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martes, 18 de agosto de 2026

Un cuento por semana #41: Camargo

El mar se te abrió una vez
se te abrió para no parar
y vos no te despertaste
lo arruinaste una vez más.


El lugar, nefasto. Es verdad que ya ninguno de los dos toma cerveza, pero qué absurdo citarme en una vermutería, a sabiendas de que vivo hace años en Madrid, donde el vermú brota de cada fuente de toda plaza como agua bendita. Parece querer decir “Mirá que acá también tenemos eso que te fuiste a buscar tan lejos”, pero cuando veo el bar de falso estilo colonial desde afuera lo que siento es que soy una oficial de la metrópoli del siglo XVI. Cómo se llamaban los funcionarios reales que hacían eso, comendador o corregidor, dudo al entrar a Vermutería La Ideal y concluyo que soy la Corregidora para las Indias Occidentales Doña Laura Pérez y he de esperar aquí al hombre que amo después de diez años de amistad y tres sin vernos. 

Dedicaré este divertido episodio de mi vida a Garcilaso de la Vega, bromeo conmigo misma mientras me siento en una mesa rodeada de pizarras con ofertas de vermú en las paredes: Cinzano, Cynar, Campari, Gancia, Pineral, Fernet, Espiridina, Izaguirre. Me tomaría uno de cada para juntar valor y afrontar lo que me espera, pero me decido por el Cynar, que en Madrid es difícil de conseguir; con pomelo, algo que a España nunca llegó: la combinación perfecta entre el ácido del alcohol y la amargura del cítrico, cosas que añoro en mis noches de tango. 

Googleo “corregidor Buenos Aires” y aparece la Editorial Corregidor, siempre lo mismo esta ciudad, la cultura letrada y gorila primero que nada, cuándo no. Veo que están reeditando a Lispector y todas las portadas tienen una foto suya. Me acuerdo cuando él me dijo que me parecía a ella, los labios rojos, el pelo tipo años cincuenta, el tabaco. Cierro la web porque no es buena idea pensar en escritoras sudamericanas en este momento, considerando que fue él también el que me aconsejó que me fuera del país para poder escribir tranquila, que estudiara literatura en Madrid, me dijo, que me dedicara cien por ciento a eso. La última vez que nos vimos hace tres años hasta sentenció: “Vos lo único que tenés que hacer es escribir, el resto es paisaje”. Ni bien lo dijo pensé: “Cómo me conoce este hijo de puta, lo odio”. Pero no dije nada, porque lo que tenía para decir era que estaba enamorada y entonces no tenía ningún sentido vivir en otro continente. O sí: Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir. 

Me traen el primer Cynar y todavía faltan cuarenta y cinco minutos para el encuentro. Salí antes con la excusa de que tras tantos años afuera de esta ciudad infame ya no sé cuánto se tarda en ir de un lugar a otro. Es mentira porque lo que quiero en realidad es estar más borracha que él cuando llegue. Controlar y descontrolar al mismo tiempo. Verlo entrar, respirar hondo y confesar. 

Busco esta vez “Corregidores en América”. Leo: El territorio original del virreinato del Río de la Plata se formó en 1776 a partir del Corregimiento de Cuyo y su último Corregidor fue Jacinto Camargo. Me sorprende recordar que nos conocimos en una escuela de periodismo en la calle Camargo y según veo en el mapa del teléfono estoy apenas a seis cuadras de ahí, diez años después, esperándolo. 

Entonces saco el cuaderno y empiezo a garabatear formas de expresarlo, de dejarlo dicho, frases en las que el amor que siento esté a la altura de la escritora que soy, que él me dijo que era, que tenía que ser. Anoto No quiero ser más tu amiga, lo tacho; No quiero que te vayas a vivir con ella, lo tacho; Necesito que estemos juntos, lo tacho. Pido otro Cynar y vuelvo al teléfono: busco "corregidor español" y Google dice que no, que lo que busco es un corrector en español, no un corregidor. Entro a corrección.es y veo que también provee sinónimos. Tipeo "amor" y aparecen: cariño, apego, ternura, simpatía, amistad. Tipeo "amistad" y aparecen: cariño, apego, ternura, simpatía, amor.

-¿Cómo te das cuenta de que estás enamorada de un amigo?– le había preguntado a Cecilia al empezar a sospechar.
-Cuando te preocupás por la ropa que te ponés si sabés que lo vas a ver -contestó ella tajante, como recitando una máxima religiosa de la revista Cosmopolitan. 

Ahora tengo una camisa blanca, un corpiño de encaje negro que se deja ver, un jean que me ajusta lo mínimo y unos borcegos viejísimos. Me puse un perfume común, me maquillé como siempre, no hay nada especial.

Y si no estoy enamorada. Y si le amargo la vida, lo dejo solo, si perdemos todo. Contrasto lo que sucedería si le dijera que ya no puedo ser más su amiga contra lo que pasaría si siguiera con esta farsa otros diez años más o hasta que conozca un español que le haga sombra y me permita olvidarlo. Pido un tercer Cynar, faltan quince minutos para que llegue. Pongo el cuaderno en horizontal, trazo una línea en el medio y titulo dos listas: Si le digo que lo amo/Si no le digo que lo amo. Empiezo a completar la primera: 

No me va a creer, se va a reír de mí. No va a reconocer que ya había algo entre nosotros antes de que me fuera. No va a acordarse de que me llamó esa noche de pepa y me dijo que quería que a España se la comiera Godzilla para que vuelva, no va a hacerse cargo de que cada vez que le hablo de un tipo me lo tira abajo, no va a aceptar que también le gusto, no va a actualizarme sobre qué pasó con su padre depresivo o con su novia de turno, no va a mandarme mails con canciones, no va a llamarme cuando tenga insomnio para hablar cinco horas y cuarenta y siete minutos, no va a enviarme libros piratas para leer, no va a nombrarme al aire en la radio para después decirme que podría haber dicho cualquier nombre, no va a ponerme likes en redes sociales, no va a mandarme fotos de sus viajes, no vamos a chatear todos los días, no va a grabarme audios de ocho minutos, no va a gritarme escuchá esta banda que es una maravilla, no va a leer mis cuentos y opinar este personaje tiene que ir por acá, no vamos a discutir de cine ni de política, no voy a poder reirme de sus interminables chistes, no va a hablarme más, no va a acordarse de mí, no va a citarme en ninguna vermutería cuando venga a Buenos Aires, no va a avisarme si va a Madrid, no va a informarme si se pelea con esta novia o la siguiente, no va a contarme que se siente solo, no vamos a burlarnos de las ridículas parejas que tendremos los próximos años, no vamos a conocer a nuestros hijos, no vamos a envejecer juntos. 

Estoy concentrada escribiendo cuando aparece y dice: 

-Cómo le va Doña Laura, veo que no para de escribir, como corresponde. 

Suelto la lapicera, cierro el cuaderno, me paro, lo abrazo. Huele como siempre: a cariño, apego, ternura, simpatía, casa, huele a verdad.

-Amigo, qué lindo verte, tanto tiempo.

jueves, 28 de agosto de 2025

Un cuento por semana #40: Mañana es mejor

Será que la profesora se hartó de nuestros relatos depresivos sobre la guerra, el genocidio, el cambio climático y la amenaza nuclear porque dijo “Bueno, basta, para la próxima clase me traen todos una utopía, quiero algo luminoso y esperanzador sobre el futuro”, cerró el cuaderno, se levantó y se fue.

Con los compañeros del taller nos miramos con cara de “¿Y ahora?” mientras Leticia, la que cree que escribe mejor que todos nosotros juntos dijo: “Por fin una consigna como la gente”.

Llego a casa confundido, disperso y con pocas ganas de escribir. Es 2025 y hay efectivamente una guerra en Europa, un genocidio en Medio Oriente, las extremas derechas controlan Occidente y nunca en la historia del capitalismo la riqueza se distribuyó de manera más desigual. ¿Cómo puedo pensar en algo luminoso y esperanzador sobre el futuro en este estado de cosas?

Imaginar es la tarea. Eso dice uno de los carteles motivacionales que tengo en el escritorio. Hay dos más: el que sentencia "Mañana es mejor" y el que ordena "Para escribir hay que escribir". Fenómeno, tengo un montón de Inspo-De-Insta sobre la potencia de la imaginación y la creatividad, pero cero ideas sobre un futuro luminoso y esperanzador.

Pasan las horas frente al teclado y no se me ocurre nada. Hago una lista de todas las cosas que están mal en el planeta e intento imaginar cómo sería si fueran distintas. Cero. Todo me suena cliché, ingenuo, estúpido. Recuerdo que en la infancia cuando me decían que pida un deseo, rápido me salía: “Que no haya hambre en el mundo”. ¿Eso es un cuento? ¿Una realidad de gorditos?. Ya en la adolescencia cantaba: Imagine all the people, living the world in peace, uh, uh, uuuh. ¿Un capitalismo sin guerras es posible? ¿Existió alguna vez? Nada, nada, no puedo escribir nada. 

Se suceden los días y se acerca la fecha en la que tengo que entregar mi tarea luminosa y esperanzadora pero no se me ocurre absolutamente ninguna idea. O sí, se me ocurren, pero me dan vergüenza: ¿Cómo voy a escribir un cuento en el que no hay hambre ni fronteras y la gente es feliz y ya está? ¿Soy imbécil?

No me queda otra opción que preguntarle al ChatGPT. ¿Cuál sería ese prompt? “Escribe un relato que sea luminoso y esperanzador sobre el futuro de la humanidad” A ver:

En un rincón olvidado del planeta, una pequeña aldea despertaba cada día con el sol que se filtraba tímidamente entre los árboles, iluminando la tierra que había sido regenerada por generaciones de trabajo colectivo. Era un lugar donde el aire olía a tierra húmeda, a vida renovada. El río, antes contaminado y casi muerto, ahora fluía claro y vibrante, llevando consigo historias de resiliencia y cambio.

Hace apenas unos años, el mundo parecía estar al borde del abismo. El cambio climático había provocado desastres naturales, los océanos se tragaban las costas y las selvas, pulmones vitales del planeta, se desvanecían con cada tala ilegal. Las ciudades estaban sumidas en la smog, y las noticias del colapso de los ecosistemas eran constantes. Los más pesimistas ya hablaban de un futuro irremediable, donde la humanidad se extinguiría por su propia mano.

Pero entonces, algo comenzó a cambiar. No fue un milagro ni un evento repentino, sino un movimiento silencioso y persistente, nacido del cansancio de ver cómo las generaciones anteriores habían ignorado las señales de advertencia. Primero fueron pequeños grupos de jóvenes científicos, agricultores, ingenieros y artistas los que se unieron, convencidos de que la solución al caos estaba en la cooperación y en un renacimiento global de los valores humanos.

WTF. ¿El ChatGPT me habla de “Trabajo colectivo”? ¿Qué le pasa? ¿Es socialista? Agrego otro prompt: “Menos woke”.

Era el año 2050, y las calles, que antes estaban llenas de humo y ruido, ahora se veían más limpias y tranquilas. Los autos eléctricos dominaban el tráfico, mientras que en los edificios brillaban paneles solares, y los jardines urbanos se extendían en cada esquina. Las energías renovables se habían convertido en la norma, y las ciudades no solo eran más sostenibles, sino también más humanas.

El cambio había comenzado con pequeños gestos. Los gobiernos, presionados por una sociedad que ya no aceptaba más promesas vacías, comenzaron a tomar decisiones que antes parecían imposibles. La cooperación internacional, nacida de la necesidad de sobrevivir como especie, llevó a acuerdos históricos que permitieron reducir las emisiones de carbono y restaurar ecosistemas enteros. Las políticas se centraron en la inversión en tecnología verde, en la protección de la biodiversidad y en la justicia social.

“Justicia Social” dice el ChatGPT. Evidentemente no entendió cuando le indiqué “Menos woke”. ¿Entonces?. 

Llega la fecha límite de entrega por mail y la noche anterior no puedo dormir. Leticia, la que cree que escribe mejor que todos nosotros juntos, nos envía su texto a las 3AM. Como estoy despierto y desesperado, lo leo ni bien llega. Reza:

“En un rincón olvidado del planeta, una pequeña aldea despertaba cada día con el sol que se filtraba tímidamente entre los árboles, iluminando la tierra que había sido regenerada por generaciones de trabajo colectivo…”.

jueves, 22 de agosto de 2024

Un cuento x semana #39: Deforme

Era obvio que era mentira, era obvio que se la estaba chamuyando para llevársela a la cama.

¿Quién en su sano juicio admitiría tener una erección incontrolable producto del consumo de Viagra en una guardia a las 4AM? Ahora, la verdad, un poco la halagaba la idea de que quisieran acostarse con ella, que, imposible sería negarlo, se había arrastrado a la clínica sola y embarazadísima de su primogénito, por lo que temía no tener nunca más sexo en su vida.

Las enfermeras le habían dicho a ella que esperara a que las contracciones fueran cada 5 minutos, porque de otra forma sería una falsa alarma. Mientras miraba su reloj, entre gritos de dolor, a su lado él esperaba por el médico que, dijeron también las enfermeras, estaba ocupado, pero que, esto no lo dijeron, pero no hacía falta, estaba durmiendo.

Entre contracción y erección, Raúl de 60 y Clara de 38 entablan un diálogo que no por inverosímil resulta menos romántico. Él la trata como se trataba a las mujeres de 38 cuando Raúl tenía 38 –hace ya largos y confusos 22 años- y ella lo trata como las mujeres de 38 tratan a los señores de 60 que se quieren acostar con ellas en la guardia de una clínica a las 4AM fingiendo una erección permanente. Es decir, así:

-Es raro que una mujer tan hermosa decida tener un hijo sola – señala él, sentado de la forma más estrambótica posible, visiblemente incómodo.

-No es una cuestión de belleza, don Raúl, sino más bien de practicidad, una cosa es criar a un nene y otra muy distinta es criar a un nene y a un marido.

-Pero pretendientes debe tener –insiste él.

-Claro, sí, pretendientes debo tener, pero hasta donde yo sé o viven con la madre, o están casados o militan en la extrema derecha.

-Si los va a discriminar por ideología, m’hija, ahí sí que la va a tener difícil.

-Nada de ideología, don Raúl, lo mío es una cuestión de tiempo: o tenía el bebé ahora o ya el nene me salía deforme.

-Bueno, si de deformes hablamos… - dice él mientras baja los ojos hacia su entrepierna, la cual, como gesto de buena educación, Clara decide no mirar.  

 

viernes, 30 de junio de 2023

Un cuento x semana #38: Lo de Nelly

No queremos ir, pero vamos. Vamos porque vivimos con la abuela. Vamos porque la abuela nos obliga. Vamos porque nos promete que si vamos, esa noche nos hace albóndigas. Así que vamos, los tres, mi hermana, la abuela y yo, a lo de Nelly, todos los miércoles.

El lugar está escondido como si fuera una casa más. No tiene nada de especial, una cerca blanca, algunas plantas en el jardín delantero. La abuela abre la verja del frente pero después toca el timbre. Adentro está lleno de viejas como ella. Somos los únicos chicos. El salón está repleto de cuadros de santos y siempre suena una música parecida, sin cantante. Viene Nelly a saludarnos y nos dice: “Qué grandes que están”. Nos da dos besos a cada uno y nos sonríe. Después se va al fondo. Todas las amigas de la abuela nos dicen cosas así, todos los miércoles. O que estamos grandes o que estamos lindos. Hay una, Ramona, que nos regala unos caramelos ácidos. Hacemos que nos los comemos pero después los escupimos porque nos hacen llorar de lo ácidos que son.

En el fondo hay un jardín lleno de animales, de plantas y una parra gigante que tapa donde se hacen las reuniones. Hay pajaritos en jaulas, gallinas en un corral, varios perros siempre dando vueltas que Nelly ata antes de empezar. El pasto está quemado y se mezcla con la tierra. Hay muchas cosas apelotonadas: una cortadora de pasto, algunos muebles con la madera hinchada porque se mojaron con la lluvia, hasta una moto. La abuela nos explicó que la gente le regala cosas a Nelly porque se lo merece. Bajo la parra siempre están las sillas puestas en círculo y las mujeres se sientan así. La abuela nunca nos deja salir pero nosotros vemos todo desde adentro por una ventanita. Y escuchamos todo, también.

Primero habla Nelly. Dice los nombres de las presentes, bendice la reunión y evoca al espíritu santo. Después habla Mirta, que es la secretaria. Después habla Ramona. Elsa toca el piano pero no canta. Solo canta en Navidad, cuando hacen la reunión más grande y cantan todas.

Después atienden.

Los que van a ser atendidos se sientan en una silla que le ponen en el medio de la ronda, las mujeres se levantan y empiezan a caminar girándole alrededor. Cuando Nelly grita “Ahora” las mujeres suben y bajan los brazos en dirección al que está sentado y siguen girando, mientras Nelly grita cosas.

Las cosas que grita pueden variar. Pueden ser: “Saca Jesús al demonio del cuerpo de” y ahí dice el nombre del que está sentado en el medio. O puede decir: “Quita Señor el mal del cuerpo de tu hermano”. Si es una mujer la que está en la silla dice “hermana”. Las mujeres giran y giran murmurando algo que nunca pudimos escuchar. Mi hermana dice que repiten lo que dice Nelly, pero no sabemos bien. Puede ser. Ellas siguen así mientras en general el que está en la silla no se mueve. Cuando fue mamá, después de que se murió papá, ella sí se movió. Empezó a corcovear como si estuviera a punto de vomitar. Y creemos que sí vomitó, porque justo la que estaba girando delante de la boca se tiró para atrás, pero no vimos el vómito. Después le preguntamos y nos dijo “Me saqué algo de encima", pero nunca supimos si lo decía por el vómito o por papá.

Eso sigue así un rato hasta que una de las mujeres empieza a temblar y se separa de la ronda. “Lo tenemos” grita Nelly y todas las demás se apartan de la silla del medio y se vuelven a sentar. La señora que tiembla a veces es Ramona, a veces Mirta, nunca Nelly. Dudamos si Nelly no tiembla porque no quiere o porque ya no puede, porque está muy vieja. Un miércoles le preguntamos a la abuela cuántos años tenía Nelly y contestó: “Como yo”. Y nosotros vimos temblar a la abuela, así que poder puede.

Una vez que se aparta del grupo la señora que tiembla empieza a hablar con Nelly, que le dice: “¿Quién eres? ¿Qué quieres?” mientras recorre su cuerpo sin tocarlo con las manos, de los hombros hacia abajo y hacia arriba. Hasta que en una de esas veces lo hace con más fuerza de abajo hacia arriba y deja las manos en alto un rato y la señora que estaba temblando deja de temblar. Así le pasó varias veces a la abuela cuando fue la que temblaba. “Se ha ido hacia la luz”, dice Nelly, y la abuela u otra señora que tiembla vuelve a su lugar original en el círculo de asientos y todas aplauden. Después Nelly abraza a la persona de la silla del medio, que en general vuelve a su silla llorando pero a la vez sonriente. “Llora de alivio” nos explicó una vez la abuela.

Cuando terminan con las personas, empiezan con los animales: vimos degollar a varias gallinas y matar a un conejo. También un miércoles un señor pidió llevar su caballo porque dijo que “Le habían hecho un trabajo” y no ganaba las carreras. Nelly no lo autorizó. La abuela nos contó esa noche en casa que era porque Nelly no trabajaba “con el vicio”.

Cuando terminan la abuela abraza a todas las viejas y con Nelly se tocan también los brazos un rato hasta que se ríen y se despiden. Adentro a veces se queda charlando con alguna de las cosas del barrio, la verdulería, la carnicería, un asalto si hubo esa semana. Cuando nos ve en el sillón haciéndonos los dormidos nos dice: “Saluden que nos vamos”. Y nosotros le damos dos besos a Nelly, uno a Ramona y otro a Mirta.

Volvemos caminando ya de noche, rápido. Sabemos que hay albóndigas.

 

jueves, 22 de junio de 2023

Un cuento x semana #37: Marita

A mí, si me preguntan, respondo siempre lo mismo: es un trabajo como cualquier otro. Es verdad, tiene sus truquillos, quiero decir, uno va adquiriendo un saber, cierta experiencia, detalles, minucias, pero al final, me levanto a la mañana, manoseo viejos en una residencia de ancianos, cumplo mi horario y vuelvo a mi casa, nada del otro mundo.

Todo empezó allá lejos hace tiempo, cuando Doña Encarna, por supuesto me acuerdo de su nombre aunque ahora esté muerta y enterrada hace años, me pidió que le enjabonara las tetas de nuevo mientras la bañaba. “Otra vez, por favor, otra vez”, susurró, y yo pensé que la pobre estaría senil, como casi todos mis clientes, bueno, en ese momento eran solo pacientes, pero todos ellos tenían un puntito entre locos y cuerdos, vivos y muertos, comedia y tragedia. Pensé “Pobre Encarna no se acuerda que ya la enjaboné recién”, pero sí se acordaba. En realidad en su susurro Encarna suplicaba lo que todos ellos suplican en silencio, que los toquen, los acaricien, los hagan sentir. Entonces ese verano cada vez que la bañaba ella decía “¿Y lo otro?” y yo ya sabía que tenía que enjabonarle las tetas dos veces para que ella cerrara los ojos y suspirara mucho, vaya uno a saber pensando en qué, o en quién. Pero claro, después se corrió la bola y todas empezaron a pedir lo mismo y, modestia aparte, a pensar en mí. En algún punto lo entiendo: mido un metro noventa, hago natación desde chico, tengo manos grandes de traumatólogo, brazos armados, espalda, hombros. De cara soy normal, pero la barba hace lo suyo, el pelo un poco largo, un color de piel que no es muy común en España y el acento, claro, el acento argentino que las vuelve locas a todas.

Como explicaba, primero fue Encarna, después las de su habitación y finalmente las hijas. Con las hijas hacía el service completo, digamos. Íbamos a un hotel, atrás, adelante, atrás, un abracito después para que no se notara el negocio y todo a la alcancía. Con esa performance en menos de un año me compré un auto, una moto y una pileta de lona. Eso fue más un capricho que otra cosa, porque para nadar iba al polideportivo, pero me gustaba tirarme ahí y pensar que toda esa agua era sudor de viejas, fluidos de viejas, cataratas de líquido vaginal de viejas con sequedad crónica que yo había hecho brotar casi como de las piedras y ahora me abrazaba los domingos a la tarde cuando leía algún policial mientras me tomaba unas cervezas al sol.

Después de las señoras y las hijas llegaron los señores y los hijos. Al principio me dio un poco de impresión, para qué negarlo. Don Vicente fue el primero que, entre risas, lo sugirió jugando a las cartas:

-¿Lo de Encarna es sólo para Encarna? –preguntó mirándome a los ojos.

Descolocado, me quedé en silencio.

-Mira que yo tengo pasta como ella ¿eh? –continuó.

-¿Mucha? –respondí.

-Toda la que tú quieras, si haces bien tu trabajo -retrucó pícaro el viejo.

Y así amplié mi clientela. Cuando el hijo de Don Alfonso, que en paz descanse, se enteró del tema, me ofreció ir a jugar al tenis con sus amigos ricachones. Eso empezó así y terminó con que me pude comprar el terreno de al lado y al final una pileta de concreto. Me gustaba hacerme los largos ahí, de noche, pensando que todo ese líquido rodeándome era un útero o un escroto. En fin, un hogar construido por mis propias, gigantes y habilidosas manos, en cuerpos destruidos o abandonados o simplemente tristes, llenos de abulia y desesperación.

El problema ahora es que me enamoré. Bueno, no fue ahora, es más bien lo que me viene pasando hace unos meses con Marita. Ella justamente no quiere mis servicios, aunque se los ofrecieron las señoras, los señores y hasta yo mismo probé una vez, masajeándole la nuca, con bajar despacito al escote haciéndome el distraído. Pero ella muy cálidamente me sacó la mano y me dijo:

-No hace falta, cariño, con las cervicales está bien.

Un poco me ofendí, es cierto, pero por otro lado su negativa me dio más ganas de tocarla, es decir, sin cobrarle, sin negociar ni mercantilizar, diría mi prima la socióloga, eso que tenía yo para ella y ella rechazaba, educadamente, pero muy firme. ¿Acaso Marita no era como todas las viejas que me venía franeleando hacía años, como sus hijas que me pedían que hiciera realidad sus más alocadas fantasías o los viejos y sus hijos que hacían con mi cuerpo lo que no hacían y no habían hecho nunca con sus respetables esposas? Había gato encerrado ahí, no era posible que Marita supiera todo eso (porque lo sabía, se lo habían contado hasta las enfermeras cuando entró porque a ellas también les daba una comisión por hacerme marketing) y no le diera curiosidad, no necesitara aunque sea probar aquello de lo que todas sus compañeras se beneficiaban, ese calor, ese contacto, ese amor, en definitiva, que le daba a mis clientes. Porque es cierto que les cobraba, claro, cómo no voy a cobrar por mi trabajo, faltaría más. Pero la dedicación, el entusiasmo, todo eso venía gratis. Y el recato, también, los límites, la discreción y la falta de exigencias. Porque a algunas de las hijas, por ejemplo, las divorciadas sobre todo, me daban ganas de invitarlas a salir a tomar algo, o decirles que vinieran a casa para ver una película. Pero nunca lo hice justamente porque soy un profesional, un dedicado fisioterapeuta con aptitudes heterodoxas pero con conducta y abnegación casi religiosas.

Me llevó poco tiempo averiguar el pasado de Marita y cuando lo conocí me excitó aún más: tenía 75 años, tres hijos, un marido escritor muerto. Había sido corresponsal de guerra de un diario muy prestigioso por décadas, había cubierto decenas de conflictos por todo el mundo y había vivido en el extranjero muchos años. Aparte tenía varios libros publicados y una entrada en la Wikipedia. Como buena escritora en la residencia se la pasaba escribiendo un cuaderno atrás de otro, compulsivamente casi. También leía muchísimo. Se tiraba las tardes que las otras viejas gastaban en la televisión o la canasta en el jardín, fumando a escondidas de todos nosotros, leyendo y escribiendo sin parar.

Un día le robé el diario, curioso por saber cómo escribía y qué tenía tan importante para contarse a sí misma. Y ahí terminé de enamorarme para siempre, de Marita, mi Marita, la única que me dijo que no. Abrí el cuaderno en una página cualquiera y leí:

Si le preguntan a él, responde siempre lo mismo: tiene un trabajo como cualquier otro. Es verdad, admite, tiene sus truquillos, es decir, ha ido adquiriendo un saber, cierta experiencia, detalles, minucias. Pero al final, explica: me levanto a la mañana, manoseo viejos en una residencia de ancianos, cumplo mi horario y vuelvo a mi casa, nada del otro mundo. 

viernes, 16 de junio de 2023

Un cuento x semana #36: Confusión

I.-

¿Qué carajo es todo esto? No entiendo nada, tengo frío, ¿qué pasó? Me duelen los ojos. Es por toda esta luz. ¿Por qué hay tanta luz en este lugar? Me duele la panza, me cortaron algo me parece, tengo una cicatriz. ¿Y todo este ruido? Es demasiado. ¿Dónde estoy? ¿Qué pasó con mi casa? Es verdad que ya estaba incómodo ahí, pero esto es rarísimo. Esta señora que me mira, ¿quién es? Señora no me mire. Tengo una puntada en el estómago, creo que es hambre, ¿Dónde está mi comida? ¿Y ese olor? ¿Dónde estoy? ¿Qué carajo está pasando? Voy a llorar. Listo lloro y alguien me va a tener que explicar algo de todo este kilombo. Me acuerdo cosas pero fragmentadas, que me dolió la cabeza, que lloré antes, que me cortaron, que me dormí. Pero ahora esto, no sé, no entiendo. ¿Lloro? Si ya lloré antes y no me sacaron de acá a lo mejor llorar no es la forma, ¿no? mejor me duermo, a ver, cierro los ojos y ya está.

II.-

Huelo mal, ¿Por qué huelo mal? Qué asco ese olor. Y encima tengo mojado atrás. ¿Es líquido? Tiene una consistencia extraña pero diría que de ahí viene el olor. Parece que dormir no sirvió de nada. No sé qué hacer, llorar no sirve, dormir no sirve. Tengo hambre. Me duele la cicatriz esta, me duele la cabeza, toda esta luz me aturde, estas sombras que veo tampoco sé qué son. Por lo menos la señora no me mira más, esa señora me da miedo, me mira como si no sé, fuera su mascota o algo así. Esperá, esperá, ¿no le puedo explicar a la señora esa que tengo hambre? Porque creo que esto es hambre. Y que me saque el líquido de la espalda, porque me molesta, tira olor. Llorar no, dormir no, ya sé, ¡me rio! Sonrío así con fuerza y capaz me dan comida. Ahí viene la señora, bien, reír funcionó.

III.-

Tengo que chupar, chupar es más efectivo que reírse. Chupo eso que me ponen en la boca y se me va el hambre. No entiendo cómo me llega de la boca al estómago este líquido pero chupar está bueno, me relaja un poco. La señora me mira fijo cuando chupo y me pone un poco incómodo, la verdad, déjeme chupar, señora, mire otra cosa por favor. El problema con lo de chupar es que después me da sueño, me duermo y cuando me despierto tengo el olor ese, toda la espalda empapada, un desastre. Y será que lo huelo yo solo el olor porque tardan en sacármelo, me dejan ahí con los otros y nos miramos todos como diciendo “¿Alguien más huele eso?”. Algunos lloran, otros se duermen, pero el olor se mantiene. Intenté explicarles que llorar no sirve mucho. Pero no sé, lo que más me molesta es la luz, no entiendo para qué hace falta tanta luz, la verdad.

IV.-

El señor también me mira. No sé qué le pasa, tengo hambre señor. Tengo hambre, sueño y confusión. Él tiene una cara diferente a la señora, los ojos más chiquitos, pelos blancos en la cara. Y no me sonríe, todo mal. Eso sí, me da vueltas, me pone cosas en el pecho, me mira las orejas, me mueve un palito de un lado y del otro de la cara no sé para qué la verdad, pero yo lo miro ir y venir y el señor se calma. Me gustaría preguntarle si lo de chupar está bien porque después de chupar siempre me agarra sueño y después del sueño viene el olor. El señor parece que sabe de dónde me viene el dolor de la panza porque me saca unas cosas de la cicatriz y me las vuelve a poner. Me confunde mucho el tema de la panza porque tengo dolor de la cicatriz pero también dolor del hambre. Lo del hambre con chupar lo resuelvo, aunque la señora me mire fijo así como una loca lo resuelvo, cierro los ojos y ya está. Pero después está lo de la cicatriz, que no entiendo bien, ¿Tendré que chupar al señor? Lo que me preocupa más es el olor: ¿A quién tendré que chupar para que no se me llene el cuerpo de ese olor? Me pica la espalda, además, no sé cómo rascarme la espalda. No entiendo nada de todo esto, la verdad.

V.-

Por suerte bajo un poco la luz. En este lugar está la señora solamente, el señor se fue. Ella me tiene todo el día en brazos, no sé para qué, pero lo bueno es que se da cuenta rápido lo del olor y no dura mucho todo eso. Y chupo más seguido que antes, también es verdad. Lo de dormir se me complica un poco por el miedo al olor. Porque si me deja la señora solo, acostado, yo me duermo, total, ¿qué más voy a hacer? Lo más raro igual es que cuando me duermo veo cosas, cosas de antes, cuando no tenía hambre, cuando no tenía sueño, no  hacía tanto frío, no tenía que hacer todo este circo de chupar, reír, dormir, gritar. Me gustaría volver ahí, pienso cuando me despierto, pero no sé cómo decirle a la señora que me lleve. Voy a probar con hablar, a ver:

-Agugudada.

viernes, 9 de junio de 2023

Un cuento x semana #35: Oxitocina

 

Fue para la época en la que Mariana me dijo que estaba embarazada de nuevo y comprobé que nunca se separaría de su marido por más que me hubiera dicho durante dos años que me amaba que decidí ir a visitar al tío Esteban por primera vez.

Cabe aclarar que en mi familia él no era una persona sino un concepto, una metáfora de lo que se consideraba un desajuste, una exageración, un exabrupto involuntario. En reuniones en las que por supuesto estaba ausente, mis parientes solían hacer chistes usando su nombre como adjetivo o adverbio: “Eso es una estebaneada” reían cuando alguien se pasaba de extravagante o “Estás muy Esteban hoy”, podían decirse sin más explicación, y todos entendíamos que se trataba de un insulto cariñoso, pero insulto al fin.

Mientras tanto el tío Esteban vivía en una clínica psiquiátrica en las afueras de la ciudad con un diagnóstico tan dudoso como irrefutable. Bipolar desde chico, los últimos avances de la ciencia habían determinado que en su caso el remedio había sido peor que la enfermedad y que la terapia de electroshock que le habían inculcado de niño había derivado en un trastorno neurológico tal que lo dejó abandonado en uno de los polos, configurando lo que algunas revistas especializadas denominaban “unipolaridad”. Esteban padecía de una alegría patológica, un entusiasmo desmedido, un optimismo irracional y por lo tanto no podía vivir en sociedad, así que hubo que internarlo.

Los planes astronómicos que hacía y nunca cumpliría, los raptos de entusiasmo con los que vivía a diario a partir de una película que le había gustado mucho, una comida especialmente rica o cualquier visita que lo alegrara más de la cuenta lo convertían en un discapacitado, sí, pero a la vez en un espectáculo digno de ver para cualquiera que necesitara un shock de oxitocina o dopamina. Ese era técnicamente el problema, le habían explicado los médicos a mi madre, su hermana, que una de las secuelas de los tratamientos que le habían dado de chico era una sobreproducción de hormonas de la felicidad, por lo cual su cuerpo siempre estaba en un estado orgásmico permanente.

Con esos tecnicismos en la cabeza me embarqué un sábado en el tren, solo, cansado de esperar a Mariana y la llegada de la vida plena que nunca tendríamos juntos, a cargarme de energía y ganas de vivir al lado de mi tío, el concepto, el demente, el que era clínica e irremediablemente feliz.

Cuando llegué al neuropsiquiátrico me recibieron amablemente y me llevaron a su cuarto, donde lo vi de refilón y me asusté. El tío había engordado a niveles astronómicos y llevaba un uniforme blanco gigante, parecía un oso. Aparte se había dejado el pelo largo y desde atrás tenía una aura como de chamán cherokee, algo que distaba mucho de la imagen que tenía de él, más conservadora, menos excéntrica. Así que así es como luce la felicidad, pensé. Al escuchar ruidos inmediatamente se dio vuelta y en sus ojos aparecieron dos destellos al tiempo que gritaba ¡Sebastián, cuánto tiempo! y se me abalanzaba para abrazarme. Su olor me impactó. Era rancio y dulce a la vez, una combinación que jamás olvidaré entre la fragancia a pino de líquido para limpiar pisos y tabaco, ascetismo y decadencia, medicina y oscuridad. Tío, qué bueno verte, dije, y me senté.

Al principio asumí que se la pasaría hablando, tal era la imagen que tenía de un bipolar en fase de manía permanente como se suponía que era él y me enseñaron las películas. Además, los chistes y los rumores familiares alrededor de su condición no dejaban margen para pensar en algo más que un lunático, un payaso enardecido, un mutante de circo. Pero no, el tío cerró el libro que leía a mi llegada  -Kierkegaard, Diario de un seductor- y le consultó a la enfermera de forma  amable si podíamos salir al jardín. Caminamos hasta allí en un silencio tenso, en el que yo esperaba que los mitos que había construido durante toda mi adolescencia sobre ese señor feliz sin remedio se hicieran realidad, pero nada de eso sucedió. Una vez en el parque, rodeados de gente que hablaba sola, toda vestida de blanco, deambuladores, algunos enfocados obsesivamente en el tronco de un árbol, empezamos a charlar. Otra vez para mi sorpresa, en lugar de atiborrarme con verborragia, me preguntó como si no hiciera una década que no nos veíamos:

-¿Cómo andan tus cosas?

-Más o menos, tío, la verdad- osé sincerarme con rapidez, casi sin darme cuenta de que un halo de intimidad me había invadido, confiado en que estaba frente a la única persona que podía entenderme en todo el mundo.

-Mujeres –dijo resuelto, mientras con un gesto llamaba a una de las asistentes que circulaban por el parque con uniforme azul.

-Una sola -repliqué- que no me ama.

Tengo que confesar que había pensado en esa línea, había calculado que si estás enamorado de alguien que no te ama no te quedaba más remedio que ir a ver a un sobreadaptado como mi tío, que contra su propia voluntad y bajo el influjo de la química no tenía más opción que verle el lado luminoso a las cosas, inspirar optimismo, consagrar su vida al vaso medio lleno. Pero no. Lo que hizo el tío Esteban con mi nada original problemática de amo-a-una-mujer-casada-que-no-me-ama-y-no-se-va-a-separar fue preguntar:

-¿Tomás mate o preferís café?

-Mate está bien, gracias- respondí.

Se lo encargó a la enfermera y cuando ella nos dejó solos él volvió hacia mí.

-¿Tu mamá te mandó para que te levante el ánimo? –inquirió.

-No, no sabe que vine.

Cuando la enfermera trajo el termo y el mate y el tío Esteban le agradeció con gestos por demás cariñosos mi confusión empezó a acrecentarse. No sólo no estaba eufórico ni maníaco, ni exultante, ni siquiera se lo veía animado o contento. Al final mi misión ególatra, totalmente autómata, de ir a ver a mi tío el unipolar para sentir que la vida tenía sentido aunque Mariana no fuera a estar conmigo no estaba dando el resultado esperado, casi todo lo contrario. Intenté reencausar la charla para mi terreno, consciente de que lo estaba usando, pero ya incapaz de intentar otra cosa más que obtener el shock de optimismo que había ido a buscar.

-¿Vos estuviste con muchas mujeres en tu vida? –pregunté.

-Algunas, pero no es fácil el amor.

-¿Y te enamoraste?

-Por suerte sí, de mamá sobre todo.

-¿De mamá?

-Y sí, todos los hombres nos enamoramos de nuestras mamás, a veces se nos pasa y nos enamoramos de mujeres diametralmente opuestas, a veces no, pero siempre aparece mamá.

Tomé el primer mate al borde del absurdo: el tío más feliz del mundo no solo no estaba feliz sino que me venía con una perorata psicoanalítica que no esperaba en absoluto. Volví a tirar agua para mi molino, convencido de que si no era Esteban el que me levantaba el ánimo, ya nada lo haría. Arremetí:

-¿Vos crees que la voy a poder superar?

-¿A tu mamá?

-No tío, a la mina esta, la que nunca se va a separar de su marido para estar conmigo.

-Como tu mamá.

Aturdido pero a la vez muy cómodo, como si hubiera pasado los últimos cien sábados en ese parque charlando con él, le propuse jugar a las cartas. Accedió. Me ganó tres veces al chinchón y dos al truco. No hablamos más de Mariana, ni de mi madre, ni de la suya.

Cuando me estaba yendo, confiado, seguro, con una paz interior que era imposible de transmitir en palabras le dije:

-Voy a venir más seguido, me hace bien verte.

-Cuando quieras, vivo acá.

Esa noche hablé con mamá y le conté que lo había visto bien, estabilizado. Normal, le dije, con un dejo de tristeza, casi añorando esa niñez perdida, en la que el tío festejaba todo, se hacían chistes en su nombre y era posible ser feliz sin elegirlo, por obligación clínica, por defecto.