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martes, 23 de diciembre de 2014

ChacaPeaks: Big Bang





-Sí, ya sé cómo es: lo que pasó es que chocaron los planetas.

-No, tarado,  no había planetas antes del Big Bang, lo que pasó es que se crearon los planetas.

-Bueno, tampoco me tenés que decir así.

-¿Así cómo?

-Tarado.

-Sos un sensiblero, Fede, terminala, te vas a llevar geografía, te estoy explicando y vos paveás.

-¿Hacés algo mañana?

-Sí, estudiar con vos las placas tectónicas.

-¿Vas a venir otra vez a tomar la merienda?

-Pero claro, si nos falta placas, husos horarios y repasar Big Bang.

-Lo del Big Bang ya lo sé, es que chocaron los planetas.

-Tarado. 


Laurita era todo, pero todo. No solo lo ayudaba con la tarea durante el año sino que después lo preparaba para diciembre. Un poco por eso se llevaba la mayor cantidad de materias posibles. Chamuyo, por eso y porque prefería leer cosas que no fueran de la escuela. Chamuyo, porque prefería leer cosas que no fueran de la escuela y por las revistas. Chamuyo, básicamente se llevaba todo para ver a Laurita en vacaciones. Es que ella era, ella era. Cómo explicarlo. Era mala, ella. Lo mandoneaba. Le decía vení, andá, completá esto, repasá lo otro. Le gustaba un poco que le dijera lo que tenía que hacer, la verdad. Hasta le gustaba que le dijera tarado. Porque un poco tarado, convengamos, era. Pero bancá, tampoco muuuuucho más tarado que el resto de sus compañeros. Excepto Ramírez, ese sí que era un imbécil. Salvo por él todos eran bastante aburridos, así que en los recreos prefería leer. No escribía ahí porque sabía que lo iban a gastar. Pero leer sí, escondido atrás del gomero del patio. Por eso le decían que era puto. Bah, lo decía Ramírez, en realidad. Pero así se pasaba los recreos: leía y pensaba en Laurita. En Laurita y en las revistas. Laurita, los planetas y las revistas. En eso estaba cuando la chica de quinto se le acercó y le dio la invitación para la fiesta de egresados. Gol. Laurita, los planetas, las revistas, la fiesta. Laurita, los planetas, la fiesta, el baile, gol. Laurita, la fiesta, el baile, la cintura, el beso, gol. Laurita, todos los planetas y gol. Dale Fede, dejá de pavear, invitá a Laurita a salir de una vez, cerrale el upite al imbécil de Ramírez. 


-Bueno entonces placas terminamos, mañana no vengo, tengo que ir de Coca.

-¿Quién es Coca?

-¿Cómo quién es? La prima de la Rosa, la modista.

-Ah, ni idea, ¿Para qué?

-Me voy a hacer algo para la fiesta

-¿Vas a ir?

-Obvio, nadie en el mundo se perdería esa fiesta.

-Vas  ir con Ramírez ¿no?

-¿Cómo sabés?

-Tengo más imaginación de la que parece.

-Tarado.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Columna de cultura

Para Llevalo Puesto

Segunda entrega del especial libros para navidad, esta vez de autores internacionales (salvo uno que bueno, es diciembre, quieranme así).


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Columna de cine

Para La Buena Mesa

Con motivo de pensar en los regalos para Navidad revisamos algunas novedades editoriales vincualadas al cine

Además: Para descargar gratis "Cine de terror en Argentina"


lunes, 15 de diciembre de 2014

ChacaPeaks: Buzón


No siento nada. Nada. Quisiera sentir algo pero no puedo. No sé qué es lo que debería sentir, tampoco. No sé qué se espera de mí,  qué se entiende por amor, amor a los hijos, amor a la familia, amor a mi marido, no entiendo, mamá, qué se espera que haga con este bebé, qué sé yo de instinto materno. Si ya estaba, ya era vieja, abuela casi, qué hago ahora cambiando pañales. No voy a tener la leche, no voy a tener la energía para estar sin dormir, ni la fuerza para alzarlo. Nada, no voy a tener nada. 

Si había algo que Marta detestaba era que Ricardo le escribiera cartas a su madre muerta. Tenía contabilizadas en una bolsita escondida en el mueble del baño exactamente ochenta y dos cartas desde que Doña Estela había fallecido. Año tras año la bolsita crecía sin prisa ni pausa, junto con la ira de Marta. 

No sé cómo me metí en esto, no sé como Ricardo puede soportarme, no sé cómo alguien puede soportarme, no sé por qué mis hijos hacen lo que hacen, a veces creo que son hijos de otro, a veces creo que todos somos más hijos de los otros que de nuestros propios padres, si nunca los entendemos, si nunca los terminamos de conocer, si nunca les decimos la verdad. Para qué otra vez esto, otra vez lo mismo no, no, no puedo. 

Marta odiaba a su suegra, como debe ser. La odiaba viva y la odiaba muerta. Odiaba que los canelones le salieran impecables, que sus hijos la quisieran más que a ella, que siempre tuviera razón en todo. Odiaba que Ricardo la nombrara a diario desde que la enterraron. Odiaba esa ausencia presente, ese contorno de cadáver en la escena del crimen. 

Y después empieza a caminar, a romper todo, a hablar. Hay que llevarlo al jardín, van a estar todas las mamás jóvenes y yo, la vieja desubicada. No sé, no sé cómo hacer para sostener este buzón, sostener esta mentira, no tiene sentido, vieja, tengo que perderlo, no voy a poder. 

Pero esa tarde, mientras Ricardo estaba en el trabajo, Fede en la escuela y la tormenta impedía que fuera a hacer las compras para la cena, Marta también lo hizo. Marta también jugó a la ouija, se conectó con sus muertos, necesitó decir la verdad. Si puedes no escribir, dice el refrán, no escribas. 

Qué hago ahora, cómo sigo con esto, cómo tolero este miedo, este pánico, esta mentira. Qué hago si me sale el nene con problemas porque se me dio por tener un amorío con Pancho a esta edad. Qué hago si Ricardo ve que no es parecido a él, si Pancho se da cuenta que es suyo, mamá, qué tengo que hacer, viejita, por favor, explicame.

jueves, 11 de diciembre de 2014

martes, 9 de diciembre de 2014

Columna de cine

Para La Buena Mesa

A partir del estreno de "Chef" repasamos algunas nuevas tendencias en cine gastronómico y seleccionamos nuestras películas favoritas vinculadas a la comida. Bon Apetit!

ChacaPeaks: La reina de la flor

Para Diario Cuatro Palabras

Y bueno señora, están treinta y dos pesos, qué quiere que haga, los jazmines vienen directo de Escobar, hay que tenerlos en heladera pero no se pueden congelar, después para mantenerlos bien se les tiene que poner un spray especial, no demasiado porque se queman, es un trabajo delicado, señora, los lleva o no.

Julieta estaba especialmente fastidiosa ese día. Las flores que venían de afuera siempre eran más caras que las del proveedor local, pero los clientes nuevos no entendían fácil la diferencia. Aunque no era realmente por eso que estaba molesta. Si se pusiera mal por cada cliente que no valora el trabajo que lleva mantener a una flor fresca más de diez días, ya habría cerrado la florería años atrás. Pero ahí estaba: ansiosa, expectante, a la espera de que algo de lo que había fantaseado con Ricardo finalmente se concrete. Sabía de buena fuente que en su casa estaba todo mal, que tarde o temprano eso decantaría y podrían estar juntos. La bruja de Marta siempre hacía con él lo que quería, pero después de lo de la fiesta de la flor tenía que pasar algo.

“Te contagiaste la belleza de las flores”, le había dicho esa noche. Se acordaba perfecto porque pensó que hubiera sido más halagador que le dijera que ella le había contagiado la belleza a las flores, pero Ricardo era bastante básico y dentro de todo ese piropo era más elaborado que las cosas que solía decirle sobre su escote. Después de la fiesta se fueron juntos y él le confesó que estaba enamorado. Ella no le iba a creer así nomas, tampoco, pero alguito se entusiasmó. Sabía que no hacía bien, que no había que creerles a los hombres, mucho menos cuando dicen que están enamorados. Pero se ilusionó, la pobre Julieta, que entre tantas flores probablemente había perdido un poco su sentido del olfato.

Cuando lo vio acercándose por la ochava el corazón le empezó a latir como una bomba. Viene y me dice de vivir juntos, viene y me dice de vivir juntos. Su otra mitad la taladraba, escéptica: nunca le creas nada a los tipos, estúpida, lo único que aman de verdad es al equipo de fútbol. Viene y me dice viene y me dice viene y me

-Hola  reina, ¿Cómo anda el escote más lindo de Chacabuco? – arrancó galancito Ricardo.

-Acá andamos, Ricky, con ganas de verte – deslizó tímida, esperando en vano que su cliente favorito le diera un beso que nunca llegó.

-Tengo algo importante para decirte.

Julieta puso cara de póker. Viene y me dice viene y me dice viene y me

-Voy a ser papá por tercera vez, nena, -sentenció él - así que mejor dame unos jazmines que se los llevo a la patrona.




jueves, 4 de diciembre de 2014

Columna de cultura

Para Llevalo Puesto

Conmemorando los 13 años del fallecimiento de George Harrison:





ChacaPeaks: Selva Negra

Para Diario Cuatro Palabras

Convencido de que ya no per­tenecía más a ese lugar, Mar­tín Méndez bajó del micro con más fastidio y resignación que otra cosa. Como en la ruta no había señal y su trabajo en Bue­nos Aires lo obligaba a tener dos celulares, los chequeó mientras esperaba un remise. Tenía nue­ve correos de la empresa y dos mensajes de Carla. La pobrecita creía que seduciéndolo iba a con­seguir ascender rápido. Nadie le avisó que a Martín le gustaban los hombres, pero qué podía hacer él si ella no se daba cuen­ta. No hay peor ciego que el que no quiere ver, volvía a repetirse el gerente general de Electronika SA, recordando las épocas en las que todo Chacabuco se hacía el sota sobre su condición. La con­fusión de Carla lo hizo decidir­se: era hora de blanquearlo con la vieja. Quizás ahora no le cae­ría tan mal. Sí, ya está, le digo la verdad y de paso no vengo nun­ca más en la vida a este pueblo infecto.

Marta estaba exultante. Mar­tín venía de Capital para pasar el feriado y finalmente le podrían contar que estaban embaraza­dos. No había querido decirle nada por teléfono por miedo a que se lo tomara mal y no quisie­ra ir. Como correspondía, había preparado de todo para reci­bir a su príncipe, un matambre, sesenta canelones de tres gustos y dos tortas: la de ricota y una selva negra, la favorita de su hijo mayor. Ricardo andaba fasti­dioso por la llegada de Martín pero lo disimulaba bien. Siem­pre lo mismo esos dos, se llevan a las patadas porque son igua­les. Puros celos, pensaba Mar­ta, que deseaba que su bebé por venir fuera una mujer porque estaba un poco aburrida de que en su casa solo se hablara de fút­bol. Cuando escuchó el remise en la puerta, en el estómago se le hizo un remolino de nervios. Sabía que la idea del hermani­to a Martín no le iba a gustar, pero igual, estratégica, se lo iba a decir más adelante, primero que coma, mi chiquito.

-Por fin, Tinchin, no llegabas más– gritó Marta abrazándolo

-¿Qué hacés vieja? Cada día peor esto, cuarenta minutos esperando el remise – bufó Martín

-Mirá, te hice selva negra, tu favorita – intentó cambiarle el humor Marta

-Ya te dije que no como grasas, mamá, pero gracias. 

Fede saltó de la cama cuan­do escuchó la voz de su herma­no en la cocina. Tenía que hablar personalmente con él sobre un tema que lo angustiaba mucho. No daba por chat explicarle que todos en el colegio lo acusaban de homosexual porque le gusta­ba más leer que otra cosa. Tenían que pensar como mandársela a guardar al imbécil de Ramírez, sobre todo, que andaba diciendo por todo el pueblo que él había querido toquetearlo, cualquiera. Seguramente Martín iba a dar en el clavo: alguna maldad de esas que hacía él con su famoso Gru­po de los Nueve, una especie de liga de la justicia chacabuquen­se, antes de que todos emigra­ran a Capital. Algo que le duela mucho al idiota ese, tenían que pensar juntos. Algo que mues­tre que los Méndez somos todos bien machitos, loco, qué onda.

martes, 2 de diciembre de 2014