Para Cámara Cívica
Si consideramos que el capitalismo (Clase que posee medios
de producción explota a clase que no los posee) el imperialismo (Países que poseen medios de dominación someten a
países que no los tienen) y el
heteropatriarcado (Minoría que posee privilegios simbólicos se impone sobre
mayoría que no los posee) son la misma cosa, hay consenso en afirmar que luego
de la caída del muro de Berlín la "izquierda identitaria" se ha
ocupado de combatir el sistema en solo dos de sus
"etapas" (a decir de Lenin): la del imperialismo (movimiento
BlackLiveMatters, ataque a monumentos de líderes esclavistas coloniales) y la
del heteropatriarcado (educación sexual integral, prevención de violencia de
género, leyes igualitarias, legalización del aborto, cupo laboral trans)
generando una (aparente) nueva hegemonía que respeta los derechos humanos de algunos
sectores históricamente oprimidos como somos las mujeres, las disidencias y los
afrodescendientes. Estos combates han
dado lugar a críticas sobre un "nuevo puritanismo" por parte de estos
activistas que han logrado, en los últimos treinta años, ampliaciones
considerables de derechos
(de llamada tercera generación) en muchos países de Occidente, pero que se
erigen ahora como “La
nueva inquisición del correctismo político”.
Expresiones de esta estéril batalla
por cuáles deberían ser las verdaderas preocupaciones de la izquierda
occidental son los libros: La Neo
inquisición de Axel Kaiser, La trampa
de la diversidad, de Daniel Bernabé, El regreso liberal. Más allá de la política de la identidad, de Mark Lilla o La
traición progresista de Alejo Schapire, que, entre muchos otros, se
vienen publicando de ambos lados del Atlántico hace ya varios años. La casa del ahorcado, del periodista
Juan Soto Ivars, redondea la corriente y la explica en términos religiosos y
simples: Muerto Dios la identidad es Dios.
En esta biblioteca de izquierda
“crítica” encontramos dos ideas:
1) Post 1989 la izquierda yanqui
primero y global después se recluyó en universidades y medios, se acercó
a Derridá, Foucault y Millet pero se alejó del proletariado e impuso una
agenda identitaria que derivó en un “progresismo censor” en el que hay que ser “políticamente
correcto” para no ofender nunca a nadie y tiene el suficiente poder para
“cancelar” la libertad de expresión.
2) Fue ese movimiento en la izquierda
el que originó una reacción conservadora en amplias capas de la sociedad, por
la que lo retrógrado pasó a ser “políticamente incorrecto” y así rebelde y
atractivo para los jóvenes y las grandes mayorías, dando lugar al trumpismo
global, los movimientos woke (antivacunas y terraplanistas incluidos) y el avance
de la extrema derecha en todo el mundo (Abascal, Bolsonaro, Orbán, sionismo).
Las explicaciones de por qué se producen
estos dos fenómenos y su interrelación pueden encontrarse en muchos de los libros
antes citados, pero todos más o menos tienen la misma línea argumental: el
progresismo decidió (derrotado tras el fin
de la historia fukuyamista) que las condiciones materiales del capitalismo (estructura)
eran imposibles de modificar, entonces se enfrascó en batallas de forma,
sentido y discurso (superestructura
gramsciana) que implicaban a una minoría ilustrada y las ganó, por lo que
se volvió dogmático y religioso. Mientras tanto, la derecha se concentró en las
condiciones materiales de las grandes mayorías (el caso del
apoyo de los empleados gastronómicos a Ayuso en Madrid es paradigmático) y
ganó votos de "la gente común" otrora llamada
"proletariado".
Frente a este confuso mapa de
representaciones y sobrerrepresentaciones de lo real no nos detendremos en la
retórica religiosa porque cualquiera que haya leído a Max Weber sabe que la
lógica puritana es intrínseca del devenir capitalista, por lo que es
considerada sistémica. Pero sí proponemos una mirada dialéctica alternativa:
aquella que ve tanto la acción progresiva de izquierdas en derechos de tercera
generación como en la reacción a esa postura por parte de la derecha
expresiones claras del triunfo simbólico de la filosofía neoliberal sobre las
mayorías (tanto de izquierda como de derecha).
1) La
cancelación como expresión neoliberal: La víctima sólo eres tú
Tras el cambio
de modelo de acumulación capitalista de los 80’s (y con más fuerza aún tras la
crisis de 2008) el obrero se ha visto despojado de su lugar en el mercado del trabajo
(y por ende de su sindicato) y arrojado a la precarizada economía global, donde
debe ahora luchar en soledad para subsistir. Según
Mark Fisher este hiperindividualismo posfordista devino en un generalizado narcisismo
patológico dentro de las clases medias y bajas que redundó también en la
pandemia de la enfermedad capitalista por antonomasia que venimos sufriendo
hace décadas: la depresión.
Así, carente de
una materialidad (estructura) que le permita insertarse en la sociedad actual, al
trabajador solo le quedan subjetividades (superestructura) de dónde agarrarse
para su propia identificación. Al ya no poder percibirse como miembro de una
clase con intereses particulares, el obrero pasa a ser hombre, blanco,
heterosexual, cis, mujer, negra, trans, bisexual, etc. pero ya no se percibe
como obrero o explotado. Queda claro así que las reivindicaciones identitarias
y la hipersensibilidad narcisista de nuestra época son consecuencias directas
de ese trastorno en la estructura de producción y no de una revisión de
Foucault y Kate Millet por parte de las elites intelectuales norteamericanas.
Pero entonces
ahora ¿Quién explota a quién? El
filósofo coreano Byung Chul Han responde que los trabajadores uberizados contemporáneos
sufren una distorsión galopante en el reconocimiento de las estructuras de
poder real actual y de su propio lugar en el binomio explotado-explotador
porque “La
explotación es ahora de uno mismo hacia uno mismo”. De esta forma, sigue
Han, “El mundo se presenta como proyecciones individuales y no se es capaz de
reconocer al Otro y (…) al no reconocer a ese Otro todo se ve a través del
prisma de la individualidad”. Entonces, ha muerto Dios y ha muerto Sartre: el
infierno ya no son los otros sino la ausencia de los otros y la elefantiasis del
individuo, un concepto tradicionalmente liberal pero exacerbado.
Esa “ausencia
del Otro” producto del capitalismo neoliberal más atroz genera así dos
problemas: el victimismo exacerbado (casi paranoide) y la reducción de los
conflictos sistémicos a meros enfrentamientos de individuos. El sujeto “cancelado”
representa así otro “Yo” aislado y no una expresión o manifestación de un conjunto
de creencias y costumbres que va de suyo no desaparecen del imaginario social cuando
el “cancelado” se cancela porque son hegemónicas, no individuales. La
hiperindividualización neoliberal es así la clave para entender la cancelación:
una exacerbación galopante del yo víctima y del yo victimario. En el interín,
la estructura de clases dominantes y explotación se mantiene intacta. Daniel
Bernabé abona esta idea: “El
victimismo se convierte en una mercancía cuantitativa en competición
identitaria-capitalista-individualista-emocional”. La “cancelación” termina
por ser un movimiento en la misma dirección: los nombres propios de los “cancelados”
(Woody Allen, Kevin Speacy, JK Rowling) no dejan ver el entramado de sentido
que reproducen, esto es, una hegemonía que en tanto heteropatriarcal es
capitalista, sí, pero que no va a desmontarse en un ejercicio de individuación
permanente, en tanto el sistema funciona más allá de sus integrantes. Incluso
cuando se asuma que Woody Allen abusó de su hija (cosa que no ha sido
demostrada judicialmente nunca), la lógica patriarcal que lleva Allen a hacerlo
sigue intacta tras su “cancelación”, porque es sistémica y no individual. Para
peor, el énfasis en el "sujeto cancelado" impide la posibilidad de modificar el sistema porque
se asume que su hegemonía es una sumatoria de yos individuales, una lectura 100%
neoliberal de la realidad que lejos está de asimilarse a una ideología emancipadora
(colectiva). Para el caso, la cantidad de individuos dueños de los medios de
producción siempre ha sido menor que la de los obreros, pero nunca han
necesitado ser mayoría para dominarlos.
En este sentido
casi paradójico del problema, el escritor argentino Martín Kohan va aún más
allá y une estas dos esferas (superestructura y estructura) al sostener que la dominación real no se termina cuando acaba la
dominación simbólica sino que se agudiza: "El problema de
decirle ´Afrodescendiente´ y no ´negro´ a un afro descendiente no solo deja el
problema de fondo intacto sino que además nos impide pensar en ese problema de
dominación real porque creemos que ya lo hemos resuelto a través de la palabra
y no es así", declara.
2) La
reacción conservadora como expresión neoliberal: La víctima sigues siendo tú
Es esclarecedor para
entender la existencia de la nueva alt-right
norteamericana el ensayo Hombres (blancos) cabreados de Michael
Kimmel, publicado mucho antes de la llegada de Trump al poder pero con una
claridad prístina en términos sociológicos para retratar quiénes son sus más
fervientes defensores. El caldo de cultivo para la irrupción y crecimiento del
trumpismo violento es explicado por Kimmel como resultado de la desintegración
de las condiciones materiales del llamado “Sueño americano" fordista a
partir del cambio en el modelo de acumulación en los 80’s y por ende de la
implantación de la hegemonía neoliberal en las subjetividades de la clase
trabajadora. En este caso, los hombres blancos yanquis adolecen del mismo
victimismo individualista del que hablábamos antes para referirnos a las
minorías porque son, a la postre, parte de la misma clase social
(obreros/explotados) y ven afectadas sus posibilidades de reproducción de la
misma forma que los afrodescendientes, las mujeres y las disidencias sexuales. La
paradoja reside aquí en que, despojados de la estabilidad de antaño, en lugar de
apuntar su ira hacia la clase de milmillonarios que los ha llevado a esas
condiciones de existencia, centran su frustración y rechazo en las minorías y
las élites políticas (que perciben de izquierda). Kimmel se pregunta: “¿Por qué
un hombre, cuya tienda se ha ido al garete mientras no paraban de abrir grandes
cadenas de supermercados, fija su mirada en las personas migrantes?”. Pero
complejiza: “¿Son los inmigrantes la causa del cambio climático? ¿Alguien LGBTI
externalizó sus trabajos? ¿Las mujeres feministas hicieron recortes en su
empresa? En esta misma línea el historiador Yuval
Noah Harari refuerza la errada dirección de la ira “whitetrash” pero a nivel institucional: “Viktor Orbán cierra y
prohíbe los programas de estudios de género en Hungría, pero nadie ataca los
departamentos de negocios o economía. Trump prohibía los cursos sobre racismo o
sexismo institucional a empleados federales pero nunca prohibió los cursos
sobre economía capitalista”. De esta forma se cristaliza en las instituciones
del estado de clase la lógica neoliberal que pretende sostener el modelo de
acumulación: el enemigo son individuos particulares o a lo sumo tribus
(mujeres, migrantes, afrodescendientes) y nunca la clase social dueña de los
medios de producción. La reacción conservadora es entonces otra variable de ese
hipertrofia del yo que impide ver más allá de otros yo y por ende impide ver a
los otros, los verdaderos otros, los capitalistas. Nunca conviene olvidar a
este respecto la frase del milmillonario Warren Buffet en 2011: “La
lucha de clases sigue existiendo y la mía va ganando”.
3) El futuro
como lo nuevo y no como lo viejo: Distopía vs. Utopía
Ya
hemos explorado aquí los problemas que trae aparejado el boom de la
distopía en las ficciones televisivas de los últimos años y cómo este fenómeno
no deja de ser una expresión más de la misma hegemonía simbólica del
capitalismo, que nos arrebató también nuestra capacidad de imaginar mundos
posibles por fuera de su lógica siniestra, lo que en palabras de Naomi Klein se
traduce en que «El
gran triunfo del neoliberalismo ha sido convencernos de que no hay alternativa».
Muchos de los teóricos de izquierda que atacan a los movimientos identitarios
paradójicamente también coinciden con este enfoque distópico hegemónico en el
establishment de Hollywood y las plataformas de streaming al hacer eje en el
pasado para analizar el fenómeno de la corrección política, con una mirada
sombría sobre el futuro. Al usar categorías como “quema de brujas”, “medievalismo”,
“oscurantismo”, “inquisición”, siguen reproduciendo ese pesimismo “retrofuturista”
que no solo no construye una alternativa superadora al mundo que critican sino
que además genera desazón y desesperanza. Frente a este panorama urge en la
izquierda un ejercicio creativo que imagine un futuro utópico para las grandes
mayorías. Para eso debemos ser capaces de inventar lo inexistente, construir desde
el presente y colectivamente: soñar un mundo mejor. En
palabras del historiador argentino Alejandro Galliano, autor del magistral
ensayo ¿Por qué el capitalismo puede soñar
y nosotros no?, en el que se imaginan alternativas poscapitalistas,
debemos recuperar alguna idea de futuro cuanto antes o “alguien lo hará por
nosotros”.