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jueves, 12 de noviembre de 2015

Columna de Cultura

Para Llevalo Puesto 
Se lanzó el disco de canciones prohibidas durante la última dictadura militar con covers de músicos contemporáneos y seleccionamos algunos para protestar y bailar.
  1. "Adagio en mi país" de Alfredo Zitarrosa por Tonolec.
  2. "Te recuerdo Amanda" por Ignacio Montoya Carlotto y Palo Pandolfo.
  3. "Crees que soy sexy" de Rod Stewart por Javier y Julián Malosetti.
  4. "Me gusta ese tajo" de Luis Alberto Spinetta por Faauna y Alika.
  5. "Cara de Tramposo" de Cacho Castaña por Leo García.

jueves, 23 de abril de 2015

Columna de cultura

Para Llevalo Puesto

A raíz del triunfo de Del Sel en Santa Fe nos pusimos nostálgicos y le festejamos los 22 años al disco "Get a Grip" de Aerosmith

domingo, 19 de abril de 2015

Si ese perro sigue allí

Para Notas

Escribir sobre música puede parece casi una contradicción en términos. Poca potencia tienen las palabras al lado de un solo de batería o un riff de guitarra. Parece muy complicado describir con adjetivos lo que pasa en el cuerpo a alguien que nunca escuchó Jijiji o Juguetes Perdidos. Difícil, pero no imposible.

Redondos. A quién le importa. Biografía política de Patricio Rey, del Colectivo Perros Sapiens, asume ese desafío y levanta muchísimo el piso: no solo habla de música sino también de la historia, la política y la sociedad que se construye a partir de considerar al arte ricotero, no ya como expresión de época sino también como determinante de una conducta en sus seguidores. Y es por el peso histórico de su legión de fans, por la vigencia que siguen teniendo hoy no solamente las letras sino también las prácticas de los ricoteros, que este libro sirve para entender a toda una generación más que a una banda.

Dividido en secciones teóricas, cronológicas y conceptuales, “Redondos…” asume un riesgo que le reditúa muchísimo, ya que habla desde el “nosotros” y esto hace que lejos de constituirse como investigadores fríos y distantes, los autores se acerquen lo más posible a su objeto de estudio para entonces configurar un nuevo universo: ricoteros por ricoteros. Aburridos y vetustos quedan a su lado los análisis concienzudos de los popes del rock y el periodismo cultural, acá se habla de una comunión y de una comunidad.

Los contextos de producción, las letras, las significaciones por detrás de cada uno de los discos, su momento de salida, los dionisíacos pogos, la mística y la nebulosa neoliberal son entonces abordados desde un colectivo que no solo se siente parte del fenómeno que estudia sino que a la vez lo ensalza. Se deduce así que todas las bandas configuran no solamente un “nosotros” sino también un “ellos” desde el cual pensarse como sujetos políticos e históricos. De esta forma, el libro presenta un modo de análisis que sirve para poner la mirada en cualquier problema, de manera completamente honesta, sin pretensiones de objetividad.

Otro de los aciertos del libro viene de la mano de una especie de mea culpa de treintañero nostálgico: los noventa se han terminado pero acá seguimos nosotros y no entendemos bien qué podemos hacer con eso, parecen decir. Pero esos noventas, inaugurados por el asesinato de Walter Bulacio en el Obras de 1991, del cual se cumplieron 24 años este domingo, todavía están entre nosotros o, mejor dicho: siguen estando en nosotros.

Disco a disco, letra a letra, los que cuentan van creciendo, evolucionando y tal como hicieron Los Redondos, separándose, mutando y, en algunos casos, estatizándose. Y aunque parezca difícil saber cuántos de los antiguos tirapiedras de las misas ricoteras son ahora respetables señores con traje y cuántos de ellos se olvidaron del significado subversivo de las letras que vitoreaban en su juventud, algo nos dice que no están todos en los recitales del Indio, porque ya no son más esos. Es que quizás, (solo quizás) el futuro llegó, pero no era como nos lo esperábamos.

lunes, 9 de junio de 2014

El cumbión de La Delio

Para Sur Capitalino

Organizados en una cooperativa, los músicos de la orquesta La Delio Valdez conquistan con su cumbia un nuevo circuito de fiestas alternativas que suenan hasta que sale el sol. Su primera vez sobre el escenario fue en La Boca, el mismo barrio que eligen para vivir varios de sus integrantes




“La cumbia es una forma de compartir alegría desde la tristeza más profunda, porque sale del sufrimiento pero que devuelve alegría y baile”. Así define Pablo Broide el género que lo conquistó junto con los otros doce músicos que componen la Orquesta de cumbia La Delio Valdez (LDV) que a cinco años de su creación ya se instaló como referente del nuevo circuito porteño de fiestas alternativas, en las que además de ver a una banda en vivo, se baila  hasta que salga el sol. Vecino de La Boca desde 2012, Broide comparte con sus colegas de LDV Santiago Aragón y Pablo Reyna su amor por el barrio. Aunque estos dos ya no viven allí, sí recuerdan con cariño el primer “cumbión” que hicieron en el Teatro Verdi (Av. Alte. Brown 736) en 2012.  Elegí vivir en La Boca porque es uno de los pocos lugares con alma de barrio que quedan, me encantan sus colores y sus formas”, cuenta Aragón y señala que aquí: “Hay gran cantidad de actividades artísticas de toda índole y se respeta mucho a los artistas, eso en muchos otros barrios no pasa”. 
            LDV forma parte de un circuito más amplio dentro de la noche porteña que imagina un mundo sin horarios, donde se comienza a bailar a partir del recital pero después se pasa al DJ o a otras bandas amigas. Esto es lo que los miembros de la Orquesta han creado y llaman “cumbiones”, fiestas en los que uno no puede (ni debe) quedarse quieto. El primero fue en La Boca, y de allí la banda se proyectó a todo el país con una gira que coronó el año pasado en Cosquín. Este circuito de la “nueva” cumbia porteña  los tiene como integrantes privilegiados pero no únicos. Bandas como “La Maribel” o “Orquesta San Bomba” forman parte de esta modalidad de integrar el recital y el boliche todo en uno. Para Broide, esto no es casual: “Tiene que ver con una cuestión cultural de la época, donde se empezó a mirar mucho más en Latinoamérica y los ritmos latinoamericanos, donde se baila más, empezaron a tener más presencia”, contextualiza, pero también define la cuestión desde lo social:”La gente empezó a estar más feliz: hay más laburo, pasan más cosas culturalmente y hay más para festejar”.  Los shows de LDV son parte de esta nueva alegría compartida que se da al bailar mirando al escenario, algo que en los recitales de rock es casi impensado. En contraste con esto, Broide explica que su género preferido fue mutando a partir de la irrupción de la “cumbia villera” y señala que hoy forma parte de la cultura popular al mismo nivel que el rock. “La cumbia es un folklore más, se arraigó a tal punto que tiene producciones propias y por región: no es lo mismo la cumbia del litoral que en el noroeste”, diferencia. 

Pero la especificidad de LDV dentro de esta escena tiene que ver con su funcionamiento como cooperativa. Broide explicita: “LDV no es una banda planteada desde un productor que dice esto es así o asá; en ese sentido sí es una banda de rock porque somos  amigos que se ponen a tocar con esa concepción de independiente que no existía en la movida tropical tradicional”. En relación a esta forma de construir el propio camino, queda claro el concepto de autogestión rige la banda, que busca generar redes con otros colectivos para formar así entramados culturales alternativos. “Somos gestores de nuestro propio desarrollo”, es el mantra de la manager Soledad Helicópteros. En ese sentido, la impronta cooperativa deja de ser una mera convención cuando comienzan a ser convocados para tocar en lugares no tradicionales como la Unidad 20 Del Hospital Borda y el Centro Cerrado de Menores General San Martín. Broide enfatiza el espíritu comunitario de la Orquesta: ““Ir a tocar a una cárcel donde hay gente que la están pasando mal y poder llevar lo que nosotros hacemos con tanto amor es increíble, es casi un acto de egoísmo para nosotros por la alegría que ellos nos dan”. 

Trece músicos en escena, una manager, un sonidista y toda la cumbia del mundo desafían así desde 2009 las reglas de la  quietud y la mera contemplación musical. Con shows de más de 1200 personas en circuitos tan diversos como Capital, Morón, La Plata y Bahía Blanca,  LDV hace mover cielo y tierra en función de la alegría, la autogestión y la música. “La Delio es como una gran familia, todos le ponemos mucho corazón y garra y como no tenemos director vamos aprendiendo todos juntos a manejarnos tanto musicalmente como humanamente”, explica Aragón pero rescata: “Casi nunca es fácil  y esto lo hace más gratificante. Siempre tiramos para delante y con un sólo propósito: tocar cumbia para que la gente baile”