Buscar este blog

martes, 18 de agosto de 2026

Un cuento por semana #41: Camargo

El mar se te abrió una vez
se te abrió para no parar
y vos no te despertaste
lo arruinaste una vez más.


El lugar, nefasto. Es verdad que ya ninguno de los dos toma cerveza, pero qué absurdo citarme en una vermutería, a sabiendas de que vivo hace años en Madrid, donde el vermú brota de cada fuente de toda plaza como agua bendita. Parece querer decir “Mirá que acá también tenemos eso que te fuiste a buscar tan lejos”, pero cuando veo el bar de falso estilo colonial desde afuera lo que siento es que soy una oficial de la metrópoli del siglo XVI. Cómo se llamaban los funcionarios reales que hacían eso, comendador o corregidor, dudo al entrar a Vermutería La Ideal y concluyo que soy la Corregidora para las Indias Occidentales Doña Laura Pérez y he de esperar aquí al hombre que amo después de diez años de amistad y tres sin verlo. 

Dedicaré este divertido episodio de mi vida a Garcilaso de la Vega, bromeo conmigo misma mientras me siento en una mesa rodeada de pizarras con ofertas de vermú en las paredes: Cinzano, Cynar, Campari, Gancia, Pineral, Fernet, Espiridina, Izaguirre. Me tomaría uno de cada para juntar valor y afrontar lo que me espera, pero me decido por el Cynar, que en Madrid es difícil de conseguir; con pomelo, algo que a España nunca llegó: la combinación perfecta entre el ácido del alcohol y la amargura del cítrico, cosas que añoro en mis noches de tango. 

Googleo “corregidor Buenos Aires” y aparece la Editorial Corregidor, siempre lo mismo esta ciudad, la cultura letrada y gorila primero que nada, cuándo no. Veo que están reeditando a Lispector y todas las portadas tienen una foto suya. Me acuerdo cuando él me dijo que me parecía a ella, los labios rojos, el pelo tipo años cincuenta, el tabaco. Cierro la web porque no es buena idea pensar en escritoras sudamericanas en este momento, considerando que fue él también el que me aconsejó que me fuera del país para poder escribir tranquila, que estudiara literatura en Madrid, me dijo, que me dedicara cien por ciento a eso. La última vez que nos vimos hace tres años hasta sentenció: “Vos lo único que tenés que hacer es escribir, el resto es paisaje”. Ni bien lo dijo pensé: “Cómo me conoce este hijo de puta, lo odio”. Pero no dije nada, porque lo que tenía para decir era que estaba enamorada y entonces no tenía ningún sentido vivir en otro continente. O sí: Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir. 

Me traen el primer Cynar y todavía faltan cuarenta y cinco minutos para el encuentro. Salí antes con la excusa de que tras tantos años afuera de esta ciudad infame ya no sé cuánto se tarda en ir de un lugar a otro. Es mentira porque lo que quiero en realidad es estar más borracha que él cuando llegue. Controlar y descontrolar al mismo tiempo. Verlo entrar, respirar hondo y confesar. 

Busco esta vez “Corregidores en América”. Leo: El territorio original del virreinato del Río de la Plata se formó en 1776 a partir del Corregimiento de Cuyo y su último Corregidor fue Jacinto Camargo. Me sorprende recordar que nos conocimos en una escuela de periodismo en la calle Camargo y según veo en el mapa del teléfono estoy apenas a seis cuadras de ahí, diez años después, esperándolo. 

Entonces saco el cuaderno y empiezo a garabatear formas de expresarlo, de dejarlo dicho, frases en las que el amor que siento esté a la altura de la escritora que soy, que él me dijo que era, que tenía que ser. Anoto No quiero ser más tu amiga, lo tacho; No quiero que te vayas a vivir con ella, lo tacho; Necesito que estemos juntos, lo tacho. Pido otro Cynar y vuelvo al teléfono: busco "corregidor español" y Google dice que no, que lo que busco es un corrector en español, no un corregidor. Entro a corrección.es y veo que también provee sinónimos. Tipeo "amor" y aparecen: cariño, apego, ternura, simpatía, amistad. Tipeo "amistad" y aparecen: cariño, apego, ternura, simpatía, amor.

-¿Cómo te das cuenta de que estás enamorada de un amigo?– le había preguntado a Cecilia al empezar a sospechar.
-Cuando te preocupás por la ropa que te ponés si sabés que lo vas a ver -contestó ella tajante, como recitando una máxima religiosa de la revista Cosmopolitan. 

Ahora tengo una camisa blanca, un corpiño de encaje negro que se deja ver, un jean que me ajusta lo mínimo y unos borcegos viejos. Me puse un perfume común, me maquillé como siempre, no hay nada especial.

Y si no estoy enamorada. Y si le amargo la vida, lo dejo solo, si perdemos todo. Contrasto lo que sucedería si le dijera que ya no puedo ser más su amiga contra lo que pasaría si siguiera con esta farsa otros diez años más o hasta que conozca un español que le haga sombra y me permita olvidarlo. Pido un tercer Cynar, faltan quince minutos para que llegue. Pongo el cuaderno en horizontal, trazo una línea en el medio y titulo dos listas: Si le digo que lo amo/Si no le digo que lo amo. Empiezo a completar la primera: 

No me va a creer, se va a reír de mí. No va a reconocer que ya había algo entre nosotros antes de que me fuera. No va a acordarse de que me llamó esa noche de pepa y me dijo que quería que a España se la comiera Godzilla para que vuelva, no va a hacerse cargo de que cada vez que le hablo de un tipo me lo tira abajo, no va a aceptar que también le gusto, no va a actualizarme sobre qué pasó con su depresivo padre o con su novia de turno, no va a mandarme mails con canciones, no va a llamarme cuando tenga insomnio para hablar cinco horas y cuarenta y siete minutos, no va a enviarme libros piratas para leer, no va a nombrarme al aire en la radio para después decirme que podría haber dicho cualquier nombre, no va a ponerme likes en redes sociales, no va a mandarme fotos de sus viajes, no vamos a chatear todos los días, no va a grabarme audios de ocho minutos, no va a gritarme escuchá esta banda que es una maravilla, no va a leer mis cuentos y opinar este personaje tiene que ir por acá, no vamos a discutir de cine ni de política, no voy a poder reirme de sus interminables chistes, no va a hablarme más, no va a acordarse de mí, no va a citarme en ninguna vermutería cuando venga a Buenos Aires, no va a avisarme si va a Madrid, no va a informarme si se pelea con esta novia o la siguiente, no va a contarme que se siente solo, no vamos a burlarnos de las ridículas parejas que tendremos los próximos años, no vamos a conocer a nuestros hijos, no vamos a envejecer juntos. 

Estoy concentrada escribiendo cuando aparece y dice: 

-Cómo le va Doña Laura, veo que no para de escribir, como corresponde. 

Suelto la lapicera, cierro el cuaderno, me paro, lo abrazo. Huele como siempre: a cariño, apego, ternura, simpatía, casa, huele a verdad.

-Amigo, qué lindo verte, tanto tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario