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lunes, 27 de marzo de 2023

El final de Succession: ¿Hemos tenido suficiente de “#EatTheRich»?

 Para Cámara Cívica

Cartel publicitario de Succession

Hoy se estrena en HBOMax la última temporada de la serie que mejor retrata el subgénero audiovisual “Eat the rich”, basado en parodiar a las clases altas desde una óptica pretendidamente anti sistema. Pero ¿Puede Hollywood jugar en contra sí mismo? La respuesta los sorprenderá.

La frase «Eat the rich» se le atribuye a Jean-Jacques Rousseau que, durante la Revolución Francesa, advirtió: «Cuando la gente no tenga nada más para comer, se comerá a los ricos». Además “Eat The Rich” es el nombre de una película británica de 1987, de una canción de Aerosmith de 1993 y un “Tratado de economía” de 1999. En 2022 se hizo viral en TikTok el hashtag #EatTheRich y más de 500 millones de visualizaciones se acumularon en el ciberespacio, al mismo tiempo que una marca aprovechaba el tirón y creaba helados comestibles con la cara de Elon Musk y otros magnates para consumo masivo (True Story).

Total: Comerse a los ricos está de moda. Mejor dicho, comerse a los ricos malos y tontos está muy de moda. Reformulemos: comerse a los ricos malos, tontos y grotescos es lo más hype del mundo. Por eso, la lista de filmes y series desde que “Parásitos” (Bong Joon-ho, 2019) ganó el Óscar a la mejor película con un plot tan sencillo como “Los-ricos-son-malos-y-tontos-y-los-pobres-los-odian-y-por-eso-los-matan-al-final” es ya casi interminable (Ver listado al final) y hasta algunas series que no parecían tener nada que decir sobre la lucha de clases como “You” (Netflix) se unió al combate ideológico en boga y dio un giro copernicano en su última temporada, para mostrar las miserias de la clase alta inglesa. ¿Qué está pasando? ¿Por qué tanta gente está tan interesada en mostrar la ostentación de forma irónica en el audiovisual contemporáneo?

Aunque Succession puede considerarse precursora de esta nueva ola de películas y series aparentemente paródicas sobre los milmillonarios desde una óptica tragicómica, porque comenzó a emitirse en 2018 y el supuesto “boom” se registra a partir de que Parásitos ganara el Óscar en 2019, no por antigua deja de ser representativa del fenómeno. ¿Qué expresa ese alud de creaciones tan parecidas las unas con las otras? Y peor: ¿Qué esconde?

Si seguimos a El País y coincidimos en que “El sufrimiento de los ricos se ha convertido en un asunto de interés global” la pregunta que se impone es por qué sucede ahora o mejor dicho para qué. Porque ya sabemos que las modas en los productos audiovisuales responden a lógicas que se dan fuera de la pantalla –la crisis del 2008 trajo el boom de las series de zombies y el #MeToo el auge de las creaciones con “mujeres empoderadas”- pero también construyen subjetividades, imaginarios y reacciones sociales.

El problema es que esta ola de parodias a la estupidez y maldad de los milmillonarios esconde una trampa: mientras sublimemos la lucha de clases que plantean estos productos audiovisuales a través del humor (la risa siempre funciona como catártica y tranquilizadora) poco lugar queda para construir un mundo en el que estos milmillonarios (malos, tontos y grotescos) dejen de existir.

En palabras de Mark Fisher en su magistral “Realismo capitalista”, el conflicto de clases se resuelve dentro del capitalismo a través de la absorción de la crítica con una distancia “irónica y cínica”, pero siempre asumiendo que no hay nada por fuera de él, nada que pueda ponerlo realmente en jaque. Es esa ironía y ese cinismo el que destilan todas estas creaciones que, a la postre, solo muestran el mundo tal como es y no cualquier otro mundo distinto (y mejor). Sí, nos reímos, sí, nos genera morbo ver sufrir a los dueños del mundo, pero al mismo tiempo que nos reímos estamos cavando nuestra propia fosa: se nos dice que la riqueza es mala, ok, entonces sabemos que la riqueza es mala, y mientras sepamos eso, entonces somos libres de continuar participando en la ideología capitalista porque hemos hecho el trabajo de saber que es mala y ya está. Eso es todo lo que les interesa al establishment: al incluirnos en su “anticapitalismo” se nos permite disfrutar de aquello con lo que estamos en contra, y al aceptar esto tácitamente cooperamos con el capitalismo a pesar de condenarlo. Esto se debe a que en todas estas películas el capitalismo se da por naturalizado, inmodificable e irremplazable. El Otro, cualquier Otro, cualquier posible marco alternativo que pueda existir fuera del vivir capitalista no existe y en lugar de inventarlo o mostrarlo se opta por la opción más puerilmente nihilista posible (pero con risas).

Para peor, lo que sucede cuando Hollywood se plantea satirizar a quienes ganan muchísimo dinero es ¡voila! más dinero, en forma de entradas al cine, suscripciones a servicios de streaming, venta de publicidad, etc. Esto sin contar que para empezar la gente que hace películas ya tiene el suficiente dinero como para darse el lujo de reírse de sí misma y encima cobrarnos por ello.

Con todo, el final de Succession viene a mostrar quizás un quiebre en el fenómeno, porque es justamente esa idea de debacle inminente que arrastra desde las temporadas anteriores, en la que todo está por explotar en la familia Roy, la que se respira en el mundo post/pandemia. Y quizás este final tan abrupto se deba a que fue la pandemia la que hizo a los milmillonarios más millonarios. Datos: El hombre más rico del mundo, Bernard Arnault, poseía 60.000 millones en 2020 y 159.000 en diciembre de 2022. Al mismo tiempo, según el Banco Mundial, en 2020 la pobreza extrema creció por primera vez en 25 años mientras que la riqueza extrema aumentó sin parar. Entre diciembre de 2019 y diciembre de 2021 la nueva riqueza generada ascendió a 42 billones de dólares. El 1% más rico acaparó 26 billones de dólares (o el 63% de esta nueva riqueza), mientras que tan solo 16 billones de dólares (el 37 %) fue a parar al 99 % restante de la población mundial.

Entonces: ¿De qué nos estamos riendo cuando vemos estas creaciones “paródicas”? ¿Qué tiene de gracioso que la sociedad sea cada vez más desigual? Nunca hay que olvidar a este respecto la sabia declaración del multimillonario Walter Buffet: “La lucha de clases existe y la mía va ganando”

Por eso, déjenme soñar, hay un hálito de esperanzas en el final de Succession: que sea el fin de esta saga de creaciones que, motorizadas las unas a las otras por el éxito que producen (el algoritmo, siempre el algoritmo: “Si te gustó esto te daremos más de lo mismo porque no te puede gustar otra cosa”) no dejan ni un resquicio para imaginar un universo en el que los milmillonarios no existan y la riqueza mundial se distribuya equitativamente.

Déjenme soñar incluso un poco más: Desde el punto de vista argumental, hay coincidencia en pensar en Succession como una tragedia, pero aunque muchos vean a “El Rey Lear”, el crítico Brandon Taylor de la revista New Yorker la ve como “Ricardo II”, una obra en la que un hombre se rehúsa a entregar el poder. De la misma forma que los milmillonarios siguen sin pagar los impuestos que corresponden (véase a Alexandra Ocasio Cortes con su vestido “Tax/the/rich” en la Met gala de 2022). Quizás, solo quizás el final de una cosa pueda ser el principio del final de la otra. En palabras de Kendall Roy: “Somos el fin del siglo americano. Nuestra compañía es un imperio decadente adentro de un imperio decadente”.

Esperamos que el fin de la familia Roy sea también el del imperio de los milmillonarios, o por lo menos de esta desagradable moda de hacernos creer que estamos en contra de ellos cuando al mismo tiempo no hacemos absolutamente nada para que dejen de existir.

Creaciones analizadas:

PELÍCULAS

1. A Simple Favor  (Paul Feig, 2018)

2. Bodies Bodies Bodies (Halina Reijn, 2022)

3. Crazy Rich Asians  (Jon M. Chu, 2018)

4. Don't Look Up (Adam McKay, 2021)

5. Downton Abbey: A New Era (Simon Curtis, 2022)

6. El favor  (Juana Macías, Noviembre 2023)

7. The Menu (Mark Mylod, 2022)

8. Triangle of Sadness (Ruben Östlund, 2022)

9. Glass Onion: A Knives Out Mystery (Rian Johnson, 2022)

10.         Hustlers (Lorene Scafaria, 2019)

11.         Knives Out (Rian Johnson, 2019)

12.         House of Gucci (Ridley Scot, 2021)

13.         Parasite (Bong Joon-ho, 2019)

14.         Ready or not (Matt Bettinelli-Olpin, 2019)

15.         Us  (Jordan Peele, 2019)

16.         The hunt (Craig Zobel , 2020)

 SERIES:

17.         Acapulco (Apple TV+, 2021)

18.         Big Little Lies (HBO, 2017-)

19.         Billions  (Showtime, 2016-)

20.         The Watcher (Netflix, 2022)

21.         The White Lotus (HBO, 2021)

22.         Élite (Netflix, 2018-)

23.         Exit ( TV Noruega, 2019)

24.         Eat the Rich (Netflix, 2022)

25.         Harry y Meghan (Netflix, 2022)

26.         Maid (Netflix, 2021)

27.         Nine Perfect Strangers (Hulu, 2018)

28.         Schitt’s Creek (CBS, 2015 – 2021)

29.         Squid Game (Netflix, 2021)

30.         Succession (HBO, 2018)

31.         You (4ta temporada – Netflix, 2023)

REALITIES:

32.         Bling Empire (Netflix, 2021)

33.         Dubai Bling (Netflix, 2022)

34.         First Class (Netflix, 2021)

35.         Georgina  (Netflix, 2022)

36.         Keeping Up with the Kardashians (E! 2007-2021)

37.         Made in México (Netflix, 2019)

38.         Selling Sunset (Netflix, 2019)

39.         Tamara Falcó: La Marquesa(Netflix, 2022)

40.         The Kardashians (Hulu, 2022)

41.         The real housewives (BravoTV, 2006-2023)

 

Bibliografía

Fisher, Mark; Los fantasmas de mi vida.

Han, Byung Chul; La agonía del Eros. 

Byung-Chul Han; La sociedad del cansancio. 

Artículos consultados:

  1. The Menu, Glass Onion, and the Limits of the Eat-the-Rich Satire
  2. Abajo los ricos: cómo el sufrimiento de las clases altas se ha convertido en el gran filón de series y películas
  3. Fuck the Rich: Why 2022 is the year of cinematic social revolt
  4. The White Lotus: ¿a qué se debe el éxito de esta serie?
  5. Why all ​“eat the rich” satire looks the same now
  6. Three new films hang the super-rich out to dry
  7. Succession llega a su fin: cómo el fenómeno que devolvió el prestigio a HBO rompió la burbuja de las series
  8. White Lotus y otras series de ricos donde la moral está cambiando de bando
  9. Eating the Rich Shouldn’t Be So Satisfying
  10. Framing The Rich In Hollywood Movies
  11. Los fans creen que ‘The White Lotus’ temporada 3 podría estar rodada en Tailandia
  12. “Succession” Finally Moves Forward
  13. #EatTheRich (Cómanse a los ricos) el hashtag viral que muestra el hartazgo por la desigualdad
  14. «Cómete a los ricos»: así son los helados de Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates o Mark Zuckerberg que se venden en Nueva York
  15. Shipwrecks and reality checks: the films setting out to skewer the rich
  16. Hollywood’s Eat-the-Rich Satires Need Sharper Teeth

miércoles, 7 de julio de 2021

La cancelación como triunfo neoliberal: El hiperindividualismo al ataque

Para Cámara Cívica

Si consideramos que el capitalismo (Clase que posee medios de producción explota a clase que no los posee) el imperialismo (Países que poseen medios de dominación someten a países que no los tienen) y el heteropatriarcado (Minoría que posee privilegios simbólicos se impone sobre mayoría que no los posee) son la misma cosa, hay consenso en afirmar que luego de la caída del muro de Berlín la "izquierda identitaria" se ha ocupado de combatir el sistema en solo dos de sus "etapas" (a decir de Lenin): la del imperialismo (movimiento BlackLiveMatters, ataque a monumentos de líderes esclavistas coloniales) y la del heteropatriarcado (educación sexual integral, prevención de violencia de género, leyes igualitarias, legalización del aborto, cupo laboral trans) generando una (aparente) nueva hegemonía que respeta los derechos humanos de algunos sectores históricamente oprimidos como somos las mujeres, las disidencias y los afrodescendientes.  Estos combates han dado lugar a críticas sobre un "nuevo puritanismo" por parte de estos activistas que han logrado, en los últimos treinta años, ampliaciones considerables de derechos (de llamada tercera generación) en muchos países de Occidente, pero que se erigen ahora como “La nueva inquisición del correctismo político”.

Expresiones de esta estéril batalla por cuáles deberían ser las verdaderas preocupaciones de la izquierda occidental son los libros: La Neo inquisición de Axel Kaiser, La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé, El regreso liberal. Más allá de la política de la identidad, de Mark Lilla o La traición progresista de Alejo Schapire, que, entre muchos otros, se vienen publicando de ambos lados del Atlántico hace ya varios años. La casa del ahorcado, del periodista Juan Soto Ivars, redondea la corriente y la explica en términos religiosos y simples: Muerto Dios la identidad es Dios. 

En esta biblioteca de izquierda “crítica” encontramos dos ideas:

1) Post 1989 la izquierda yanqui primero y global después se recluyó en universidades y medios, se acercó a  Derridá, Foucault y Millet pero se alejó del proletariado e impuso una agenda identitaria que derivó en un “progresismo censor” en el que hay que ser “políticamente correcto” para no ofender nunca a nadie y tiene el suficiente poder para “cancelar” la libertad de expresión.  

 2) Fue ese movimiento en la izquierda el que originó una reacción conservadora en amplias capas de la sociedad, por la que lo retrógrado pasó a ser “políticamente incorrecto” y así rebelde y atractivo para los jóvenes y las grandes mayorías, dando lugar al trumpismo global, los movimientos woke (antivacunas y terraplanistas incluidos) y el avance de la extrema derecha en todo el mundo (Abascal, Bolsonaro, Orbán, sionismo).

Las explicaciones de por qué se producen estos dos fenómenos y su interrelación pueden encontrarse en muchos de los libros antes citados, pero todos más o menos tienen la misma línea argumental: el progresismo decidió (derrotado tras el fin de la historia fukuyamista) que las condiciones materiales del capitalismo (estructura) eran imposibles de modificar, entonces se enfrascó en batallas de forma, sentido y discurso (superestructura gramsciana) que implicaban a una minoría ilustrada y las ganó, por lo que se volvió dogmático y religioso. Mientras tanto, la derecha se concentró en las condiciones materiales de las grandes mayorías (el caso del apoyo de los empleados gastronómicos a Ayuso en Madrid es paradigmático) y ganó votos de "la gente común" otrora llamada "proletariado". 

Frente a este confuso mapa de representaciones y sobrerrepresentaciones de lo real no nos detendremos en la retórica religiosa porque cualquiera que haya leído a Max Weber sabe que la lógica puritana es intrínseca del devenir capitalista, por lo que es considerada sistémica. Pero sí proponemos una mirada dialéctica alternativa: aquella que ve tanto la acción progresiva de izquierdas en derechos de tercera generación como en la reacción a esa postura por parte de la derecha expresiones claras del triunfo simbólico de la filosofía neoliberal sobre las mayorías (tanto de izquierda como de derecha). 

1) La cancelación como expresión neoliberal: La víctima sólo eres tú

Tras el cambio de modelo de acumulación capitalista de los 80’s (y con más fuerza aún tras la crisis de 2008) el obrero se ha visto despojado de su lugar en el mercado del trabajo (y por ende de su sindicato) y arrojado a la precarizada economía global, donde debe ahora luchar en soledad para subsistir. Según Mark Fisher este hiperindividualismo posfordista devino en un generalizado narcisismo patológico dentro de las clases medias y bajas que redundó también en la pandemia de la enfermedad capitalista por antonomasia que venimos sufriendo hace décadas: la depresión. 

Así, carente de una materialidad (estructura) que le permita insertarse en la sociedad actual, al trabajador solo le quedan subjetividades (superestructura) de dónde agarrarse para su propia identificación. Al ya no poder percibirse como miembro de una clase con intereses particulares, el obrero pasa a ser hombre, blanco, heterosexual, cis, mujer, negra, trans, bisexual, etc. pero ya no se percibe como obrero o explotado. Queda claro así que las reivindicaciones identitarias y la hipersensibilidad narcisista de nuestra época son consecuencias directas de ese trastorno en la estructura de producción y no de una revisión de Foucault y Kate Millet por parte de las elites intelectuales norteamericanas.

Pero entonces ahora ¿Quién explota a quién? El filósofo coreano Byung Chul Han responde que los trabajadores uberizados contemporáneos sufren una distorsión galopante en el reconocimiento de las estructuras de poder real actual y de su propio lugar en el binomio explotado-explotador porque “La explotación es ahora de uno mismo hacia uno mismo”. De esta forma, sigue Han, “El mundo se presenta como proyecciones individuales y no se es capaz de reconocer al Otro y (…) al no reconocer a ese Otro todo se ve a través del prisma de la individualidad”. Entonces, ha muerto Dios y ha muerto Sartre: el infierno ya no son los otros sino la ausencia de los otros y la elefantiasis del individuo, un concepto tradicionalmente liberal pero exacerbado. 

Esa “ausencia del Otro” producto del capitalismo neoliberal más atroz genera así dos problemas: el victimismo exacerbado (casi paranoide) y la reducción de los conflictos sistémicos a meros enfrentamientos de individuos. El sujeto “cancelado” representa así otro “Yo” aislado y no una expresión o manifestación de un conjunto de creencias y costumbres que va de suyo no desaparecen del imaginario social cuando el “cancelado” se cancela porque son hegemónicas, no individuales. La hiperindividualización neoliberal es así la clave para entender la cancelación: una exacerbación galopante del yo víctima y del yo victimario. En el interín, la estructura de clases dominantes y explotación se mantiene intacta. Daniel Bernabé abona esta idea: “El victimismo se convierte en una mercancía cuantitativa en competición identitaria-capitalista-individualista-emocional”. La “cancelación” termina por ser un movimiento en la misma dirección: los nombres propios de los “cancelados” (Woody Allen, Kevin Speacy, JK Rowling) no dejan ver el entramado de sentido que reproducen, esto es, una hegemonía que en tanto heteropatriarcal es capitalista, sí, pero que no va a desmontarse en un ejercicio de individuación permanente, en tanto el sistema funciona más allá de sus integrantes. Incluso cuando se asuma que Woody Allen abusó de su hija (cosa que no ha sido demostrada judicialmente nunca), la lógica patriarcal que lleva Allen a hacerlo sigue intacta tras su “cancelación”, porque es sistémica y no individual. Para peor, el énfasis en el "sujeto cancelado" impide la posibilidad de modificar el sistema porque se asume que su hegemonía es una sumatoria de yos individuales, una lectura 100% neoliberal de la realidad que lejos está de asimilarse a una ideología emancipadora (colectiva). Para el caso, la cantidad de individuos dueños de los medios de producción siempre ha sido menor que la de los obreros, pero nunca han necesitado ser mayoría para dominarlos.

En este sentido casi paradójico del problema, el escritor argentino Martín Kohan va aún más allá y une estas dos esferas (superestructura y estructura) al sostener que la dominación real no se termina cuando acaba la dominación simbólica sino que se agudiza: "El problema de decirle ´Afrodescendiente´ y no ´negro´ a un afro descendiente no solo deja el problema de fondo intacto sino que además nos impide pensar en ese problema de dominación real porque creemos que ya lo hemos resuelto a través de la palabra y no es así", declara.

2) La reacción conservadora como expresión neoliberal: La víctima sigues siendo tú

Es esclarecedor para entender la existencia de la nueva alt-right norteamericana el ensayo Hombres (blancos) cabreados de Michael Kimmel, publicado mucho antes de la llegada de Trump al poder pero con una claridad prístina en términos sociológicos para retratar quiénes son sus más fervientes defensores. El caldo de cultivo para la irrupción y crecimiento del trumpismo violento es explicado por Kimmel como resultado de la desintegración de las condiciones materiales del llamado “Sueño americano" fordista a partir del cambio en el modelo de acumulación en los 80’s y por ende de la implantación de la hegemonía neoliberal en las subjetividades de la clase trabajadora. En este caso, los hombres blancos yanquis adolecen del mismo victimismo individualista del que hablábamos antes para referirnos a las minorías porque son, a la postre, parte de la misma clase social (obreros/explotados) y ven afectadas sus posibilidades de reproducción de la misma forma que los afrodescendientes, las mujeres y las disidencias sexuales. La paradoja reside aquí en que, despojados de la estabilidad de antaño, en lugar de apuntar su ira hacia la clase de milmillonarios que los ha llevado a esas condiciones de existencia, centran su frustración y rechazo en las minorías y las élites políticas (que perciben de izquierda). Kimmel se pregunta: “¿Por qué un hombre, cuya tienda se ha ido al garete mientras no paraban de abrir grandes cadenas de supermercados, fija su mirada en las personas migrantes?”. Pero complejiza: “¿Son los inmigrantes la causa del cambio climático? ¿Alguien LGBTI externalizó sus trabajos? ¿Las mujeres feministas hicieron recortes en su empresa? En esta misma línea el historiador Yuval Noah Harari refuerza la errada dirección de la ira “whitetrash” pero a nivel institucional:Viktor Orbán cierra y prohíbe los programas de estudios de género en Hungría, pero nadie ataca los departamentos de negocios o economía. Trump prohibía los cursos sobre racismo o sexismo institucional a empleados federales pero nunca prohibió los cursos sobre economía capitalista”.  De esta forma se cristaliza en las instituciones del estado de clase la lógica neoliberal que pretende sostener el modelo de acumulación: el enemigo son individuos particulares o a lo sumo tribus (mujeres, migrantes, afrodescendientes) y nunca la clase social dueña de los medios de producción. La reacción conservadora es entonces otra variable de ese hipertrofia del yo que impide ver más allá de otros yo y por ende impide ver a los otros, los verdaderos otros, los capitalistas. Nunca conviene olvidar a este respecto la frase del milmillonario Warren Buffet en 2011: “La lucha de clases sigue existiendo y la mía va ganando”.

3) El futuro como lo nuevo y no como lo viejo: Distopía vs. Utopía

Ya hemos explorado aquí los problemas que trae aparejado el boom de la distopía en las ficciones televisivas de los últimos años y cómo este fenómeno no deja de ser una expresión más de la misma hegemonía simbólica del capitalismo, que nos arrebató también nuestra capacidad de imaginar mundos posibles por fuera de su lógica siniestra, lo que en palabras de Naomi Klein se traduce en que «El gran triunfo del neoliberalismo ha sido convencernos de que no hay alternativa». Muchos de los teóricos de izquierda que atacan a los movimientos identitarios paradójicamente también coinciden con este enfoque distópico hegemónico en el establishment de Hollywood y las plataformas de streaming al hacer eje en el pasado para analizar el fenómeno de la corrección política, con una mirada sombría sobre el futuro. Al usar categorías como “quema de brujas”, “medievalismo”, “oscurantismo”, “inquisición”, siguen reproduciendo ese pesimismo “retrofuturista” que no solo no construye una alternativa superadora al mundo que critican sino que además genera desazón y desesperanza. Frente a este panorama urge en la izquierda un ejercicio creativo que imagine un futuro utópico para las grandes mayorías. Para eso debemos ser capaces de inventar lo inexistente, construir desde el presente y colectivamente: soñar un mundo mejor. En palabras del historiador argentino Alejandro Galliano, autor del magistral ensayo ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no?, en el que se imaginan alternativas poscapitalistas, debemos recuperar alguna idea de futuro cuanto antes o “alguien lo hará por nosotros”.