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domingo, 5 de agosto de 2018

Si toda serie es política: ¿Qué es Netflix?


“Si ves Fox News vives en un planeta diferente y no me vas a votar nunca”, le explicó Barack Obama hace unos meses a David Letterman en un show original de Netflix. Semanas atrás, el ex presidente declaró también que está en conversaciones para producir con Netflix una serie propia. Según sus voceros, Obama no quiere responder de forma directa a las políticas conservadoras de Trump sino que produciría ficciones que cuenten historias inspiradoras. El ex presidente sabe que la imaginación es un arma poderosa para llegar a  los votantes del siglo XXI  y  que una de las principales herramientas del márketing político posmoderno es generar emoción a través de productos culturales aparentemente despolitizados.
 
Queda entonces claro que hay que pensar un poco más seriamente en Netflix, porque ya no se trata de un simple portal de series. Este año anunció que planea invertir en producciones propias más que ningún otro estudio de Hollywood y contrató a Shonda Rimes (Grey’s Anatomy) y Ryan Murphy (Glee). También recibió su primer Oscar. Esto lo consolida en la escena del entretenimiento mundial pero, a diferencia de cualquier otra productora, utiliza algoritmos y robots de aprendizaje para crear ficción que distribuye a todos los países del mundo (salvo China), con una audiencia de 117 millones de personas. Si asumimos que ningún discurso es inocente y mucho menos el de la ficción: ¿Qué es Netflix?
“Somos la pareja más atenta que podrías tener, analizamos todo lo que te gusta, prestamos atención a lo que miras, a qué hora lo haces y en qué dispositivos, te observamos todo el tiempo”. Así define Todd Yellin, el principal creativo de Netflix, la forma en la que construye la narrativa de ficción en la era de la pos verdad. Ahora: ¿Es políticamente inocente el contenido que crea y difunde Netflix o responde a intereses específicos? ¿Cambia nuestra concepción de la realidad y nuestra reacción política frente a ella las series y películas que vemos? ¿Es Netflix la nueva herramienta del viejo imperialismo cultural norteamericano?
 
El primer algoritmo de la ficción: una serie sobre política
Movistar +, HBO, Hulu, Filmin: portales de Video On Demand hay muchos. Pero la diferencia es que Netflix utiliza la información de su audiencia para producir nuevas series. Sabe qué quieren sus suscriptores y tiene el control de qué es lo más visto, por lo que cuenta con una cantidad de datos jamás pensado para la televisión tradicional. Así nació House of cards, con una estrategia clara: unir al director más visto del portal (David Fincher) y uno de los actores más populares del sitio (Kevin Spacey) bajo guiones de un ex funcionario de Tatcher. El experimento terminó en una profecía autocumplida y House of cards se conviritó en un suceso internacional al mismo tiempo que cambió las reglas del juego para siempre en términos de contenidos televisivos: inauguró el formato “maratón” (binge watching) al ser lanzada al entera en su primer temporada.
 
Sin embargo, la estrategia de Netflix de producir contenido original fue una movida financiera, ya que las productoras encarecieron los aranceles y Netflix decidió apostar a su propia usina de ideas para ahorrar en derechos de autor. Pero lo que comenzó como un cruce de datos sencillo (director + actor) es hoy un complejo entramado de conceptos, prejuicios y etiquetas que circunscriben el mundo de la ficción a ciertos estándares preestablecidos por conductas previas. Esto genera una burbuja en el contenido que no solo atraviesa Netflix: la tendencia en todos los gigantes digitales a la hiper personalización no es más que un achicamiento del mundo tal como lo conocemos que  genera reafirmación sobre nuestras creencias una visión cómoda de la realidad. Pero ¿Cuáles son esas etiquetas y esos preconceptos? Todd Yellin lo explicó en un seminario:  Personalización es crear una historia de amor entre el contenido y los consumidores. Tenemos que entender todo de las películas y etiquetarlo: cuánta violencia, cuánto sexo, están fumando, están bebiendo. Después analizamos al usuario, dónde ve las series, cuanto tiempo, en qué momento del día. Luego pensamos cómo mezclar eso y listo”.

 El algoritmo mejorado y la comunidad mundial de nicho: el caso Stranger Things 
En 2006 Netflix lanzó un concurso de un millón de dólares en premios para mejorar su algoritmo de recomendación. Mientras que ese momento la valoración de las películas era la primera instancia para decidir qué mostrarle a los usuarios, se llegó a la conclusión que una cosa es lo que la gente dice y otra lo que hace. Es a través de la información de los hábitos cómo Netflix logra entender a los espectadores, a sabiendas de que si les pidieran opinión no serían tan honestos. En palabras de Yellin se lee claramente la diferencia: “Preguntábamos: ¿Cuánto puntaje le vas a dar a un documental sobe la revolución en Egipto? Si le das 5 estrellas te vamos a mostrar más de eso; pero hay un problema con ese sistema  y es que lo que los espectadores te dicen es distinto a lo que hacen. Entonces desarrollamos “la data del comportamiento ” y la “data implícita”: ¿qué miran? ¿cuánto miran? ¿qué dispositivos utilizan? Eso es mucho más poderoso”.
 
Con este minucioso control de la actividad de los usuarios Netflix logra una audiencia cautiva muy heterogénea que define como “comunidades de nicho”. Los estándares de gusto se imponen a nivel mundial con criterios superadores a los prejuicios de edad, género o nacionalidad. Yellin lo explica así: “Uno podría pensar que un chico de 17 años y una señora de 60 no tienen nada que ver entre sí. Muéstrale a la señora de 60 un montón de cosas de Meryl Streep y al chico de 17 superhéroes de Marvel. Estarías equivocado. Hay 3 razones por las cuales una persona mira algo: 1) “Quiero escapar, quiero meterme en mi sillón” 2) “Quiero ampliar mis horizontes“ o 3) ´Social currency´ : quiero ver algo porque todo el mundo está hablando de eso y quiero ser parte de esa conversación”. De esta tercera categoría se desprende el concepto de “serie fenómeno”, lo que no es una casualidad que suceda sino que está buscado por la empresa y tampoco tiene que ver con la calidad de la serie, sino con reforzar el sentimiento de pertenencia a una comunidad. O lo que en política se llama “marcar agenda”. El caso más emblemático es Stranger Things, una historia que se pensó para una tribu urbana fanática de todo lo vinculado a los años ochenta, E.T. y otras películas de Spielberg y fue un éxito mundial sin precedentes. La nostalgia, siempre presente como factor de pertenencia (engagement), marca agenda, genera comunidad de nicho y hace crecer la marca, la cantidad de suscriptores y los dividendos. Una verdadera historia de amor capitalista.  

Lo nuevo, lo viejo, lo mismo de siempre: ¿Puede Netflix cambiar el mundo? 
Nada de lo que hace Netflix es casualidad. Sus producciones se piensan sobre la base de lo que ven sus usuarios y su objetivo es seguir manteniéndolos online. Para eso achican el universo de lo posible para acercar a la gente a un lugar cómodo. Crean un hogar sobre la base de lo familiar.  ¿Les gustan los dramas de aventuras? “Marco Polo” ¿Amaron las historias de drogas como “Breaking Bad”? “Narcos”. Esto se logra a través de una empresa de monitoreo llamada Piedmont Media Research, que estudia los productos de ficción y “predice” si serán exitosos o no. El algoritmo que utiliza su método de medición es el Consumer Engagement, que tiene un porcentaje de acierto del 86% sobre la base de consumos previos. Mucho malo conocido y muy poco nuevo por conocer. Mucho status quo y muy poco movimiento hacia lo inimaginable. Además, en sus estrategias publicitarias, Netflix supone prejuicios estandarizados sobre las culturas a las que quiere conquistar, como muestra esta campaña realizada por Ogilvy cuando desembarcó en Francia.
 
Conclusión: el principal distribuidor de contenido audiovisual norteamericano se está convirtiendo también en el principal productor de historias y así de subjetividades, desafiando a Hollywood, Disney, Cannes y todo lo que creíamos mainstream y obsoleto. Pero paradójicamente, la revolución del streaming no deja de ser una caja de resonancia conservadora, que reproduce para su beneficio aquellas creaciones que ya han sido exitosas y que forman parte del sentido común. Si fuera un partido político, Netflix no propiciaría ninguna transformación social. Mientras la ficción debería proponernos mundos nuevos, creaciones insospechadas y molestas, que pongan en duda todo lo que pensábamos y nos hagan crecer, Netflix apuesta a lo seguro. Más que certezas, quedan  preguntas: ¿Qué implica que un solo productor monopolice la ficción a nivel global? ¿Es Netflix una nueva arma norteamericana de destrucción masiva e imperialismo de la subjetividad como fue Hollywood? Todavía no lo sabemos. Por las dudas, veamos el próximo capítulo.

domingo, 13 de mayo de 2018

Libros gratis contra el ajuste (2): Libros para decirle a tu pareja que no es más tu pareja

Realidad: La plata no alcanza. Explicación: Ganó Macri. Marco teórico: la derecha neoliberal conquistó Occidente. Solución: una serie de recomendaciones de libros gratis para sumergirnos en la ficción y olvidarnos del mundo. En tiempos de Trump, Putin, Temer y Macri, leer ficción sin pagar sobreprecios dolarizados es nuestra única revolución posible. Venceremos.

En este caso recordamos a Phillip Scheidemann, el socialista que al comentar la rendición de Alemania en la Primera Guerra Mundial sentenció “Es mejor un final horrible que un horror sin final” y compartimos algunas novelas para inducir sutilmente a tu pareja a pensar que puede que uno de los dos este de más en la relación, o que algo entre ustedes debería modificarse, quizás las coordenadas geográficas, el huso horario o el estado civil.
Un matrimonio en conflicto, una ama de casa desesperada, un gurú del mindfulness y una infidelidad. Todos los elementos necesarios para que una de las mejores plumas británicas saque chispas no solo de la crisis de los 40 sino también de la debacle del modelo de consumismo babyboomer que llevó a la clase media inglesa de creerse completamente realizada a sentirse definitivamente decepcionada de sus propios logros. Matices de clasismo, new age y mucho humor en una novela que si no hablara de desamor, hablaría de amor todo el tiempo y puede servir de disparador en tu relación para discutir sobre por qué no se están asesinando mutuamente si es lo que quieren en el fondo.
La ya instaladísima best seller vernácula, que dejó mucha tela para cortar en su reciente discurso en la feria del libro, siempre parece estar queriendo decir mucho más de lo que dice con sus novelas de misterio. En este caso, una historia de enredos, crimen y familias rotas le sirve para indagar también en los sinsabores del matrimonio, la felicidad del hogar y otras falsas luces del modelo “casa auto perro” que nuestros padres (¿y nosotros?) compramos con mucha facilidad del capitalismo más puro. ¿Qué pasa cuando una señora bien termina siendo una señora mal? Aquí los detalles más escabrosos de la mente de una asesina de barrio cualquiera pueden venir bien de excusa para discutir con tu pareja sobre lo que llegaríamos a hacer si nos sentimos traicionados.
Una pareja de normales norteamericanos de la década del 50 parece ser lo menos normal del mundo a través los ojos del agudo escritor de muchos de los discursos de Kennedy. Padres de dos hijos, Frank y April Wheeler intentan salir de la típica propaganda del sueño americano pero no lo logran. Las idas y vueltas sobre un supuesto viaje a París que solucionará todos los problemas de lo que Yates llamó “la era de la ansiedad” sirven de protagonistas para instalar el telón de fondo de la posguerra y hacer estallar por los aires el statu quo de la fórmula de la felicidad. Si le regalás esto a tu pareja quedará claro entonces que necesitan un París, un Londres, o aunque sea un Chascomús urgente.
Autora de las conocidas Art (en cartel en Argentina durante una década) y Un dios salvaje (adaptada al cine de la mano de Polanski), esta francesa sabe de lo que habla cuando desmenuza en sus historias el desamor, el fracaso, el desapego y las vicisitudes de la vida en pareja. Casi una decena de relatos con personajes repetidos en diferentes circunstancias nos dejan claro que los que parecen felices generalmente no lo son. Además, la crítica al sistema capitalista late siempre, subterráneamente, en este muestreo de infelicidad congénita y es en el posmodernismo más cínico donde reside la gracia del libro: el capitalismo engendra su propia (sutil, gris, abúlica) destrucción. Con tu pareja leyendo esto, poco queda para discutir, además de cómo van a dividirse los bienes.

martes, 1 de mayo de 2018

Netflix: ¿Un portal de series o un medio de comunicación?


Para Cámara Cívica

En su último libro “La política del siglo XXI. Arte, mito o ciencia” el asesor y gurú de las campañas electorales Jaime Durán Barba explica que una de las herramientas fundamentales del marketing político contemporáneo tiene que ver con la importancia no solamente de la imagen del candidato sino de las implicancias no visuales de los electores frente a él. Lo que no se ve, explica el investigador y exitoso constructor de éxitos electorales como Mauricio Macri en Argentina, es aún más potente que lo que se ve. Lo que los electores logran imaginar y sienten sobre una situación política genera más compromiso e identificación que lo que efectivamente existe. Las sensaciones y emociones son más útiles para generar confianza que la verdad.
En esa línea de la construcción de sentidos comunes desde la imaginación podemos incluir la intención del ex presidente Barack Obama de producir contenido de ficción en Netflix, lo que nos hace también replantearnos no solamente qué es Netflix si no qué utilidad política puede llegar a tener una plataforma que controla datos de más de 115 millones de personas en el mundo y que influye en la agenda política a través de “fenómenos de masas” como son las series a nivel mundial.

The Handmaid’s tale vs Alias Grace: la audiencia social que marca la agenda política

Un estudio reciente sobre las implicancias políticas que tienen en las nuevas audiencias el streaming ha detectado que aquellos que ven televisión por internet son mucho más activos en relación a sus antecesores y al poder elegir qué ven, cuándo y dónde sin necesitar ninguna determinación espacio temporal, tienen un diseño interactivo del mundo en el que su acción modifica su entorno. Así, aún sujeto a las restricciones del algoritmo todopoderoso, un usuario de Netflix se siente más libre que sus padres frente a la pantalla y además es más propenso a interactuar en redes sociales y posiblemente a opinar a través de ellas en política. 
Un ejemplo notable de las líneas entre ficción y realidad que parecen unir al streaming con los fenómenos sociales ha sido que la serie original de Netflix “Alias Grace” apareciera matemáticamente detrás del éxito de la brillante y ya reseñada aquí “El cuento de la criada”, que interpela sobre un tema tan viralizado y viralizable como la defensa de los derechos de las mujeres.  La producción de Hulu basada en el libro de Margaret Atwood le arrebató a Netflix el primer Emmy por una serie de drama para un show online pero además le ganó la agenda de conversación, ya que resuena mucho más que “Alias Grace” en el contexto de la lucha feminista a nivel mundial en los últimos años, donde los fenómenos virtuales como  “Ni una menos” o “MeToo” explotan en redes sociales y exceden lo virtual hacia las calles. Lo mismo puede decirse de “El mecanismo”, la ficción de Netflix en la que se retratan episodios de corrupción en Brasil muy en sintonía con la agenda política de estos meses, atravesados por la injusta detención del ex presidente Lula Da Silva. Similar también es la idea de ficcionalizar el presunto asesinato del fiscal Nisman en Argentina. Un artículo aparte llevaría analizar las implicancias políticas de “Narcos” o “El Chapo”, donde se dibujan líneas argumentales plagadas de clichés y prejuicios sobre la sociedad latinoamericana y su vinculación con el narcotráfico. Repetimos: ningún discurso es inocente y menos si proviene del imperio de construcción de lo simbólico más grande de la historia, llámese Hollywood o Netflix.

El binge watching como nuevo género: la narrativa de la succión

La Casa de Papel, la producción española de AtresMedia tuvo audiencias mediocres aquí en 2017 pero se convirtió en un fenómeno internacional inesperado para sus propios creadores luego de que Netflix comenzara a distribuirla. Miles de fotos y memes se han compartido desde entonces en redes sociales producto del fanatismo de los nuevos espectadores, logrando la tan deseada “social currency”. Netflix modificó la serie original, cambió la cantidad de capítulos por temporada, su duración y además espació el lanzamiento de la primera y la segunda temporada para fomentar la conversación y el “fenómeno”. La serie tiene ahora un “formato Netflix”, en el que la tensión se concentra en el final de cada capítulo para empujarnos a ver otro más y favorecer así la dinámica del binge watching. Como lo explica el crítico James Poniewozik “Los programas para internet son algo más que televisión, se convirtieron en un género distinto, cuyas reglas y estética apenas comenzamos a entender”. Así, el teórico define la “TV succión”, donde el espectador se involucrará durante horas con el contenido. Mientras que la televisión semanal tiene éxito provocando intriga hasta la semana siguiente, la televisión por internet depende de lo que el especialista llama “succión narrativa”. Esto modifica la forma en la que se estructura la historia porque cambia los giros argumentales y los puntos de quiebre, así como el final y la apertura de cada capítulo. 13 razones, Mindhunter, Las chicas del cable y muchas otras series tienen el mismo formato porque están cortadas con la misma tijera succionadora. Así, ver una serie de streaming es más parecido a leer un libro porque uno decide dónde empieza o termina pero al mismo tiempo se parece a un videojuego que provoca "atracones" al estilo del CandyCrush. Como los juegos de inmersión, las series Netflix están dirigidas al usuario y buscan absorberlo durante horas. Y como si fuera un juego en red, todos van posteando en las redes sociales hasta dónde llegaron y cada episodio se convierte en un nuevo nivel a descifrar. “Más que con ninguna otra innovación reciente en la TV, los servicios en línea crean un género narrativo nuevo con elementos de televisión, cine y novela pero que a la vez se distingue de todos ellos porque involucra al usuario”, señala Poniewozik.




El medio es el mensaje: la política de la ficción no tiene que ser ficción sobre política

Nadie miraría cinco horas seguidas de noticias. Nadie se pasaría un fin de semana entero contemplando debates presidenciales. Y nadie duraría una noche en vela escuchando discursos electorales. Para eso están las series. Para eso está Netflix. Para eso está internet. La potencia del entretenimiento, en términos gramscianos, supone que el sentido común se reproduce de forma pasiva, sin entrar en contradicción o en entredicho con lo establecido. La narrativa, espejo de nuestra realidad, no supone un contraste directo entre lo que pensamos, decimos o sentimos, sino que pretende reflejarnos, emocionarnos, conmovernos.
Pero en el siglo XXI no hay nada más subversivo que las emociones, el amor, el compromiso. Aquello que te “atrapa”, te “engancha” o te “succiona” y te mantiene en tu casa por horas podría llamarse pareja o podría llamarse Netflix.  Dudosamente podría llamarse política. Sin embargo, mucho de lo que construye el gigante del streaming en esas horas succionadas de la realidad a la ficción sale de la pantalla a la calle, de lo no real a la realidad, de la mentira a la verdad. Como un medio de comunicación más, Netflix marca agenda, pero lo hace desde la subjetividad. No solo refleja la realidad sino que la construye, estudiando el focus group más grande del mundo y las encuestas involuntarias en las que participamos cuando monitorean nuestros hábitos de entretenimiento. Así Netflix construye una agenda política que está entre nosotros: derechos de las mujeres (Alias Grace), narcotráfico (Narcos, El Chapo, La reina del Sur), corrupción (El mecanismo), bullying estudiantil (13 razones porque), amor libre y poliamor (Me, you and her) y muchos de los titulares de los diarios están atravesados por la pantalla más grande de la historia de la humanidad. Nunca nadie tuvo tanta información sobre lo que nos gusta hacer cuando no hacemos nada y nunca nadie se animó a usarla de esta manera. El show ha comenzado y tú eres parte. Las recomendaciones para tí pueden ser una trampa. Cuidado.

domingo, 29 de abril de 2018

Libros gratis contra el ajuste (1) : Libros para decirle a tu amig@ que es más que tu amig@


Realidad: La plata no alcanza. Explicación: Ganó Macri. Marco teórico: La derecha neoliberal conquistó Occidente. Solución: Olvidarse del mundo y sumergirse en la ficción.
Prefacio: Los libros sirven para todo. Para informarse y desinformarse, para aprender y entretener, para evadirnos y concientizarnos. Pero la gente no lee, dicen los que leen. O no lee ficción sino libros sobre actualidad y/o política escritos por ignotos ghost writers y firmados por figuras televisivas. Todo ese papel para terminar votando a Macri. Bueno.
Finalmente: Buenos Aires sigue liderando los rankings mundiales en materia de cantidad de librerías por habitante mientras el dólar sube y sube y uno de las principales obstáculos para los amantes de la literatura pasa a ser el precio de los libros. Desde esta humilde columna apoyamos entonces la lectura, la ficción y la piratería, cansados ya de luchar contra las ¿dos? ¿tres? grandes multinacionales de la edición, que monopolizan los precios a nivel mundial y evitan que la cultura llegue a todos los rincones del mundo. Y mucho menos a nuestros magros bolsillos tras el ajuste macrista.
Conclusión: una serie de recomendaciones de libros gratis para descargar organizada en entregas mensuales bajo criterios poco ortodoxos. En tiempos de Trump, Putin, Temer y Macri, leer ficción debe ser considerado un derecho humano. Leer ficción gratis es entonces nuestra única revolución posible. Venceremos.
Autora imprescindible de la narrativa contemporánea esta belga fanática de la ayahuasca dice levantarse de madrugada todos los días para escribir y ha hecho de su propia biografía una genial obra literaria. Con más de una decena de títulos publicados destacamos su segundo libro por tratarse de una historia de amigas y pasiones difusas. Niña en Japón, Amelie conoce el amor más puro y desenfadado de los brazos de una amiga a quien admira, ama y odia con la misma intensidad. Si le regalás esto a tu amig@ podrás debatir por décadas los límites entre el amor, la amistad, el cosquilleo y el compañerismo. Y después, quién sabe. Suerte.
El remisero absoluto, el hombre de abajo, el sobrino de Bioy. Muchos son los apodos que tiene Mairal en el mundillo literario argentino pero solo uno lo ha catapultado a la fama internacional: el chico que soñó con la estrella porno. Ganador del Premio Clarín con Una noche con Sabrina Love, Mairal se desmarcó del mainstream rápido y apostó a la poesía, aunque siguió cultivando su gusto por lo erótico con sus ya míticos pornosonetos. En esta novela logra un punto culminante entre un tono sencillo y llevadero y tres grandes problemas existenciales: la calentura vs. la guita vs. el amor. Si le regalás esto a tu amig@ tenés tema de conversación por semanas en relación a por qué nos gusta lo que no nos debería gustar, o por qué eso nos gusta aún más por la misma razón, aunque solo parezca una novelita de playa. Si te la menosprecia, podés decir que ganó varios premios internacionales.
Poco conocido en su faceta de novelista pero reeditado hace unos años en Argentina, este inglés puede hablar del amor como se habla del clima, con un ritmo y una cadencia digna de la generación de Carver, Cheever y Kerouac. Formado profesionalmente en Nueva York y en el Hollywood de los grandes estudios fue periodista, guionista y publicó cuatro novelas, aunque su nombre parece haberse borrado del santo panteón beat. En este caso, la excusa de dos loosers enredándose en hoteles de mala muerte le permite ahondar en disquisiciones filosóficas sobre por qué amamos o cómo dejamos de amar, en los que se destacan párrafos memorables que ensalzan la “vanidad del sufrimiento amoroso” y otras contradicciones de Cupido. Horas y horas de debate con tu amig@ sobre las definiciones que tira de amor, pareja, sexo y soledad. Perlita.

Miles de gigabytes de chats, horas de audios de whatsapp, memes, emoticones, gifs, megustas, comentarios, etcétera, etcétera. Eso que construís con tu amig@ en el éter de la virtualidad es una relación amorosa y nadie lo está diciendo. Qué mejor que una novela epistolar para dejar claro que cuando te escribo es porque te quiero, porque te deseo. Fenómeno de ventas en Europa hace unos años, esta historia puede pasar por edulcorada pero en el marasmo tindericida de las telecomunicaciones del siglo XXI aparece como un remanso para los que creemos que toda energía dedicada a escribir chats y correos electrónicos es amor volcado al teclado. Dos extraños, mails, amor, fin. Si seguiste el hilo argumental de esta recomendación queda claro que sabés de dónde tirar con tu amig@. “Si en lugar de escribirme mensajes me invitaras a salir, lo que gastamos en 4G lo invertiríamos en cervezas”. Podés usar la línea, no necesitás citar la fuente (emoticon carita ojitos para arriba).

Todo viaje es político: un mes sola en China (4) : Shanghai es casi China 2

---------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 10 de diciembre de 2016, 9:44
Asunto: SHANGHAI ES CASI CHINA (2)
Para: ed_cabrera@gmail.com

Shanghái es una mezcla de Ranelagh con La Paz y NYC en quince cuadras de diferencia. Casillas de madera, monoblocks, gente pidiendo, homeless, ropa colgada en la calle, bicicletas con cartoneros, McDonald’s, Forever 21, H&M, Tiffany´s, Cartier, Chanel, Apple. La gente escupe mucho, fuma mucho, grita, no respeta semáforos ni sendas peatonales. Mucha arquitectura grandilocuente al lado de callejuelas sin luz. Hay perros en la calle, no se los comen a todos, parece.  Fea, ficticia, y superficial, Shanghái tiene muy poca ritualidad, muy poco sentimentalismo. Los chinos son muy poco delicados, muy poco elegantes, todo es rústico, tinglado e impostado. En fin, odio este lugar capítulo MMCXVII.

Y además estoy ebria, extrañándote, necesito escuchar música pero no puedo porque no funciona el encriptador de IP que necesito para entrar a YouTube.

En China internet es un lujo caro. Pero: ¿Es que acaso no podés vivir sin internet? Escucho que me pregunta Mao Tse Tung, burlón. China de mierda, respondo mentalmente, comunismo de mierda, dejame tener YouTube, la puta madre.

Ya ves, sigo en contradicción permanente. Es que China es buena y mala con la misma intensidad. Es buena porque es algo que estará en mí para siempre y nadie podrá sacarme nunca porque, a diferencia del dinero o la propiedad privada, las experiencias no se pueden robar. Pero con miedo a morirme a cada paso y sintiéndome más viva que nunca, China me está mostrando cosas que no tenía idea que vivían en mí: el pánico más hondo que experimenté en mi vida y un agotamiento espiritual vinculado a mi soledad. Si sobrevivo, seré “la amiga que pasó un mes sola en China” de todos mis amigos. La chiflada esa que fue a la muralla china a pensar todo de nuevo cuando la derecha conquistó occidente. La que vive para contarlo, una vez más, un país menos.

Pero: ¿Qué hay en China que no hay en otro lado? ¿Comunismo y capitalismo juntos? ¿Caos? ¿Confusión? No lo encuentro. No siento que me estén pasando cosas: ¿Conocer a una venezolana que prefiere tener a su hijo en China antes que en Caracas es algo “anecdotable”? ¿Charlar con una rusa que dice que ser profesora de yoga pero parece una prostituta sirve para un cuento? ¿Dónde está la erótica de haber venido a este país? ¿Solamente en haberlo hecho? ¿En qué radica la magia china? ¿En que son comunistas y capitalistas a la vez? Sí: lo sexy en China está en la transición, en la frase de Antonio Gramsci: “Cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, ahí aparecen los monstruos”.

Eso soy yo y eso es China: monstruos. El pasado (lo viejo que muere) y el futuro (lo nuevo que nace) son a la vez traducidos acá en el pasado (herencia milenaria) como motor del futuro (hegemonía mundial). Y eso se ve en cualquier ciudad china: la velocidad, la potencia, la fuerza de algo que está naciendo desde los escombros de los barrios pobres hacia los rascacielos de los edificios más altos y modernos del mundo. “El gigante asiático se despierta” dicen los analistas que saben que, en la historia de la humanidad toda, China siempre tuvo un papel geopolítico hegemónico y solo estuvo durmiendo. Pero el futuro ya está entre nosotros y China será China porque fue China en el pasado. No es casual, en este sentido, que para presentar el megalómano proyecto ferroviario/marítimo de la “Nueva Ruta de la Seda” que conectará más de 60 países y culminará con un dominio comercial sin antecedentes en la historia moderna por parte de China en 2049 el presidente Xi Xiping haya citado a la antigua ruta que conectaba Asia y Europa hace más de 2300 años. Menos casual es que se haya elegido el 2049, centenario de la Republica Popular China, para inaugurarlo.
El futuro es chino porque el pasado lo fue y viceversa.

Y es así que llegás a la conclusión que la contradicción es el sexo de China: los edificios imponentes emergen al saberse potencia mundial pero desde una ciudad en las que muchos barrios parecen una villa del conurbano bonaerense. Si hasta la lógica urbana es similar entre Shanghái y los barrios pobres del tercer mundo: por toda la ciudad la gente saca parlantes a la calle y se ponen a bailar. Una calle cualquiera, unas diez personas, musiquita y ya. Algunas noches hay baile de parejas pero los mejores son los que bailan solos, como un tai-chi acelerado. Cuando nos conquisten será la primera costumbre que voy a adoptar, bailar porque sí en la calle, fantástico.

No sé, quizás lo que más me seduce de estar acá es simplemente estar acá, quizás no haya nada especial con estar acá más allá de haber logrado hacer algo que soñé 10 años y tildarlo en la lista mental de “been there, done that”. Pero todo viaje es político: en 2003 cuando empecé a obsesionarme con venir porque una profesora me obligó a hacer un trabajo práctico sobre las relaciones entre China y Argentina, China no era la potencia emergente que es hoy. En su momento me fascinó el solo hecho de que China existiese. Pero luego apareció la China de la se habla en los medios como “el gigante asiático”. Y me fascinó aún más. 

Lamentablemente, estoy comprobando que la China que existe es un híbrido que confunde, molesta, desentona. Tanto el comucapitalismo como el capitalismo de estado, el pasado fundamentando el futuro y el futuro fundamentando el pasado son una especie de bomba que no explotó pero que está por explotar. De hecho, en la ruta de la seda que te comentaba antes se encuentra un 75 % de las reservas de energía mundiales, afecta a un 70 % de la población global y se genera un 55 por ciento del PIB mundial. CHACHAN!! 2049: China conquistará el mundo pacíficamente a través del más capitalista de todos los métodos (el comercial) y lo festejará el día que se cumplan 100 años de la instalación del sistema menos capitalista de todos (el comunismo).

Me va a explotar la cabeza, no puedo concebir que el futuro lo manejen unos señores que comen perro, no creen en la democracia y matan gente con rifles (poco se sabe de cuánta gente mata el Estado, pero se sabe que la matan ¡¡¡con rifles!!). A propósito de esto, ayer fui a la casa en la que Mao fundó el Partido Comunista local y es chiquita, bastante rústica y bien conservada, pero está en un barrio muy paquete al lado del Ritz, el FourSeasons y un shopping con Prada, Cartier y Gucci. Confusión no, lo siguiente.

Así que ya ves, de los creadores del papel, la imprenta, la brújula y la pólvora, llega: el comucapitalismo chino del siglo XXI. En el fondo, muy en el fondo, tiene sentido: los chinos inventaron el dinero.

Y hablando de eso, en el supermercado chino en China de al lado del hostel en lugar de darme el vuelto con caramelos como hacen en Argentina, la empleada china me fió los 50 ctv que me faltaban. ¿Los chinos solo fían en China? ¿Los argenchinos son menos confiables que los chinos? ¿Mientras esté en China, yo también soy argenchina? Santo Dios que estás en los cielos, no estoy preparada para esto, no estoy preparada para estar aquí, por favor dejame salir viva de China, por favor, por favor.

Fuera de chiste: te extraño. Sé que no debería pero es lo que me sale. Es muy difícil olvidarse de alguien en estas condiciones de caos sobre lo existente. Hablo con vos mucho más de lo que te escribo. Pero pienso: Si la única persona que te hace sentir acompañada está muerta, ¿estás sola?

Idea para cuento en China: pareja de amigos planea un viaje, él se muere y ella decide hacerlo igual, se lleva sus libros y cuadernos y descubre una personalidad secreta de alguien que creía conocer muy bien. Conflicto interno: ¿Estar sola en China hablando con un muerto es estar más o menos sola que estar sola?
Título posible: Con más amor del que sabe que existe.


Todo viaje es político: un mes sola en China (5)

miércoles, 4 de abril de 2018

Todo viaje es político: un mes sola en China (3): Shanghai es casi China

---------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 5 de diciembrede 2016, 4:58
Asunto: SHANGHAI ES CASI CHINA
Para: ed_cabrera@gmail.com

WARNING ALERT: Estoy en China. China existe.
El miedo no se me pasó ni un segundo.

Al final me saqué un aéreo porque esperando a Sofi me demoré demasiado y no pude reservar el tren. En el medio me confundí el boarding time de mi vuelo y tuve que correr para no perderlo. Pareciera que en lugar de saber más como viajar sola cada vez sé menos como viajar sola. Pero lo hice. Sola y en un ataque de pánico perpetuo lo hice igual: reservé un hostel en Shanghái, tomé un vuelo hacia Shanghái, paré un taxi en Shanghai, llegué a un barrio oscuro y decadente en Shanghái y finalmente al hostel en Shanghái. Conclusión, estoy en China, China existe. Por si necesitás algo vivo en Shanghai Chi Chen Boutique Hotel, 上海赤忱酒店, No.21 Qiao Jia Road, Huangpu, Shanghai, China.

Estoy en una zona más bien fea no muy lejos del centro pero no recorrí mucho porque los primeros días me abrumó la abulia, sentí otra vez que se me había acabado la nafta para la aventura, que ya no me importaba conocer ni descubrir nada. Pero sí, estoy aquí, estoy en China. Y vivo al lado de un supermercado chino en China donde me compro latas de cerveza para poder escribirte a la noche y no me dan el vuelto con caramelos. Y te escribo con dificultad porque en China no es fácil entrar a los sitios de internet occidentales pero me bajé un encriptador de IP en HK que funciona intermitentemente y para el gobierno estoy en Singapur la mayor parte del tiempo. Pero estoy en China, porque China existe.
Como me tomó unos días animarme a salir a la realidad, en mi período de aclimatación en el hostel conocí a una chica rusa que duerme en mi habitación, dice que es profe de yoga y que detesta a los chinos “porque son todos muy mentirosos”. Vive hace un año acá, dice, así que algo debe saber. Lo raro es que al atardecer se viste como cualquier cosa menos como profe de yoga y sale. Hubo días que no volvió hasta la mañana siguiente. Chan. Eso lo sé porque me paso días en la cama, triste, abrumada, completamente agobiada. Pero tengo que poder. Tengo que poder.
Tengo que poder:


1.    Tener ganas de salir del hostel
2.    Salir del hostel
3.    Tener ganas de tomarme subtes
4.    Tomarme subtes
5.    Tener ganas de caminar
6.    Caminar
7.    Tener ganas de ir a otras ciudades alrededor de Shanghái
8.    Ir a otras ciudades alrededor de Shanghái

Pero no. Tengo que poder pero no. O por lo menos todavía no. Estoy en China, no tengo ganas de nada y estoy completamente agotada de tratar de hacer encajar todo lo que estoy viendo en la idea que tenía de China como “potencia del siglo XXI”. Me consuelo pensando, de todas formas, que si la política es el arte de cambiar las cosas, nada más político que venir de visita a un país que pone en contradicción los principios básicos del TEG de la modernidad. Ver el capitalismo comunista o comunismo chino es lo que vine a buscar en este viaje. Y acá está: es aún más contradictorio que lo que me imaginaba, pero acá esta, el ying / yang en su máxima expresión. Y mientras estoy en China sin poder moverme de mi hostel, gastando demasiada energía en tratar de asimilar que estoy en China, recuerdo que mi obsesión con este país arrancó con un cuento muy breve de Marco Denevi que leí en 2005 llamado: “EL PELIGRO AMARILLO”: Nos dicen que los chinos tienen la piel amarilla, pero nunca hemos visto a un hombre con la piel del color del limón maduro o de la yema del huevo. Se nos dice que los chinos suman miles de millones, pero nadie los ha contado uno por uno. Se nos asegura que los chinos hablan en chino, pero jamás hemos oído que alguien hable en ese extraño idioma. Las cartas que hemos enviado a China no han sido contestadas y nuestros embajadores no han vuelto. En síntesis: el peligro amarillo es una patraña de nuestros enemigos.

De ahí la idea de que China no existiese. De ahí mi fascinación con venir a verla. De ahí mi obsesión con decir: China existe. Porque China sí existe, ahora sí lo puedo decir.

Y muchas cosas sí existen en la China que sí existe: Apple, Prada, Gucci, Forever 21, consumismo, comunismo, chinos que escupen todo el tiempo por la calle, hablan a los gritos, fuman en todas partes, basura, cables, policía, rotiserías que exhiben animales rostizados que no conozco, etc.
Pero muchas otras cosas no existen en la China que sí existe: propiedad privada, democracia, división de poderes, libertad de expresión, libertad de prensa, libertad de reunión, libertad de asociación, libertad de lugar de residencia, libertad de huelga, de manifestarse, de protestar; garantías civiles varias, respeto por los derechos humanos, libertad religiosa, cuidado por el medioambiente, Google, Facebook, Youtube y Twitter.
Para rematar: en mi hostel (que existe) en la China (que existe) hay 4 carteles (existentes) explicando que si alguien me ofrece cualquier cosa en la calle no lo acepte. Bárbaro. A la final China es como el conurbano bonaerense: sucio, peligroso, lleno de misterio y con gente que come cualquier cosa.  

¿Entendés ahora por qué todo me da miedo??

También, hilando fino, me doy cuenta que China me abruma porque es la concreción de un proyecto y un sueño de muchos años que me demuestra de forma escalofriante como nada nunca la potencia del hacer. Estar acá es la materialidad más extrema que lo que me propongo lo concreto y eso, justamente eso, también es un acto político. Lo que no quiere decir que no me muera de miedo a cada paso. Pero lo doy. Doy un paso atrás de otro y camino por China, el país que quiero visitar hace muchos años, aunque eso no me haga feliz en absoluto. Voy a tener que contar a mis nietos que atravesé sola China para que entiendan por qué después me casé con el primer gil que pasaba y ahora es su abuelo. Lo siento nietos.

Además de los potenciales robos, los potenciales escupitajos voladores y los potenciales policías que me miran con cara de “quién es usted y qué hace aquí si no es comunista y se le nota”, está el tema de la comida. Comer es fundamental. La energía que me falta y se la adjudico a lo mal que estoy, a la soledad, a la depresión o lo que sea nunca la relaciono con el sencillo acto de comer. Muchísimas veces creo que estoy angustiada y en realidad tengo hambre. Y como también tengo miedo de comer perro y no tengo fuerza ni paciencia para lidiar con un supermercado ni mucho menos con un mozo y/o una carta de restaurant lo único que puedo comer son cosas precocinadas y muy berretas que venden en los kioscos 24 hs.

En el país con la tradición culinaria más antigua del mundo yo paso hambre. Ok. Con esto de comer así de mal también tengo miedo de enfermarme. Básicamente tengo miedo de no llegar viva hasta mi aéreo de vuelta a la civilización no china y tengo miedo de volver a existir después de pasarme un mes no existiendo en la China que no existe.

Pero no, más allá del miedo lo voy a lograr: el miércoles que viene me tomo un avión a Pekín.

Again: ¿Cómo carajo llegué acá? ¿Qué me trajo hasta acá?

Voy a repetirme y repetirte lo que decía cuando me preguntaban por qué quería venir: “China es el futuro de la humanidad, quiero haber ido a la metrópoli cuando nos hayan conquistado, quiero haber visto con mis propios ojos el comunismo más grande del planeta para poder decir, cuando no quede vestigio del capitalismo norteamericano al que estamos acostumbrados sobre la faz de la tierra, que yo la ví primero, que yo la tenía re clara”. Pero antes de hacerme la canchera con mis tremendas habilidades geopolíticas tengo que sobrevivir al país que se estima mata más gente en manos del Estado que todos los otros países con pena capital juntos. Y digo “se estima” porque no hay números oficiales sobre las víctimas de pena de muerte en China. Otro miedo más: ¿Escribir mails hablando mal de China desde China estará penado con la muerte?


Tengo frio, hambre y miedo en China.
Si este es el futuro, el futuro es una mierda.

Todo viaje es político: un mes sola en China (4)

jueves, 22 de marzo de 2018

Todo viaje es político: un mes sola en China (2): HK no es China 2

---------- Mensaje enviado ----------
De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>
Fecha: 2 de diciembre de 2016, 2:03
Asunto: HK NO ES CHINA (2)
Para: ed_cabrera@gmail.com



Sigo viva, sigo en HK. Me mudé de hostel dos veces más.

Para la primera arrastré (sola) mi valija por Nathan St, la calle principal de Kowloon que atraviesa la zona continental hasta el Río de las Perlas y llegué (sola) a una zona menos caótica llamada Tsim Sha Tsui. Me hospedé (sola) en las “Chungking Mansions” que, según la WKP “son conocidas como el alojamiento más barato de Hong Kong”. Viví (sola) en esas torres inmensas en las que tuve que hacer (sola) una fila de más de 20 minutos para tomar (sola) el ascensor cada vez que salí (sola) y entré (sola) para conseguir (sola) comida y ver (sola) los alrededores. Dormí dos noches en una habitación con un indio en la cama de al lado, rezando para que no me viole. Por lo menos no dormí sola, cuac.

Espero a Sofi, pero Sofi no llega. Me manda mensajes diciendo que está en Malasia esperando un papel y después viene, pero algo me dice que voy a tener que hacer todo esto sola (sola de verdad). Aún así la espero: no quiero hacer nada sola y todavía me falta casi un mes acá, tengo miedo y angustia, estoy vacía, no deseo nada, no sé qué pensar. Llegué a China pero esto no es China y me siento como dentro de esa paradoja cuántica del gato de Schordinger: el gato está vivo y muerto a la vez hasta que logremos abrir la caja y descifrarlo así como si China no existe y yo estoy en China, yo no existo. Y encima tengo tanto miedo de morirme que estoy más tiempo pensando en mi muerte que en mi vida, así que básicamente estoy viva y muerta a la vez. Tanto decirle gato a Macri para terminar sintiéndome un gato yo. Chan.

Todo este bardo porque HK es China pero no es China. O es China y no es China al mismo tiempo. Y escribiendo eso me doy cuenta que también aplica a la relación que tenemos: te escribo pero no sé si me leés, no sé si querés leerme, no sé si estás, si no estás, si me querés viva o muerta en tu vida.

¿Podés quererme y no quererme al mismo tiempo?
¿Podés existir y no existir al mismo tiempo?
¿Podés querer más algo que no existe que algo que existe?

Empiezo a entender que el sex appeal de esta ciudad radica justamente en el juego de opuestos que propone. Así estoy yo y así está HK: vivos y muertos, solos y acompañados, en China y en no China. Si vos no leés esto estaré sola, pero de todas formas estaré sola, rodeada por miles de millones de hongkoneses que no son chinos pero sí lo son.

¿En qué radica la soledad?
¿Estoy sola pero no estoy sola porque estás ahí leyéndome?
¿HK es China pero no es China?
¿Y China es comunista o es capitalista?
¿Cuántas contradicciones puede soportar el cerebro humano?

En los días en los que viví en las Chungking Mansions, murió Fidel Castro. A unas cuadras de allí hay un bar llamado “Castro’s” al que fui a escribir y beber para y tratar de asimilar que estoy en un país comunista que parece cualquier cosa menos comunista cuando muere el líder del comunismo latinoamericano. En el bar suena Rihanna. Qué difícil todo.

Dos días después logro mudarme de hostel otra vez, ahora del lado de allá del Río de las Perlas, en la isla, donde se respira el aire cosmopolita y cool de ciudad mundo que vende HK, en el barrio de Wan Chai. Paso unos días sin hacer nada esperando a Sofi hasta que Sofi me dice que no viene.

Otra gentileza de Dios para recordarme que existe. Gracias Dios.

Crisis, depresión, etc. ¿Cómo disfrutar de algo que planeaste hacer con alguien cuando ese alguien te abandonó? ¿Mejor sola que mal acompañada aplica también en el país con mayor población del mundo? Nota mental: no creas mucho en lo que te dicen rubias que conocés por internet.

En la desolación por haber sido abandonada le pido al bartender que me drogue. Voy meses sin drogas y está bien, pero esto es demasiado: estoy en una ciudad que me parece horrible, me acaba de plantar una rubia, tengo que afrontar otras tres semanas en un país donde no se habla mi idioma, con pena capital y uno de los sistemas comunistas más cerrados y opresores del mundo. Necesito drogarme.

Pero además de drogas voy a necesitar tomar: la decisión de que no me importa que una persona en la que confié me haya dejado plantada, algunos subtes y colectivos para ir a sacar mi VISA para entrar finalmente a China y un tren de alta velocidad para llegar a China. Todo eso lo voy a tener que tomar sola, pero primero lo primero: llegar al bar de polo argentino fake y drogarme. Alex (el bartender con acceso a drogas), me lleva a un callejoncito, me convida marihuana y nos internamos en una especie de cervecería artesanal cool.

Estoy drogada en Hong Kong. Así se debe sentir ser joven. Wow.

Después de dos cervezas Alex me sube a un taxi, le dice al conductor el nombre de la estación de subte más cercana a mi hostel y cierra la puerta. Entonces ahora estoy drogada y sola en un taxi en Hong Kong de madrugada. Tengo mi primer ataque de pánico. No tan wow.

Bueno, pienso, es oficial, este el último día de mi vida. Morirme tendría sentido, pienso, pero deben ser las drogas, pienso, este tipo puede hacerme lo que quiera, pienso, cuáles son las probabilidades de que sea un violador, pienso, estoy en la mitad de la nada, pienso, mi cuerpo puede evaporarse, pienso, qué necesidad tiene de no descuartizarme, pienso, si podría dejarme tirada en cualquier lugar y pasarían años hasta que alguien me encuentre, pienso, como sucede dos por tres con las mujeres que viajan solas, pienso, mientras atravieso Hong Kong drogada. Es el fin, es el fin.

Pero no. Finalmente el buen hombre me deja en la estación que el Alex le dijo y tengo que seguir viviendo. Maldición.

El Google Maps no funciona o funciona mal y no puedo ubicar mi hostel. Camino cuatro, cinco cuadras desde la estación hacia una dirección, pero la puerta no aparece. Estoy drogada, estás drogada, Leticia, es obvio que el hostel queda para el otro lado. Camino entonces las cuadras que caminé hasta la estación y otras cinco cuadras para el otro lado. 3 AM de la mañana de un día cualquiera en Hong Kong y estoy drogada, borracha, potencialmente violada y descuartizada, completamente sola, abandonada por la rubia, por todos los novios que nunca tuve, por todos los padres que confiaron demasiado en mí y por todos los amigos que creyeron que estaba lo suficientemente loca como para viajar sola pero llego al hostel después de caminar 40 minutos en redondo.

Me duermo con la ropa puesta, rezando otra vez.
Nunca en mi vida tuve tanto miedo.
En 48hs pisaré China.

Todo viaje es político: un mes sola en China (3)