Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta suicidio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta suicidio. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de septiembre de 2026

Agustín J. Valle: “Afuera de internet no existís”

 Para Revista Panamá 

 Sobre Jamás tan cerca, Paidós, 2022

En tu libro hacés una historización de la actual situación conectiva diferente al resto de los analistas, que plantean un quiebre en 2007 cuando sale a la venta el primer Iphone, porque sostenés que el teléfono celular es sólo el último eslabón de una cadena de mediatizaciones más larga a la que nos vemos sometidos desde siempre. ¿A qué te referís con esa idea?

La historia entera está plegada en el presente porque los dispositivos conectivos ultramodernos y agotadores que padecemos hoy en realidad heredan y renuevan formas muy viejas de modulación subjetiva, en las que ya se producía la subordinación del cuerpo y lo terrenal a una presunta superioridad de lo abstracto, que es tan antigua como el hombre y está vinculada con lo teológico, aunque en la historia de las entidades inmateriales que gobiernan la materia, puede estar Dios pero un rol estrella lo ocupa el Capital, algo también abstracto empoderado sobre lo concreto.

¿O sea que la dinámica capitalista en sí misma sería una abstracción a la que ya nos acostumbramos mucho antes del régimen de 100% online que sufrimos hoy?

La mercancía asociada al Capital ya es un dispositivo de mediatización, si se la define por la primacía de su valor de cambio (precio) por sobre el de uso (valor) y se considera ese valor de cambio como medio para otras cosas por sobre el valor experiencial de la cosa en sí, y dado que un “precio” no existe en sí mismo ya es una mediatización, como la cantidad de visualizaciones o likes de una publicación de redes sociales.

¿Entonces por qué si desde el origen del capitalismo sufrimos la misma sujeción a lo abstracto ahora padecemos tanto malestar?

La evolución de las técnicas comunicacionales va profundizando esa mediatización hacia la situación actual: la televisión fue el primer artefacto emisor de luz directo a los ojos, los VHS trajeron la celularización del tiempo, los videojuegos la interactividad, el cable la pantalla en continuo sin fin y la radio una voz que llega desde el cielo, entonces el rayo reemplazó a Dios.

Aparece muchas veces en tu libro esa conexión entre la sujeción que nos produce el celular conectado 24/7 y Dios. ¿Por qué considerás tan importante destacarla?

Porque adhiero a la idea de León Rozitchner de que el cristianismo preparó históricamente a la humanidad para el capitalismo, ya que la subordinación del cuerpo al Espíritu allanó el camino para su sumisión al Número, entonces las analogías entre la situación conectiva permanente que padecemos hoy y la teología son muchas, ahora incluso aumentadas por el uso masivo de la Inteligencia Artificial, que supone ser una esfera ultraterrena, una entidad omnisciente e incorpórea que porta ese saber sobre la vida superior a lo que la terrenal vida sabe sobre sí.

Pero entonces Dios es la técnica, no sólo Internet.

Es que en el siglo XIX fueron contemporáneas la declaración de que “Dios ha muerto” y la masificación del uso de la electricidad como matriz técnica para la vida humana, o sea que podríamos decir que Dios murió electrocutado.

¿Y qué rol le adjudicás a la pandemia en ese proceso?

La conectividad como patrón existencial tiene una profundización evidente en la pandemia, ya que en ese período la humanidad toda sufrió una “templanza conectiva”, como se templa el hierro al que se lo somete a condiciones extremas para que luego permanezca en la forma adoptada, por lo que es claro que la eficacia inmediata y masiva de la orden de “quedate en casa” fue posible porque la subjetividad ya tendía a un liberalismo existencial, bajo el quemante ritmo previo de una actualidad permanente y sus nuevas formas de explotación laboral, junto con la luminosidad eterna y maravillosa de las pantallas como meca libidinal.

¿Por qué colaboraste con el documental de Ofelia Fernández “Cómo ser feliz?”

A Ofelia le había gustado el libro y acepté participar como coguionista ya que ella fue la primera referente política que planteó no solamente que el uso de los dispositivos conectivos tiene relación directa con la severa crisis de la salud mental y anímica que padece su generación (dificultades para dormir, ansiedad, crisis de pánico, uso de drogas) sino también con la llegada de Javier Milei al poder (que sin una estructura partidaria tradicional ganó por sus “virales” en la web) y además puso en evidencia el negocio de los capitalistas que monetizan la virtualización general de las relaciones sociales, porque un estado “quemado” de la multitud colabora en que el statu-quo de las relaciones de poder parezca intocable.

¿Creés que educar a la juventud con ese documental podría servir para frenar algo que pareciera irrefrenable como todo devenir del capitalismo?

No creo que la película busque educar, pero sí apunta a que se use en las escuelas y ha tenido mucho éxito, porque logra con su proyección abrir un terreno para pensar y generar situaciones des-mediatizantes o presentificantes como lo es cualquier conversación colectiva: personas intentando pensar algo juntas, nombrar lo que les pasa, mirarse, escucharse, buscar generar nuevas ideas desde los cuerpos presentes y dejar un rato de consumirlas en la inmediatez de la pantalla.

El libro hace muchas alusiones a los componentes físicos de la adicción al celular: la vista, el tacto, el olfato, todos los sentidos distorsionados por la conectividad. ¿Por qué te pareció tan importante en un libro sobre tecnología hablar del cuerpo?

Porque el funcionamiento concreto de los sentidos o “lo sensible” es fundamental en la constitución social de la realidad, por lo que hablar de tecnología sin hablar del cuerpo sería fetichizarla, y se la debe criticar sin tomarla como una entidad que impacta sobre un sujeto que tiene una existencia virginal y después padece el efecto de los aparatos.

¿O sea que hoy ya no hay humano sin máquina?

No, pero desde siempre la máquina organizó el cuerpo, incluyendo la psique, porque las tecnologías conllevan una forma de praxis humana, que no “afectan” o “añaden” algo a la base de una presunta esencia o base fija de lo humano, sino que lo constituyen radicalmente, aunque no sea lo mismo el gatillo de un arma que el facón como no es lo mismo googlear que preguntarle a la IA, ya que disponen sujeciones distintas.

En tu artículo “Pegarla como streamer” trabajás la necesidad de los jóvenes de experimentar de “una emoción real” para así poder salir de la anestesia dopamínica del online, pero esa emoción está asociada al dolor. ¿Es plausible pensar que esa moda entre varones es similar al fenómeno masivo de las mujeres que se cortan como viene denunciando Ofelia?

Sí, la pobreza de estadísticas fiables no logra silenciar el rumor a gritos de la época, que es una crisis general de salud mental y que conozco de cerca porque trabajo tanto en el mundo educativo como en hospitales, por lo que sé que los profesionales hace años que cuentan cosas estremecedoras sobre chicxs cada vez más jóvenes que se lesionan, se suicidan o lo intentan.

¿Por lo tanto ves una relación directa entre esta situación de aumento de la tasa de suicidios y lo que analizás en el libro?

Los informes muestran un aumento considerable de suicidios consumados e intentos y no hay que ser un esclarecido para apreciar que el drama viene de una presión muy alta en la que “el deber ser” en todas sus formas aparece en los dispositivos conectivos y las plataformas de manera constante, intersticial y ubicua: todo el tiempo en todas partes estamos sometidos a la medición de nuestro valor y esto genera crisis nerviosas, presión por el rendimiento, sobrestimación de los resultados ante los procesos y una enorme frustración si no aparece el reconocimiento deseado, por lo que la salud política de un cuerpo social habría que medirla desde qué nivel de apego a la vida genera un modo de producción.

¿Y dirías que esta presión afecta también la vinculación con los otros?

Claro, el ordenamiento virtual de las relaciones, la permanente imposición de cánones que miden al cuerpo y la vida, pero sobre todo la degradación ontológica que la alienación conectiva produce en el cuerpo y el ánimo presente, sometido a actualizarse como punto con valor suficiente para participar del Continua Actualidad; todo eso atrofia las capacidades convivenciales, genera aislamiento y una “soledad saturada”.

¿Y pasar más tiempo en “la vida real afuera del teléfono” sería un remedio?

No necesariamente, porque al estar saturados de estímulos virtuales, a nuestra vida real (cuerpo, barrio) le falta algo, le falta todo, está despojada de la capacidad de realizarse y desplegarse como potencia dueña de sí, en tanto resulta obligatorio auto valorizarse para participar de la representación virtual de la vida, que paradójicamente resulta la instancia de constatación efectiva de existencia válida.

¿Entonces no existe un “afuera de internet” como tampoco existe un “afuera del capitalismo”?

No, porque la “mediósfera” como patrón existencial produce un cóctel letal de hiper estimulación online (siempre hay más y más) y depresión offline (porque es imposible dar la talla), entonces la amenaza en el capitalismo conectivo no es tanto la reclusión disciplinante, sino la expulsión a la des-existencia, porque si te quedás afuera de internet no existís, por lo que matarse offline (suicidarse) para muchos es como aceptar que ya antes se habían quedado fuera de juego online.

Me interesa el concepto de “moral mediático-financiera” asociada a la idea de “bróker del yo”. ¿Podrías explicar esa idea en detalle?

La presión por multiplicar el valor es una exigencia propia de la subjetividad contemporánea que tiene un costado financiero-conectivo, dado que genera una dinámica respecto a la propia vida muy instalada entre nosotros, por la que cada cual debe tratarse como su propio “capital humano” (un conjunto de recursos puestos a rendir y capitalizarse), pero entonces hasta tanto no rindamos nuestra ganancia máxima (y ahí entra lo de ser un bróker de uno mismo), sea en salario o en abdominales, estaremos en falta y para colmo, esas ganancias además deben convertirse luego en representaciones virtuales en las que se inflará su valor: “Hago feliz a mi nene, le saco una foto, la subo y al rato estoy ansioso por ver cuánto rindió, cuánto se infló mi existencia en redes”.

Diferenciás “comunidad” de “nosotros” y sostenés que es más deseable construir un “nosotros” cuando hoy por hoy la palabra “comunidad” tiene una connotación positiva en el discurso público. ¿Por qué creés que construir comunidad no sirve para salir del paradigma de la conexión permanente?

El término “comunidad” es utilizado hoy hasta el hartazgo en torno al consumo de un influencer o de un canal streaming porque en el océano de internet el naufragio siempre amenaza y allí aparecen entonces como cobijo existencial las “comunidades de plataformas”, que en realidad son empresas tecnofeudales híper poderosas que lucran con la necesidad subjetiva de agarrarse o sostenerse y pertenecer; a estas comunidades yo las distinguiría de aquellas que se generan cuando en lugar de consumir algo juntos creamos algo juntos.

¿Cómo creamos entonces juntos un “nosotros” en un país gobernado por la extrema derecha?

La figura del “nosotros” puede crearse si cambiamos la autopercepción colectiva de que somos una “red” de individuos aislados, asumimos la autoconciencia del entramado común al que pertenecemos (como la marea feminista, las movilizaciones de disidencias o el ricoterismo) y nos enfocamos en que no hay peor derrota que aceptar la presunta impotencia de la acción colectiva, tomando como ejemplo cuando el 6 de agosto participamos de una movilización social muy grande que usó las redes y los medios de comunicación como prolongación del afecto por la tierra y de la fuerza que puede hacerse desde la tierra y sabiendo que sólo esas presentificaciones de esos diversos “nosotros” en la calle, que reponen la superioridad estética, ética, experiencial y libidinal del igualitarismo, pueden ponerle coto al ultracapitalismo filofacho gobernante.

Descarga libro gratis ACÁ.  

viernes, 26 de mayo de 2023

Un cuento x semana #33: Oporto

Merced a los problemas financieros que acarreaba desde siempre, por los que abandonó su Perú natal, atiborrado de deudas impagables que lo habían arrojado a la aventura de emigrar a España, Roly abusaba del signo Euro en su repertorio mental desde que se despertaba hasta que se dormía. La escueta paga que recibía como camarero en el bar de copas del centro de Madrid, donde habían aceptado contratarlo aún dada su irregular situación migratoria, le alcanzaba apenas para cubrir sus gastos diarios, el tabaco de liar, unos cubatas a la semana y nada más. Todavía quedaban pendientes en su agenda los dólares que había robado de su tía Margarita y que su madre había tenido que cubrir por él en Lima y varias transferencias realizadas por su familia en la dirección opuesta a la que suele ir el dinero a través del Océano Atlántico. Muy a su pesar, tras un año y medio en el viejo continente, todavía seguía siendo un sin papeles que viajaba en transporte público del centro hasta Aluche a diario para compartir piso con cinco panchitos de peor calaña que él, todos indocumentados, un par al borde del delito. Fue por eso que aceptó el segundo trabajo por la zona de Oporto y tiene ahora que tomar el metro en esa estación de madrugada, para volver a su casa.

El suicidio (del latín: suicidium) es el acto por el que una persona se provoca la muerte de forma intencionada. Por lo general es consecuencia de un sufrimiento psíquico derivado o atribuible a circunstancias vitales como las dificultades económicas.

Lo primero que lo asalta es el reloj de la estación, que marca que faltan todavía catorce minutos para que llegue el próximo coche. Tras la molestia por la demora, descubre encima que su teléfono móvil se quedó sin batería, por lo que no podrá escuchar a su amado Daddy Yankee mientras espera. Acto seguido se sienta en uno de los bancos del andén completamente vacío a ambos lados de las vías y mira hacia la nada, cansado. Unos segundos después aparece en la plataforma de enfrente un hombre mayor, canoso, vestido como si fuera a una fiesta que va de suyo no sucede en Oporto, zona de negocios tristes y gente pobre. Ni bien llega al andén se sienta con sus piernas colgando sobre las vías. Roly estupefacto solo atina a levantarse de un salto casi en sincronización con el descenso del viejo y lo mira fijo, sin hablar.

Los métodos de suicidio varían por país. Los más comunes son el ahorcamiento, el envenenamiento con plaguicidas y la manipulación de armas de fuego. Esta fue la causa de muerte de 817 785 personas globalmente en 2016, ​ un aumento en comparación con las 712 344 muertes por esta razón en 1990.

Roly chequea el reloj del andén de enfrente y lee que faltan 10 minutos para que llegue el coche. Atina a gritar:

-¡Oiga, ¿qué hace?!

Como toda respuesta el hombre del andén opuesto saca un paquete de cigarrillos de su traje y prende uno, con la absoluta libertad de saber que aunque esté infringiendo la sacrosanta ley que prohíbe fumar en espacios públicos, está por saltarse varias normas más que bregan por el normal desarrollo de la sociedad occidental. Luego de dar una profunda calada al cigarrillo y exhalar el humo, responde:

-Espero el metro ¿y tú?

Asombrado por la tranquilidad que desprende el viejo, que ondea las piernas como si fuera una niña en un columpio mientras fuma, Roly asume que no va a poder hablar con él mientras tenga las vías entremedio y se lanza a las escaleras para pasar de lado. Su teléfono muerto le impide llamar a la policía pero espera dar con algún empleado en la entrada que pueda ayudarlo.

Para prevenir el suicidio resulta útil abordar las causas y circunstancias a través de psicoterapia. Algunas medidas efectivas del momento inmediato y previo al acto suicida son limitar el acceso a los métodos o el abuso de sustancias.

En la zona de controles, ya sudando, Roly no encuentra a nadie, ni trabajador del metro ni usuario. Siendo casi la una de la madrugada entiende que no es de la mano de un tercero de donde vendrá la solución a la emergencia que está viviendo. Duda un instante en salir por los torniquetes y volver caminando a su casa, pero, confundido, atina de forma autómata a correr hacia las escaleras y llegar al otro andén. Una vez allí, comprueba de nuevo que ambos lados de la estación están vacíos y ve al hombre de traje sentado, calmo, fumando. Si bien mide rápido que su propia contextura es mucho más pequeña que la del viejo y evalúa por un instante arrastrarlo hacia la zona segura del andén, primero, en shock, decide hablarle.

-Oiga, ¿qué está haciendo? –le grita a una distancia considerable, como si lo que sea que padece el anciano fuera contagioso.

-Ya te dije, espero el metro –contesta el viejo muy calmo.

-Pero ¿Qué le pasa? -sigue gritando Roly.

-Nada especial, la verdad.

-Escúcheme, seguro tiene familia –dice Roly ya en un tono más bajo, acercándose.

-Seguro.

-Y seguro su familia no querría que Ud.

-¿Qué yo qué?

Roly cae en cuenta de que no va a inmutarlo con palabras, su limitado dominio del lenguaje y las barreras idiomáticas que lo separan de un español de pura cepa como el viejito de traje que tiene enfrente reducen aún más su capacidad de argumentación. En un arrojo de demencia, luego de mirar el reloj y ver que faltan siete minutos para que llegue el metro, se sienta a su lado con las piernas colgando sobre el andén.

La visión social del suicidio está influenciada por la cultura y la religión. El cristianismo lo considera un pecado, debido a su creencia en la santidad de la vida mientras que algunas estadísticas señalan que las tasas de suicidio son más altas en el ateísmo. El factor protector de la religiosidad ya fue detectado por el sociólogo Emile Durkheim en su obra "El suicidio" de 1897.

Ambos hombres permanecen en silencio durante unos instantes. Roly, conmocionado y ungido por todas esas tardes en misa que pasó con su madre y la tía Margarita en Lima saca su carta religiosa y dice:

-¿No cree Ud. en Dios?

-No.

-¿Ni en algo superior a nosotros?

-No.

-¿Entonces no hay nada que le pueda decir para que no…?

-No.

Con una tranquilidad apabullante y sin el más mínimo signo de miedo, temor o nerviosismo, el viejo saca de nuevo el paquete de cigarrillos y le ofrece uno a Roly, que acepta. Luego de encenderlo, por un acto casi reflejo que no se explica a sí mismo, el peruano empieza también a mover las piernas. Mira el reloj, quedan cinco minutos.

-¿Cuántos años tiene? –pregunta Roly.

-Sesenta y dos –contesta el viejo.

-¿Y a qué se dedica?

-A nada, no trabajo, vivo de rentas.

-Entonces ¿qué problema tan grave puede tener como para…?

-No tiene que ser grave, mientras sea insoportable. ¿Tú soportas todo?

-No, pero…

-¿Nunca lo has pensado? ¿No ves que es la solución perfecta?

-Sí, como pensarlo, lo pensé, pero ¿cuáles son sus problemas?

-Los mismos que los tuyos, supongo, solo que yo sí tengo el coraje de librarme de ellos.

Roly duda un segundo y ve la luz al final de su propio túnel. Contesta:

-Bueno, ya que lo menciona, yo tengo problemas de dinero, muchos problemas de dinero.

Algo en la mirada del viejo cambia. Roly lo percibe y siente que por fin ha logrado impactarlo. Mira el reloj, le quedan sólo dos minutos, pero arremete entusiasmado:

-Oiga, ya que Ud. tiene tanto dinero, ¿por qué no me presta un poco? Necesito solamente cuatro mil Euros para pagar mis deudas.

-Pero, ¿qué me cambia a mí darte a ti dinero?

-Pues que Ud. podrá sentirse útil, hacer algo, contribuir.

-¿Contribuir a qué? Si tú te metiste en deudas pues tú deberías pagarlas, no yo.

-Vale, vale –replica Roly- pero si Ud. me da a mí dinero, tendría que vivir para cobrarme y podríamos salvarnos, sabe, el uno al otro, usted me salva a mí de mis deudas y yo, pues, de esto.

Pese a que el 79% de los suicidios de todo el mundo en 2019 se registraron en los países de ingresos bajos y medianos, la tasa más elevada, de 11,5 por 100 000 habitantes, correspondió a los países de ingresos altos, en los que, además, se suicidan casi tres veces más hombres que mujeres.

Roly ve el cartel de “Próximo tren va a efectuar su entrada en la estación” y mira al viejo a los ojos.

-Vete de aquí, sudaca– dice.

Y se lanza a las vías.

Roly saca sus piernas del andén muy rápido y se levanta de un salto. Escucha el sonido del metro a sus espaldas mientras se arrastra hacia la salida. Tendrá que caminar casi tres kilómetros hasta su casa en Aluche. Sabe que verá el amanecer.