciendo que está en Malasia esperando un papel y después viene, pero algo me dice que voy a tener que hacer todo esto sola (sola de verdad). Aún así la espero: no quiero hacer nada sola y todavía me falta casi un mes acá, tengo miedo y angustia, estoy vacía, no deseo nada, no sé qué pensar. Llegué a China pero esto no es China y me siento como dentro de esa paradoja cuántica del gato de Schordinger: el gato está vivo y muerto a la vez hasta que logremos abrir la caja y descifrarlo así como si China no existe y yo estoy en China, yo no existo. Y encima tengo tanto miedo de morirme que estoy más tiempo pensando en mi muerte que en mi vida, así que básicamente estoy viva y muerta a la vez. Tanto decirle gato a Macri para terminar sintiéndome un gato yo. Chan.

Todo este bardo porque HK es China pero no es China. O es China y no es China al mismo tiempo. Y escribiendo eso me doy cuenta que también aplica a la relación que tenemos: te escribo pero no sé si me leés, no sé si querés leerme, no sé si estás, si no estás, si me querés viva o muerta en tu vida.

¿Podés quererme y no quererme al mismo tiempo?
¿Podés existir y no existir al mismo tiempo?
¿Podés querer más algo que no existe que algo que existe?

Empiezo a entender que el sex appeal de esta ciudad radica justamente en el juego de opuestos que propone. Así estoy yo y así está HK: vivos y muertos, solos y acompañados, en China y en no China. Si vos no leés esto estaré sola, pero de todas formas estaré sola, rodeada por miles de millones de hongkoneses que no son chinos pero sí lo son.

¿En qué radica la soledad?
¿Estoy sola pero no estoy sola porque estás ahí leyéndome?
¿HK es China pero no es China?
¿Y China es comunista o es capitalista?
¿Cuántas contradicciones puede soportar el cerebro humano?

En los días en los que viví en las Chungking Mansions, murió Fidel Castro. A unas cuadras de allí hay un bar llamado “Castro’s” al que fui a escribir y beber para y tratar de asimilar que estoy en un país comunista que parece cualquier cosa menos comunista cuando muere el líder del comunismo latinoamericano. En el bar suena Rihanna. Qué difícil todo.

Dos días después logro mudarme de hostel otra vez, ahora del lado de allá del Río de las Perlas, en la isla, donde se respira el aire cosmopolita y cool de ciudad mundo que vende HK, en el barrio de Wan Chai. Paso unos días sin hacer nada esperando a Sofi hasta que Sofi me dice que no viene.

Otra gentileza de Dios para recordarme que existe. Gracias Dios.

Crisis, depresión, etc. ¿Cómo disfrutar de algo que planeaste hacer con alguien cuando ese alguien te abandonó? ¿Mejor sola que mal acompañada aplica también en el país con mayor población del mundo? Nota mental: no creas mucho en lo que te dicen rubias que conocés por internet.

En la desolación por haber sido abandonada le pido al bartender que me drogue. Voy meses sin drogas y está bien, pero esto es demasiado: estoy en una ciudad que me parece horrible, me acaba de plantar una rubia, tengo que afrontar otras tres semanas en un país donde no se habla mi idioma, con pena capital y uno de los sistemas comunistas más cerrados y opresores del mundo. Necesito drogarme.

Pero además de drogas voy a necesitar tomar: la decisión de que no me importa que una persona en la que confié me haya dejado plantada, algunos subtes y colectivos para ir a sacar mi VISA para entrar finalmente a China y un tren de alta velocidad para llegar a China. Todo eso lo voy a tener que tomar sola, pero primero lo primero: llegar al bar de polo argentino fake y drogarme. Alex (el bartender con acceso a drogas), me lleva a un callejoncito, me convida marihuana y nos internamos en una especie de cervecería artesanal cool.

Estoy drogada en Hong Kong. Así se debe sentir ser joven. Wow.

Después de dos cervezas Alex me sube a un taxi, le dice al conductor el nombre de la estación de subte más cercana a mi hostel y cierra la puerta. Entonces ahora estoy drogada y sola en un taxi en Hong Kong de madrugada. Tengo mi primer ataque de pánico. No tan wow.

Bueno, pienso, es oficial, este el último día de mi vida. Morirme tendría sentido, pienso, pero deben ser las drogas, pienso, este tipo puede hacerme lo que quiera, pienso, cuáles son las probabilidades de que sea un violador, pienso, estoy en la mitad de la nada, pienso, mi cuerpo puede evaporarse, pienso, qué necesidad tiene de no descuartizarme, pienso, si podría dejarme tirada en cualquier lugar y pasarían años hasta que alguien me encuentre, pienso, como sucede dos por tres con las mujeres que viajan solas, pienso, mientras atravieso Hong Kong drogada. Es el fin, es el fin.

Pero no. Finalmente el buen hombre me deja en la estación que el Alex le dijo y tengo que seguir viviendo. Maldición.

El Google Maps no funciona o funciona mal y no puedo ubicar mi hostel. Camino cuatro, cinco cuadras desde la estación hacia una dirección, pero la puerta no aparece. Estoy drogada, estás drogada, Leticia, es obvio que el hostel queda para el otro lado. Camino entonces las cuadras que caminé hasta la estación y otras cinco cuadras para el otro lado. 3 AM de la mañana de un día cualquiera en Hong Kong y estoy drogada, borracha, potencialmente violada y descuartizada, completamente sola, abandonada por la rubia, por todos los novios que nunca tuve, por todos los padres que confiaron demasiado en mí y por todos los amigos que creyeron que estaba lo suficientemente loca como para viajar sola pero llego al hostel después de caminar 40 minutos en redondo.

Me duermo con la ropa puesta, rezando otra vez.
Nunca en mi vida tuve tanto miedo.
En 48hs pisaré China.

Todo viaje es político: un mes sola en China (3)

lunes, 25 de diciembre de 2017

Todo viaje es político - Un mes sola en China (1): HK no es China I



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De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 27 de noviembre de 2016, 10:45
Asunto: HK no es China
Para: ed_cabrera@gmail.com

Te escribo desde el Mc Donald’s en Mong Kok, Kowloon, el barrio menos occidental de HongKong y uno de los más poblados del mundo. Tengo miedo, mucho miedo. Mucho más miedo del que pensé que tendría alguna vez. 

Desde el aeropuerto tomé un micro que viene directo a esta zona, una mezcla bizarra de Once con Constitución pero plagada de chinos. ¿Son chinos los hongkoneses? Creo que no, creo que preferirían ser cualquier cosa menos chinos. Caminé cuadras y cuadras hasta dar con el edificio gigante en el que unos letreros kilométricos informan las cosas que hay dentro. Mi hostel es el AppleInn MongKok y queda en la Unidad 1301, piso 13, Sun Hing Building, 607 Nathan Rd, Mong Kok.

Qué manera de flashearla, amigo: hace más de 10 años que soñé con llegar a China y pareciera que es cierto, pareciera que estoy en China. Pero HK no es China sino un enclave colonial británico y se nota con mucha rapidez la impostura, la occidentalización, la contradicción, la tensión entre lo que es y no es o entre lo que debería ser y no es.

Por lo menos ahora tengo internet en el Mc Donald´s este y puedo escribirte, porque encima cometí el error de reservar el hostel más barato de HK, en el que no hay wi-fi ni ventanas ni cocina ni duchas. Ahí encerrada como una presa me di cuenta de algo tremendo: no quiero viajar más sola, no quiero otra vez afrontar todos los desafíos de la aventura, no tengo más nafta. Por suerte en unos días llega Sofi, la chica que conocí en el foro de viajeros que dijo que se sumaba a mi mes por China y ahora está en Malasia. Mientras tanto estoy paralizada, no quiero, no puedo y no sé hacer nada sin ella. Media vida viajando sola para ahora necesitar una niñera.

Bárbaro. Parece que no existe tal cosa como el progreso o la evolución. Bárbaro.

Caminando un poco pude ver que HK está dividida en dos: la isla (más cosmopolita) y el territorio continental (donde está mi hostel). En conjunto es una ciudad megalómana, llena de occidentales, con arquitectura colonial inglesa y escaleras mecánicas incrustadas en calles súper empinadas. Anduve por el centro, por una esquina llamada “de las estrellas” donde hay murales de Frank Sinatra, crucé el Río de las Perlas en el ferry turístico, miré la skyline de un lado y del otro, etc. Conocí a un brasileño que vive en Shanghái y dice que prefiere “el caos chino” a HK porque le recuerda el caos latinoamericano y a un español con el que fui a conocer al buda gigante de la Isla de Lantau. También charlé con una venezolana que se autodefine como "cantante" que dice estar embarazada de otro músico que conoció acá y que prefiere tener a su hijo en Chengdu (la provincia china conocida por los osos pandas) que en Caracas. ¿Será prostituta? ¿Será cantante? ¿Le pagarán los hoteles de Chengdu a cantantes venezolanos? Demasiadas preguntas para tan pocos días. 

Igual si hubo algo que me shockeó fue que en el paseo por la rivera del río que hice el día que llegué encontré a un cantante callejero disfrazado de Wally. Sí, Wally, de “¿Dónde está Wally?”, ese que todos estamos buscando sin siquiera saber que lo estamos buscando, perdido (o escondido) en el país más poblado del mundo. Repito: el primer día en China encontré a Wally, no puedo más de la confusión que tengo. Pero ya me habían advertido que China no iba a ser fácil de comprender: el día que ganó Trump estaba en Tokyo y uno de mis compañeros de cuarto resultó ser chino. Charlando sobre el sistema político de su país me dijo algo que nunca me voy a olvidar: "Quizás el problema del capitalismo sea la democracia". What? Bueno, heme aquí rompiendo todos mis esquemas y prejuicios, en el país comunista más grande del mundo lo único que veo es capitalismo y lo único que siento es miedo.

¿No se supone que este es el estadío superador de la humanidad?  ¿No era que el miedo me lo tenían que dar los carteles de drogas, las mafias, la trata de personas y otros vicios del corrompido sistema capitalista?  Bueno, no. Lo que sigue después de la opresión del hombre por el hombre es el pánico. Aunque trato de calmarme pensando que en realidad no estoy en China, porque HK no es China: es occidental, es colonial, es británico, es asquerosamente capitalista y consumista. O quizás eso también sea China China, veremos.
En el medio de mi debate sobre el ser y no ser conocí a un bartender argentino que trabaja en un bar cuyos dueños son unos singapurenses que viajan por todo el mundo copiando "bares temáticos" y armaron uno con la argentinidad. Te venden el churrasco, el fernet, el polo, las boleadoras, etc. Fake, todo fake salvo Alex, el bartender, al que trajeron directamente desde Buenos Aires y vive en HK hace meses pero no habla media palabra de chino. Argentinos en HK: vaya cosa que necesito para atravesar este ataque de pánico permanente en el que me encuentro.  El bar queda en la zona más cool de la ciudad (la isla), donde no entendés si estás en Londres o Amsterdam y te sorpendés al encontrar demasiados restaurantes argentinos: Gaucho, La Pampa, Picada, Tango Central y Buenos Aires Polo Club, en el que trabaja Alex y queda en 7th Floor LKF Tower, 33 Wyndham Street, Central, Hong Kong.  Mi hostel obviamente está muy lejos de ahí, mi hostel me da miedo, el barrio de mi hostel me da miedo, la gente que vive en mi hostel me da miedo. Yo adentro de ese lugar me doy miedo.

¿Cómo carajo llegué a China? ¿Por qué se me ocurrió que era buena idea venir sola?
Probablemente me haya agrandado y pensado que soy mucho más valiente de lo que realmente soy.
¿Valiente viene de valor?
¿Qué valor tiene la valentía?
¿Qué valor tiene hacer cosas difíciles de hacer?
¿Una persona con ataques de pánico es valiente?
Siento que “valiente” es como "madura": una especie de cumplido o piropo que en realidad no es más que una forma sutil de decir "rarita".
¿Por qué quiero ser rarita y no hice el viaje que hacen todos por el sudeste asiático y me vine sola a China?
¿Por qué quiero venir a China hace años?
¿Cuánto vale una obsesión?
¿Cuánto vale la realidad sobre la idealización?

La noche que nos conocimos Alex me llevó a varios bares occidentalisímos, muy lejos de la fantasía que podría tener sobre China. Conocimos a algunos de los chefs y encargados de los restaurantes argentinos bebimos, bailamos, etc. Estuvo divertido hasta que tuve que tomarme un taxi para volver a mi barrio turbio y para eso hubo que mostrarle la dirección al taxista en el teléfono y rezar.
Llegué a Kowloon casi de día y me dormí rezando.  
Rezar quita el miedo, pero solo un poco.

 
Todo viaje es político: un mes sola en China (2)

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Exilio for dummies

Para Notas Al Pie



No das más, no podés vivir más así. Le dijiste a todo el mundo que si ganaba Macri te ibas del país. Así de determinado sos, así de idealista, de principista, de arrebatado, qué genial. Te vas a ir del país. Tenés amigos en México, parientes en Madrid, una ex novia que está flasheando kiwis en Nueva Zelanda. Fantástico. Alguno de ellos te tiene que hacer la segunda. Vos te vas, vos te fuiste, chau.

En julio de 2014, haciendo gala de una increíble clarividencia política, vaticiné: “Gana Scioli, cumplo 30, me voy a la mierda”. Pues bien, cumplí 30, renuncié a cuatro trabajos, levanté un departamento entero, le grité desnuda a un tipo que estaba enamorado de mí que me iba a ir sola, reduje mi placard y mi biblioteca a 40 kilos y me fui del país. Pero Scioli no ganó. Fue peor, todo siempre puede ser peor.

Dieciocho meses y cinco países después escribo lo que ningún blog de viajes te va a contar nunca: las cosas horribles que te van a pasar cuando te autoexiliás. Son todas un bajón pero, aún así, como la explicación de “por qué te tenes que ir de la casa de tus padres” cuando sabés que “te tenés que ir de la casa de tus padres”, la explicación de “por qué te tenés que ir del país” es la explicación de “por qué te tenés que ir del país”. Es decir, inexplicable. Anda y hacelo: la experiencia es intransmisible. Andate de la tibia comodidad del “malo conocido”, de la casa de tus padres y de Macrilandia. Después, tratá de contarle el peronismo a un austríaco, hacé un cuadro sinóptico en alemán sobre cómo funcionan los medios en nuestro país, juntate con un cordobés en Sydney que te diga que está contento porque no hay más cadenas nacionales.

Andá, hacelo, sé libre.

Pero preparate, te van a pasar cosas que nunca te pasaron antes, así que no vas a saber cómo reaccionar. Probá llorar.

Batallas


No perdés nada, te van a decir. Mentira. Perdiste. Peor: renunciaste. Porque renunciar no es perder, es peor. Creés que podrías haber ganado, pero esa batalla ya no es tuya. Que la gane otro, suerte. Renunciaste a tu trabajo, a la comodidad de lo conocido, a lo mismo de siempre. Eso ya no te interesa, esa ya no es más tu guerra. Pero, aunque no perdiste, si renunciaste era porque estabas jugando(te) algo, eras parte de algo, pertenecías. Ahora tu batalla va a tener que ver con pertenecer a otra cosa, a otra parte, a otra verdad. Y toda la energía que gastes en seguir perteneciendo a tu lugar de origen no la vas a poner en el lugar donde estás viviendo. Porque aunque estés viajando, estás viviendo en alguna parte. Según la Real Academia Española, el “exilio” es ese lugar donde viven los exiliados. Eso quiere decir que los exiliados (los que renunciamos, los que nos fuimos) vivimos todos en el mismo limbo. Ese no-lugar en el que vas a vivir se construye de pedazos de cosas de varios lugares a la vez, o de todos los lugares a la vez.

Podés seguir perteneciendo a un lugar donde no vivís en 2017, podés tener novios virtuales, relaciones a distancia, vía mails, chats, skype, facetime. Podés, pero no necesariamente vas a querer. Por algo te fuiste en primer lugar. Entonces, primero vas a renunciar y después vas a perder. No vas a estar para el cumpleaños de tu hermano, para el parto de tu amiga, para cuando tu mamá cobre su primera jubilación, para la boda de tu prima y un montón de ocasiones más. Te va a doler. Vas a extrañar. No vas a saber qué es lo que extrañás porque no la pasabas bien, no era tu lugar, había algo que no estaba bien. Pero vas a extrañar, una barbaridad. Entonces te vas a involucrar con algunas noticias, algunas novedades de la revolución de la alegría, y te van a decir “Pero no te hagas problema a XXX de distancia, vos no podés hacer nada allá”. Mentira: te podés preocupar. Y ahí un descubrimiento maravilloso de abandonar cosas: que te deje de importar lo que te importa es tan imposible como que te importe lo que no te importa. No lo intentes, es energía perdida al pedo. Entonces vas a extrañar y te va a doler. Todo. Si te dolía acá te va a doler donde estés. Porque al mismo tiempo que vos perdés referencia de donde estás (estás en el exilio, no estás en ninguna parte), el lugar de donde venís se transforma a velocidades asombrosas (y destructivas) (y neoliberales) (y represivas). Entonces, el dolor de haber abandonado algo no necesariamente es igual a haberlo perdido (no es lo mismo irse a que te echen) pero sigue doliendo. Todo te va a doler: el ajuste, la represión, los despidos, la censura. Además, te van a llamar por teléfono y te van a contar los problemas reales que le trae a tu círculo las medidas del macrismo. Probá no atender, a ver cómo te va.

Uno de los mayores miedos que tuve durante este viaje fue que al volver, mis amigos y parientes “me cobren” no haber estado acá durante el primer cimbronazo neoliberal. Tenía pánico de que me tomen como alguien menos afectado que ellos por lo que el gobierno hizo con el endeble Estado de bienestar argentino. “A vos qué te importa, si total te fuiste” y “Claro, es fácil opinar estando afuera” se mezclaron en mi bandeja de entrada mental con “Qué bien la hiciste” o “No te puedo explicar cómo te envidio”. Todavía me pregunto qué envidian y por qué no pueden hacer lo que envidian que hice. Sólo hay que hacerlo. Y atenerse a las consecuencias.

Distancias

La distancia no existe, la inventás vos. Si querés, si podés, si te dejan. No se puede estar en un solo lugar en 2017. Estamos todos juntos todo el tiempo. Nuestra generación no conoce tal cosa como el arraigo. Somos nómades virtuales hace años y pasar al nomadismo real no nos cuesta demasiado. Pero si Internet nos posibilita la comunicación permanente y la selección de realidades a de las que queremos participar, ¿para qué molestarnos en salir de la zona de confort que brinda nuestro smartphone? porque la realidad virtual también se te trastorna cuando estás lejos de tu país de origen.Y eso es lo que estás buscando yéndote de tu país de origen: trastornar todo. Cuando “vivís afuera”, esa disociación entre real y virtual se duplica y cuánto más tiempo pases colgado de Internet más tiempo vas a relacionarte con el mundo que dejaste atrás. Es más fácil cambiar de país que cambiar de consumos digitales. Es más fácil trabajar en otro idioma que deshabituarte a tus apps preferidas. Es mucho (mucho) más simple hacerte amigos de todas las religiones y nacionalidades en la vida real que dejar de consumir noticias argentinas.

Desde la campaña 2015 me acostumbré a leer el muro de Facebook de Macri y los comentarios de los fans. Es un deporte extremo para un peronista. Estaba a 15 mil km de Argentina y aún así lo seguía haciendo. Lo mismo puede aplicarse a los conocido de siempre: durante el primer año del gobierno PRO esos comentarios oscilaron entre reacciones de enojo, ira asesina, resignación y convocatorias a manifestaciones de todo tipo y factor. No estamos ahí pero sabemos que pasan cosas que nuestros amigos y parientes se encargan de manifestar online. A eso hay que agregarle los chats, las conversaciones telefónicas, los mails. La distancia dejó de existir pero a la vez vos estás lejos ¿Cómo podés evidenciar lo lejos que estás? Cuando finalmente sentís que alguien te necesita. Ahí sí que no estás; ahí sí que hablar por teléfono no sirve; ahí sí, olvidate de toda la fibra óptica del mundo. Durante mi viaje se murieron las madres de dos amigos queridos, otros se separaron y a otros los echaron del trabajo. Frente a eso grabé audios de Whatsapp, escribí, chateé, chateé, chateé más y más y más. Y me sentía lejos igual. El sobreestímulo digital que padecemos y gozamos al mismo tiempo se te viene en contra cuando estar lejos es realmente estar lejos. 

Y ni hablar si estás enamorado. La distancia convierte a los amores en dinamita. Los incendia por la ausencia, los enaltece por el misterio de lo inalcanzable. Por favor: no te vayas de viaje si estás enamorado de alguien. No solo no te lo vas a olvidar, sino que probablemente vayas a redoblar la apuesta a través de vías digitales. O peor: probablemente termines volviendo más enamorado de lo que te fuiste y la persona simplemente te diga que quiere ser tu amigo, que cómo te vas a confundir chats con otra cosa, por favor. 

Códigos: sufrir vs. disfrutar y disfrutar sufrir

Warning Alert: la tilinguería porteña te va a decir que “disfrutes” porque, como te fuiste de Buenos Aires, todo es maravilloso todo el tiempo. ¡Ay, Buenos Aires! esa secta, ese ghetto, esa cloaca infecta de cocainómanos con los que se acostaron todas mis amigas y después le contaron a otras amigas que conocían otra gente que también se había acostado con ellos antes. Qué cosa hermosa la endogamia y la promiscuidad de los ambientes porteños. Y ese cinismo de sobreeducados, sobrepsicoanalizados, sobreinterpretados, que consumen irónicamente su propio consumo irónico del consumo no irónico del no consumo. Quieren ser París, quieren ser NYC, quieren ser, aunque sea, Sao Pablo. Quieren ser de todo menos porteños. Tienen la fantasía de que si no hubieran expulsado a los ingleses ahora serían Australia. Siempre añorando, siempre culpando a la generación anterior o a la precedente, siempre echándole el muerto al partido político contrario o a los pobres, o a los oligarcas, o a los gorilas, o a los peronistas. Siempre mal. Cuanto peor, mejor.  Pero mal, siempre mal. “Te fuiste de un lugar donde todo el mundo se quiere ir y nadie se anima”, me dijeron. Voilá. La espiral neurótica es viejísima: quejarse y sufrir, quejarse y sufrir y quejarse y sufrir. Por definición el porteño sufre de vivir en Buenos Aires pero no puede no vivir en Buenos Aires. Entonces, vas a salir al mundo exterior con algunas variables que vas a tener que modificar: en principio, no todo lo que no sea Buenos Aires es divertido y alucinante. Por el solo hecho de irte de la casa de tus padres tu vida no va a ser color de rosa. Eso es un razonamiento adolescente. El problema es que afuera de Buenos Aires el porteño también va a necesitar sufrir para vivir o, mejor dicho, va a disfrutar-sufrir. Recordemos que sufrir es un valor y pasarla mal está bien visto al punto de competir en la mesa familiar sobre cuál es la peor tragedia entre los comensales.

Finalmente, tras unos meses de no entender por qué la gente en otras latitudes no disfruta del masoquismo sino que tiende a querer pasarla bien, vas a caer en cuenta de algunas verdades dolorosas para un porteño medio: Estresarse está sobrevalorado. Sufrir está sobrevalorado. Pasarla mal está sobrevalorado. Ser cínico es facilísimo en la era de la posverdad. A lo que hay que animarse es a ser entusiasta, optimista y, sobre todas las cosas, a no disfrutar del sufrir. De los códigos porteños, ese fue el que más me costó sacarme de encima. Con Macri, esa tendencia se ve agudizada por la sobreabundancia de motivos reales para pasarla mal, sin contar la catarata de malas noticias que brindan los medios masivos de comunicación, sea los que hablan mal del gobierno actual como los que hablan mal del gobierno anterior. Sufrir en la era Macri es, como mínimo, esperable, aún cuando no se trate de personas que gozan de un masoquismo extremo como los rioplatenses. Entonces vas a empezar a desentonar el triple: no solo ya no querés pasarla mal sino que, al no vivir una realidad agobiante como la que propone el gobierno de los CEOS, no vas a tener más motivos que el común de la gente del universo para sufrir. Cómo vas a volver a juntarte con tus amigos o parientes después de ese cambio de esquema mental y sentir que pertenecés, problema tuyo.
Códigos: adicción al enfrentamiento


Junto con la vanidad del sufrimiento, después de un tiempo fuera de la madre patria te asombrará la violencia y agresividad con la que los porteños demuestran afecto e incluso dudarás de que eso sea afecto. Hacés bien: probablemente eso no sea afecto sino más bien neurosis y muchas, muchas ganas de pelear (porque sí). Ya sea por el asunto futbolístico, la lucha de clases, el peronismo  o cualquier otra antinomia posible adoramos el conflicto, el enfrentamiento, la violencia simbólica, política, verbal, intelectual, física, etc. Basta ver cualquier foro de cualquier diario para evidenciar esa tendencia o la guerra de guerrillas digitales que instalaron los “call center” del PRO a través de su estrategia de comunicación. La famosa grieta no es más que una expresión de una idiosincrasia muy particular que combina un permanente resentimiento con ansias de demostrar que el otro es inferior o está equivocado. Me habían advertido que las reuniones, relaciones y conversaciones se crisparon más y más con la llegada de Macri al gobierno, dado lo impopular de muchas de sus medidas. Sin embargo, cuando volví al país después de un año y medio de viaje, el común de las conversaciones de mi círculo normal de gente me resultaron violentas. Parte del código que perdí también es ese: cuando quiero expresar afecto expreso afecto y cuando estoy enojada estoy enojada. No estoy enojada porque te quiero, ni te quiero porque me hacés enojar. Con una muerta por día en casos de violencia de género no me parece menor esta observación. Los porteños tenemos una tendencia muy marcada a la agresión como forma de comunicación que se diluye a medida que nos vamos alejando hacia el interior y se desvanece por completo como forma de relación cuando viajamos a otras latitudes. Por algo nos detestan en todo el mundo: somos cancheros, soberbios, gritones, maltratamos a la gente, nos creemos superiores y sobre todo agredimos, luchamos, peleamos por todo, todo el tiempo.




Lo que más me gustó de dejar de vivir en Buenos Aires fue, curiosamente, lo que más me gustó de dejar de vivir en mi violenta casa materna: no tener que discutir todo el tiempo para satisfacer mis necesidades. Dejé de putear al colectivero, al kiosquero, al vecino, al transeúnte, al gobierno, a la policía, a mis colegas, a los parientes y a mis amigos como dejé de putear a mi madre porque no me dejaba vivir en paz. Dejé de ser adolescente, dejé de quejarme, dejé de pensar que afuera de esa casa se vivía mejor porque esa casa era el peor de los infiernos. Ya puedo decir que “viví afuera”, como le gusta decir a la clase alta porteña: afuera de Buenos Aires, afuera de Argentina, afuera de América, afuera de la caja, afuera de mi zona de confort, afuera de occidente, afuera del capitalismo y afuera del área de cobertura. Lo loco es que sigo siendo tan o más peronista que como cuando me fui, aunque ya no discuta sobre política, ni milite en ninguna organización, ni vaya a votar por nadie en octubre. Hay cosas que simplemente no cambian, más allá de las bombas, de los fusilamientos, de los genocidas con 2×1 y la mar en coche.

¿Volver? Podría ser, de visita.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Año Nuevo en Tokyo






El leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo.
Proverbio Chino.

Tienen que ser pares, las veces que hago las cosas. Si me lavo las manos, si me cepillo los dientes, si enjuago una taza. No puedo hacer nada una sola vez. Tiene que estar todo en equilibrio, en un orden simétrico y par. Si no no sirve, no sirve. No se ordena el cosmos. No se ordena.  
Sé que no es mi responsabilidad ordenar todas las cosas, pero es mi propio universo el que tengo que ordenar. Así fue que me enamoré. Del orden. De ella. De ella alabando el orden japonés. Había escrito tres crónicas porque había pasado tres semanas en Japón. Entonces fueron solo tres mil palabras. No me gustan los números impares. Tienen que ser pares, las cosas, los números, las veces que hago las cosas tienen que ser pares. Para poder calmarme, para ordenar.
Así fue que me enamoré. Cuando me gustaron sus tres mil palabras ordenadas en tres columnas porque pasó tres semanas en Japón. Lo escribo dos veces. Para que esté ordenado. Pero ella desordenó y ordenó al mismo tiempo. Eso es el amor, creo yo. Cuando el cosmos se ordena. Cuando los planetas parecen alineados de pronto.
Me gustaron sus tres mil palabras y me gustó ella, me gustó que considerara el orden como algo bello y me gustó que hablara de mi enfermedad con tanto cariño. Que no la describiera ni siquiera como una enfermedad, que viera en mi trastorno algo digno de admirar, o por lo menos digno de retratar.
Entonces me enamoré de Japón enamorándome de ella. Inesperadamente, como suele pasar. Nunca me imaginé que yo, que no puedo esperar un colectivo por la ansiedad, que muevo la pierna todo el tiempo, que masco chicle y me como las uñas sin parar, que no uso ascensores y que nunca tuve siquiera la fantasía de subirme a un avión (por pánico, por pánico) pudiera aventurarme a amar a alguien.
Pero ella lo logró. Publicó esas tres crónicas en un portal que leía regularmente y tuve que escribirle. Agazapado atrás de mi computadora, curioso por saber quién era, qué le gustaba hacer además de viajar y escribir. Curioso por su amor por el orden. El desorden vino cuando me contestó. Porque me contestó uno y cada uno de mis mails durante más de un año. Y cuando noté que me daba taquicardia de solo reelerlos, cuando me despertaba súbitamente a las 3AM y su contestación había llegado dos minutos antes, cuando pasaba horas releyendo esas palabras que me habían cautivado desde la primera vez, me animé a contarle a mi único amigo, que en realidad era mi primo, que la amaba.
“No te podés enamorar de alguien que nunca viste”, me dijo Ramiro y me ayudó a buscarla en redes sociales, aunque sea para que viera una foto. Pero no la encontré. No existe. No existe mi cronista japonesa, es obra de mi imaginación, pensaba frustradísimo. Y ahí lo entendí, no importa. Para ver tengo las infinitas webs porno y los millares de sitios de citas tapados de fotos de trompitas y escotes.
Pero ella me hace imaginar y ese es el afrodisíaco más potente del mundo.
Pero ella me hace imaginar y ese es el afrodisíaco más potente del mundo.
Si estar enamorado en general es un problema, estar enamorado siendo un obsesivo es un problema a la N potencia. Y digo N porque no es posible identificar la magnitud del agrandamiento que se produce sobre el objeto amado cuando uno ya de por sí tiene una tendencia a agrandar las cosas. Y asumo que con “agrandar” Uds. van a entenderlo, porque en realidad para un obsesivo no hay tal cosa como agrandar o achicar, las cosas tienen el tamaño que tienen, básicamente todo el tamaño posible. Para un enfermo como yo, el “algo” con lo que me obsesiono pasa a adquirir el tamaño de mi cerebro y me impide pensar en cualquier otra cosa.
Me asusté. Me asusté con mi propia obsesión por ella. Creí que iba a espantarla al punto de que me denunciara a la policía con mi catarata de mails. Pero aunque sabía que era inofensivo, sabía también que podía dar la impresión de no serlo, de estar al borde de la locura, como el asesino de John Lennon. El problema era que ella no parecía asustarse, lo cual la convertía o en una periodista demasiado atenta con sus lectores o en una obsesiva como yo. Eso me llevó a una encerrona imposible, tenía que ver cómo reaccionaba ante mí para poder entender si estaba enamorada o no. Llegué a un punto en el que tampoco sabía qué me daba más pánico en realidad, no es conveniente para obsesivos enamorarse de obsesivos. Pero no pude soportar la intriga y se lo propuse. Pasó casi un año desde que leí sus crónicas hasta que se lo propuse, pero se lo propuse. Pasaron más de 400 mails donde nos enamorábamos lentamente, hasta que se lo propuse, pero se lo propuse.
Y cuando le dije que quería verla, ella subió la vara, como siempre. Tenía que desafiar mi status quo una vez más.
-Pasemos año nuevo en Tokyo -me escribió- y ahí nos encontramos para conocernos.
El orden del desorden. El desorden del orden. El BigBang. El amor.
Estuve varios días sin dormir después de ese correo y pasé varias semanas sin contestarle. No podía subirme a un avión, no podía. El trastorno obsesivo que ella vanagloriaba de los japoneses era lo que me avergonzaba, me empequeñecía, me volvía absolutamente discapacitado.
-Te invité a tomar una cerveza, no hace falta que vayamos a Japón, me alcanza con tus crónicas- esbocé tímidamente para tratar de persuadirla.
-La experiencia es intransmisible-replicó- es como la diferencia entre la palabra “beso” y un beso de verdad, avisame cuando estés listo.
Pasaron 4 años desde ese último mail.
Nunca lo respondí, nunca más volvió a contactarme.
La perdí.
No pude, no pude.
La perdí.
Pero acá estoy, solo en el aeropuerto, esperando para hacer el check-in rumbo a Tokyo. Gracias a estas crónicas entendí que mi enfermedad podía significar algo hermoso, gracias a estas crónicas me enamoré. Gracias a estas crónicas empecé un tratamiento. Gracias a estas crónicas me estoy subiendo a un avión por primera vez en mi vida aunque sea con ataques de ansiedad, pánico y sudores fríos.
Tengo que releer estas tres mil palabras sobre Japón y agradecerle a ella, donde quiera que esté, haberme puesto entre la espada y la pared así. Supongo que ya no la amo, aunque esté haciendo lo que me dijo que haga, aunque esté haciendo lo que nunca pensé que haría gracias a ella.
Sigo buscando el orden en el cosmos.
Aun cuando sé que es imposible.
Aun cuando las estrellas sean incontables y probablemente impares.
Probablemente.
Trastorno
Sos un analfabeto.
No podés comprender absolutamente ninguna de las palabras, letras, números de absolutamente ninguna de las cartelerías de absolutamente ninguno de los negocios de absolutamente ninguno de los tipos de negocios posibles.
Sos un analfabeto absoluto.
Todo es confusión (y luz).
Todo es confusión (y luz).
Todo es confusión (y luz).
Pero este lugar está lleno de negocios, con sus cartelerías, sus números, palabras y letras. Y hay 50 líneas de subte. 50 literal. Todas en japonés.
Día 1 en Tokyo.
Gonzalo me pide que nos encontremos en un lugar cuyo nombre es ininteligible. Es el barrio céntrico de Akasaka. Descubro que mi hostel queda más lejos de lo conveniente para ser una turista full time: tengo que tomarme tres líneas de subte para llegar al centro. No puedo, en lugar de a Akasaka llego a Asakusa, en la otra punta de la ciudad. Comienzo a caminar sin sentido aparente, miro mi Google Maps y está en japonés, miro los carteles de las calles y están en japonés. A mi alrededor solo hay japoneses. Estoy en Japón pero no puedo encontrar ningún punto turístico para visitar porque no leo japonés. Gonzalo ya sabe que no voy a llegar porque no estoy ahí a la hora que me dijo que esté, pero en realidad nunca pude avisarle porque, además, no tengo conexión a internet. Tengo mi primer ataque de pánico. Estoy completamente loca, pienso.
Camino sin rumbo ni sentido hasta que llego a una avenida inmensa que da a un parque con un tori (arcada) elevado y escalinatas. Entro “a ver qué hay” con un completo desconocimiento geo- espiritual y sin la más mínima certeza de dónde estoy ni dónde estoy yendo. Una metáfora absoluta de mi situación cósmica-espiritual. Pero en japonés. Estoy completamente loca, pienso. Sí, pero tengo que llegar a alguna parte.
Entro al parque y veo a una niña de no más de 5 años vestida en atuendos tradicionales que camina en medio de un descanso en las escaleras. Atrás de ella viene una mujer igual de emperifollada a la vieja usanza japonesa y un hombre de traje. Parecen salir como de una película que no vi, hablada en japonés. Saco 100 fotos de la nena, tiene una elegancia similar a la de su madre, es pura sofisticación y apenas sabe caminar. Las dejo y me interno en el parque. Aparezco en la mitad de un casamiento. Más de cien personas entre niños, adultos, ancianos y jóvenes vestidos de gala. Todos japoneses. La novia tiene un kimono íntegramente blanco y un sombrero gigante. Se la nota enamorada. En japonés.
Me quedo sacando fotos, no tengo la valentía de ponerme a hablar con nadie. Estoy shockeada por los colores de los kimonos, la preciosidad de las niñas y mi propia capacidad de llegar a lugares insólitos sin la más mínima pista ni certeza. Sigo recorriendo el parque y me encuentro en una escalinata que había visto en todos los blogs de viajes. Era el lugar más fotogénico del día y yo estaba ahí por casualidad, en completo estado de shock. Sintiéndome completamente analfabeta. Pero estaba ahí. Eso que me pasaba era cierto. Era cierto en japonés, pero cierto al fin. Cierto en japonés se dice Ikutsu ka no.  
Lo cierto y la paz mental duran poco: tengo que tomarme los tres subtes de nuevo hacia mi hostel. Logro llegar a la primera combinación con facilidad, pero está en uno de los puntos neurálgicos de la ciudad subterránea y es hora pico. No tengo la más pálida idea de cómo combinar las dos líneas más de subte que me faltan y a mi alrededor circulan miles de personas en todas las direcciones. Miles de japoneses que hablan en japonés, piensan en japonés, sienten en japonés. Me apoyo contra una pared de una estación conexión de más de 5 líneas de subte. Estoy completamente loca, pienso. Sí, pero tengo que llegar a mi hotel de todas formas. Ok. Respirar. Respirar en japonés se dice Kokyū shimasu.
Salgo a la calle para ver si me oriento. Estoy en la esquina de Shibuya Station, en la que un stop sincronizado en cuatro direcciones comunica 5 esquinas. Se puede circular en cualquier dirección, ya sea recto o en diagonal. Por cada luz en rojo se calculan unas mil quinientas personas cruzando al mismo tiempo. En hora pico unas tres mil. Todos japoneses. Algún que otro turista. Y nunca jamás nadie se choca, nadie se insulta, nadie se enoja. Cruzo una vez: esto es un ritmo. Cruzo otra vez: esto es un caos rítmico. Cruzo una vez más:  acá hay un orden secreto. Ok. Respirar.
Respiro. Contemplo a los japoneses. Tokyo tiene 13.62 millones de habitantes y una densidad de 6027,22 hab/km². Eso debería ser el caos. Pero no. De una forma inexplicable los japoneses irradian una calma que se traslada a todo, incluso a lo físico o fundamentalmente en lo físico. 
Respiro. Contemplo a los japoneses. Los contemplo, no hay otro verbo. No los miro, no los veo. Los contemplo pasar de un lado al otro, van hacia lugares que no sé pronunciar. Ninguno de ellos habla inglés, pero tampoco sé qué les tendría que preguntar. Respiro. Contemplo, los observo como si estuviera viendo un espectáculo del Cirque du Soleil. Descubro que hay un ritmo japonés en el caminar, una melodía armónica que tienen todos, una cadencia, un tempo casi musical. No se chocan ni se interrumpen, no se agreden, no se molestan, no están esperando la violencia del otro, entonces tampoco la ejercen.
Respiro. Estoy completamente loca, pienso. Sí, pero tengo que llegar a mi hotel de todas formas. Sí. Ok. Respirar.
De alguna manera que no comprendo llego al hostel. En mi habitación me encuentro con un oriental con el pelo muy corto, jogging y cara de jugador de ping pong. Me pregunta mi nombre, mi nacionalidad. Habla muy buen inglés. Se llama Li y es chino. Le pregunto si las estaciones de subte tienen los nombres escritos también en chino porque durante el día llegué a descifrar que algunos caracteres son más curvos que otros. Entonces Li baja de su cama marinera, busca un papelito en el bolsillo y me dice: “Escribí tu nombre”.
Escribo mi nombre.
Agarra la lapicera y empieza a traducir línea por línea.
-Ese es tu nombre en chino– me muestra.
-Ese es tu nombre en japonés- termina.
Los caracteres que hace no son letras sino dibujos, tienen sentido por sílaba, componen una música que no entiendo, que es erótica justamente por eso, porque no sé qué significan, es puro misterio. Es eso que todos a mi alrededor saben y yo no.
Los ideogramas chinos y su derivación japonesa son casi desconocidos para los occidentales y tiene una raíz simbólica mucho más cercana a la naturaleza que las letras de nuestro alfabeto, por lo que si “Persona” es efectivamente el dibujito de una persona (), multitud es simplemente la sumatoria de ese dibujito (⼈⼈⼈). Esto debería redundar en un universo más acotado de lo que simbolizan las palabras, en tanto construcción no representativa de la realidad. Pero a la vez las acercan a aquello que realmente existe, convirtiendo al lenguaje en un medio para la aproximación a la naturaleza que es, en última instancia, aquello según lo cual sintoísmo y budismo asumen que están unidos los seres humanos en un continuo que además incluye a más de 8 millones de dioses.
Dice la Wikipedia: “El sintoísmo afirma la existencia de seres espirituales que pueden encontrarse en la naturaleza y representan cualquier fuerza sobrenatural o Dios, como los dioses de la naturaleza u hombres sobresalientes. Los japoneses, como hijos de los kami, tienen ante todo una naturaleza divina. Por consiguiente, de lo que se trata es de vivir en armonía con ellos, y así uno podrá disfrutar de su protección y aprobación”.
Tiene sentido: japoneses, naturaleza japonesa, palabras japonesas y Dios podrían ser la misma cosa. Una sola cosa. Armónica,  indescifrable y divina.
Trato de sentir paz pero me cuesta. El trastorno es permanente. No son solamente las letras, es la forma en la que se agarran los libros, la verticalidad de las palabras. La erótica de lo indescifrable, pero también el orden alterado de las cosas es lo que hace a Japón tan atractivo, tan mágico. En esa alteración aparece todo lo inesperado: no se puede fumar en la calle pero sí en los restaurantes, no se dejan los zapatos adentro de las casas, no hay inconveniente con el símbolo nazi porque es originalmente el signo budista de la abundancia, los autos casi no tocan bocina, los niños van solos por la calle, los hombres usan cartera, etc., etc.
Ya no sé bien qué es cierto. Ya no sé bien qué es normal. Pasé un día en Japón y todo lo que consideraba cierto y normal dejó de serlo.
-¿Y no querrías votar?- Le pregunto a mi compañero de cuarto chino, a propósito de vivir en el comunismo más grande del mundo.
-Yo voto -me contesta socarrón.
Lo miro en silencio. Sigue:
-Voto a mis delegados en la clase en la escuela, en mi barrio, en mi club.
-Pero eso no es democracia.
-Quizás el problema del capitalismo occidental sea la democracia.

Obsesivo
Los trenes de alta velocidad en Japón son lo más certero que existe: nunca están demorados pero nunca llegan antes, nunca se detienen más de la cuenta ni donde no deben. Son perfectos, porque la perfección en Japón sí existe. Y como lo perfecto se considera verosímil se busca en cada uno de los aspectos más insignificantes de la vida, con un nivel de obsesión tal que, en la mayoría de los casos, se consigue.
Puede que se discuta si todo lo perfecto es bello, o si todo lo bello es perfecto. Puede que se discuta si el cuidado del detalle es lo que convierte lo “normal” en “bello” o si lo “feo” y lo “imperfecto” no son más estimulantes. Puede que se discuta la definición de perfecto. Pero hay algo muy tierno detrás del gusto nipón por los detalles que los hace irresistibles: la completa devoción de los japoneses por la perfección y la belleza es una muestra indiscutible de amor por todo lo que los rodea. Considerando al amor como destinar energía, tiempo y cuidados a aquello que nos importa, para lo que nos entregamos porque queremos sea perfecto.
El ejemplo más claro es el origami, que, aunque originario de China, tiene en Japón una larga tradición. Una antigua leyenda promete que cualquiera que doble mil grullas (pequeñas palomitas) recibirá un deseo de parte de ellas. Durante el siglo XX, la tira de mil pequeños pajaritos se convirtió en un símbolo de paz gracias a Sadako Sasaki, una niña que intento así curarse de leucemia producida por la radiación de la bomba atómica de Hiroshima. Allí, en el Parque conmemorativo de la Paz de Hiroshima, el Monunento a la Paz de los niños tiene una grulla gigante de acero y está rodeado por cientos de miles de millones de pequeñas grullas apiladas en estanterías que desde todo el mundo envían colegios, instituciones y personas corrientes que quieren demostrar su solidaridad con el pueblo japonés. Sin embargo, no solo en Hiroshima hay origami, todo Japón está poblado de templos de diverso tamaño que ostentan sus tiras de mil grullas para ofrendar a los dioses. Pero detrás de esos miles de millones de papelitos doblados simétricamente hay japoneses. Gente que dedica horas y horas en una tarea repetitiva y autómata. Gente devota, comprometida y sumergida en una serie de dobleces perfectos, absolutamente perfectos, que buscan llegar a la divinidad. Pero hay algo de lo repetitivo del origami, de lo detallista y lo milimétricamente perfeccionista que requiere su técnica que recuerda a un poseso, a un obsesionado, a un enfermo. A alguien que piensa demasiado las cosas o que solo puede pensar en esa sola cosa. ¿Es eso amor?  
Sábado a la noche en Kyoto. Con Valeria alquilamos bicicletas y recorrimos la ciudad durante todo el día. Hay más templos que casas y en muchos de ellos, cientos de cadenas de mil grullas. Para las seis caemos agotadas en un bar irlandés. Estamos a una distancia lo suficientemente lógica de nuestro hostel como para poder emborracharnos. Entonces lo hacemos: nos emborrachamos. Luego de un par de horas, se nos acerca un señor mayor y comienza a hablarnos con una delicadeza insólita para un approach en un bar. El Sr. baila entre nosotras y habla (bien) en inglés. Indago en su background: es presidente de una compañía, me da su tarjeta, está en japonés. Bailamos, reímos, charlamos. No me siento intimidada por el hecho de que sea 30 años mayor que yo, no hay en él un hálito de lascivia. Se llama Mr. Fuyi, como el monte a una hora de Tokyo. Podría ser mi padre.
Al rato Valeria le dice que quizás yo quiera otra cerveza. Mr. Fuyi compra alcohol para las dos y trae unos nachos que nos devoramos. Tenemos hambre, estamos ebrias, él lo sabe, todos lo sabemos. Pero en ningún momento de las cuatro horas que compartimos con él nos sentimos incómodas y aunque no se comporta tampoco como un padre, sí ofrece una muestra cabal de la elegancia japonesa: respeto por el otro, orden, decoro, sutileza.
La perfección japonesa radica exactamente ahí: en la sutileza de lo que no se ve, en lo que se mide milimétricamente para que parezca ordenado mientras flota en el caos, en la búsqueda obsesiva por la belleza como sinónimo de armonía y que es así una oda a lo sutil, a lo no estridente. De ahí la sexualidad naif de las orientales que conquista a occidente. No son Pamela Anderson, no son Salma Hayek, no son Sofía Loren. Son japonesas, son asiáticas, inventaron la elegancia sexual basada en lo que insinúan sin explicitar.
Y si lo que se ve en Japón es producto de cálculos obsesivos por la búsqueda de la perfección y la belleza, lo que no se ve en Japón es el sexo. Pero aun así aparecen, envueltas en misterios, miles de japonesas por todo Kyoto que juegan a disfrazarse de geishas y pasear con sus atuendos por toda la ciudad como si se tratara de una tarde de spa o shopping con las amigas. Están completamente vestidas de trajes tradicionales que no dejan ver absolutamente nada de su cuerpo. ¿Por qué aun así son sexys? ¿Por qué aun así destilan erótica? Porque las geishas ejercitan (o excitan) el músculo más sexual de todos: la imaginación. Por eso la carga erótica que tienen los cafés con meseras disfrazadas de mucamas a los que me arrastra Gonza contra mi voluntad. Sabemos que es un café, sabemos que esas chicas no son mucamas sino mozas, sabemos que están jugando a calentar clientes con el trip servilismo/sumisión, pero siempre sutil e ingenuamente.
¿Quería acostarse con las gringas borrachas el empresario con dinero y soledad que fue a pagar tragos a un bar irlandés un sábado a la noche en Kyoto? Quién sabe, probablemente sí. Pero no. Sí pero no. Ni. Sutileza en su máxima expresión.
Pero eso a la vez supone la erótica de la obsesión en un plano simbólico: aquello que no se expresa, que es sutil y confuso (ya sea aquello que no podemos comprender o no podemos alcanzar o no podemos concretar) asume sobre nosotros el carácter de objeto deseado. Y ahí ejerce su poder, en la negación de la concreción, en el deseo. Deseo y obsesión pueden no ser lo mismo, pero se parecen y mucho. De ahí que el trastorno y la obsesión se conjuguen en Japón con una magia insólita para un occidental: lo que no podemos entender es justamente aquello que más nos atrapa. Japón es un país sexy si entendemos que la diferencia entre lo sexy y lo sexual radica en el nivel de sutileza que se maneja. Japón es un país elegante si entendemos que la diferencia entre lo elegante y ostentoso es similar.
Japón es esa belleza de lo oculto, de la premeditación de lo velado con intención perturbadora y a la vez estimulante: la perfección de lo inconcluso, la insinuación, lo no obvio. Japón es todo, menos obvio. Como buen obsesivo, Japón es premeditado y jamás dejará nada librado al azar, pero todo sucederá con el claro objetivo seductor de perturbarte. No te darás cuenta de lo que está haciendo sobre vos. Hasta que estés completamente enamorado.
Compulsivo
En Japón hay más barbijos que personas. Símbolo universal de la higiene, las mascarillas representan mucho más que la separación del contacto del aire (que se asume contaminado) con las mucosas propias y ajenas. En Japón los barbijos simbolizan una vertiente más del respeto por el otro. Cuenta la mitología urbana que los japoneses los usan no para protegerse ellos del exterior sino para proteger a los demás de sus posibles enfermedades. El cuidado más extremo adquiere así un cariz de tipo compulsivo y por ende patológico. De ahí que no me sorprenda ver barbijos con distintos “estampados” o con figuras alegóricas a Hello Kitty y asociados, de ahí que no me horrorice cuando vea miles de tapas de inodoro con un comando lateral que no se entiende para qué sirve o finalmente unos minúsculos dispositivos de goma que encuentro en el mayor sex shop de Tokyo al que entramos con Valeria atraídas por los disfraces que se ven desde afuera.
Somos las únicas mujeres en un lugar por supuesto reducidísimo en espacio y atiborrado de consoladores eléctricos, pantallas que proyectan videos pornos de manga, pósters con vaginas cortadas trasversalmente en los que se explica muy didácticamente todas sus cavidades y por supuesto barbijos, miles de barbijos de distintos colores y tamaños. Creo que nada va a sorprenderme ya hasta que veo una pequeña bolsita con diminutos artefactos de látex. Eso que tengo enfrente y carece completamente de sentido tiene una etiqueta que dice, en japonés pero por suerte también en inglés: “condones de dedo”.
Como buen país del primer mundo, en Japón hay muchísimos teléfonos celulares. La selfie y su famoso palito invaden calles, templos, bares y restaurantes. En el subte tokiota está prohibido tener una conversación telefónica, pero eso no quiere decir que todos no estén mirando su pantalla compulsivamente. Los hay gigantes, los hay pequeños, los hay táctiles, los hay “con tapita” (última moda vintage japonesa), pero los teléfonos invaden la vida cotidiana nipona con el desdén de quienes fueron los primeros en desarrollar adicción por la telefonía inalámbrica a principios de siglo. Pero eso ya no asombra: ya todos vivimos en el futuro 3.0 y usamos compulsivamente nuestros teléfonos. Lo que sí sorprende es el alto índice de ludopatía asociado a la tecnología. Es por eso que todas las ciudades japonesas están pobladas de pachinkos, salas de videojuegos para adultos en las que cientos de japoneses, en su mayoría hombres, destinan horas y horas de tiempo vital que podrían estar empleando con amigos o familia en solitarias sesiones de gaming. Prefieren aislarse en una sala gigante de videojuegos, con las miradas completamente perdidas en pantallas, rodeados de un sonido ensordecedor y de “guardias” que circulan y nos prohíben sacar fotos de ese hermoso espectáculo de aislamiento y desolación. Entrar a uno de esos lugares implica no solamente ensordecerse sino también enloquecer un poco. Miles de maquinitas luminosas produciendo, según números oficiales, más riqueza que los supermercados. Miles de hombres y mujeres alienados jugando compulsivamente. Cigarrillos que se consumen en las manos, espaldas curvas, soledad.
La compulsión nipona puede adquirir entonces diversas formas: puede convertirte en ludópata pero también en un perfeccionista. Y puede combinarse con la obsesión por la limpieza y volverte un poco paranoico. Leo las noticias: “Los baños del aeropuerto de Tokyo han sido equipados con ´papel de baño´ especial para desinfectar los celulares. Los dispensadores se han instalado en 86 cubículos y estarán en prueba hasta marzo del año próximo. La empresa justifica la curiosa iniciativa con un interesante dato: ´Hay una cantidad más de cinco veces mayor de gérmenes en la pantalla de un celular que en el asiento de un baño´”.
Finalmente podés unir las piezas: los dedos japoneses han de ser preservados, resguardados, aislados. Son los dedos que se usan en la dactilopornografía de la pantalla táctil pero también los que doblan papel para conectarse con la divinidad. Son los dedos del sushi man, que deben ser lo suficientemente rápidos para que el arroz no se caliente, pero también deben estar excesivamente limpios, siempre.
Por eso estás viendo condones de dedo. Respirá.  
Tiene sentido. Respirá.
Pero solo tiene sentido acá. Respirá.
Es tarde, aunque respires una y otra vez, ya es tarde.
Estás en un sex shop en Tokyo viendo condones de dedo y entonces todo tu sistema ya explotó por los aires: pensás en cientos de dedos penetrando cavidades genitales. ¿Cuántos hubo? ¿Cuántos habrá? ¿Por qué nunca pensaste que esos dedos podrían tener tantas o más bacterias que cualquier otra cosa que necesita protección de látex? ¿Cómo no procuraste cuidar al otro de esas roñosas uñas cuando estabas jugueteando por ahí?  ¿Cómo lo descuidaste tanto?
Lógico: no cuidás al otro, no te importa el otro, no buscás la armonía entre el universo, el otro y vos porque no entendés que somos la misma cosa.
Lógico: Creés en vos, en tu ego, en tu cinismo occidental de no creer nada ni de cuidar nada porque nada vale la pena.
Lógico: Solo venerás tu libertad individualista y te olvidás del cosmos.
Lógico: Te conformás con sobrevivir, con sacar la tajada más grande de la torta que sabés que no alcanza para todos, pero no te importa.
Lógico: Metés tu roñoso dedo en el culo del mundo y no te importa.
Lógico: No sos japonés.