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sábado, 1 de agosto de 2026

Santiago Gerchunoff: "El uso compulsivo de la palabra fascismo es un problema de la izquierda"

Para Revista Panamá 

Sobre “Un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo” (Anagrama, 2025)

¿Cuál era tu objetivo con este trabajo?

El punto de partida del ensayo era la pregunta por el origen del uso cada vez más compulsivo de la palabra «fascismo» en el lenguaje político cotidiano. No me interesaba volver sobre la discusión acerca de si es histórica o científicamente correcto aplicar ese término a determinados fenómenos contemporáneos, ni corregir sus usos y establecer cuáles son legítimos y cuáles no. Quería preguntarme qué hay detrás de esa compulsión, qué motivos la explican y, sobre todo, qué emoción política tan intensa se moviliza cada vez que pronunciamos la palabra.

Esa emoción parece transparente y hasta noble: cuando llamamos «fascista» a alguien sentimos que identificamos un peligro, tomamos partido y nos colocamos del lado de quienes resistieron al fascismo histórico. Me interesaba indagar qué otras ideas y emociones se alojan dentro de ese gesto sin que terminemos de advertirlo. El recorrido del libro termina mostrando que el uso de la palabra produce algo contradictorio con los objetivos de quienes recurren a ella. Queremos denunciar un peligro presente y terminamos reemplazando su análisis por una profecía construida con imágenes del pasado; queremos intervenir políticamente y muchas veces nos limitamos a proteger nuestra propia imagen moral, a dejar constancia de que nosotros sí supimos reconocer a tiempo el lado correcto de la historia.

¿Quién sería el interlocutor principal del libro?

La izquierda a la que, para bien o para mal, pertenezco y con la que quiero discutir, no porque la derecha no haga operaciones análogas —cuando llama comunista a cualquier regulación reproduce la misma profecía—, sino porque el uso compulsivo de la palabra fascismo es un problema de la izquierda contemporánea, que parece encontrar en la memoria del siglo XX una identidad, un repertorio moral y una orientación que ya no logra producir a partir del presente.

Entonces, ¿cómo resumirías el problema de usar “Fascismo” para todo lo relativo a la derecha actual?

Más que un problema, creo que es un síntoma: un síntoma de cierta parálisis de la imaginación política de la izquierda. La enorme expansión del uso de la palabra, su aplicación a fenómenos muy distintos y la intensidad con que discutimos si algo merece o no ese nombre constituyen un síntoma que vale la pena pensar. Mi pregunta no es cómo deberíamos usar «fascismo», sino qué nos está pasando para que necesitemos usarlo tanto y para que depositemos tantas expectativas políticas y morales en esa palabra.

¿Pero qué es lo “siniestro” en su uso indiscriminado?

Que detrás hay algo que está escondido, solapado, que no se dice de frente y que incluso puede permanecer oculto para quien habla, pero que, sin embargo, interviene profundamente en lo que está diciendo, por lo que encuentro en él algo oscuro, turbio.

¿Cómo nombramos entonces los peligros reales de la extrema derecha contemporánea sin caer en esa trampa?

No tengo un vocabulario alternativo que proponer, la llamaremos como nos salga, porque así funciona el lenguaje político: mediante tanteos, disputas, apropiaciones y deformaciones. Pero sí quería tratar de comprender qué hacemos cuando la nombramos de una determinada manera, qué emociones movilizamos y qué ideas sobre la historia ponemos en funcionamiento.

Sostenés críticamente que aquellos que usan esta palabra consideran que están del “lado correcto de la historia”. ¿Por qué rechazas ese concepto?

Considerar que uno está del “lado correcto de la historia” contiene una promesa tranquilizadora porque convierte una decisión política incierta en la ejecución de una sentencia que la historia ya habría dictado. Uno no tiene que deliberar, juzgar consecuencias ni reconocer conflictos entre bienes, basta con alinearse con la dirección correcta del proceso. Por eso tiene algo religioso, aunque se presente con un vocabulario secular. Hay elegidos y condenados, una historia de salvación y un juicio final que absolverá retrospectivamente a quienes supieron colocarse bien.

Pero la nueva derecha irrumpe con un discurso moralizante que mucha gente de izquierda cree que solo es posible combatir desde otro lugar también moral de “somos los buenos”. ¿Cómo salimos de esa encerrona religiosa?

El problema no se resuelve construyendo una religión igual y contraria, aunque la política siempre tenga una dimensión moral. No se trata de renunciar a distinguir lo justo de lo injusto ni de fingir una neutralidad imposible, sino de impedir que la moral sustituya a la política. Cuando decimos “somos los buenos” podemos sentirnos moralmente a salvo sin preguntarnos si comprendemos a la sociedad, si nuestras acciones son eficaces o si el mundo que ofrecemos resulta deseable para alguien que no forme parte de nuestra parroquia.

¿Entonces la ventaja de la nueva derecha es que usa la moral “bien” mientras que la izquierda la usa “mal”?

Más que cuestiones morales, creo que la nueva derecha combina el miedo con algo que hoy la izquierda apenas consigue producir: una promesa de transformación. Esa promesa puede ser falsa, brutal o profundamente desigual, pero está orientada hacia el futuro. Si la izquierda responde únicamente recordando las catástrofes del pasado, ocupa una posición defensiva y conservadora: “votanos para que no vuelva lo peor”. Salir de la encerrona religiosa que mencionabas antes exige aceptar la incertidumbre de la política y volver a formular una expectativa de vida mejor. No garantiza estar del lado correcto de la historia, obliga a convencer a otros en el presente.

Uno de los argumentos más inquietantes del libro es que cuando usamos “fascista” para definir a la derecha actual en realidad estamos atacando a las víctimas del verdadero fascismo. ¿Podrías explicarlo en detalle?

No creo que quien utiliza la palabra fascista quiera deliberadamente atacar a las víctimas, porque casi siempre pretende exactamente lo contrario: honrarlas e impedir que vuelva a ocurrir aquello que las convirtió en víctimas. Lo inquietante es que ese homenaje puede contener, de manera involuntaria, una mirada profundamente injusta sobre ellas, porque pareciera que al no haber advertido que estaban frente al fascismo, no se dieron cuenta de algo que no era tan evidente entonces como parece ahora.

Desplegás ese argumento con el poema atribuido falsamente a Brecht «Primero vinieron…» ¿Por qué usaste ese recurso?

Porque me di cuenta de que el mecanismo retórico que le da tanta potencia al poema constituye la encarnación más clara de la trampa moral que descubro en el uso contemporáneo de la palabra fascismo. Esa trampa se ve sobre todo en el último momento, cuando vienen a buscar al propio narrador y ya no queda nadie que pueda defenderlo. El poema parece enseñarnos solidaridad, aunque su argumento efectivo es más egoísta: debemos reaccionar ante el daño que sufren otros porque, si no lo hacemos, finalmente nos alcanzará a nosotros. Así termina presentando a las futuras víctimas como personas que vieron avanzar la persecución y no actuaron mientras afectaba a grupos ajenos.

¿Pero cómo se manifiesta en el actual uso indiscriminado de la palabra “Fascismo” el link con el poema?

Cuando trasladamos el esquema del poema al presente decimos que nosotros sí hemos aprendido la lección: reconocemos los primeros signos, pronunciamos la palabra a tiempo y evitaremos el desenlace. Ahí aparece el detalle siniestro. Para atribuirnos esa capacidad tenemos que suponer que quienes acabaron en los campos también podrían haber detenido la catástrofe si hubieran interpretado mejor las señales o reaccionado antes. La responsabilidad se desplaza, casi imperceptiblemente, de los verdugos hacia quienes no supieron impedir que los verdugos triunfaran, cuando recordar a las víctimas exige no convertirlas en instrumentos de nuestra salvación ni transformar su sufrimiento en un manual que supuestamente nos garantiza un desenlace distinto.

Mi hipótesis es que la gente que usa “Fascismo” para definir esta época busca calmarse, porque el fascismo real terminó con Núremberg, así como dice en Argentina que “Vamos a un 2001” porque después del 2001 apareció “un Néstor Kirchner” o incluso hablan de “Feudalismo” porque después vino el “Renacimiento”. ¿Hay algo de final feliz tranquilizador en tu caracterización del uso del término?

Totalmente. Una analogía histórica no solo vuelve reconocible un presente confuso, sino que también importa, clandestinamente, el final de la historia con la que lo comparamos. Si “esto” es fascismo, sabemos que habrá una resistencia, una derrota militar, Núremberg y una reconstrucción democrática. Si “esto” es 2001, sabemos que después llegará alguna forma de recomposición política. Y si lo llamamos feudalismo, podemos imaginar que en algún lugar del calendario nos espera el Renacimiento. La analogía suena alarmista, pero contiene una estructura tranquilizadora: nos anuncia una catástrofe cuyo desenlace ya conocemos.

¿Qué otras conexiones detectás entre esas analogías “tranquilizadoras”?

Hay además una distribución retrospectiva de los papeles porque nadie se imagina dentro de la analogía como el vecino indiferente, el colaboracionista o alguien que no entendió nada. Nos reservamos el lugar de la resistencia, incluso cuando nuestra resistencia consiste únicamente en reconocer el paralelismo y anunciarlo.

¿Y qué consecuencias reales tiene esto en las dinámicas políticas?

Que el presente deja de ser un espacio abierto, en el que podemos equivocarnos, y se convierte en la repetición de una obra cuyo guión hemos estudiado. La historia real no ofrece ese consuelo, el fascismo fue derrotado en circunstancias excepcionales, no hay ninguna ley que asegure que los fenómenos actuales tendrán un final equivalente y quizás por eso la comparación nos calma: es más soportable temer el regreso de un monstruo conocido que enfrentarse a algo nuevo cuyo nombre, alcance y desenlace ignoramos.

El subtítulo del libro es Para qué no sirve la historia. ¿Qué quisiste plantear al problematizar la “utilidad” de la historia?

Hay una ironía deliberada en el subtítulo del libro porque no digo que la historia no sirva, sino que intento delimitar para qué no sirve. Sirve para comprender el pasado, no sirve para adivinar el futuro. Las mismas ideas de proceso, obra y sentido que permiten construir una explicación histórica se convierten en instrumentos muy defectuosos cuando pretendemos proyectarlas hacia delante. Una vez que conocemos una serie de acontecimientos podemos preguntarnos qué condujo a qué, quiénes actuaron y qué consecuencias tuvieron sus acciones. El problema aparece cuando convertimos ese orden elaborado a posteriori en un guión que supuestamente nos permite anticipar lo que todavía no ocurrió y caemos en hacer historia profética.

¿No funciona más entonces esa frase de “Los pueblos que no estudian su historia están condenados a repetirla”?

Esa frase condensa una antigua concepción de la historia como magistra vitae, maestra de la vida: estudiamos el pasado para reconocer sus señales en el presente y saber cómo actuar en el futuro. En el uso contemporáneo de la palabra “fascismo” funciona exactamente así, como historia profética. Creemos que el conocimiento de los desastres del siglo pasado nos entrega un mapa: si identificamos a tiempo los primeros eslabones de la cadena, podremos impedir que vuelva a conducirnos hasta Auschwitz. Pero quienes vivieron en los años veinte y treinta del siglo XX no conocían el desenlace de sus acciones, del mismo modo que nosotros tampoco conocemos el nuestro.

Me interesa vincular este libro con el tema de la ironía que trabajás en tu libro anterior (Ironía On, Anagrama 2019) porque pareciera que una de las herramientas más feroces que tiene la extrema derecha actual es el humor. ¿Cómo se hace ironía de izquierda?

La ironía no pertenece a ninguna ideología: es un mecanismo de la conversación pública que funciona en todas las direcciones. Siempre que uno adopta el lugar del solemne, del que habla literalmente y cree poseer el saber del significado verdadero de las palabras, deja abierta la posición del ironista, que puede deformar esas palabras, apropiárselas y devolverlas convertidas en una broma. El problema de la izquierda no es que la derecha haya conquistado el humor, sino que ella misma se coloca demasiadas veces en el papel de antagonista solemne que la ironía necesita para funcionar. Debemos ser capaces de comprender la lógica democrática de la ironía, aceptar que nadie controla definitivamente el sentido de las palabras y dejar de regalarle siempre a la derecha el lugar más agradecido de la conversación. Mientras la izquierda aparezca como la maestra aburrida que explica solemnemente todo, la derecha podrá seguir interpretando a la alumna tonta que no entiende la lección y, precisamente por eso, se queda con todas las risas.

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